20. No llores, se me arrugan las letras
No llores, se me arrugan las letras
Querida Luna:
O como yo prefiero llamarte en mis ratos libres: Madame Drama, Reina de los Libros y Salvadora de Hadas Egocéntricas. Lo sé, largo. Pero, ey, es tu esencia, ¿qué puedo decir?
Si estás leyendo esto, significa que ya he vuelto a mi apartamento de lujo, también conocido como Cuentos y leyendas vivas del Barrio Francés .
Y no, no he desaparecido ni me he esfumado por arte de magia, así que borra esa cara de tragedia griega ahora mismo.
Estoy aquí dentro, más cómodo que nunca, con un montón de aventuras que vivir.
Solo te pido un favor: ¡ni se te ocurra pintarme el libro!
Esto no es una libreta de apuntes ni un álbum de pegatinas, Luna.
Es mi casa. Respetemos los límites, ¿vale?
Seguramente, en un arranque de heroísmo (de los míos), he tomado la decisión que tenía que tomar. Ya os estáis dando cuenta de que a la librería se le ha ido de las manos y no quiero que empeore, porque sé que lo hará.
Pero ahora hablemos de lo práctico: quiero que me leas de vez en cuando.
No porque esté necesitado de atención (aunque un poco, sí), sino porque es como hacerle una sesión de yoga a mi espíritu.
Además, quitarme el polvo cuenta como un masaje revitalizante, y sé que tú eres muy de consentir a tus amigos, ¿no?
Así que, por favor, sácame de la estantería de vez en cuando, pero no abuses de mi paciencia.
No soy un fantasma que puede aparecer a voluntad.
Haré que encuentres la manera de hablar conmigo, porque soy impresionante y siempre consigo lo que me propongo.
Tiempo al tiempo, jefa. Y, por favor, no me despido de ti sin antes suplicarte de rodillas, y de codos si quieres, que cuides de mis berenjenas.
Quizá nuestra amada y buena bruja Vivi pueda facilitarte un brebaje de los suyos que contenga la paciencia y capacidad para hacerlas de un tamaño adecuado a tu ingesta.
Ya me lo agradecerás cuando las pruebes.
O mejor dicho, cuando las pruebe Kai. Sí, definitivamente, que las pruebe él y tú luego pruebas la…
¡Venga ya, Luna! No te pongas roja, que no es un color que vaya con tu tipo de piel.
Ahora vamos a lo importante: las despedidas de las que te dejo totalmente responsable, jefa.
Primero, Vivi. Oh, Vivi… Por favor, en cuanto la veas, invítala a tomar un bananas Foster.
En el lugar más cool que seas capaz de encontrar, y asegúrate de que vaya bien cargado de ron, que es como le gusta.
Y ojalá en ese momento de ferviente alegría pueda perdonarme por ser tan dramático y, sobre todo, por mis ligeros deslices mágicos.
También puedes decirle que mis alas extrañan sus palabras sabias, aunque no voy a admitir eso dos veces.
Luego está Gato. Ese pequeño gruñón peludo que actúa como si fuese el dueño de Dumont.
Dile que sé perfectamente que me miraba con envidia (¿celos de estas alas?
Por supuesto). Pero también dile que me cae bien, y que espero que cuide de ti y de la librería como el guardián gruñón que es.
¡Ah! Y que deje de ronronear tan fuerte cuando está mi estantería. Es molesto.
Ah, Isabel… Mi reina del escepticismo sofisticado.
Tiene la risa más escandalosa y sincera que ha pasado por la librería.
Me «flipa», como dice constantemente, que sea una de esas personas raras que buscan algo más allá de lo evidente, aunque finja que no.
¿Sabes qué? Sé su pequeño secreto: su amigo de la infancia.
Dile que nunca se fue, que crea en él y podrán reencontrarse.
Menciónale a los micromagos y que busque información en la ciudad; sabrá lo que busca cuando…
¿lo busque? No sé cómo es esa frase profunda, pero ya me entiendes.
Y Kai… ¡Ay, Kai! ¿Qué decirte de él aparte del temita de las berenjenas?
Ese chico es un dolor de cabeza, pero, al contrario de lo que puede parecer ahora, no me arrepiento de haberle dado un cuerpo porque, además…
, ¡qué cuerpo, chica! Eres afortunada y creo que lo sabes, porque esos gemidos…
—perdón, me atraganté—. Bueno, que me pongo serio un segundo: por favor, dile que le tengo un cariño genuino, que me hace reír su falta de humor como poca gente lo hace.
Dile que toque más, que ha dejado de hacerlo, y que todos en Nueva Orleans nos hemos dado cuenta.
No le digas que es mi crush (gracias de nuevo, Isabel, por el palabro).
