19. Manual para perder a un hada
Manual para perder a un hada
Luna caminó con paso decidido por las calles de Warehouse District. Le había pedido al taxista que la dejara dos calles antes de llegar a su destino. Necesitaba tomar el aire.
Sentía el frío de la mañana colarse bajo su abrigo. El sobre con el cheque que Isabel le había entregado estaba bien sujeto contra su pecho. Retomó el camino, más consciente que nunca de lo que iba a suceder. Y de lo que supondría.
El imponente edificio de piedra gris se alzaba ante ella, con sus grandes puertas de madera decoradas con un herraje trabajado.
El ayuntamiento. Inspiró hondo antes de empujar una de las puertas, que emitió un chirrido al abrirse.
Dentro, el ambiente era completamente distinto al de la vibrante ciudad que dejaba detrás.
El aire estaba cargado con un leve olor a desinfectante y papel viejo.
El vestíbulo, iluminado por luces fluorescentes, tenía un suelo de baldosas que reflejaba el brillo metálico de la recepción.
Luna avanzó hacia una mujer que estaba detrás de uno de los mostradores. Las gafas le colgaban de la punta de la nariz y parecía profundamente absorta en la pantalla del ordenador.
—Disculpe, vengo a entregar los documentos y el pago para adquirir la Librería de Segunda Mano Dumont —dijo Luna con voz firme.
La mujer levantó la mirada y se ajustó ligeramente las gafas mientras la inspeccionaba con rapidez.
—¿Dumont? —preguntó. Entrecerró los ojos como si el nombre le sonara familiar. Luego señaló con un bolígrafo una fila de sillas de plástico azul, al otro lado del vestíbulo—. Espere a que la llamen. Es probable que tarde un poco; los lunes todos venís a saldar cuentas.
Luna asintió y se sentó con el sobre en el regazo.
Lo apretó con fuerza, como si fuera su ancla en ese momento de incertidumbre.
Miró las paredes decoradas con cuadros impersonales de paisajes y diplomas por tratar de distraerse, pero su mente seguía regresando a Dumont.
Las sombras que había visto moverse entre los estantes, la discusión con Wizz…
y Vivi. La sensación de responsabilidad pesaba sobre ella como una losa.
—Luna Holloway —llamó una voz masculina desde el fondo del vestíbulo.
Se levantó deprisa y se alisó los pliegues del abrigo con las manos mientras caminaba hacia la puerta abierta. Allí, un hombre de mediana edad, con un traje algo desgastado pero planchado a la perfección, la esperaba con una sonrisa profesional que no le llegaba a los ojos.
—Por aquí, señorita Holloway —dijo, indicándole que entrara a una pequeña oficina repleta de archivadores y pilas de documentos.
Luna se sentó frente a un escritorio desbordado de papeles. Intentó mantener la calma mientras el hombre se acomodaba en la silla opuesta.
—Entonces está aquí por la librería Dumont —dijo él, ajustándose la corbata antes de empezar a buscar entre un grupo de carpetas—. Esa propiedad ha estado en nuestra lista de asuntos pendientes durante bastante tiempo.
—Sí —respondió Luna con firmeza—. He venido para adquirirla de manera oficial. Aquí están los documentos que me entregaron y el pago necesario.
Tendió el sobre con cuidado hacia el hombre. Él lo cogió y lo abrió con precisión. Primero sacó los papeles y luego, el cheque. Al verlo, sus cejas se arquearon visiblemente.
—Esto es… —Se detuvo un momento para observar la cantidad escrita—. Esto es más que suficiente para cubrir el costo y cualquier gasto adicional relacionado con la transferencia. —La miró con curiosidad y se inclinó hacia delante—. ¿Cómo consiguió reunir esta suma?
Luna mantuvo su mirada imperturbable, decidida a no mostrar duda alguna.
—Gracias a las personas que creen en Dumont. Es un lugar que ha tocado muchas vidas, y quienes lo conocen saben lo importante que es para esta comunidad.
El hombre asintió despacio, esta vez con respeto. Volvió a mirar el cheque, como si necesitara asegurarse de que la cifra era real, y luego comenzó a revisar los documentos con rapidez.
—No esperaba que alguien pudiera reunir tanto dinero por una propiedad tan…
peculiar —admitió mientras firmaba en varios lugares—.
Pero me alegra ver que alguien se preocupa por preservar lo que representa.
Hemos recibido algunas quejas sobre… incidentes inusuales en la librería.
Aunque, sinceramente, siempre me pareció más interesante que problemático.
—Dumont tiene su propia personalidad —dijo Luna, esbozando una pequeña sonrisa a pesar de la tensión que sentía—. Eso es lo que la hace única.
El hombre dejó escapar una leve risa mientras terminaba de firmar los últimos papeles.
—Bueno, señorita Holloway, parece que todo está en orden. Una vez que registremos estos documentos, la librería será oficialmente suya. Enhorabuena.
Luna sintió que el aire volvía a sus pulmones mientras cogía los documentos que él le devolvía. Aunque la palabra «enhorabuena» resonó como un logro, no podía evitar sentir que este era solo el primer paso de un largo camino.
