Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 25. El hilo de Wizz
94%

25. El hilo de Wizz

El hilo de Wizz

La víspera de Navidad amaneció serena en Nueva Orleans.

La noche anterior habían cerrado Dumont más temprano de lo habitual.

No hubo grandes celebraciones. Vivi, Kai y Luna cenaron en Antoine’s, uno de esos restaurantes donde cada rincón parece guardar un secreto centenario y donde el tiempo avanza más despacio.

Después pasearon por Bourbon Street, la calle más ruidosa y desinhibida de la ciudad.

Se dejaron arrastrar por la música que escapaba de los bares y brindaron con un brandi milk punch hasta que la fiesta y el bullicio resultaron demasiado para Vivi.

Entonces retomaron el paseo y se alejaron poco a poco del ruido.

Se detuvieron frente a la catedral de San Luis, donde un coro de estudiantes cantaba villancicos que se elevaban y se perdían entre los balcones de hierro forjado. Luna no se cansaba de apretar la mano invisible de Kai, agradecida de que, al menos para ella, siguiera estando allí.

Habían planeado una velada romántica al regresar a la librería, algo sencillo y solo para ellos. Pero un espíritu inquieto reclamó la atención de Kai en la trastienda antes siquiera de que pudieran cerrar la puerta con calma. Luna le besó la mejilla y lo empujó con ternura hacia el despacho.

—Ve.

La mañana de Navidad encontró a Dumont vestida con guirnaldas de papel y velas que desprendían un aroma a canela y clavo. De las estanterías colgaban pequeños adornos plateados que atrapaban la luz y la devolvían en destellos diminutos, como estrellas suspendidas entre los libros.

Luna había preparado un detalle para los clientes: marcapáginas pintados a mano, con frases célebres y diminutas flores prensadas que había recolectado del pequeño invernadero de Wizz, ese que cuidaban entre todos con más cariño del que admitirían en voz alta.

También habían reconstruido la casita del hada entre Isabel, Kai y ella una noche que terminó entre risas, manchas de pintura y pegamento y una botella de vino que se fue vaciando sin que nadie llevara la cuenta.

Los dejó junto al mostrador, listos para regalar a quienes se acercaran a Dumont a felicitar las fiestas.

Sobre el mostrador, además, reposaban tres paquetes cuidadosamente envueltos.

No eran objetos cualesquiera; los había encontrado días antes mientras rebuscaba en tiendas de antigüedades y curiosidades místicas del Barrio Francés.

Para Isabel, un espejo de bolsillo de latón con un grabado de lunas y estrellas, comprado en Marie Laveau’s House of Voodoo.

Para Vivi, una delicada tetera de porcelana rescatada de una tienda polvorienta en Royal Street; según el anticuario, «conservaba la memoria de cada infusión que había contenido».

Para Kai, un medallón antiguo encontrado en Le Marché des Rêves, cuyo interior guardaba un trozo de partitura manuscrita; nadie supo decirle el compositor, pero Luna estaba convencida de que la música lo había esperado a él todo ese tiempo.

Estaba acomodando los paquetes cuando Isabel entró, el cabello suelto y una bufanda roja alrededor del cuello. Se dejó caer en la banqueta del mostrador con un gesto extraño: mezcla de diversión, nerviosismo y algo de vergüenza.

—Buenos días, ¿qué tal tu Nochebuena? —preguntó Luna con una sonrisa.

Isabel se mordió el labio, como dudando si hablar o no.

—Luna, necesito contarte algo… raro.

—¿Más raro que vivir en una librería encantada con un fantasma y un gato sospechoso?

—Sí. Bastante más raro. —Bajó la voz y apoyó los codos en el mostrador—. ¿Recuerdas el té que Vivi me dio hace semanas y que nunca me atreví a probar?

Luna asintió, intrigada.

—Pues anoche, después de una aburrida cena de Nochebuena con mis padres, me lo tomé. Estaba desesperada por un poco de diversión y… pasó algo increíble.

Se inclinó hacia delante, como si el aire pudiera escuchar su secreto.

—Vi a mi amigo invisible de la infancia.

Luna parpadeó, incrédula.

—¿Qué?

—No era imaginario, Luna. Wizz tenía razón.

—Isabel tragó saliva antes de continuar—: Es un micromago.

Viven en las grietas de las casas, en los huecos que olvidamos limpiar, en el polvo que siempre vuelve a aparecer, aunque lo quitemos mil veces.

Y anoche… lo vi. Como si siempre hubiera estado allí, esperándome.

Luna sintió un escalofrío que le erizó la piel.

—¿Y cómo era?

—Pequeño, como hecho de fibras de ropa vieja y pelusas. Tiene los ojillos brillantes, redondos, como canicas. No hizo nada espectacular, solo me miró y sonrió. Como si dijera: «Ya era hora de que volvieras a verme».

Luna se quedó callada un momento mientras procesaba cada palabra. Miró alrededor de Dumont, las grietas entre las estanterías, los rincones donde el polvo siempre regresaba.

—¿Crees que también pueden estar aquí? —susurró, con miedo y fascinación.

—Estoy segura. —Isabel sonrió con timidez—. Pero aún sé muy poco. Prometo contarte más… en cuanto yo misma lo descubra.

—Esto es… —Luna soltó una risa nerviosa—. Es increíble, Isabel.

—Y un poquito aterrador —concedió su amiga, riéndose también—. Pero, no sé… Creo que, después de todo lo que he vivido aquí, estoy abierta a entenderlo.

