Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 23. Pizza fría #3
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23. Pizza fría #3

—Vamos arriba —murmuró, en un tono que mezclaba ternura y decisión.

Kai asintió y se dejó guiar hacia las escaleras.

Cuando llegaron al cuarto de Luna, el olor tenue de la cera de las velas, mezclado con el perfume suave de los pétalos esparcidos sobre la cama, aún impregnaba el aire.

La pizza, olvidada y fría, estaba sobre una mesita junto a dos copas de vino que ya habían perdido su frescura.

Kai miró la escena y dejó escapar una risa suave, llena de cariño.

—¿De verdad preparaste todo esto para mí? —preguntó.

Luna puso los ojos en blanco, aunque no pudo evitar sonreír.

—No, era para Gato —dijo, tratando de sonar más enfadada de lo que se sentía—. ¿Qué crees? Claro que era para ti.

Kai la miró con una expresión divertida, aunque algo apenada.

—Soy terrible. Déjame compensarte, por favor.

—¿Cómo piensas hacerlo? —replicó, cruzada de brazos.

Kai dio un paso hacia ella y cogió sus manos entre las suyas.

—Para empezar, podemos cenar juntos. Aunque sea pizza fría. Prometo que nunca más volveré a olvidarme de algo así. Lo juro por… —Hizo una pausa con una ligera sonrisa—. ¿Mi vida? ¿Mi muerte?

Luna sonrió y tiró con suavidad de su mano para llevarlo hasta la cama. Se sentaron en el borde, con las piernas rozándose.

—Está bien —concedió ella—, pero si me haces comer esto, al menos acompáñalo con una buena conversación.

—¿De verdad estás bien, Luna? —preguntó él, serio—. No solo por lo de esta noche. Me refiero a todo…, a nosotros.

—No voy a mentir. Ha sido una semana difícil.

Me he sentido sola. Pero verte con esa niña me recordó por qué eres tan especial.

Me asusta que tu trabajo te lleve demasiado lejos.

Yo solo quiero estar contigo. —Se detuvo, sopesando si estaba siendo demasiado egoísta y tremendamente tóxica—. ¿Eso tiene sentido?

—Todo el sentido —dijo Kai y le estrechó los dedos—. Tengo que buscar un equilibrio entre tú y mi trabajo.

El silencio que siguió no fue vacío: fue un puente.

Kai inclinó la cabeza y la besó de nuevo, esta vez con una entrega que hacía días que contenía.

El beso creció con ellos, se volvió profundo, húmedo, insistente, como si de pronto ambos recordaran cuánto habían anhelado este instante.

Luna respondió con la misma hambre. Se aferró a su camisa y tiró de él hacia sí como si temiera que pudiera desvanecerse si no lo agarraba con la suficiente fuerza.

Kai deslizó los dedos por su espalda, siguiendo cada curva de su cuerpo, y Luna se arqueó contra él, jadeando suavemente en su boca.

El calor de su cuerpo la envolvía, tangible, real, desafiando la lógica de lo que era.

Cada caricia era un recordatorio de que, aunque fuese un fantasma, en ese momento estaba vivo para ella.

Se dejaron caer sobre las sábanas, entre pétalos que se pegaban a la piel húmeda de sus brazos y su cuello. La risa nerviosa brotó al sentir cómo una copa caía de la mesita, pero pronto se transformó en gemidos ahogados y respiraciones entrecortadas.

Kai la recorrió con sus labios, bajando por el cuello, la clavícula, mientras marcaba un camino que encendía la piel de Luna en llamaradas. Ella cerró los ojos y enredó los dedos en su cabello, guiándolo con urgencia.

—Kai… —susurró, casi implorante.

Él levantó la mirada, sus ojos oscuros ardían, y durante un segundo se detuvo como si quisiera memorizarla, como si temiera romper algo sagrado.

Luna le sostuvo la mirada, firme, y lo invitó con un leve movimiento de cadera.

Esa pequeña señal fue suficiente. Kai volvió a besarla con intensidad y entonces ya no hubo barreras.

El mundo se redujo a sus cuerpos, a la cadencia compartida. Luna lo sintió entrar en ella y no pudo más que experimentar alivio. Gimió en su oído, y Kai la estrechó con fuerza mientras susurraba su nombre como si fuera lo único que lo mantenía en este lado del mundo.

La pasión los arrastró, creciente, con un ritmo que subía y cedía, entre besos desesperados y caricias que exploraban cada rincón de piel. Luna lo sentía tan suyo, tan presente, que las lágrimas le ardieron en los ojos.

Él le acarició las mejillas, el cabello, los labios, como si quisiera tatuarse su existencia con cada roce.

Ella lo besaba con la misma urgencia y se hundía en él para reclamar cada segundo.

El cuarto se llenó de gemidos, de respiraciones entrecortadas y de un estremecimiento compartido que se desbordó en un clímax intenso, liberador, que los dejó exhaustos y aferrados el uno al otro como náufragos.

Quedaron tendidos entre las sábanas, la piel húmeda brillando a la luz de las velas.

Kai acariciaba la espalda de Luna con movimientos lentos.

Ella, con la frente apoyada en su pecho, escuchaba ese ritmo imposible (no eran latidos, pero se le parecía) y supo que no necesitaba un corazón para amarle.

—Gracias por quedarte conmigo —susurró, todavía temblando.

Kai le besó el cabello y respondió en un tono bajo, cargado de sinceridad:

—No me iré a ninguna parte, Luna.