Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 24. Pelazo mágico y segunda semana sin Wizz
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24. Pelazo mágico y segunda semana sin Wizz

Pelazo mágico y segunda semana sin Wizz

La semana en Dumont había pasado volando.

Luna sentía que las cosas avanzaban con una fluidez reconfortante.

La librería seguía siendo el corazón del Barrio Francés, un lugar donde la magia y las historias se entrelazaban en cada rincón.

Los clientes no dejaban de llegar, cada uno con su propio mundo interior, y buscaban un libro que los reflejara o los transformara.

Desde aquella noche, sin embargo, algo había cambiado en su relación con Gato.

Luna intentaba seguir tratándolo como lo que siempre había sido para ella: un felino cascarrabias, dueño silencioso de las estanterías.

Pero ya no le salía de forma natural. Había momentos en los que, al mirarlo, se sentía incómoda con la idea de que quizá no fuese solo un gato, sino un hombre (u otro ser) atrapado en ese cuerpo.

No lo entendía del todo y, por alguna extraña intuición, se había guardado aquel secreto para sí misma.

A Kai le había contado algo sobre lo ocurrido esa noche, lo justo para no sentir que se lo ocultaba todo, pero él nunca volvió a mencionarlo.

Luna se dio cuenta de que el trato entre ellos seguía siendo el mismo: Kai lo acariciaba de vez en cuando o lo dejaba dormir cerca, sin darle más importancia.

Eso la tranquilizaba y la confundía a la vez.

En más de una ocasión había intentado hablar con el animal, a la espera de volver a escuchar esa voz firme en su mente. Pero solo recibió maullidos, ronroneos o miradas intensas que parecían decirlo todo y nada a la vez. En su cabeza no oyó nada que se asemejase a una voz humana proveniente de él.

Intentó no pensar mucho en el momento en el que el «animal» había intervenido.

¿Por qué no lo hizo cuando Wizz amenazaba la magia?

Se lo había preguntado y Gato solo la había mirado con fijeza.

Llegó a la conclusión de que, por algún motivo mágico superior, el hecho de conocer de primera mano el trabajo de Kai era más importante y, por lo tanto, más necesario para que el guardián de Dumont interviniese.

Con el paso de los días, Luna decidió aceptar que quizá aquello había sido un destello único, otra de las maravillas inexplicables que formaban parte de su nueva vida en Nueva Orleans.

Luna estaba detrás del mostrador y tomaba nota en su cuaderno de un pedido de reediciones que los clientes habían solicitado con entusiasmo.

La librería estaba repleta de vida: grupos de estudiantes hojeaban novelas gráficas, turistas se maravillaban con la sección de leyendas locales y un cliente habitual debatía con Isabel sobre cuál sería la mejor novela para empezar a leer ciencia ficción.

La joven se acercó al mostrador con una pila de libros recién organizados y dejó escapar un suspiro exasperado, aunque claramente fingido.

—¿De verdad la gente lee tanto? —dijo, mirando la cola de clientes que todavía esperaba para pagar. Luego bajó la voz y añadió—: No me malinterpretes, me encanta ver esto lleno, pero… ¿tanto?

Ella rio y dejó a un lado el cuaderno. Isabel solía repetir aquello a menudo.

Luna sabía que había crecido ocultando esa parte de ella, la que devoraba historias de ficción y ahora, aun siendo librera, trataba de acostumbrarse a la normalidad de un mundo en el que se permitía la lectura libre, elegida.

—Eso parece, sí.

—¿Y tú? ¿Estás releyendo ya tus libros favoritos?

Luna suspiró.

—Sí. Kai me está ayudando con eso. Hicimos una lista de «imprescindibles».

—No pareces muy feliz —apuntó Isabel, con la intención de que su amiga se abriera.

—Al contrario —dijo Luna, solemne—. Volver a leer mis libros favoritos de fantasía y romance como si fuera la primera vez está siendo una de las experiencias más increíbles de mi vida.

Además, estoy aprendiendo tanto de ellos…

No solo los disfruto, los vivo. ¿Sabías que Lewis Carroll era matemático?

Por eso muchas escenas de Alicia en el País de las Maravillas están repletas de lógica y paradojas.

Isabel, cómplice del momento y consciente de lo importante que era para su amiga reencontrarse con esos libros, la escuchaba animada, feliz.

—¿Y sabías que la edición original alemana de La historia interminable tiene el texto impreso en dos colores? Rojo para el mundo real de Bastian y verde para Fantasía. ¡La edición que traje de casa no tenía esa peculiaridad y me fascina!

—Eso sí que me ha sorprendido —reconoció Isabel—. Me lo tienes que prestar.

Luna asintió, feliz, mientras envolvía unos libros para regalo.

—¿Y sabes algo fascinante? Rick Riordan escribió Percy Jackson y los dioses del Olimpo para su hijo, que tenía dislexia y TDAH. Por eso en la historia se explica que la dislexia y la hiperactividad son un efecto secundario de tener sangre divina. Es brillante.

—¿Cómo te enteras de todo esto? —preguntó su amiga, perpleja—. Dime si forma parte de mis obligaciones para trabajar aquí.

Luna sonrió de forma tan amplia y bonita que fue su amiga quien respondió por ella.

—¿Kai?

—Vivi —la corrigió Luna—. Uno de sus tés. No ha salido del todo bien, puesto que no recuerdo la historia como ella pretendía, pero sí datos interesantes de los libros que toco. Y la historia siempre puedo leerla, así que no era como esperaba, sino mejor.

