18. Culpable #3
—No sé cómo decir esto sin emocionarme demasiado, pero…
aquí va. —Miró a Vivi primero con los ojos rebosantes de ternura—.
Vivi, tú fuiste la primera persona que me hizo sentir que pertenecía a este lugar.
Recuerdo el día en que me diste una taza de té mientras yo estaba sentada en una esquina de Dumont, rodeada de libros que no sabía si podía pagar.
Me hablaste como si me conocieras de toda la vida.
Fue la primera vez en mucho tiempo que sentí que alguien me veía de verdad.
Y eso que he intentado no mencionar primero aquel trapo mágico que eliminó no solo la porquería acumulada en la librería, sino también la que había en mí: mis pensamientos intrusivos, el sentimiento constante de que me había equivocado, de que era demasiado para mí.
Créeme: jamás olvidaré los milagros que hizo ese trapo mugriento.
Me has enseñado tanto, no solo sobre la magia, sino sobre la bondad.
Y aunque estás pasando por un momento difícil, quiero que sepas que estoy aquí para ti, como tú siempre has estado para mí.
Vivi intentó sonreír y una lágrima le rodó por la mejilla.
Luna se volvió hacia Kai, quien la observaba con curiosidad y afecto.
—Kai…, no sé ni por dónde empezar contigo.
Llegaste a mi vida de una manera que jamás habría imaginado.
Un día estabas ahí, en Dumont, como si siempre hubieras pertenecido a ese lugar.
—Sonrió con nostalgia—. Me acuerdo de esa vez que intentaste ayudarme a colocar los libros de fantasía en orden alfabético y terminaste haciéndolo según las portadas más bonitas.
—Soltó una risa ligera y Kai también sonrió, bajando la cabeza con modestia—.
Has sido mi amigo, mi apoyo…, mi amor. Me has enseñado a ver la belleza en las cosas simples, en los pequeños momentos.
Y aunque sé que a veces dudas de tu lugar en este mundo, déjame decirte algo: no importa de dónde vengas ni a dónde decidas ir.
Para mí, tú eres mi hogar. Y te acompañaré en esta vida y en la siguiente, cuando seamos fantasmas eternos, y tendrás que ser tú quien me enseñe a mí todo tipo de cosas paranormales que podamos hacer solo para molestar.
Kai se mordió el labio, claramente emocionado, pero no dijo nada. Sus ojos brillaban con una intensidad que no necesitaba palabras.
Luna giró hacia Isabel, quien la observaba con orgullo y una ternura infinita.
—Isabel, no creo que tengas idea de lo mucho que has cambiado mi vida.
—Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—.
Eres más que una amiga; eres parte de esta familia que hemos construido.
Tu generosidad, tu valentía y tu manera de enfrentarte al mundo me inspiran cada día.
—Hizo una pausa y luego añadió con una sonrisa—: Y, por supuesto, nunca olvidaré el día que entraste a Dumont.
Irradiabas elegancia y tanta magia que parecía imposible la combinación.
Sé que te has enamorado de Dumont tanto como yo.
No solo siento que me has apoyado en esto, sino que me has enseñado qué es la amistad, la de verdad, la que no entiende de tiempo ni de recuerdos, sino del ahora, del presente.
Isabel le dedicó una amplia sonrisa, aunque sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
Luna hizo una pausa, como si dudara por un instante. Luego, casi sin querer, dejó escapar una risa suave.
—Hasta a Gato le debo parte de mi estabilidad emocional.
Luego, la sonrisa que tanto le había costado sacar ese día, desapareció de un plumazo.
—Y Wizz… —Sacudió la cabeza, tratando de apartar el pensamiento que le nubló la mente de lo doloroso que le resultaba—. Con Wizz ya hablaré seriamente.
El salón quedó en silencio por un momento. Luna respiró hondo y alzó el sobre que Isabel le había entregado. La voz se le quebró un tanto.
—Isabel me ha dado una oportunidad que no esperaba.
Una oportunidad para salvar la librería, para hacerla de nuevo nuestro hogar.
Gracias a ella y a todo vuestro esfuerzo voy a ser la propietaria.
¡Propietaria de Dumont! —Su voz se llenó de emoción mientras sus ojos se encontraban con los de cada uno de ellos—.
Este no solo es un lugar para vender libros.
Dumont es un hogar para todos nosotros, un refugio.
Y vamos a arreglarlo. Vamos a hacerlo aún más mágico, más fuerte. Vamos a conseguirlo juntos.
El salón estalló en aplausos suaves y palabras de apoyo. Kai se acercó a ella y le cogió la mano mientras Isabel le daba un breve abrazo. Incluso Vivi, con su fuerza limitada, le dedicó una sonrisa que pareció iluminar toda la habitación.
—Y ahora necesito pediros algo más —continuó Luna, ahora más seria—. Isabel, Kai, ¿podéis quedaros aquí con Vivi? Necesito arreglar unos papeles. —Miró el sobre con nerviosismo—. Esto…, esto no puede esperar.
Kai asintió sin dudarlo y apretó la mano de Luna con firmeza.
—Claro que sí. Nos encargaremos de todo aquí. Tú haz lo que tengas que hacer.
Luna miró a Isabel, quien también asintió en señal de apoyo.
—Ve, Luna.
Luna respiró hondo y sintió que el peso en su pecho era un poco más ligero. Sabía que lo que estaba a punto de hacer no sería fácil, pero, con ellos a su lado, tenía la fuerza para enfrentar cualquier cosa.