22. Primera semana sin Wizz fatal
Primera semana sin Wizz: fatal
La primera semana sin Wizz en Dumont había sido un torbellino, pero también un recordatorio de todo lo que la librería significaba para el Barrio Francés.
Los clientes llenaban el espacio como si la magia los hubiera atraído aún más desde aquel día.
Los murmullos emocionados, el sonido de las páginas al pasar y los pasos apresurados entre las estanterías daban vida al lugar.
Sin embargo, para Luna, faltaba algo. No había una vocecilla sarcástica flotando a su alrededor ni alas brillantes deslizándose por encima de las mesas.
En el mostrador, revisaba una pila de libros que acababan de llegar mientras Isabel organizaba una estantería cercana.
Entre los títulos había lanzamientos recientes, reediciones preciosas de clásicos y una colección recién impresa de relatos mágicos sobre el Barrio Francés que ya estaba causando revuelo entre los vecinos y turistas.
—¿Sabes? —dijo Isabel, mientras sostenía un libro y lo observaba con curiosidad—. Esto es lo más lleno que he visto Dumont. Y eso que mi primer día fue tremendo.
Luna suspiró y se apoyó en la mesa mientras contemplaba el trajín de la librería. Su mirada no acompañaba la alegría de su amiga.
—Sí, está más animada que nunca… —dijo algo apagada.
—¿Qué pasa, Luna? —preguntó Isabel.
—No sé, Isa… Siento que falta algo. Y no, no hablo solo de Wizz.
Su amiga dejó el libro en su lugar y se acercó al mostrador.
—Es por Kai, ¿no? Por su nuevo trabajo.
Luna asintió.
—Sí, se ha montado un despacho allí. Y no sale.
Literalmente. —Rodó los ojos—. Es como si el resto del mundo dejara de existir para él.
Trabaja día y noche porque, claro, no necesita dormir, a pesar de que lo hace si quiere, y lo hace genial —suspiró y echó un vistazo hacia la trastienda—.
Mientras yo me desmayo agotada, él sigue a tope ayudando a fantasmas a cruzar.
¿Qué pasa con disfrutar un poco de la vida?
Recordó entonces el último punto pendiente de la lista y lo tachó con amargura.
«No me refería exactamente a esto», pensó.
Cambios que haré en Dumont si conseguimos no perderla:
• Pasar la tarde con Wizz eligiendo el papel pintado.
• Convertir la trastienda en una habitación para Kai.
Isabel arqueó una ceja y le lanzó una mirada burlona.
—¿Me estás diciendo que estás celosa del trabajo de tu novio? Porque eso suena un poco… deprimente.
Luna le lanzó el lápiz que tenía en la mano e Isabel lo atrapó al vuelo.
Ambas sonrieron.
—No estoy celosa. Estoy harta de no verlo. Llevamos días sin dormir juntos. Y ni hablar de tener una conversación decente. ¡Está tan obsesionado con su nueva vocación que parece que se olvida de que existo!
Isabel cruzó los brazos y se apoyó a su lado mientras la observaba con esa mezcla de juicio amistoso y apoyo incondicional que solo las mejores amigas podían ofrecer.
—Pues tendrás que recordárselo, ¿no? Quizá si te apareces en su despacho con… ya sabes. Un café. Y nada más que un café.
Luna se ruborizó ligeramente, pero no respondió.
En cambio, giró la cabeza hacia Vivi, que estaba sentada en su silla favorita junto a la ventana con una taza de té humeante en las manos.
Aunque todavía se veía algo pálida, su recuperación era evidente.
Incluso había comenzado a lanzar de nuevo sus comentarios mordaces, lo que era una señal de que volvía a ser ella misma.
Pasaba, eso sí, mucho tiempo bajo supervisión, solo por si acaso.
—¡Eh, Vivi! —exclamó Luna al acercarse con una sonrisa forzada. Quería acabar con el tema de Kai—. ¿Seguro que este té no es otro de tus experimentos? Porque, honestamente, creo que mis papilas gustativas han pasado por todas las hierbas y especias del mundo esta semana.
Vivi alzó una ceja, divertida, y sopló sobre su taza antes de responder.
—Oh, vamos, exagerada. Es una mezcla suave. Nada de locuras. Y, además, me hace gracia verte intentar adivinar los ingredientes cada vez que tomas un sorbo. La magia, si no se practica, ya sabes, se oxida, como los músculos y… otras cosas. —Esto último lo dijo guiñando un ojo, traviesa.
Luna se dejó caer en una silla frente a ella y se sirvió una taza de té. De inmediato sintió una punzada en el pecho, como le pasaba cada vez que veía el juego de té que Wizz había elegido a conjunto con la alfombra que compró el primer día.
—¿Sabes qué? Ya no juego más a eso. Declaro oficialmente que no entiendo nada de té —proclamó, pasando por alto el último comentario. Sabía que no tenía mala intención, pero que hasta Vivi se hubiera dado cuenta de lo distanciados que estaban ella y Kai le molestaba.
Isabel se acercó con un par de libros y se unió a la conversación.
—Eso es porque nunca has entendido la magia del té, Luna. Vivi tiene un don y tú eres su pupila. Deberías aprender a apreciarlo.
Luna puso los ojos en blanco y dejó la taza sobre la mesa.
—Conejillo de Indias, querrás decir. Llevo noches sin dormir con tanta teína.
Vivi sonrió, divertida, y tomó un sorbo antes de contestar.
