24. Pelazo mágico y segunda semana sin Wizz #3
Pero, para ella, Kai estaba allí, presente, con el violín entre las manos.
—¿Quieres que toque? —preguntó él, mirándola.
—No. Quiero que toques para mí.
Kai sonrió, una sonrisa llena de gratitud y amor, y se llevó el violín al hombro.
Cerró los ojos y dejó que los dedos recordaran un camino antiguo.
La música que llenó el aire fue suave, melancólica, pero también rebosante de esperanza.
Los transeúntes empezaron a girar la cabeza: no veían a nadie tocando, pero el violín sonaba limpio, cercano, como si surgiera del propio aire.
Para Kai solo existía Luna. Sus ojos no se apartaron de los de ella mientras tocaba, y la conexión entre ambos era casi tangible.
Entonces Kai hizo algo que ni él mismo esperaba: comenzó a cantar.
Su voz, cálida y cargada de emoción, acompañó la melodía para crear una armonía perfecta.
La letra, improvisada pero profundamente sincera, hablaba de amor, de encontrar un hogar en otra persona, de la promesa de estar juntos incluso cuando todo es difícil:
In your eyes, I find my peace,
A place where time and pain can cease.
Through every shadow, every storm,
You’re the light that keeps me warm.
In your heart, I see my home,
A love that’s mine, yet freely roams.
No need for words, no need for fears,
I’ll hold you close through all the years.
Cuando terminó, el silencio fue absoluto durante un segundo. Luego hubo un aplauso desconcertado: la gente aplaudía la música sin lograr ubicar al intérprete. Kai no miró al público. Sus ojos seguían fijos en Luna, que tenía las mejillas húmedas.
—No sabía que supieras cantar —susurró ella—. Bueno…, ni que tocaras el violín.
—Yo tampoco —rio él, bajando el instrumento.
Luna se lanzó a sus brazos. Que no pudieron atraparla.
—Eres increíble, Kai. Nunca lo olvides.
—No soy yo quien es increíble, Luna. Eres tú. Eres mi música.
La noche continuó con una calma luminosa mientras las luces del French Market brillaban a su alrededor, abriéndoles un nuevo capítulo.
Caminaron de la mano por las calles tranquilas de Nueva Orleans y la brisa fresca acariciaba la piel de Luna; los dedos entrelazados con los de Kai eran un ancla etérea pero dulce. Lo miró de reojo, los rasgos borrosos a la luz de las farolas, y una oleada de emoción la envolvió.
«Mi casa», pensó, con asombro y felicidad. Dumont no era solo un negocio; era su hogar. Y ahora, con Kai a su lado, la palabra «casa» tenía otra luz.
—¿En qué piensas? —preguntó él, sonriendo.
—En casa.
Al cruzar la puerta de la librería, el aroma de papel envejecido y madera barnizada los envolvió.
Las velas que Luna había dejado encendidas la convertían en un lugar casi irreal.
Apenas tuvo tiempo de notar la calidez del espacio cuando Kai la tomó por los hombros y la guio hacia una esquina entre las estanterías.
—¿Kai?
Él la miró en silencio, con una intensidad que le robó el aliento. Luego, con un movimiento lento, comenzó a desabrocharse la camisa.
—Es mi cita, ¿recuerdas? —murmuró, ronco.
Luna asintió, los labios entreabiertos, siguiendo cada gesto. Quiso ayudar, pero Kai detuvo su mano con delicadeza.
—Déjame hacerlo.
La camisa cayó con un susurro. El cinturón cedió con la misma calma meticulosa.
La luz de las velas dibujaba su piel completamente definida en Dumont, cada línea, cada sombra.
Cuando estuvo completamente desnudo, se mantuvo inmóvil, ofreciéndose a la mirada de Luna sin una pizca de inseguridad: solo confianza y devoción.
Kai se inclinó hacia su oído.
—Tu turno.
Le dio la vuelta y fue desabrochando los botones del vestido.
Sus dedos trabajaban lentos, casi torturantes, dejando una estela de calor.
El vestido se deslizó por el cuerpo de Luna.
Kai se arrodilló para quitarle las medias, acariciando la curva de sus piernas con una paciencia que la hizo temblar.
Cuando quedaron uno frente al otro, expuestos, Kai la contempló con una admiración que la hizo sentirse poderosa.
—Eres perfecta.
La guio hasta la alfombra de cuadros y extendió una manta sobre ella.
Se sentaron piel con piel, con las respiraciones entrelazadas.
Kai la besó primero en los labios con una suavidad que le robó el aliento, luego en el cuello, los hombros, en cada rincón.
Sus manos exploraron cada curva, como si estuviera memorizándola.
Luna respondió con la misma intensidad y le recorrió el torso a la par que devoraba su boca.
La librería se llenó de sus suspiros, de murmullos que rebotaban entre los lomos.
Hicieron el amor con ternura y pasión, sus cuerpos moviéndose al unísono como si estuvieran hechos el uno para el otro. La magia de Dumont parecía envolverlos: las sombras danzaban a la luz de las velas mientras se perdían el uno en el otro.
Cuando el silencio los alcanzó, con los cuerpos entrelazados y la respiración templándose, Luna buscó la mirada de su caballero.
—Te amo, Kai.
—Te amo, Luna.
Arropados por Dumont, se besaron de nuevo y sellaron las palabras mientras el mundo se desvanecía a su alrededor.