Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 18. Culpable #2
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18. Culpable #2

—Para permanecer fuera de mi libro, necesito magia.

Mucha magia. No puedo existir en este plano sin ella.

Solo soy un hada de cuento, creada para narrar una y otra vez la historia que se me encomendó.

No quise seguir con eso y me fui gracias a Dumont, que me ha sostenido todo este tiempo y me ha alimentado cada día.

Pero… fui cogiendo más de lo que debía. Cada hechizo innecesario que hice, cada pequeño capricho mágico…

absorbía y aumentaba el peso de la carga mágica que Dumont ya soporta de por sí.

Ha colapsado. Ya da igual el precio que tenga que pagar.

No es suficiente. Y lo peor de todo, Luna, es que Vivi y todos los seres mágicos del Barrio Francés también se alimentan de la magia de Dumont. De ahí la nota.

Las palabras cayeron como una losa en la habitación. Luna lo miró, y su rostro pasó de la incredulidad a la ira.

—¿Estás diciendo que Vivi está así por tu culpa? ¿Que todo este caos en Dumont es porque no pudiste controlarte? —Le temblaba la voz, cargada de emoción.

Wizz intentó hablar, pero Luna levantó una mano para detenerlo.

—¡No importa cuál fuera tu intención! Vivi podría haber muerto. Y a saber cuántos como ella están ahora en esta situación. Dumont está al borde del colapso porque tú… simplemente cogiste lo que no era tuyo.

Wizz retrocedió en el aire, como si las palabras de Luna fueran golpes físicos. Sus alas se estremecían y su rostro mostraba resignación.

—¿Que no te valía con ser un hada ordinaria en un cuento ordinario? ¡No es excusa!

El poco brillo que le quedaba al hada terminó por difuminarse hasta adquirir el color de la ceniza.

—Lo sé, Luna. Lo sé, pero…

Luna gritó, con la voz quebrada por la rabia, mientras señalaba la puerta:

—¡Fuera de mi vista, Wizz! ¡Fuera! ¡No quiero volver a verte!

El hada, normalmente sarcástica y llena de respuestas ingeniosas, no dijo nada.

Su cuerpo diminuto parecía más pequeño todavía, sus alas habían perdido la iridiscencia y su mirada estaba cargada de una tristeza que ya no quería ni podía esconder.

No intentó defenderse ni ofrecer excusas.

Simplemente asintió y flotó despacio hacia la salida de la casa de Vivi.

Isabel y Kai permanecieron en silencio mientras veían al hada desaparecer por la puerta, dejando un rastro de polvo gris oscuro tras de él.

Luna se desplomó en el sillón orejero y se cubrió el rostro con las manos.

Sentía la tensión en cada músculo del cuerpo y, aunque había sido ella quien había echado a Wizz, la culpa y la impotencia pesaban sobre su pecho.

Kai se acercó a Vivi, quien descansaba en el sillón cerca de la ventana, aparentemente ajena al intercambio que acababa de ocurrir.

—Voy a leerle algo —murmuró. Estaba menos nítido desde que se habían alejado de Dumont.

Cogió un libro de la pequeña pila que habían llevado los días anteriores. Isabel asintió en silencio y Kai abrió el libro con cuidado y comenzó a leer en voz baja.

Luna se levantó de forma pausada con la mirada perdida. Murmuró:

—Voy a prepararle algo de comer. Tal vez le haga bien.

Sin esperar respuesta, se dirigió a la pequeña cocina de Vivi.

El espacio estaba impregnado del aroma persistente a especias, pero incluso ese olor, siempre reconfortante, parecía diferente ahora.

Abrió un armario en busca de algo que pudiera preparar.

Tenía las manos ocupadas pelando verduras cuando escuchó pasos detrás de ella.

—Luna —dijo Isabel con suavidad.

No se giró de inmediato, enfocada en colocar una pequeña olla sobre la hornilla. Al fin, suspiró y, al volverse, se encontró a Isabel con un sobre en la mano.

—¿Qué es eso? —preguntó, frunciendo el ceño.

Isabel dio un paso adelante y colocó el sobre sobre la mesa de la cocina.

—Es para Dumont. Para ti.

