Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 23. Pizza fría #2
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23. Pizza fría #2

La niña se detuvo antes de seguir avanzando hacia Cartografía de lo invisible . Se giró hacia Kai con una expresión de gratitud que le rompió el corazón a Luna.

—Gracias —dijo simplemente, antes de dar un paso adelante y desaparecer en el aire, dejando tras de sí una ligera brisa.

Kai suspiró profundamente y se pasó una mano por el cabello, los hombros hundidos por el cansancio. Margot, que había estado observando desde un rincón, dio un paso adelante.

—Es suficiente por hoy —dijo, en su tono críptico, pero con un destello de empatía en la mirada.

Kai negó con la cabeza, aunque parecía al borde del agotamiento.

—Nunca es suficiente. No mientras haya niñas como ella, atrapadas y asustadas. No puedo parar, Margot.

Margot le puso una mano en el hombro e inclinó la cabeza ligeramente.

—Si no encuentras un equilibrio entre la vida y la muerte, Kai, acabarás muriendo en vida. No olvides eso.

—Ya estoy muerto.

—No, querido y luminiscente milagro. Estás aquí, en este lado. Y esto me produce dudas, preguntas místicas. ¿Un fantasma se agota? Porque tú pareces agotado.

Kai la miró por un momento, sus ojos oscuros cargados de emociones conflictivas. Luego miró el reloj y saltó de su asiento, con una expresión de puro pánico.

—Oh, Dios mío…, Luna. ¡Lo olvidé! —Se giró hacia Margot mientras recogía sus cosas, apresurado—. Lo siento, esto es importante. ¡Tengo que irme!

Luna retrocedió un paso, fuera de la vista de Kai, y lo vio salir corriendo de la trastienda hacia la librería.

El corazón le latía con fuerza, pero no era por el dolor que había sentido antes.

Esta vez era algo diferente: comprensión, incluso admiración.

Por primera vez en días, entendió de verdad lo que Kai estaba haciendo y por qué.

Gato maulló con suavidad y la sacó de sus pensamientos. Luna se inclinó hacia él y tomó su rostro entre las manos.

—¿Cómo narices has hecho esto? —susurró—. ¿De verdad has entrado en mi cabeza?

Gato ronroneó en respuesta y, aunque no habló, Luna supo lo que significaba. Una sonrisa pequeña y agradecida se dibujó en su rostro y, sin pensarlo, le dio un beso demasiado fuerte en la cabeza, haciendo que el felino soltara un pequeño bufido.

—Gracias. Eres el gato más increíble que existe.

Avanzó casi corriendo por la calle, de vuelta a Dumont.

—¡Mañana iremos al puerto a por camarones frescos! —gritó en el mismo momento en que la puerta de la librería se abría para ella.

Luna entró apresurada, con las mejillas enrojecidas por el frío nocturno y el corazón todavía acelerado por lo que acababa de presenciar.

Aún notaba en los labios el sabor del asombro y la gratitud por lo que había descubierto gracias a Gato.

Todo lo que quería era encontrar a Kai, contarle lo que había visto, hablar con él y, por encima de todo, arreglar lo que entre ellos parecía estar desmoronándose.

Pero, antes de que pudiera dar otro paso, un estruendo de pasos al bajar las escaleras la sobresaltó.

Alzó la vista justo a tiempo para ver a Kai aparecer en el umbral de la puerta que conectaba con el piso superior.

Parecía completamente desorientado, con la camisa un tanto arrugada y un mechón de cabello rebelde cayéndole sobre la frente. Abrió los ojos de par en par al verla.

—¡Luna! —exclamó, con la voz cargada de urgencia.

—¡Kai! —respondió ella, con el mismo tono.

Y, como si el universo hubiera planeado el momento para aumentar el dramatismo, ambos se encontraron de golpe, chocando justo en el centro de la librería. Luna retrocedió un paso por la fuerza del impacto, mientras que Kai apenas lograba mantenerse firme.

—Oh, Dios, ¡lo siento! —dijo él apresuradamente, extendiendo las manos para estabilizarla—. Luna, lo siento tanto, de verdad. Estaba trabajando y perdí la noción del tiempo; luego subí y vi todo lo que habías preparado. ¡No me puedo creer que olvidase nuestra cita! Soy un desastre. No te merezco.

Luna intentó hablar, pero Kai no la dejaba intervenir.

—No deseo que vuelvas a albergar semejante pensamiento. No, ni por un segundo. Porque te amo con todo cuanto soy capaz de ofrecerte. Y créeme cuando te digo que no existe nada en este mundo que me importe más que tú. Lo sabes, ¿verdad? Dios mío, Luna…, dime que lo sabes.

