19. Manual para perder a un hada #2
Él, con el rostro lleno de lágrimas, levantó las manos temblorosas hacia el aire.
Su luz, apenas un destello, se intensificó de repente mientras murmuraba algo que Luna no pudo entender.
En un instante, todo se detuvo. Los escombros que caían quedaron suspendidos en el aire.
Los cristales rotos flotaban a escasos centímetros del suelo y de ellos mismos.
El polvo, las astillas, los libros…, todo quedó inmóvil, como si el tiempo mismo hubiera dejado de avanzar.
Luna miró a su alrededor, atónita. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración entrecortada de Wizz. Lo miró, y lo que vio le rompió el corazón. La pequeña hada yacía en sus manos, apagada por completo, con las alas sin vida y los ojos entornados.
—Wizz… —susurró, acercándolo más a ella.
Él, débil, giró la cabeza con una sonrisa dolorosa en los labios.
—No puedo mantener esto mucho tiempo… —dijo, su voz apenas un murmullo—. Por favor, Luna…, coge mi libro.
Ella asintió con rapidez y dejó a Wizz en el suelo con cuidado.
Las lágrimas caían por sus mejillas sin control.
Miró a su alrededor, buscando el libro entre los objetos flotantes.
Lo vio, suspendido cerca de una estantería, y se dirigió hacia él a la par que esquivaba la mayoría de los cristales y fragmentos que flotaban a su alrededor.
El corazón le latía con fuerza cuando alargó la mano y, al fin, lo cogió.
—Lo tengo, Wizz. Lo tengo. —Regresó corriendo hacia él y se arrodilló junto a su pequeño cuerpo—. ¿Qué hago? Dime qué hago.
—Ponme sobre él… —susurró el hada, apenas audible—. Es hora de que vuelva a donde pertenezco.
Luna negó con la cabeza, llorando.
—No. No puedo dejarte ir. No puedes hacer esto. Por favor, quédate. Te necesito. Eres mi familia.
Wizz levantó una mano temblorosa y Luna se agachó, al encuentro de su contacto. El hada le acarició la mejilla con ternura.
—Me diste todo lo que un hada como yo podía desear…
Amor, un hogar, una familia y muchas horas de parchís.
Pero si me quedo ahora…, solo traeré más dolor.
—Cerró los ojos un momento antes de añadir—: Prométeme algo, Luna.
Prométeme que leerás mi libro. Que conocerás al Wizz que fui antes de todo esto.
Luna sollozó.
—Perdona por haberte gritado, lo siento, Wizz. Te quiero, no me dejes.
—No hay nada que perdonar, Luna. Me hiciste feliz. Pero ahora… debo irme.
—Wizz, no, no, no, no.
—Te quiero, jefa.
Con un último esfuerzo, Wizz chasqueó los dedos sin fuerza. El libro se abrió y su cuerpo comenzó a desvanecerse en una luz tenue que se filtraba entre las páginas. Luna lo observó, sin dejar de llorar, mientras las letras comenzaban a recolocarse para dejar espacio al personaje protagonista.
Y entonces todo cambió. El caos que estaba suspendido en el aire comenzó a retroceder. Los cristales volvieron a sus lugares, los libros regresaron a las estanterías, las grietas en el techo se cerraron. Dumont, que antes parecía al borde del colapso, se reconstruía ante sus ojos.
Kai entró corriendo en ese momento y se detuvo en seco al ver la transformación que ocurría a su alrededor. Miró a Luna, que estaba arrodillada en el suelo, abrazando el libro de Wizz contra el pecho.
—¡Luna! —exclamó y acudió a su lado. Le temblaron las manos al sostenerle el rostro para inspeccionarlo—. ¿Qué ha pasado? Estás herida.
Luna no pudo responder de inmediato. El nudo que sentía en la garganta le impidió hablar, y solo cuando Kai la abrazó con fuerza, permitiéndole refugiarse en su calidez, logró soltar un sollozo desgarrador.
—Kai…, Wizz se ha ido —susurró entre lágrimas, aferrada a él como si temiera desmoronarse por completo.
Kai se tensó al escuchar esas palabras. Se apartó ligeramente para mirarla; sus ojos reflejaban incredulidad y un profundo pesar.
—¿Qué quieres decir con que se ha ido? —preguntó en voz baja, como si temiera la respuesta.
Luna alzó el libro entre ellos, sus manos aún temblando.
Con un gesto vacilante, lo abrió y señaló un diálogo en el que aparecía el nombre de su amigo.
Kai observó el texto con atención, pero no encontró el nombre.
Pasó la página como llevado por un presentimiento y allí estaba, congelado en acuarela tibia: una pequeña hada con la sonrisa más triste que habían visto nunca.
—¿Es esto… Wizz? —preguntó, atónito, en apenas un susurro lastimero.
Luna asintió despacio y tragó saliva para contener otro sollozo.
—Se sacrificó para salvar Dumont…, para salvarnos.
—Su voz se quebró al final y las lágrimas volvieron a fluir mientras acariciaba el nombre de su amigo, Vaëlyssandre Wizzélith des Marges.
Sonrió con una profunda tristeza mezclada con tanto amor que era capaz de sentir dolor allí donde antes vivía Wizz.