Echó un vistazo al contenido como si fuera un objeto extraño y peligroso. Había tanto dinero ahí dentro que sabía que sería suficiente para acabar de un plumazo con la propuesta de demolición del ayuntamiento, lo que la convertiría en propietaria de la librería.

—No puedo aceptarlo —dijo con firmeza y se cruzó de brazos.

Isabel dejó escapar un suspiro y se sentó de un salto en el único espacio libre en la encimera.

—Luna, escucha. Sé lo que es Dumont para ti, pero quiero que entiendas algo. También significa mucho para mí.

—Eso no cambia nada. Es mi negocio, mi responsabilidad.

Isabel la miró directamente a los ojos con una intensidad que hizo que Luna se detuviera.

—Cuando era pequeña, tenía un amigo invisible.

O eso me hicieron creer mis padres. Era un pequeño ser travieso que siempre parecía saber cuándo necesitaba consuelo o compañía.

Me hacía reír mucho. Me decía que no me preocupara por las cosas grandes, que todo iba a estar bien.

Pero, cuando crecí, mis padres…, bueno, hicieron lo que los adultos creen que deben hacer.

Me llevaron a doctores, a terapeutas. Me convencieron de que todo estaba en mi imaginación.

Luna la miró, sorprendida por la vulnerabilidad en su voz.

—¿Y qué pasó después? —preguntó en voz baja.

Isabel dejó escapar una risa amarga.

—Dejé de verlo. Dejé de creer. Y, con el tiempo, dejé de soñar.

Me dediqué a lo que mis padres consideraban importante.

No a lo que me hacía feliz. Hasta que… entré en Dumont.

Vi a Wizz por primera vez y… no puedo explicarlo, Luna.

Fue como si todo lo que había perdido regresara de golpe.

Me di cuenta de que mi amigo invisible no era tan invisible.

Era real, como mis sueños. Como lo es Wizz.

Quizá no era un hada o quizá sí; solo sé que existió.

Luna sintió que se le formaba un nudo en la garganta mientras Isabel continuaba con su relato.

—Dumont me dio una segunda oportunidad para creer. Para soñar otra vez. Y eso es lo que haces, Luna. No solo diriges una librería; también creas un espacio donde la magia, la verdadera magia, encuentra a las personas que más la necesitan. Sin trucos.

Isabel cogió de nuevo el sobre y lo colocó en las manos de Luna.

—No quiero que lo pierdas. Hay más personas como tú y yo ahí fuera. Humanos corrientes que necesitan volver a creer.

Luna miró el sobre y luego a Isabel, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿No somos brujas? —balbuceó mientras un río de sal salpicaba el papel que podría salvarlos a todos.

Isabel lloraba y reía al mismo tiempo.

—Creo que sí, Luna. ¿No es maravilloso?

Luna se coló entre las piernas de su amiga, que colgaban por el borde de la encimera.

—No sé cómo agradecerte esto.

—Ya lo haces, ¿no lo ves? —respondió la joven con una sonrisa suave—. Solo sigue.

Ambas amigas se fundieron en un abrazo.

Luna se quedó en la cocina mientras Isabel regresaba al salón.

Miró el sobre, sintió el peso de lo que representaba.

Dumont, Vivi, incluso Wizz, la magia que los conectaba a todos ellos…

No era solo un lugar o una librería. Era algo mucho más grande.

Y ahora sabía que no podía rendirse ante la idea de poder devolverle la magia y la fantasía a personas como ella o como Isabel que habían dejado de creer.

Se secó las lágrimas y volvió a centrarse en preparar la comida con un renovado sentido de determinación en el corazón.

Al rato, se dirigió al salón con pasos firmes; el corazón le latía con fuerza.

Vivi descansaba en el sillón, con la cabeza apoyada en un cojín bordado, mientras Kai seguía leyendo en voz baja.

Isabel estaba sentada cerca, hojeando distraídamente un libro que había cogido de una de las estanterías de Vivi.

El ambiente era tranquilo, pero Luna sentía que ese era el momento para hablar.

Dejó el plato de sopa humeante sobre la mesa y se aclaró la garganta para llamar la atención de todos.

—Tengo algo que comunicar —dijo, su voz firme pero cálida.

Kai levantó la vista del libro, Isabel cerró el suyo. Luna se situó en el centro de la habitación y se agarró con manos temblorosas el borde del jersey. Inspiró hondo antes de empezar.