21. Puertas y otras resacas mágicas #2
Isabel fue la primera en entrar y se quedó congelada en el umbral. Sus labios se separaron en una mezcla de sorpresa y admiración.
—Guau… Antes no me había fijado en… —susurró mientras recorría con la mirada la estancia impecable.
Las estanterías, antes inclinadas y amenazando con derrumbarse, ahora se erguían con elegancia, como si fueran parte de una catedral de libros.
Los cristales brillaban con un resplandor impoluto y los lomos de los libros parecían tan pulidos que reflejaban una luz suave que bañaba el lugar—. Bueno, en todo.
Luna siguió sus pasos con un nudo en la garganta. Dumont estaba… perfecto. Más que eso: era hermoso. Cada rincón parecía emanar magia, pero no la caótica y rebelde de antes, sino una serena y reconfortante.
—Wizz…, realmente lo hiciste —susurró Luna, sin poder apartar la mirada del papel pintado con flores granates y mostaza sobre un fondo azul profundo.
Corrió hacia el mostrador y abrió su cuaderno rosa chicle, donde rezaba:
Cambios que haré en Dumont si conseguimos no perderla:
• Pasar la tarde con Wizz eligiendo el papel pintado.
• Convertir la trastienda en una habitación para Kai.
Mientras tanto, Kai ayudó a Vivi a entrar y a sentarse en una de las sillas junto al mostrador principal. Ella miró a su alrededor con los ojos llenándosele de lágrimas mientras una sonrisa suave se extendía por su rostro.
—Esto… es maravilloso —dijo, su voz algo quebrada.
Luna se inclinó hacia Vivi y le cogió la mano con delicadeza.
—Quería que lo vieras. Quería que supieras que, aunque Wizz ya no esté aquí, sigue siendo parte de Dumont. Este es su regalo para todos nosotros.
Vivi asintió, limpiándose una lágrima con cuidado.
—Él siempre tan exagerado para todo. Un pequeño desastre encantador. —Sonrió con ternura—. Y creo que estaría encantado de ver esto ahora —dijo mientras sus ojos danzaban de una esquina a otra, observándolo todo—. El papel pintado, un acierto si me preguntas. ¿Cosa de Wizz?
—No sé cómo lo ha hecho, pero sí.
Luna dejó escapar un suspiro profundo y miró a su alrededor. Entonces Cartografía de lo invisible comenzó a calentarse. Extrañada, bajó la vista y notó que el cuero brillaba ligeramente.
—¿Luna? —preguntó Kai, al notar su expresión.
—Está…, está pasando algo con el libro —murmuró y lo sostuvo con más firmeza.
Antes de que pudiera reaccionar, el libro le cayó de las manos como si una fuerza invisible lo hubiera empujado al suelo.
Al tocar las tablas de madera, las tapas se abrieron de golpe, mostrando páginas completamente en blanco.
Un resplandor, cuya intensidad creció en un segundo, comenzó a emanar de ellas.
—¿Qué demonios…? —exclamó Isabel, que retrocedió un paso, claramente sorprendida.
Kai se adelantó y se agachó junto al libro. Extendió una mano, pero se detuvo cuando una suave brisa brotó de él y recorrió la habitación como un susurro lejano.
—Veo el otro lado —murmuró Kai, asombrado.
Luna lo miró desconcertada.
—¿Qué quieres decir?
Kai levantó la mirada hacia ella; sus ojos oscuros brillaban de emoción.
—Luna. Este libro… —Tocó el borde de la tapa con delicadeza, como si temiera activar algo más grande—. Es como una ventana a la dimensión donde vagamos…, donde vagan los fantasmas.
Luna dio un paso atrás.
—¿Y qué hacemos con él? —preguntó. Miró a Vivi a la espera de que ella tuviera la respuesta.
La mujer, aunque visiblemente más pálida, mantuvo la mirada fija en el libro.
—Quizá no sea cuestión de qué hacer con él, Luna… —murmuró con voz débil pero cargada de sabiduría—. Quizá sea cuestión de quién está destinado a usarlo. Tú lo encontraste.
El brillo de las páginas comenzó a suavizarse, pero el aire de la librería seguía vibrando con una energía palpable. Sin saber por qué, Luna lo recogió de nuevo y lo cerró de golpe. Le aterraba la idea de que pudiera absorber a Kai de alguna manera literaria.
—Si es cosa mía, puede esperar —resolvió mientras dejaba el extraño tomo sobre el mostrador y abrazaba con más fuerza el libro en el que vivía su amigo.
Esa misma tarde, tras el intenso descubrimiento del misterioso libro, Dumont volvió a su rutina. A pesar de la normalidad aparente, el ambiente estaba cargado de una energía nueva, diferente. Era la primera vez que la librería abría sus puertas siendo Luna la propietaria y no la inquilina.
Mientras Kai organizaba una pila de libros e Isabel arreglaba unas flores frescas en un jarrón, cortesía de Harry, el panadero que había descubierto una nueva pasión en la botánica, la campanilla de la puerta sonó de repente, rompiendo la tranquilidad.
Margot apareció; su figura alta y su andar decidido llenaron el espacio.