Isabel le lanzó una mirada divertida mientras se apoyaba en el mostrador.

—Es maravilloso, Luna. Me alegro tanto por ti. Y por mí, la verdad; tu mal humor era una red flag en el trabajo.

—¿ Red flag ?

Isabel se echó a reír.

—Paso muchas horas últimamente con adolescentes. Deberían estar más tiempo en la calle y menos aquí. Están obsesionados con los vampiros, Luna; me empieza a preocupar.

Luna estalló en carcajadas. Luego recordó a qué venía lo de la red flag .

—Mi mal humor fue temporal. Ahora estoy bien. Muy bien, de hecho. —Cogió una pluma y se la lanzó con suavidad a Isabel—. Aunque admito que parte de mi buen humor tiene nombre y apellido. No es solo té y libros.

Isabel rodó los ojos.

—Déjame adivinar: Kai. ¿Está comportándose como un buen novio fantasma ahora?

Luna esbozó una amplia sonrisa sin molestarse en ocultar la felicidad que sentía.

—Más que bien. —Se inclinó hacia Isabel, con tono conspirador—.

Todas las noches me sorprende con algo nuevo.

Hace días fuimos al cementerio Lafayette porque quería mostrarme un rincón especial donde suele haber músicos callejeros tocando jazz.

Ayer caminamos por Royal Street hasta encontrar un carrito de beignets.

Y esta noche… No me lo ha dicho todavía, pero sé que será algo increíble.

Isabel fingió una mueca de incredulidad.

—¿Me estás diciendo que, después de toda esa frustración, Kai ahora es el novio perfecto? ¿Y podéis ir tan lejos? Eso es una noticia maravillosa.

Luna asintió con entusiasmo.

—Algo así. Él no es visible para casi nadie, pero gracias a Wizz sí lo es para mí. —Luna se llevó la mano al colgante—. Y lo mejor es que está encontrando un equilibrio. Sigue ayudando a los fantasmas a cruzar, pero también se asegura de que tengamos tiempo para nosotros.

Antes de que Isabel pudiera responder, Vivi entró por la puerta principal con paso seguro, su bastón golpeando con suavidad el suelo de madera.

Llevaba una bolsa de tela grande colgando del brazo y su expresión era tan afilada como siempre, pero con un brillo en los ojos que reflejaba su recuperación constante.

—¡Ah, mis chicas favoritas trabajando duro como siempre!

—Hola, Vivi —dijo Luna, que sonrió al verla.

—No te relajes todavía, querida. Traje una nueva mezcla de té para que la pruebes. —Sacó un pequeño frasco de la bolsa y lo agitó frente a ella como si fuera un trofeo.

Luna suspiró, aunque no pudo evitar sonreír.

—¿De verdad vamos a seguir con esto? Ya he probado como cien tés diferentes esta semana.

—No exageres. Han sido, a lo sumo, quince. —Le entregó el frasco—. Y este es especial. Te encantará, lo prometo.

—Eso mismo dijiste del que sabía a… ¿cómo era? ¿A madera quemada con un toque de hierba mojada?

—¡Ese estaba delicioso! —interrumpió Isabel entre risas—. Aunque entiendo tu escepticismo, Luna. Vivi, ¿por qué no pruebas tus mezclas tú misma?

Vivi puso los ojos en blanco, claramente ofendida.

—Porque yo ya conozco mis propios tés, querida. El arte está en perfeccionarlos. Y no pienso rendirme hasta que logre el blend perfecto para cada una de vosotras.

Luna e Isabel intercambiaron una mirada cómplice mientras Vivi se dirigía hacia una mesa cercana, donde dejó el frasco junto a una tetera que había traído consigo.

—Esto empieza a parecer un experimento científico —dijo Isabel en voz baja.

—O una excusa para mantenernos alerta —añadió Luna, riendo mientras Vivi las observaba de reojo con un gesto de falsa indignación.

Poco después, con las tazas humeantes, las tres se sentaron alrededor de la mesita en la zona de lectura. Luna fue la primera en probar el té, resignada pero divertida.

—Bueno, allá voy. Si me convierto en rana, que alguien me deje cerca del estanque de Jackson Square.

Isabel rio y Vivi alzó una ceja, impaciente.

—Bébelo de una vez, niña dramática.

Luna tomó un sorbo y, al principio, no notó nada extraño. Pero, de pronto, Isabel dio un grito ahogado y le señaló la cabeza.

—¡Luna, tu pelo!

—¿Qué? ¿Qué le pasa a mi pelo? —dijo ella, palpándose nerviosa.

—Está… ¡cambiando de color! —exclamó Isabel entre carcajadas—. Ahora mismo es azul. ¡Azul eléctrico!

Vivi sonrió con satisfacción.

—Perfecto. Funciona.

Luna abrió mucho los ojos.

—¿¡Cómo que funciona!? ¡Esto es ridículo! —Se levantó y, justo en ese instante, su cabello viró a un rojo encendido.

—Oh, esto es aún mejor —dijo Isabel, doblándose de la risa—. ¡Ahora es rojo pasión!

—Vivi, dime que esto dura poco —replicó Luna, llevándose las manos a la cabeza.

Su cabello cambió de nuevo a un tono dorado suave para pasar a un verde bosque.

Isabel no podía parar de reír.

—¡Yo quiero! —exclamó, tendiéndole la taza a Vivi como una niña impaciente.

Pero ella negó con un gesto teatral y volvió a rebuscar en su bolsa.