23. Pizza fría
Pizza fría
Luna estaba en su habitación, el aire cargado con un silencio al que no terminaba de acostumbrarse y que parecía envolverlo todo.
Las velas que había dispuesto alrededor de la cama parpadeaban con una luz cálida y oscilante y proyectaban sombras danzantes en las paredes.
Había pasado horas preparando la habitación, cuidando cada detalle como si de eso dependiera su felicidad.
Sobre la mesa junto a la ventana, había una pizza presentada con esmero en una bandeja de madera, como un guiño a su primera cita con Kai.
Había decorado la habitación con pétalos de flores, una pequeña ironía porque sabía que a Kai le hacía gracia ese cliché.
Las luces estaban atenuadas, lo que creaba un ambiente íntimo, un refugio para ellos dos. Todo estaba perfecto. Todo menos Kai.
Luna miró el reloj por quinta vez. Pasaban las diez de la noche. Había dicho que estaría allí al anochecer, que solo necesitaba un par de horas para terminar su trabajo en la trastienda. Pero las horas habían pasado, una tras otra, y Kai no había aparecido.
Suspiró y se cruzó de brazos mientras caminaba en círculos alrededor de la cama.
Tenía el corazón dividido entre la preocupación y la frustración.
Entendía que lo que Kai hacía era importante.
Ayudar a los fantasmas a cruzar, darles paz, había sido su propósito desde que había descubierto que podía hacerlo.
Pero… ¿acaso eso significaba que ya no había espacio para ella en su vida?
—¡Es ridículo! —murmuró en voz alta, aunque no había nadie para escucharla.
Miró la pizza, ya fría, y sintió que una ola de tristeza la cubría como una manta pesada.
Se dejó caer en la cama y hundió la cara entre las manos.
Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Se sentía estúpida por haberse esforzado tanto, por haber creído que una noche especial podría traerlos de vuelta al lugar donde todo había empezado.
Recordó las palabras de Vivi esa mañana: «Kai te adora, pero también está tratando de entender qué significa ser él mismo ahora.
Es un fantasma, Luna. Un ser atrapado entre dos mundos.
Y ahora tiene un propósito, algo que nunca tuvo antes. Eso es mucho para cualquiera».
«Pero yo también necesito un propósito», pensó Luna con amargura. Lo había dado todo por Dumont, por Wizz, por Kai. ¿Y ahora qué? Se sentía como una sombra en su propia historia, como si todo lo que había construido estuviera derrumbándose poco a poco.
Le vino a la mente el anuncio de Dumont: «Abstenerse quienes consideren que las librerías son solo un negocio». Temía estar empezando a verlo como tal.
Mientras maldecía su suerte, sintió un movimiento en la cama. Levantó la cabeza para encontrar a Gato mirándola con sus intensos ojos amarillos. Recortó la distancia que los separaba, ronroneó y le dio un pequeño empujón con la cabeza en la mano.
—Tú me entiendes, ¿verdad? —susurró, acariciándole el lomo con movimientos lentos.
Gato la miró fijamente; su ronroneo constante llenaba el silencio de la habitación.
De repente, el felino dejó de ronronear y se incorporó, sentado en la cama con una postura tan solemne que Luna casi se echó a reír. Pero entonces algo ocurrió. Una sensación extraña se apoderó de ella, como si una corriente eléctrica hubiera pasado entre ellos.
La voz de Gato resonó en su mente, clara y firme.
Luna, acompáñame .
Luna dio un brinco y retrocedió hasta el borde de la cama.
—¿Qué…, qué ha sido eso? ¡Dios mío, me estoy volviendo loca!
Gato ladeó la cabeza; sus ojos brillaban con una intensidad inusual.
No te estás volviendo loca. Soy el guardián de Dumont. Existo desde que la librería levantó sus primeros cimientos. A veces como… otras cosas. Más recientemente, como un gato.
La voz que solo oía en la cabeza se detuvo unos segundos para después añadir:
No debo hacerlo, pero esta vez creo que es necesario intervenir.
Luna parpadeó mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar. El corazón le latía con fuerza, y su mente se debatía entre el miedo y la incredulidad.
—¿Cómo…, cómo es posible que hables? ¿Qué significa eso de que eres el guardián?
Gato no perdió la paciencia. Su voz en la mente de Luna era tranquila.
No hay tiempo para explicaciones largas ahora mismo. Solo sígueme. Hay algo que necesitas ver.
Luna se quedó mirándolo, su corazón latiendo rápido.
La lógica le decía que era imposible, que estaba delirando.
Pero también que su sentido de la «lógica» hacía meses que estaba bastante difuminado gracias a ciertos acontecimientos mágicos que no le apetecía enumerar en ese momento. Este debía ser solo uno más.
Asintió despacio y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—De acuerdo…, solo… Bueno, recuerda que tengo fobia a las arañas grandes. Y pequeñas. A las arañas, vamos.
Gato saltó de la cama con agilidad y se encaminó hacia la puerta de la habitación.
Sin arañas, prometido. Sígueme .
Luna se levantó; se sentía como si estuviera en un sueño extraño.
Caminó tras él mientras bajaban las escaleras en silencio.
