Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 21. Puertas y otras resacas mágicas
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21. Puertas y otras resacas mágicas

Puertas y otras resacas mágicas

Luna y Kai siguieron a Isabel con pasos apresurados por la calle adoquinada que conducía a la tienda de tés más mágica de Nueva Orleans. El aire frío de la mañana les golpeaba el rostro, y el libro de Wizz permanecía apretado contra el pecho de Luna, como si fuera un escudo protector.

—¿Qué ha pasado? —preguntó al fin Kai, su voz llena de preocupación.

Isabel no se detuvo ni giró la cabeza, pero su tono fue urgente y tranquilizador a la vez.

—Está bien. Pero tenéis que verla. Ahora.

Al llegar, Isabel abrió la puerta con rapidez y les hizo un gesto para que entraran.

Luna cruzó el umbral con el corazón en la garganta.

La tienda de Vivi estaba inundada de la luz natural que se filtraba por las ventanas y el aroma a especias y hierbas flotaba en el aire, tan familiar como siempre.

Vivi estaba sentada en su sillón favorito junto a la ventana; una manta de lana le cubría las piernas y su taza de té descansaba en la mesita de al lado.

Sus ojos, aunque denotaban cansancio, estaban abiertos.

Observó a Luna con una mirada reluciente.

—Vivi… —murmuró, dejando el libro de Wizz sobre una mesa cercana antes de correr hacia ella.

Kai se quedó en la entrada, contemplando la escena, aliviado y algo reservado. Se sentía el testigo de un pequeño milagro.

—Te dije que era difícil acabar conmigo, querida —bromeó Vivi, con la voz todavía débil pero cargada de humor.

Luna cayó de rodillas junto al sillón y tomó la mano de Vivi entre las suyas. Estaba fría, pero al menos tenía fuerza.

—Estás bien —susurró Luna, con lágrimas en los ojos—. Por un momento pensé que…

—Que era el final —completó Vivi con delicadeza, apretando la mano de Luna—. Cariño, los finales son solo el principio de algo más. Pero todavía tengo un par de cosas que hacer en este mundo.

Kai se acercó despacio y se apoyó en el respaldo del sillón. Vivi alzó la mirada hacia él con una sonrisa traviesa.

—Tú también estás aquí. Parece que Dumont no se ha venido abajo…, ¿verdad?

Kai sacudió la cabeza y forzó una sonrisa.

—No del todo. Aunque hubo momentos en los que no estábamos seguros de que lo lograríamos.

—Eso suena a una historia que quiero oír. Pero primero… dime, Luna. —Vivi giró la cabeza hacia ella, sus ojos ahora un poco más serios—. ¿Qué pasó con Wizz? Recuerdo oíros discutir…

El aire en la sala pareció volverse más denso. Luna miró a Kai por un instante antes de bajar la vista hacia sus manos, que todavía sujetaban la de Vivi.

—Se ha ido —dijo Luna en voz baja—. Está en su libro. Se sacrificó para salvar Dumont… Para salvarnos.

Un destello de emoción cruzó el rostro de Vivi. Cerró los ojos por un momento, como si estuviera procesando la pérdida.

—Ese pequeño alborotador… Siempre fue más noble de lo que admitía. —Vivi dejó escapar un suspiro profundo antes de abrir los ojos y mirar a Luna con determinación—. Entonces es nuestra responsabilidad honrarlo, ¿no te parece?

Luna asintió y se secó una lágrima antes de responder:

—Eso me encantaría.

Kai, quien había permanecido en silencio, se inclinó hacia delante y tocó con suavidad el hombro de Vivi.

—Pero ahora tienes que enfocarte en recuperar tus fuerzas. Dumont estará bien atendido. Nos has dado un susto de muerte, Viviana Tate, y eso viniendo de un fantasma es mucho decir.

Vivi sonrió. Acarició la mano del chico antes de asentir.

—Prometo que no me iré a ninguna parte por ahora. No os libraréis de mí tan fácilmente, muchachos.

Los tres se rieron y la tensión en la sala pareció aliviarse un poco.

Mientras Luna y Kai preparaban cosas para Vivi, un destello desde el rincón de la tienda llamó la atención de Luna.

Entre el polvo y los demás libros de la estantería, encontró un ejemplar antiguo con tapas de cuero y letras doradas que parecían grabadas a mano.

El título, Cartografía de lo invisible , brillaba.

Cuando lo sostuvo entre las manos, sintió un leve cosquilleo recorrer sus dedos.

No podía explicar por qué, pero parecía importante, casi como si hubiera estado esperándola.

Giró sobre sus talones y se lo llevó a Vivi, que la observaba con curiosidad desde su sillón.

—Vivi, ¿este libro es tuyo? —preguntó Luna cuando se lo tendió.

Vivi alzó las cejas y cogió el libro con delicadeza. Lo miró de arriba abajo mientras pasaba los dedos por la textura del cuero y las letras doradas.

—No sé cómo ha llegado aquí —murmuró, con una ligera arruga en el entrecejo—. Es hermoso, pero no recuerdo haberlo visto antes. —Le devolvió el libro a Luna con un atisbo de intuición en los ojos—. Tú mejor que nadie conoces los libros. Quizá debas llevártelo.

La frase hizo que algo dentro de Luna se tensara. Cerró los dedos alrededor del libro mientras sentía el nudo familiar formarse en su garganta.

—Los conocía —corrigió con un susurro quebrado—. En pasado. Ahora, apenas sé quién era cuando amaba leerlos.