—Sí que era difícil de pronunciar —susurró solo para su pequeño amigo.
Kai cerró los ojos e inclinó la cabeza como si estuviera ofreciendo un silencioso tributo al hada. Luego, con un gesto delicado, cogió el libro de las manos de Luna y leyó en voz alta uno de los fragmentos que ahora llenaban las páginas:
—En los márgenes invisibles de cada historia, allí donde la tinta respira y las palabras fingen haber terminado, habita Vaëlyssandre Wizzélith des Marges, criatura imprudente y deliciosamente brillante, guardián de los relatos más soeces y custodio de las desventuras de sus protagonistas.
Si alguna vez notas que una frase te guiña el ojo, probablemente sea él.
Las palabras resonaron en el silencio de la librería, y Luna cerró los ojos cuando nuevas lágrimas le rodaron por las mejillas. Kai cerró el libro con cuidado y lo colocó en el suelo junto a ellos. Luego la abrazó de nuevo, sosteniéndola mientras ambos miraban a su alrededor.
—Dumont está volviendo a ser ella misma —dijo Kai en voz baja.
Luna asintió, pero su corazón seguía roto.
—Kai…, no sé cómo seguir sin él.
Él la abrazó con más fuerza, sus dedos acariciando con suavidad su cabello.
—Wizz nunca se irá del todo.
—Mira su casa —dijo Luna. Señaló los trocitos de madera, tierra y telas esparcidos por la librería.
—La arreglaremos.
—¿Para qué? Él no va a volver.
Kai guardó silencio un momento. Y luego dijo:
—La reconstruiremos. Porque si puede vernos de alguna forma imposible que él mismo se invente y descubre que hemos tirado su casa, puedo imaginar perfectamente lo que diría.
Algo sobre nuestra «incapacidad humana y fantasmal para comprender la simetría trascendental…
».Y, por supuesto, con un discurso interminable acerca de nuestra absoluta falta de respeto por el buen gusto.
—Nos obligaría a rehacerla tres veces —susurró—. Y luego fingiría que nunca dudó de nosotros.
El silencio volvió a envolverlos mientras ambos permanecían en el suelo, rodeados por la magia renovada de Dumont.
Luna alzó la vista hacia Kai y sus ojos se encontraron. En ese momento, compartieron un entendimiento silencioso: a pesar del dolor, a pesar de las pérdidas, tenían que seguir adelante. Dumont los necesitaba. Vivi los necesitaba. Y Wizz habría querido que encontraran la fuerza para continuar.
—Vamos a cuidar Dumont, Kai. Por Wizz, por Vivi, por todos nosotros.
Él asintió, una ligera sonrisa cruzando sus labios mientras acariciaba la mejilla de Luna.
—Lo haremos juntos.
En ese momento, un suave ruido interrumpió su tristeza. Un maullido largo y profundo resonó en la librería, cargado de una emoción que Luna no había escuchado antes. Ambos levantaron la mirada al unísono en dirección a la puerta.
Gato estaba allí, sentado en el umbral. Sus ojos amarillos brillaban con una intensidad inusual, fijos en ellos, y maulló de nuevo, esta vez más fuerte, como si estuviera llamándolos. Movía la cola lentamente de un lado a otro, y algo en su postura hacía que pareciera casi solemne.
Luna parpadeó, sorprendida por la repentina aparición del felino. Se secó las lágrimas con la manga y miró a Kai, quien parecía igualmente desconcertado.
—¿Gato? —murmuró Luna con voz temblorosa.
El animal maulló de nuevo, esta vez más insistente, y dio un paso hacia ellos, sus ojos aún fijos en el libro que Luna sostenía. Luna sintió un escalofrío recorrerle la espalda, como si algo en el aire hubiera cambiado con la llegada del felino.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Kai, el ceño fruncido.
Gato se detuvo frente a ellos y se sentó con elegancia; no apartó la mirada del libro de Wizz. Su maullido resonó una vez más, lleno de tristeza, y Luna no pudo evitar sentir que había algo más detrás de esos sonidos.
Con el corazón latiendo con fuerza, bajó la vista hacia el libro y luego de nuevo hacia Gato. Una sensación desconocida, casi como una intuición, comenzó a formarse en su pecho.
El libro, que había estado descansando en su regazo, comenzó a emitir una leve vibración. Un sonido sutil, como el de un papel al deslizarse, interrumpió el silencio. Luna parpadeó sorprendida cuando una hoja doblada cayó de entre las páginas y flotó con suavidad hasta el suelo frente a ella.
—¿Qué es eso? —preguntó Kai. Deshizo el abrazo lo suficiente para que ella pudiera inclinarse y recogerla.
Luna inspeccionó la hoja con manos temblorosas.
Estaba doblada con cuidado y, al abrirla, reconoció al instante la letra de Wizz, pequeña, inclinada y un poco caótica.
Se le formó un nudo en la garganta mientras recorría las primeras palabras.
La carta era inconfundiblemente suya, llena de garabatos y dibujos improvisados en los márgenes: una pequeña estrella con cara sonriente, un libro volador y… ¿un gato con corona?
—Es de Wizz —susurró, su voz apenas audible.
Kai se acercó más para mirar por encima de su hombro mientras Luna comenzaba a leer en voz alta.