Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 22. Primera semana sin Wizz fatal #2
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22. Primera semana sin Wizz fatal #2

—Señorita Holloway —dijo la madre de Isabel con una voz educada pero distante—, ¿podemos hablar con usted en privado?

Luna, sin perder la calma, sonrió cortés y negó con la cabeza.

—Isabel es una trabajadora de Dumont y una amiga. Todo lo que quieran decirme pueden hacerlo delante de ella. Y, de todos modos, pienso contárselo luego.

La madre de Isabel intercambió una mirada rápida con su esposo antes de asentir con algo de reticencia. Ninguno miraba a su hija, como si no estuviera allí.

—De acuerdo —dijo al fin. Se volvió hacia Luna y, para sorpresa de ambas, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de agradecimiento—. Queremos darle las gracias.

Luna parpadeó, sorprendida.

—¿Perdón?

El padre de Isabel tomó la palabra. Mostraba firmeza en su voz, pero con un matiz más suave que el de su esposa.

—Dumont está en boca de toda Nueva Orleans.

Todo el mundo habla maravillas de este lugar y, por supuesto, de usted.

Pero también hablan de nuestra hija. —Giró la cabeza hacia Isabel por primera vez.

Esta seguía completamente inmóvil, como si estuviera esperando una reprimenda en lugar de un cumplido—.

Ha encontrado su lugar aquí, un propósito que la hace feliz, y eso es algo que nosotros nunca pudimos darle.

La madre asintió despacio.

—Nos hemos equivocado, Isabel. Hemos sido demasiado estrictos. Nunca quisimos que te sintieras atrapada, pero está claro que nuestras decisiones te empujaron en esa dirección. Queremos pedirte perdón.

Isabel abrió la boca, pero las palabras no le salieron de inmediato. Luna le dio un ligero codazo para animarla a hablar.

—¿De verdad pensáis eso? —preguntó Isabel, su voz más baja de lo habitual—. ¿No habéis venido hasta aquí para obligarme a volver o decirme que esto es una pérdida de tiempo?

Su madre negó con la cabeza; un atisbo de emoción rompió su compostura habitual.

—No. Estamos aquí porque te extrañamos. Tu padre, tus hermanas, yo… Todos te echamos de menos. Queremos que vuelvas a casa, no para imponerte nada, sino porque queremos que formes parte de nuestra vida de nuevo.

Isabel los miró con incredulidad y la rigidez de su postura se relajó un tanto.

—Si vuelvo, no quiero que me prohibáis leer o tomar mis propias decisiones —dijo, con más firmeza de la que esperaba.

Su padre se llevó una mano al pecho en un gesto solemne.

—Ya has demostrado que puedes tomar tus propias decisiones. Eres una mujer adulta y capaz. Solo queremos que estés más cerca de nosotros porque te queremos.

Isabel tragó saliva, visiblemente emocionada, pero no dejó que las lágrimas cayeran.

—Me lo pensaré. —Hizo una pausa, observando a sus padres con cuidado—. Pero quiero que sepáis que no voy a renunciar a Dumont. Este lugar es importante para mí.

—No te lo pediríamos —respondió su madre con una leve sonrisa, llena de una calidez que su hija no recordaba haber visto antes.

Luna, que había estado contemplando la escena, decidió intervenir.

—Parece que todos hemos aprendido algo esta semana. Dumont tiene esa magia… Une a las personas.

Los padres de Isabel asintieron y, por primera vez en mucho tiempo, la joven se permitió sonreír delante de ellos al sentir que, tal vez, las cosas estaban cambiando para mejor. Se fundieron en un caluroso abrazo de despedida.

El tintineo de la campanilla marcó la salida del último cliente.

La librería estaba en silencio por primera vez en todo el día y la calma resultaba casi abrumadora después del bullicio constante.

Luna colocó el cartel de cerrado y se giró hacia Isabel, que recogía sus cosas detrás del mostrador.

Se había enterado hacía apenas unas horas de que su amiga se había ido de su casa.

¿Dónde habría estado durmiendo? ¿Por qué no le había dicho nada?

Y lo peor de todo: ¿por qué ella no le había preguntado cuál era la situación en su hogar? Se sentía una amiga horrible.

—¿Estás bien? —preguntó Luna, observándola con atención. Aunque Isabel había trabajado como si nada, le había notado la tensión tras la fachada de tranquilidad.

Ella se encogió de hombros y suspiró mientras se ajustaba el bolso al hombro.

—Estoy… bien, creo. Bueno, algo revuelta. Es raro, ¿sabes? Toda mi vida he deseado que me reconocieran por quien soy, no por quien querían que fuera. Y ahora que lo han hecho, no sé qué hacer con ello.

Luna sonrió con suavidad y le dio un apretón en el brazo.

—Tienes tiempo para decidir. Lo importante es que ahora saben lo increíble que eres. Y nosotras siempre estaremos aquí.

Isabel asintió y esbozó una sonrisa cansada pero sincera.

—Gracias, Luna. Por todo.

—No quiero parecer indiscreta, pero… ¿dónde has estado viviendo?

—Con una amiga de la universidad. Tenía una habitación disponible.

—Podrías haberte quedado aquí, conmigo, ya lo sabes. Y si no, déjame que te lo recuerde: esta es también tu casa.