—Gracias —dijo. Se levantó y extendió la mano.
El hombre la estrechó con firmeza, esta vez con una sonrisa más genuina.
—Le deseo suerte.
Al salir del ayuntamiento, el sol brillaba con más fuerza y el frío de la mañana había comenzado a disiparse.
Luna apretó los papeles contra el pecho mientras bajaba los escalones de piedra con la vista clavada en el horizonte.
Había dado un paso monumental. Ahora era la propietaria de Dumont, y aunque sabía que los desafíos apenas habían comenzado, también sentía una renovada determinación.
—Esto es solo el principio —murmuró para sí misma, mientras detenía un taxi con un gesto de la mano.
La escena que la recibió al cruzar el umbral de Tés Nada Corrientes para Transeúntes Nada Especiales fue la de una anciana que había empeorado. Su respiración era superficial, no había comido más de dos cucharadas y tenía la vista perdida más allá de las trepaderas del pequeño patio interior.
Luna no lo soportaba más. Había intentado mantener la calma, pero hasta ahí había llegado su paciencia.
Con el rostro tenso y los ojos llenos de lágrimas, salió de la pequeña tienda de Vivi y cruzó la calle hacia Dumont.
Esperaba encontrar el caos que Isabel y Kai habían descrito, pero no estaba preparada para lo que realmente vio.
La librería parecía al borde del colapso: los libros estaban desperdigados por todas partes, las estanterías inclinadas crujían bajo el peso de algo invisible y un aire denso, cargado de magia desbordada, hacía que cada respiración se sintiera como un esfuerzo.
La casita de Wizz, destrozada, sangraba tejidos y gotas de arena.
En el centro de todo, el hada flotaba con esfuerzo.
Levantaba y recolocaba libros sin magia mientras sus alas, que antes brillaban con intensidad juguetona, se veían tristes y mustias.
Su cuerpo temblaba con cada movimiento y las lágrimas corrían silenciosas por su rostro, dejando pequeños destellos en el aire.
—¡Wizz! —gritó Luna, avanzando hacia él mientras esquivaba un libro que, de repente, salió disparado desde una estantería.
El hada no respondió de inmediato. Estaba concentrado en mover un ejemplar hacia un estante que parecía listo para derrumbarse. Sus alas estaban rasgadas, sus bordes deshilachados como si estuvieran a punto de desaparecer por completo.
—¡Wizz, por favor! ¡Detente! —gritó Luna de nuevo.
El hada al fin se giró hacia ella con el rostro marcado por el agotamiento y la culpa. Sus ojos, apagados, vacíos.
Una pluma se desprendió de su cuerpo y cayó sin gracia perdiéndose entre los cristales y la suciedad.
—No puedo, Luna… —murmuró, apenas audible. Luego intentó levantar otro libro, pero le fallaron las manos y cayó al suelo, desplomado—. Tengo que arreglar esto… Tengo que…
Luna corrió hacia él, sorteando los escombros y objetos que caían a su alrededor. Cuando llegó a su lado, el hada intentó levantarse, pero su pequeño cuerpo temblaba tanto que colapsó. Luna lo recogió con cuidado, sosteniéndolo como si fuera lo más frágil del mundo.
—Mírate, Wizz… —susurró, con lágrimas en los ojos—. Por favor, para. No puedes seguir haciendo esto.
—No puedo hacer nada más, Luna. No puedo más —susurró él, con los labios trémulos. Intentó apartarse de Luna, pero no tenía fuerza en las manos—. Tengo miedo.
Luna negó con la cabeza, sollozando.
—No tienes que seguir. Dumont ya está rota. Te necesitamos, Wizz. No quiero que te destruyas. Podemos buscar una solución juntos. Solo… quédate conmigo.
El hada dejó escapar un grito desgarrador, una mezcla de rabia y desesperación.
—¡No lo entiendes! —exclamó, golpeando con rabia las palmas de Luna, aunque no tenía ni el tamaño ni la fuerza necesaria para hacer daño—.
He sido tan egoísta… Solo quería quedarme aquí, contigo, con todos vosotros.
No quería volver al libro, no quería desaparecer.
Pero por quedarme lo he arriesgado todo.
¡Todo! —Las lágrimas que caían por su rostro brillaban como cristales rotos—.
Vivi se está muriendo por mi culpa. Puedo sentirlo, Luna.
Se está apagando… y yo no puedo hacer nada más que esto.
Intentar…, intentar arreglarlo. Que yo respire ahora, que tú y yo respiremos el mismo aire…
Dumont va a estallar. He usado demasiada magia durante demasiado tiempo.
El suelo comenzó a temblar y más libros cayeron de las estanterías. Las luces parpadearon con violencia y una grieta, de la que cayeron polvo y fragmentos de madera, apareció en el techo. Luna miró a su alrededor mientras el pánico se apoderaba de ella.
—¡Wizz! ¡No digas eso! ¡Tu lugar está aquí! —gritó y lo sostuvo con más fuerza—. Perdóname por todo lo que he dicho antes. —Sus palabras casi habían quedado reducidas a sollozos ininteligibles—. Perdóname, Wizz.