—Esa es la idea, querida. Mantenerte en vilo para que nunca sepas qué esperar. Además, cuando recupere por completo las fuerzas, te haré algo realmente especial.
Luna levantó una ceja, mirándola con desconfianza.
—¿Especial como una infusión que me haga volar? Porque, si es así, no, gracias. Me gusta el suelo.
—No seas tonta. —Vivi agitó la mano, despreocupada—. Ya verás. Será una sorpresa. Pero ahora, dime, ¿qué tal va Dumont? ¿Cómo te sientes con todo esto? ¿Hemos hablado ya de que eres propietaria de un negocio histórico?
Luna se quedó en silencio por un momento y desvió la mirada hacia el bullicio de la librería.
—Es extraño, Vivi. Por un lado, me siento orgullosa. ¡Y mis padres ni te cuento! Además, hemos salvado esta vieja librería. Pero, por otro…, soñaba con vivir esto con Wizz.
Vivi asintió despacio, su expresión suavizándose.
—Lo estás haciendo bien, Luna. Lo estás haciendo muy bien. Wizz estaría orgulloso y tremendamente histérico con tanta faena.
Luna esbozó una leve sonrisa; se sentía un poco más ligera. Mientras tanto, Isabel se inclinó hacia ellas y dijo en voz baja:
—¿Y Kai? ¿Volvemos a eso?
Estaba claro que ambas amigas querían saber más acerca de tener una relación con un casi fantasma. O quizá era que estaban genuinamente preocupadas por ella.
Luna resopló, cruzando los brazos.
—Va… bien, supongo. Pero no puedo evitar sentirme inquieta. Es un fantasma, Isabel. Últimamente pienso mucho en esto. ¿Hola? Estoy saliendo con un fantasma, no deberíamos normalizarlo. ¿O sí?
Isabel abrió la boca para responder, pero Vivi chasqueó la lengua y la interrumpió.
—Por favor, Luna. Tienes a un fantasma guapo, como salido de cualquier novela de las hermanas Brontë, que está claro que te adora. ¿Qué más necesitas?
Luna se sonrojó, pero no pudo evitar sonreír.
—No sé… Tal vez dormir con él más a menudo.
Las tres rompieron en risas, el ambiente cargado de complicidad y cariño.
—Yo ya te dije qué podías hacer —apuntó Isabel.
—Sí, fuiste muy gráfica al respecto, pero no, gracias.
—¿Quiero saberlo? —preguntó Vivi, divertida.
—¡No! —gritaron ambas y volvieron a reírse.
El nuevo reloj de pared, regalo del relojero que había resultado ser una especie de espíritu del tiempo y que estaba muy agradecido, marcaba las cinco de la tarde.
Dumont estaba en su punto álgido de la tarde.
Los clientes iban y venían mientras hojeaban libros, preguntaban por recomendaciones e inundaban el ambiente con un murmullo constante.
Luna e Isabel regresaron tras el mostrador, donde atendían a todo el mundo con rapidez y algo de agotamiento acumulado.
—No me malinterpretes, Luna, adoro este lugar, pero creo que he respondido la misma pregunta sobre libros de autoayuda al menos diez veces hoy. —Isabel apoyó los codos en la mesa y suspiró con aire dramático al ver la cola de clientes que no parecía disminuir.
Luna soltó una pequeña risa mientras metía en una bolsa una novela para una clienta.
—¿Quién iba a decir que una buena selección de fantasía juvenil podía empezar a atraer multitudes? Literalmente, mira ese grupo de ahí —dijo, señalando un punto concurrido de la librería—. Ese montón de chicos y chicas adolescentes han quedado para comprar libros.
Isabel asintió, aunque sus ojos no dejaron de observar la fila.
—Hablando de todo un poco, ¿cuándo piensas hacer algo? —preguntó con una ceja arqueada—. ¿Has pensado ya cuándo hablar con él?
Luna resopló; sostenía una pila de libros en los brazos.
—¿Cuándo tendré tiempo para hacerlo? Si no está atendiendo fantasmas en su flamante despacho, está con Margot para aprender cómo hacerlo. Parece que últimamente soy su compañera de piso invisible. ¿Seré yo el fantasma en esta relación?
Isabel rio con suavidad mientras ayudaba a organizar las bolsas en el mostrador.
—No puedes seguir dejando pasar los días, Luna. Ya hace una semana.
Luna la miró.
—Lo sé, tienes razón. Pero es complicado… Quiero apoyarlo, pero siento que me está dejando fuera.
Isabel se inclinó hacia ella.
—No es complicado. Es simple. Esta noche, cuando cierre Dumont, lo sientas y hablas con él. —Isabel cogió uno de los lápices del mostrador y escribió en una hoja: «Sin ropa».
En ese momento, la puerta principal de Dumont se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire fresco que hizo que algunas hojas sueltas volaran del mostrador, incluida la nota que acababa de escribir Isabel.
—¡No puedo más, Luna! —exclamó mientras se giraba hacia la entrada—. ¿De verdad la gente lee tanto?
Pero sus palabras se detuvieron en seco al ver a las personas que habían entrado.
Eran sus padres.
La librera se quedó rígida, con la espalda más recta que nunca, mientras el matrimonio se acercaba al mostrador.
Su madre, con un traje impecable de color marfil, y su padre, con un elegante abrigo de lana oscuro, parecían fuera de lugar en el entorno cálido y caótico de Dumont.
Sus rostros estaban serios, aunque había algo en sus ojos que Luna no logró descifrar de inmediato.