—Lo sé, Luna, pero acuérdate de que estar aquí era un poco peligroso —dijo con una sonrisa genuina—. Además de que tu cama ya está muy ocupada. —Sonrió—. Y no hablo del felino enorme, que también.

—Lo siento, Isabel. Soy una amiga horrible; después de todo lo que has hecho por mí y yo ni siquiera sabía…

Isabel salvó la poca distancia que había entre ellas y la cogió de las manos.

—Luna, eres una amiga increíble. Solo quería mi propio espacio. ¿De acuerdo?

—Está bien. No sé si te he dicho esto tampoco (creo que no), pero te quiero. Te quiero mucho, Isabel.

—Yo también te quiero, Reina de Dumont.

Ambas se fundieron en un abrazo largo y sincero mientras pedazos de sus almas se iban juntando y reconectaban la una con la otra.

—Te quiero —repitió Isabel—. Pero ahora creo que necesito una copa de vino y un rato de silencio —bromeó y le guiñó un ojo antes de dirigirse hacia la puerta—. Nos vemos mañana.

Luna la despidió con un beso en la mejilla y se quedó observando la puerta cerrada durante unos segundos. El eco de los pasos de Isabel todavía resonaba en su mente cuando la figura inconfundible de Margot apareció desde el despacho de Kai.

—Es un portal maravilloso, un umbral entre mundos, una convergencia que apenas empieza a revelarse… —murmuraba para sí misma mientras se dirigía hacia la puerta, completamente absorta en sus pensamientos.

—¿Margot? ¿Qué…? —Luna intentó detenerla, pero ella levantó una mano con aire místico.

—Shhh, aquí no revelaremos lo que no esté a bien revelar. —Y, con esa críptica frase, desapareció por la puerta principal, dejándola ligeramente entreabierta.

Luna suspiró y se llevó una mano a la frente.

—Por supuesto, porque resulta que no podía ser normal ni un solo día.

Al cerrar la puerta con llave, giró la cabeza hacia el despacho de Kai. La luz estaba encendida y se escuchaban murmullos apagados desde dentro, aunque no había nadie más en la librería. El corazón se le encogió ligeramente al pensar en la distancia que había crecido entre ellos en tan pocos días.

Con determinación, se dirigió hacia el despacho y llamó con delicadeza a la puerta antes de abrirla.

Kai estaba sentado en una vieja silla de madera, con varios papeles y libros abiertos frente a él en el nuevo escritorio.

Vivi lo había localizado en un contenedor de basura y Kai lo había traído flotando por las calles, literalmente, hasta Dumont.

Alzó la mirada al verla entrar, y su expresión pasó de concentración a una mezcla de sorpresa y algo que Luna no pudo descifrar del todo.

—¿Luna? ¿Todo bien? —preguntó, dejando los papeles a un lado.

Luna cruzó los brazos, intentando mantener la compostura.

—No, Kai. No todo está bien. Llevas días aquí metido, trabajando sin parar, y apenas hemos hablado.

Era un momento muy inoportuno para recordar la sugerencia de Isabel sobre la cantidad de ropa con la que debería haber comenzado aquella conversación.

Notó que las mejillas se le encendían.

Kai suspiró, apoyó los codos en la mesa y se frotó las sienes.

—Luna, esto es importante. No todo es vender libros. Ayudar a estos fantasmas a cruzar, darles paz… Eso también importa. —Se llevó las manos al pelo, totalmente lleno de rizos descontrolados—. Y siento que nadie lo entiende.

Las palabras de Kai golpearon a Luna como un jarro de agua fría y el calor que había reunido desapareció. Bajó los brazos y apretó los puños, intentando controlar la rabia que empezaba a burbujear en su interior.

—¿Nadie lo entiende? —repitió con incredulidad—.

¿Crees que yo no lo entiendo? ¿Crees que no sé qué es sacrificarse por Dumont?

¡Wizz entendía qué significaba sacrificarse, Kai!

Podría haberse quedado, podría haber seguido aquí, conmigo.

Pero no lo hizo. Eligió irse porque sabía lo que importaba de verdad.

—Se llevó la mano al collar que siempre colgaba de su cuello.

Se arrepintió de inmediato cuando varias siluetas difuminadas aparecieron en su arco de visión.

Con un gesto rápido, soltó la cadena, creada a partir de una pluma de hada, y la visión desapareció—.

Si tú estás aquí es porque él te eligió por encima de sí mismo.

Creo que todos lo entendemos mejor que tú.

Kai se levantó de la silla. Su expresión pasó de la frustración al dolor.

—Luna, no quise decir eso…

Pero ella levantó una mano para interrumpirlo.

—No importa, Kai. Tienes razón. Tal vez esto es lo que se supone que debes hacer. Tal vez ese fue el propósito real de que Wizz eligiera que fueras tú quien se quedara. —La voz le tembló un poco al final, pero se dio media vuelta hacia la puerta antes de que Kai viera cómo se rompía.

Kai avanzó un paso y alargó la mano para detenerla.

—Luna, espera. —Su voz era suave, casi suplicante.

Ella frenó en seco, pero no se giró. Kai se puso delante de ella y, con un movimiento rápido, intentó besarla en los labios. Pero Luna torció la cabeza, dejando que el beso se posara en su mejilla.

—Buenas noches, Kai —dijo en un susurro, antes de esquivarlo y salir del despacho.