Dumont estaba sumido en la penumbra, las sombras alargadas en las esquinas.
Gato avanzó con determinación, guiándola hacia la puerta de la librería que se abrió por arte de magia.
Cuando llegaron a la esquina de la calle, la vieja furgoneta roja apareció delante de ellos, el animal la rodeó, saltó al alféizar de la ventana de la trastienda y se giró hacia ella.
Ella lo siguió de cerca.
Asómate. Mira lo que hace cuando crees que te ha olvidado .
Cuando Luna se inclinó hacia la ventana, se sintió ridícula. No había nadie allí más que Kai y Margot sentados frente a una pequeña mesa, con una luz tenue iluminando sus rostros. Tocó levemente el collar a regañadientes y vio una sombra delante de Kai. Frunció el ceño y susurró:
—¿Qué se supone que estoy viendo? Solo están… trabajando. En el sentido más ambiguo de la palabra.
Gato la miró con intensidad.
Mira a través de mis ojos.
Luna sintió un escalofrío recorrerle la columna cuando las palabras de Gato resonaron en su mente. Cerró los ojos por un momento y notó un tirón repentino que la dejó sin aliento. Intentó calmarse; confiaba en aquel animal mucho más que en la mayoría de las personas.
Abrió despacio los ojos.
La escena ante ella cambió al instante y reveló detalles que nunca habría imaginado.
La trastienda no era un simple lugar lleno de libros y estanterías antiguas.
A través de los ojos de Gato, parecía un espacio casi etéreo, con un brillo tenue que emanaba de las paredes y los objetos.
Los libros no estaban quietos; sus páginas vibraban con ligereza, como si respondieran a una fuerza invisible.
Cartografía de lo invisible era el corazón de todo aquello.
Pero lo que en realidad capturó su atención fue Kai.
Estaba sentado en el suelo y había una niña pequeña frente a él.
Sus rizos oscuros caían sobre su frente mientras se inclinaba hacia ella con una expresión de ternura infinita.
La niña estaba envuelta en una especie de niebla, los bordes borrosos, pero su rostro era perfectamente visible: redondo, con grandes ojos llenos de lágrimas que caían sin cesar.
—Tranquila, pequeña —dijo Kai con una voz suave, casi hipnótica—. Estás a salvo. Aquí nadie puede hacerte daño.
La niña sollozó, abrazada a sus rodillas. Luna sintió un nudo en el estómago. Podía ver el miedo en los ojos de la pequeña, una angustia que parecía pesar más que su diminuto cuerpo.
—Pero…, pero no los encuentro. —La voz de la niña sonaba débil y quebrada—. Mamá y papá se han ido. Me dijeron que los siguiera…, pero no los veo.
Kai asintió despacio y dejó que el silencio llenara el espacio entre ellos antes de hablar de nuevo.
—Lo sé. Es muy duro, ¿verdad? Sentirse perdido, sin nadie a tu lado. Pero te prometo algo, pequeña. —Extendió una mano hacia ella, sin forzarla—. No estás sola. Estoy aquí para ayudarte. Y puedo llevarte con ellos, si me dejas.
La niña levantó la vista; sus ojos buscaban algo en Kai, alguna señal de que podía confiar en él. Pero cuando estiró la mano para tocar la de Kai, la retiró con brusquedad y se echó a llorar otra vez.
—¡No quiero! —gritó—. No quiero irme. ¿Y si no están allí?
Kai suspiró, y Luna pudo ver el cansancio en sus hombros, en la forma en que sus manos temblaban ligeramente. Pero no se rindió. En lugar de eso, sonrió con suavidad y dijo:
—¿Sabes qué? Déjame contarte una historia. Una historia sobre un hada que vivía en una casita mágica muy especial.
Luna contuvo el aliento. Sabía exactamente de quién estaba hablando.
Kai comenzó a narrar con una calidez y un entusiasmo que hicieron que incluso Luna, desde la distancia, se sintiera conmovida.
Habló de Wizz, de su humor descarado y su amor por la decoración y las verduras de colores.
Habló de una chica fuerte y valiente que cuidaba de los libros como si fueran parte de su alma.
Y mientras contaba la historia, los sollozos de la niña comenzaron a disminuir.
Poco a poco, sus lágrimas se secaron y, aunque no dijo nada, Luna vio cómo el miedo en sus ojos daba paso a algo más: curiosidad, tal vez incluso esperanza.
Kai extendió la mano de nuevo, con paciencia infinita.
—Tus padres te están esperando, pequeña. Puedo verte. Ya no tienes miedo, ¿verdad?
La niña miró a su alrededor como si buscara algo y luego asintió débilmente. Sus labios temblaron, pero esta vez no apartó la mano de Kai. Despacio, se levantó y se aferró a él con fuerza.
—¿Me prometes que estarán allí? —susurró, la voz apenas audible—. ¿El hada es real?
—Te lo prometo —respondió Kai mientras la envolvía en sus brazos—. Y sí, pequeña. El hada es real.
Luna contemplaba cómo la consolaba y le acariciaba la espalda con delicadeza mientras la guiaba hacia el centro de la trastienda.