En cuanto a ti, Luna… Tú, mi maravillosa, cabezota y dulce Luna.
Lo que quiero decirte es simple: no dejes que Dumont pierda su magia.
Este lugar es especial porque tú lo haces especial.
Y no, no necesitas a un hada descarada y con buen gusto flotando a tu alrededor para que eso sea cierto.
Pero sí necesitas seguir siendo tú: valiente, ridícula, apasionada.
Esa es tu magia, y te prometo que es más que suficiente.
Y hazme un favor: lee en voz alta de vez en cuando.
Dumont lo necesita tanto como tú. Pero recuerda leer cosas con salsa, que las librerías también se aburren con tanto estoicismo.
Dicho esto, me despido con mi característico estilo encantador y una última petición: cuida de Dumont. Cuida de tu gente, pero sobre todo cuida de ti misma y de mi casa. Porque, aunque no esté dando vueltas por ahí haciendo bromas o lanzando destellos, sigo contigo en cada página.
Te dejaré con la duda de si puedo verte. Así te dará mucho mal rollo.
Oh, y antes de que me olvide, por favor, no metas más plantas en Dumont. Sé que quieres darle un toque verde al lugar, pero no hay suficiente magia en el mundo para mantenerlas vivas con Kai y Gato rondando. Prioridades, Luna. Prioridades.
Ahora ve, Reina de los Libros. Tienes una librería que proteger, una familia que amar y un mundo por transformar. Y, ya sabes, si alguna vez me extrañas, siempre puedes abrir este libro y recordarme. Solo que no lo hagas llorando. ¡Se me arrugan las letras!
Me despido con amor y mucha arrogancia.
Tu hada favorita,
Wizz
Luna sostuvo la carta entre sus manos con los dedos temblando mientras releía las palabras de Wizz.
Por momentos, una sonrisa se asomaba entre las lágrimas que aún le caían por las mejillas.
La mezcla de emociones era abrumadora: tristeza, alivio, amor, incluso algo de frustración ante el humor descarado que el hada no había dejado de lado ni siquiera en su despedida.
El aire en Dumont olía a papel húmedo y café frío, y el polvo flotaba en la luz como si respondiera a la ausencia del hada.
Kai, sentado junto a ella, miraba la carta con una expresión contemplativa. Había permanecido en silencio mientras Luna leía para permitirle procesarlo todo a su ritmo. Ahora, inclinó la cabeza ligeramente y rompió el silencio con delicadeza:
—Que soy su… ¿qué? —preguntó, rascándose la nuca con cierta incomodidad, en un tono que intentaba ser liviano.
Luna soltó una risita nerviosa mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano.
—Ya te lo explicaré. —Levantó la mirada hacia él; encontraba consuelo en su presencia—. Me ha dejado deberes.
Kai le dedicó una leve sonrisa, aunque un destello de melancolía cruzó por su rostro.
—Es extraño. Siento que todavía está aquí de alguna manera. Como si fuese a aparecer flotando en cualquier momento para soltar algún comentario sarcástico sobre lo patéticos que somos. O sobre berenjenas.
Luna asintió y abrazó el libro contra el pecho como si al hacerlo pudiera mantener a Wizz más cerca.
—Yo también lo siento. —Su voz se quebró un tanto—. Pero… creo que eso es lo que quería. Que sintiéramos que sigue con nosotros, incluso si no está dando vueltas por Dumont.
Kai le pasó un brazo por los hombros para atraerla hacia él. El silencio entre ellos se llenó de pequeños sonidos: sus respiraciones acompasadas, el crujido de la madera, el leve tictac de un reloj invisible y el ensordecedor recuerdo de un batir de alas.
El claro tintineo de la campanilla de la puerta rompió el silencio lleno de emociones. Luna y Kai, desde el suelo, alzaron la vista al unísono. Isabel estaba allí, en el umbral, con el cabello algo revuelto y su americana beige como recién planchada.
Dio un paso adelante, sus ojos recorriendo la librería con rapidez, y su expresión pasó del asombro a algo cercano a la admiración.
—Guau… —Fue todo lo que logró decir; sus labios se curvaron en una mueca mitad sonrisa, mitad sorpresa—. Tenéis mucho que contarme —añadió con un deje irónico.
Hizo una pausa y su voz adquirió un tono más urgente.
—Pero primero, venid. Es Vivi.
Luna y Kai se miraron de inmediato y compartieron un entendimiento tácito. Luna se apresuró a levantarse, con el libro de Wizz todavía agarrado con fuerza y la carta arrugada en la mano. Kai no se quedó atrás. Se incorporó de un salto mientras sus ojos buscaban los de Luna.
Sin decir nada más, ambos salieron corriendo detrás de Isabel, dejando atrás la serenidad mágica de Dumont y las preguntas que aún quedaban por responder.