Vivi ladeó la cabeza con ternura y alargó una mano hacia Luna.

—Luna, querida… Eso no es verdad. Todavía tienes esa pasión en ti.

Está ahí, aunque ahora parezca escondida.

—Hizo una pausa y su mirada se volvió más firme—.

Prometo que en cuanto recupere las fuerzas, trabajaré en algo especial para ti.

No puedo prometerte que tus libros favoritos regresarán tal y como los recuerdas, pero quiero intentar algo.

Quizá haya una forma de traer de vuelta esa parte de ti.

Luna apretó los labios, tratando de no dejarse llevar por la emoción, y asintió despacio.

—Gracias, Vivi.

Ella le dedicó una sonrisa y retiró la mano con suavidad.

—Ahora, dime qué ha pasado mientras yo estaba fuera de combate. —Su tono era ligero, casi juguetón, pero había una expresión seria en sus ojos—. Sé que ha pasado algo grande. Puedo sentirlo.

Luna respiró hondo antes de comenzar a hablar.

—Soy… propietaria de Dumont. —Las palabras salieron de sus labios con orgullo y nerviosismo—. Fue gracias a Isabel. Ella… me entregó un cheque con todo el dinero que quedaba por reunir. No aceptó un no por respuesta.

Vivi parpadeó, impresionada. Sus ojos comenzaron a inundarse de lágrimas mientras miraba a Luna con orgullo.

—Isabel hizo eso… por ti…, por Dumont —murmuró, su voz algo quebrada—. Pensaba que lo había soñado.

Luna asintió, también con los ojos húmedos al recordar la generosidad de su amiga.

—No sé cómo agradecérselo lo suficiente. Ella entiende de verdad lo que Dumont significa.

Vivi sonrió con ternura y se limpió una lágrima con los dedos.

—Ella es especial. Más de lo que imaginas.

Luna se inclinó hacia delante para coger la carta de Wizz, que había dejado junto al libro. La sostuvo entre sus manos durante un momento antes de entregársela a Vivi.

—Es de Wizz —dijo con voz suave—. Antes de…, de sacrificarse, dejó esta carta para nosotros. Hace días que sabía que esto iba a pasar. Supongo que tuvo miedo y por eso no lo hizo antes.

Vivi cogió la carta con cuidado, como si fuera lo más frágil del mundo.

Las manos le temblaron un poco mientras la desplegaba y comenzaba a leer.

A medida que avanzaba, una mezcla de emociones le cruzó el rostro: risa, tristeza, ternura.

Al final, una lágrima le rodó por la mejilla al tiempo que cerraba la carta con delicadeza.

—Ese pequeño… nunca dejó de ser él mismo, incluso al final. —Su voz era un susurro repleto de amor.

Respiró hondo y extendió la carta hacia Isabel, quien acababa de llegar con bolsas de comestibles, velas y jabones.

—También hay algo para ti aquí —dijo Vivi, con una leve sonrisa—. Léela. Creo que te hará sonreír.

La joven se acercó despacio y cogió la carta con cuidado. Su expresión, siempre controlada y sofisticada, comenzó a suavizarse mientras leía. Primero, un arqueo de cejas incrédulo; después, una risa breve, y finalmente, un brillo de emoción que parecía iluminar su rostro.

—Esa hada… —murmuró, con una sonrisa mezclada con lágrimas contenidas—. Nunca pensé que algo tan pequeño pudiera ser tan… impactante. Pero no entiendo bien esto. —Apuntó con el dedo una palabra—. «Micromagos».

—Ni idea —respondió Luna—. A mí también me ha sonado muy raro cuando lo he leído, pero pensaba que tú sabrías de qué habla.

La expresión de Isabel era de confusión, pero con una chispa de esperanza, lo que hizo pensar a Luna que algo sí que sabía su amiga.

—Investigaré. —Fue lo último que dijo antes de devolverle a Luna la carta, quien la cogió y la dobló con cariño.

Abrazó el libro Cartografía de lo invisible contra el pecho mientras ayudaba a Vivi a ponerse un chal cálido alrededor de los hombros.

La tienda de tés, aunque reconfortante, no tenía el mismo aire de magia palpable que Dumont, y Luna quería que la mujer viera con sus propios ojos lo que Wizz había hecho por ellos.

—¿Estás segura de que es buena idea? —preguntó Isabel, con el ceño algo fruncido mientras se ajustaba el abrigo. Aunque su tono era firme, sus ojos reflejaban preocupación.

—Quiero que Vivi vea Dumont —respondió Luna con determinación. El sacrificio de Wizz y el renacimiento de la librería aún le pesaban en el corazón, y necesitaba compartir ese momento con todos.

Vivi, a pesar de su evidente cansancio, asintió con una sonrisa tenue.

—Quiero verlo. No puedo quedarme y perderme todo el salseo. Además… —bromeó con voz débil, pero con chispa—, está claro que no os puedo dejar sin supervisión.

Con la ayuda de Kai e Isabel, acomodaron a Vivi con cuidado, tras asegurarse de que estuviera abrigada y cómoda para el breve trayecto. El libro de Wizz y Cartografía de lo invisible descansaban bajo el brazo de Luna, como si protegiera dos piezas fundamentales de un rompecabezas aún por descifrar.

Cuando llegaron a Dumont, el aire parecía diferente. No era solo la librería; era el propio Barrio Francés. Todo parecía más vibrante, como si se hubiese levantado un velo invisible. Luna empujó la puerta con cuidado y el suave tintineo de la campanilla atravesó el aire.