—Kai… —intentó decir, levantando una mano.

La interrumpió de nuevo.

—No tengo excusa alguna. Lo sé. Pero te ruego que me concedas otra oportunidad. No volverá a ocurrir. Tienes mi palabra. Y aunque todavía no sé cómo compensarte, encontraré la manera, Luna. Te lo juro.

—Kai, ¡basta! —logró exclamar Luna al fin.

Su tono era firme, pero sus labios temblaban con el deseo de sonreír ante la imagen de aquel hombre desalmado al que tanto quería.

Kai se detuvo en seco y la miró como si acabara de darse cuenta de que estaba allí de verdad. Luna suspiró hondo y se llevó una mano al pecho para calmar los latidos frenéticos de su corazón.

—Escúchame, ¿vale? —dijo, intentando mantener la calma—. No estoy enfadada contigo por lo de la cena… Bueno, sí, estaba enfadada, pero ahora ya no. Porque lo entiendo, Kai. Vi lo que estabas haciendo. Gato me llevó a la ventana de la trastienda y te vi con esa niña.

Kai parpadeó, claramente confundido.

—¿Gato te llevó? ¿Qué…? ¿Cómo…? —Se pasó una mano por el cabello y sacudió la cabeza—. Da igual. ¿Qué viste?

Luna lo miró a los ojos y, de repente, toda la frustración acumulada durante la semana se derrumbó dentro de ella, reemplazada por algo mucho más profundo: comprensión, amor… y un poco de dolor.

—Vi lo increíble que eres. Vi cómo hablabas con ella, cómo la tranquilizabas, cómo le diste esperanza. Kai, lo que haces es maravilloso. Es importante. Y lo entiendo ahora. De verdad. Pero…

Kai frunció el ceño al escuchar la vacilación en su voz.

—Pero ¿qué?

Luna tragó saliva y apartó la mirada por un instante antes de volver a encontrar la suya.

—Pero también necesito que estés aquí conmigo. No todo el tiempo; no quiero ser egoísta, pero… necesito saber que todavía somos un equipo. Que, aunque tengas este propósito, yo sigo siendo parte de tu vida. Porque, Kai…, me siento sola. Y no quiero sentirme así contigo.

Él cerró los ojos por un momento, como si sus palabras hubieran perforado algo en su interior. Cuando los abrió, estaban llenos de emoción.

—Luna, nunca quise que te sintieras así.

Nunca. Tú eres lo más importante para mí.

Lo que estoy haciendo… —Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—.

Es como si, después de tanto tiempo siendo un fantasma, ahora fuera real; alguien de verdad, con algo que hacer.

Algo que me hace sentir… vivo, de alguna manera.

Pero eso no significa que tú no lo seas también.

Eres mi propósito, Luna. Siempre lo has sido.

Las palabras de Kai la conmovieron profundamente, pero no podía ignorar el nudo que todavía sentía en el pecho.

—Entonces demuéstramelo, Kai. —Su voz era un susurro, pero cargado de intensidad—. No con palabras. Con acciones. Porque las palabras no son suficientes esta vez.

Kai asintió con rapidez y dio un paso más hacia ella.

—Lo haré. Lo prometo. A partir de ahora, haré todo lo que esté en mi poder para ser el hombre que necesitas. Y sé que no soy perfecto, que tengo un largo camino por recorrer, pero estoy dispuesto a recorrerlo, Luna. Contigo.

Luna lo miró fijamente, buscando sinceridad en sus ojos. Y la encontró. Siempre la encontraba en Kai. Pero todavía quedaba un pequeño resquicio de duda en su interior, una parte de ella que necesitaba tiempo para asimilar todo aquello.

—De acuerdo. Ambos deberemos tener paciencia. No siempre va a ser fácil, las mejores cosas no lo son, pero aprenderemos a buscar el equilibrio. Juntos.

Kai le dedicó una leve sonrisa y, con un gesto casi instintivo, levantó una mano para acariciarle el rostro.

—Paciencia es lo mínimo que puedes pedirme. Además, soy especialmente bueno en eso. He tenido cientos de décadas para practicarla, ¿recuerdas?

Luna dejó escapar una risa suave y esa pequeña chispa de humor entre ellos comenzó a romper el hielo que se había formado durante la última semana. Kai, atrevido, se inclinó hacia ella y la besó con suavidad en los labios.

Fue un beso breve, apenas un roce, pero lo bastante significativo como para que Luna sintiera un escalofrío recorrerle la espalda. Kai retrocedió apenas unos centímetros y la buscó con la mirada, como si pidiera permiso para algo más. Luna, sin decir nada, lo cogió de la mano.