—Te entiendo. —Luna asintió y, de pronto, recordó el regalo—. Antes de que lo olvide: esto es para ti. Feliz Navidad.

Empujó hacia ella el pequeño paquete de papel kraft. Isabel lo abrió con cuidado. El espejo de latón bruñido con lunas y estrellas apareció.

—Es precioso… —murmuró, emocionada—. Me encanta.

Alzó el objeto, lo acercó a la luz y sonrió a su reflejo.

—Gracias, Luna.

Se dieron un abrazo que abarcaba todo lo que se querían y, de repente, como quien recuerda algo trivial de golpe, Isabel se apartó y añadió:

—¡Ah! Por cierto, tengo una cita.

—¿Cómo que tienes una cita? —Luna casi tiró los otros paquetes del mostrador.

—Con Aurora, la clienta de thrillers y misterios. Llevamos semanas hablando, primero de libros, luego de todo lo demás y…, bueno, hoy hemos quedado antes de la comida de Navidad.

—¡¿Qué?! ¡Detalles, ya!

Isabel, divertida pero algo sonrojada, empezó a contarle su historia con Aurora, casi palabra por palabra al narrar cada detalle, cuando una tos suave interrumpió la charla.

Kai apareció desde la trastienda, estirándose como si acabara de despertarse. Tenía el cabello algo despeinado y el ceño fruncido por la concentración.

—¿Interrumpo algo?

—Solo cotilleos románticos —respondió Luna. Miró a Isabel, que de inmediato se sonrojó y volvió a centrarse en los libros.

—Quería contarte algo antes de que se me olvide —dijo Kai, muy serio—. Anoche ayudé a un espíritu a cruzar, una señora mayor que llevaba meses atrapada aquí.

Luna se tensó un poco.

—¿Aquí de… aquí?

—Totalmente aquí.

Isabel, que los escuchaba de fondo, dejó caer un libro con un golpe seco.

—¿Hay más fantasmas entre nosotras ahora?

Kai levantó las manos en señal de calma.

—No, tranquila, todo está bajo control. Ahora creo que necesito un descanso con mi chica favorita. —Se giró hacia Luna con una sonrisa traviesa.

Ella rio mientras Kai se acercaba y se inclinaba para darle un beso suave. Al principio fue tímido, pero pronto se volvió más apasionado, lo que la hizo reír entre dientes.

—Feliz Navidad —le susurró al oído.

—Feliz Navidad para ti también, Kai —respondió ella, enterrando los dedos en sus rizos despeinados.

—¡Ey, ey! —carraspeó Isabel—. Clientes presentes, chicos. Controlad esas hormonas.

—Vamos —dijo Kai, agarrando la mano de Luna—, tenemos cosas más importantes que hacer arriba.

Entre risas, subieron las escaleras hacia la habitación. Luna estaba sonrojada y contenta.

—A la cocina —dijo de repente, como quien tiene una buena idea.

Kai apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta tras ellos cuando Luna lo agarró por la camisa y tiró de él hacia el centro de la sala con una determinación que pilló a Kai por sorpresa.

Había trabajado toda la noche y no habían podido tener su cita diaria; esa que a veces era simplemente descansar juntos en los cojines de la zona de lectura y quejarse de lo exhaustos que estaban.

—¿Luna? —preguntó con una risa suave, pero la intensidad en sus ojos pronto apagó cualquier intento de broma.

—No digas nada —murmuró ella, empujándolo hasta una de las sillas de madera junto a la mesa. Le presionó los hombros con firmeza para obligarlo a sentarse. Sus movimientos eran rápidos, decididos, como si no quisiera dejarle espacio a la duda.

Los labios de Kai se curvaron en una sonrisa mientras se acomodaba en la silla.

—¿Esto es un secuestro? Porque no pienso resistirme.

Luna dejó escapar una risa baja, pero no respondió.

En lugar de eso, se inclinó sobre él; sus labios encontraron los suyos en un beso profundo, hambriento.

Su lengua rozó la de él con una intensidad que hizo que Kai gimiera bajo su toque.

Sin separarse, sus manos comenzaron a trabajar en el cinturón de Kai y lo desabrochó con movimientos rápidos y eficientes.

Él levantó ligeramente las caderas para facilitarle la tarea, pero no apartó los ojos de los de ella. Había algo en su expresión, en la forma en que lo miraba, que lo hizo sentirse completamente atrapado, de la mejor manera posible.

—Me echaste de menos anoche, ¿eh? —susurró, cuando Luna rompió el beso para bajarle la cremallera de los pantalones. El tono era juguetón, pero asomaba un atisbo de vulnerabilidad, como si buscara la certeza de que todo estaba bien.

—Cállate —respondió Luna, con una sonrisa que suavizaba la orden.

Se arrodilló lo justo para quitarle el pantalón con un movimiento rápido, dejándolo en ropa interior.

Antes de que él pudiera decir algo más, Luna se subió con agilidad a su regazo.

Kai la sostuvo por instinto, las manos ancladas a su cintura.

Ella le tomó el rostro y volvió a besarlo, esta vez con más urgencia.

Se levantó el borde del vestido lo suficiente para moverse con facilidad; no había tiempo para desvestirse. Apartó la ropa interior de Kai con una premura que le arrancó al fantasma un gemido bajo y luego hizo lo propio con la suya.

—Luna…

—Shhh. Mi turno.