Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 25. El hilo de Wizz #2
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25. El hilo de Wizz #2

Empezó con un ritmo lento, saboreando cada milímetro de contacto, hasta que la necesidad les apretó el pulso y se aceleró, sin freno.

Kai apoyó la frente en la de ella; sus manos, firmes, la guiaban y, a la vez, la seguían.

La respiración de ambos se mezclaba; sus cuerpos parecían recordar aquel primer vals.

—No sé cómo he tenido tanta suerte contigo —alcanzó a decir él, todavía sin aliento.

Luna no respondió con palabras: enredó los dedos en su cabello, tiró de él hacia atrás para que quedara el cuello expuesto y dejarle allí besos que ardían.

La silla crujía al ritmo de la urgencia y ninguno de los dos se detuvo a pensar.

Solo existían el calor, el movimiento y la certeza de que, en ese instante, el mundo comenzaba y terminaba allí.

Cuando el clímax los alcanzó, las respiraciones de ambos quedaron suspendidas un segundo antes de ir templándose. Luna se dejó caer contra su pecho, los ojos cerrados, escuchando el latido de él. Kai la abrazó, le pasó una mano por la espalda y se rio bajito.

—Bueno, definitivamente no esperaba esto.

—Yo tampoco.

Kai le besó la frente y dejó allí los labios. Se quedaron así un rato, hasta que Luna se incorporó y se alisó el vestido con una sonrisita.

—Buenos días.

—Buenos días, Luna. Creo que esta noche también la pasaré trabajando —dijo él, con una sonrisa traviesa.

—No lo harás —replicó, fingiendo que estaba molesta.

Se rieron mientras recogían el pequeño desastre de la cocina.

Luna bajó las escaleras con pasos ligeros, aún con la piel encendida y una sonrisa dibujada en el rostro.

Kai, detrás, tarareaba una melodía mientras se alisaba la camisa, arrugada en los bordes.

Apenas pusieron un pie en la librería cuando vieron que Vivi había llegado.

Llevaba un chal delicadamente drapeado sobre los hombros y sostenía dos paquetes.

La expresión habitual de escepticismo iba acompañada de una sonrisa divertida.

—Vaya, vaya…, ¿qué tenemos aquí?

Kai, sin perder la compostura, inclinó la cabeza en un saludo cortés y divertido antes de dirigirse a la trastienda.

—No me esperes para comer, Luna. Tengo un par de cosas pendientes… —Se inclinó y le besó la frente—. Pero te veo luego. Si quieres, en la cocina.

Luna sintió el comentario en todas sus partes interesantes.

—Espera un segundo. —Luna cogió el tercer paquete del mostrador y se lo tendió—. Toma. Feliz Navidad.

—¿Otro regalo?

—Calla.

Kai miró el medallón antiguo, lo abrió y vio el fragmento de partitura.

—Es… —Alzó la vista, conmovido—. Es perfecto.

—Creo que llevaba años esperándote.

—Gracias. —Le apretó la mano, todavía con esa sonrisa que la desarmaba, y se perdió en la trastienda—. Le daré un buen uso.

Luna, consciente de las miradas de Vivi y de Isabel, empezó a alisarse el vestido con nerviosismo. Se llevó una mano al moño para intentar devolverle algo de dignidad. Sus ojos se encontraron con los de Gato, instalado en lo alto de una estantería, que movía la cola como un metrónomo satisfecho.

—No digas ni mu.

Vivi avanzó hacia ella.

—Esto es para ti, cariño. Feliz Navidad. —Le dio el paquete más grande, envuelto en un papel colorido—. Y aquí tienes algo extra que acompaña el regalo principal. —Una caja más pequeña, con cinta plateada.

—Antes de abrir nada… —dijo Luna, que cogió a su vez otro de los paquetes del mostrador—. Este es para ti. Lo vi y supe que era tuyo.

Vivi desenvolvió la delicada tetera de porcelana. La sostuvo entre las manos como si acabara de escucharla hablar.

—Tiene memoria —murmuró—. Qué cosa tan bonita. Gracias, cariño; cuidaré de ella.

—Feliz Navidad, Vivi.

—Espero que el mío esté a la altura. Vamos, ábrelo —dijo con urgencia.

Luna retiró la cinta y el papel. Era un libro precioso: encuadernación de cuero oscuro, letras doradas que brillaban bajo la luz. En el centro, el título en relieve decía: Recetario de tés m ágicos de Vivi Tate .

—Vivi…

—Es un proyecto en el que llevo tiempo trabajando —dijo mientras acariciaba el ejemplar con cariño—. Quería que tuvieras algo que realmente importara, que puedas usar para ti y para Dumont. Y pensé que sería el regalo perfecto para alguien que siempre cuida de los demás.

Luna pasó los dedos por las páginas ilustradas: dibujos de hierbas, flores, pequeñas anotaciones a mano.

Una obra de arte. En las primeras páginas se desplegaba el índice y, después, las recetas, con título, propósito, ingredientes e instrucciones.

Leyó algunos en voz alta, riendo y emocionándose por turnos: «El abrazo cálido», «Susurros de lavanda», «La hoja perdida», «El puente entre mundos», «El último capítulo» y… el número veinte, «El hilo de Wizz».

Las recetas estaban allí, completas, detalladas con amor.

—¿Té de fertilidad? —leyó.

—Oh, no pongas esa cara. Es completamente seguro. Y nunca está de más tener opciones, ¿verdad?

Luna dejó escapar una risa nerviosa y pasó directa a la última página. El título del número veinte brilló como si tuviera luz propia.

—¿Esto es real? —La voz apenas le salió en un susurro ahogado, mezclado con el aluvión de recuerdos que le traía solo ver su nombre escrito.

Wizz.

Vivi asintió, enigmática.

—Lo es, cariño. Me tomó varias semanas perfeccionarlo, pero creo que funcionará. Es mi manera de darte algo que pensé que podrías necesitar.