Su cabello oscuro caía en una cascada desordenada y su mirada, siempre profunda, era más intensa que nunca.
—Dumont me ha llamado. Mis pasos no eran míos —musitó con voz grave, casi mística, mientras avanzaba hacia el centro de la librería.
Todos la miraron. Sin decir nada más, fue derecha al mostrador donde descansaba el libro recién descubierto. Extendió las manos hacia él, pero sin tocarlo, como si temiera que el contacto físico pudiera alterar algo importante.
—Esto… —susurró. Se acercó un poco más al libro y cerró los ojos por un instante—. Esto es una puerta. Una puerta entre este mundo y aquellos que ya no lo habitan por completo.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo el leve crujido de una estantería rompió la tensión mientras todos la observaban.
—¿Qué quieres decir exactamente con «puerta»? —preguntó Isabel. Intentó sonar práctica, aunque la fascinación en su tono era evidente.
Margot se irguió despacio, mirando a Kai primero, luego a Luna.
—No es un libro común. Es un puente para los que están atrapados entre dos realidades.
Fantasmas, espíritus…, almas que buscan un camino.
Pronto lo comprobaréis. Dumont atraerá visitantes especiales…
y no todos vendrán por una buena lectura.
—Hizo una pausa dramática y señaló el tomo—.
Mi consejo: llevadlo a un lugar menos… concurrido.
Las energías deben fluir, pero no pueden desbordarse.
Dicho esto, dio media vuelta y se dispuso a marcharse. Sin embargo, se detuvo justo en la puerta para lanzar una última mirada al grupo que aún la contemplaba, boquiabierto.
—Ah, y no lo dejéis sin supervisión. —Y con eso, desapareció tal y como había llegado.
Luna, todavía procesando las palabras de Margot, miró a Kai y luego al libro. Fue Kai quien rompió el silencio con decisión.
—Yo me encargo. —Se adelantó hacia el mostrador y cogió el libro. Los ojos le brillaban como Luna no había visto antes—. Creo que soy el más capacitado para esto. Si algo se me va de las manos, os aviso.
Antes de que nadie pudiera responder, Kai se acercó a Luna para darle un beso rápido en los labios. Fue un gesto tan espontáneo que la dejó completamente inmóvil por un segundo. El rostro se le encendió de inmediato mientras él se dirigía hacia la trastienda con el libro bajo el brazo.
—Volveré pronto. —Se giró un breve instante con una sonrisa tranquilizadora y desapareció tras la puerta.
Luna, todavía algo aturdida, sintió la mirada de Vivi sobre ella.
—Bueno, eso fue interesante… —dijo con una pequeña sonrisa traviesa—. ¿Entonces? ¿Cómo va todo entre tú y Kai?
Luna, aún ruborizada, se dejó caer en una de las sillas frente a Vivi.
—No sé, Vivi… Es complicado. Lo quiero mucho, pero… a veces no puedo dejar de pensar en su naturaleza. Es un fantasma. —Miró a Isabel, que ahora se había unido al grupo y había tomado asiento junto a Vivi—. ¿Y si no funciona? ¿Y si algún día desaparece?
Isabel, pragmática y encantadora, arqueó una ceja.
—Luna, ¿has olvidado todo lo que ha pasado hasta ahora?
Kai está aquí porque tú estás aquí. Ese tipo no se va a ir a ninguna parte.
—Hizo una pausa y la miró con curiosidad maliciosa—.
Pero lo que quiero saber es… ¿Has podido…
, ya sabes…, con un fantasma? —Ante la mirada atónita y desconcertada de Luna, añadió en un susurro—: Ya sabes… , hacer el amor.
—¡Isabel! —protestó Luna con el rostro ardiendo mientras se llevaba una mano a la frente.
—¿Qué? Es una pregunta válida. —Isabel se encogió de hombros, claramente disfrutando del momento.
Vivi, riéndose en voz baja, añadió:
—Bueno, querida, es mejor que nos cuentes. Por este tipo de cotilleos es por lo que he venido.
Luna, todavía roja como un tomate, bajó la mirada y murmuró algo inaudible.
—¿Qué? —preguntaron ambas amigas al unísono, inclinándose hacia ella.
—Que sí, ¿vale? Sí. —Luna al fin levantó la cabeza y se enfrentó a sus miradas con un toque de desafío—. Lo hicimos. Y fue… Bueno, fue increíble. Muy… real.
La confesión dejó a Vivi e Isabel en silencio por un momento, antes de que las tres rompieran a reír. Era una risa liberadora, llena de complicidad y cariño, que impregnó la librería de calor.
—Bueno, Luna, ahora sí que eres oficialmente la Reina de Dumont —bromeó Isabel mientras se limpiaba una lágrima—. ¿Sabías que Wizz te llamaba así cuando no estabas?
Luna solo sonrió; ahora sí lo sabía.
—Kai es un fantasma con buen gusto —añadió Vivi, con un guiño cariñoso.
Mientras la tarde se transformaba en noche, la conversación viró hacia temas más ligeros, aunque la conexión entre las tres mujeres era innegable. Dumont, con su atmósfera única, había sido testigo de otro momento que había fortalecido los lazos entre ellas.