Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 24. Pelazo mágico y segunda semana sin Wizz #2
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24. Pelazo mágico y segunda semana sin Wizz #2

—No, no, querida. El tuyo es diferente. —Sacó un pequeño frasco sellado con un cordel rojo y se lo entregó con solemnidad—. Este debes probarlo en casa. A solas.

—¿En serio? ¿Y por qué tanto misterio? —preguntó Isabel, con una ceja arqueada.

Vivi sonrió, y su mirada afilada brilló con un destello cómplice.

—Digamos que me inspiré en la carta de cierta hada descarada. —Luego bajó la voz, como si compartiera un secreto—: Cuando lo pruebes, comprenderás.

Isabel se quedó mirando el frasco con curiosidad, pero no insistió. Luna, mientras tanto, aún intentaba domar su melena cambiante, que parecía responder a cada emoción que cruzaba por su rostro.

—Vivi, si esto no se pasa en una hora, te juro que… —dijo, aunque no pudo evitar reírse de sí misma al ver su reflejo en el cristal del escaparate.

—Oh, se pasará —respondió Vivi con tranquilidad—. Pero, mientras dure, disfruta. A nadie le amarga un cambio de look de vez en cuando. ¿Cuánto hace que no vas a la peluquería?

—¡Quiero mi pelo marrón anodino! —dijo mientras se volvía rojo de nuevo.

—Creo que sé lo que ha fallado. Quizá fue una palabra mal pronunciada —murmuró Vivi mientras sacaba una libretita pequeña—. O quizá se me cayó un pelo dentro, quién sabe. Quería que te ayudara a entender cómo te sientes. ¿No es una idea brillante?

Isabel volvió a soltar una carcajada.

—Definitivamente, este es mi té favorito hasta ahora.

El resto del día transcurrió con un ritmo constante pero agradable.

Dumont estaba en su mejor momento, lleno de clientes y vida.

Recordó con cariño algo que se le pasó por la cabeza hacía ya lo que le parecía un lustro: «Nunca entenderé la magia: ni la que hacía Vivi ni la de Wizz, y mucho menos la que hacían los humanos cuando leían». Sonrió.

Ahora lo entendía.

Vivi se movía con su habitual elegancia por la librería y de tanto en tanto comentaba algo sobre la selección de libros o ayudaba a un cliente despistado a encontrar lo que buscaba.

Isabel atendía el mostrador con una eficiencia impecable mientras Luna se ocupaba de organizar estanterías y supervisar los pedidos.

El color de su pelo era castaño mientras mantuviera a raya sus emociones.

«Qué gran trabajo de autocontrol», pensó.

Miró de reojo a su anciana amiga y sonrió de puro amor.

Aunque el trabajo era intenso, Luna no podía evitar sentirse agradecida. Dumont prosperaba, sus amigos eran felices y su relación con Kai parecía estar en un lugar mejor.

«Solo faltas tú», pensó, en un arrebato de amor inconmensurable, mientras miraba la pluma que Wizz había encantado con el propósito de que esta pusiera en palabras los anhelos más profundos de su alma. La cogió entre sus dedos y la pluma, por arte de magia, escribió una sola palabra: «Familia».

Cuando el reloj marcó las siete, Kai apareció desde la trastienda con una sonrisa tranquila. Buscó a Luna con la mirada entre la multitud y, al encontrarla, alzó una mano en un saludo casual.

—¿Lista para nuestra cita? —preguntó cuando llegó a su lado.

—Por supuesto. ¿A dónde vamos esta vez?

Kai se inclinó y le dio un beso rápido en la frente.

—Es una sorpresa.

El French Market estaba iluminado con las luces cálidas de los puestos callejeros, entre el bullicio de los transeúntes que iban y venían.

El aroma de las ostras frescas, los beignets recién hechos y el café de achicoria inundaba el aire, mezclándose con las risas y el sonido de una banda de jazz que tocaba en la distancia.

Luna y Kai caminaban de la mano mientras disfrutaban del momento con una calma que pocas veces podían permitirse durante el día.

—¿Ostras frescas esta noche? —preguntó Kai, tras detenerse frente a un puesto con una pequeña cola de clientes ansiosos.

—Definitivamente. No puedo pensar en nada mejor después de un día tan largo.

Luna pidió una docena y se dirigieron a la fuente central del mercado, donde las luces reflejaban el movimiento del agua de forma hipnótica.

Kai acomodó su chaqueta invisible para casi todos en el borde para que Luna pudiera sentarse más cómoda y ambos comenzaron a disfrutar de las ostras, entre risas y comentarios compartidos sobre los sabores.

—¿Sabías que en algunos lugares dicen que las ostras son afrodisíacas? —preguntó Luna, alzando una ceja.

Kai se rio, llevándose una a la boca.

—Ah, ¿sí? Estaré encantado de comprobarlo, si te parece bien, mi señora.

—Qué idea tan sexy para venir de un caballero medieval.

—¡Eh! —protestó Kai—. Estoy esforzándome.

Mientras hablaban, algo cambió en la expresión de Kai. Su mirada se volvió distante, como si de repente viese algo que Luna no podía percibir. Bajó la ostra que tenía en la mano y se quedó en silencio. Su respiración se volvió más profunda.

—Kai, ¿estás bien?

Él parpadeó, como si regresara a la realidad. Sus ojos, llenos de una emoción cruda, buscaron los de Luna.

—Acabo de recordar algo…, algo de mi vida anterior.

—Cuéntame —dijo ella, apenas en un susurro de respeto.

—Era Navidad. Lo recuerdo porque había luces en las calles y la gente cantaba villancicos. Yo estaba aquí, en el French Market, pero no estaba bien. Estaba enfermo, muy enfermo. Mi tos era tan fuerte que apenas podía tocar, pero, aun así, lo hacía. Siempre tocaba.

—¿El saxofón? —susurró Luna, aunque temía romper el hilo del relato.

—El violín, aquel día era el violín —respondió, con la voz temblando—. Pero esa Navidad fue distinta. Mi salud estaba empeorando y no tenía un lugar donde ir. Recuerdo que alguien me llevó al hospital, pero siempre terminaba volviendo a la calle. Hasta que un día… simplemente no volví.

Luna sintió que las lágrimas le inundaban los ojos. Le tomó la mano.

—Lo siento tanto, Kai. No puedo imaginar lo duro que debió de ser.

—No me había acordado hasta ahora. Pero ¿sabes? Incluso en esos últimos días, lo único que quería era tocar. La música siempre fue lo que me mantuvo conectado con la vida, incluso cuando estaba al borde de perderla.

Luna miró a la banda de músicos que tocaba cerca. Una idea se formó de golpe y, sin pensarlo demasiado, se puso en pie y tiró con suavidad de Kai.

—Ven.

—¿Qué? ¿A dónde?

—Confía en mí.

Se acercaron a los músicos justo cuando terminaban una pieza animada.

Luna habló con uno de ellos y les ofreció las pocas ostras que les quedaban y algo de efectivo a cambio de un favor.

Los músicos rieron y aceptaron: le dejaron un violín desgastado pero funcional.

Los músicos no vieron a Kai y, encantados con el regalo, procedieron a disfrutarlo.

Luna sostuvo el instrumento y se lo tendió a Kai; a los ojos de cualquiera, parecía que el violín estuviera suspendido en el aire. Una rareza aceptable en Nueva Orleans.