18. Culpable
Culpable
Kai no pudo dormir. Mientras el reloj en la pared marcaba lentamente las horas, el eco del silencio en Dumont parecía más fuerte que nunca.
Se había sentado en el sofá junto al ventanal para observar las sombras que las farolas proyectaban en las estanterías.
Gato ronroneaba a sus pies, ajeno a la inquietud que lo embargaba.
Habían pasado horas desde que Luna se había marchado con Vivi en la ambulancia, y el vacío que sentía lo hacía cuestionarse muchas cosas.
Miró con fijeza el teléfono que Isabel se había empeñado en instalar sobre el mostrador, como si el aparato fuera un objeto peligroso.
Su mente iba y venía en un torbellino de pensamientos.
—¿Debería llamar al hospital? —le preguntó al animal, aun sabiendo que no le respondería.
Pero cada vez que movía la mano hacia el teléfono, la duda lo detenía. ¿Tenía derecho a hacerlo? Luna era la familia de Vivi, no él. ¿Qué peso tenía su preocupación cuando ni siquiera pertenecía por completo a este mundo? Era un fantasma, alguien atrapado entre dos existencias.
Kai se levantó del sofá y comenzó a pasear por la librería.
Dumont, normalmente su refugio, ahora le resultaba desconcertante.
Las estanterías crujían sin motivo aparente y el aire estaba cargado de una tensión palpable, como si la magia estuviera a punto de estallar.
Miró hacia la lámpara del techo, que oscilaba con ligereza.
—Esto no está bien —murmuró para sí mismo al tiempo que un escalofrío le recorría la espalda.
Sus pensamientos divagaban hacia Vivi. Si no se recuperaba, ¿qué harían? Siempre había sido la guía, la que encontraba respuestas cuando nadie más podía. La que estaba salvando Dumont y, por consiguiente, su mismísima existencia.
De repente, la lámpara volvió a moverse, esta vez con más fuerza.
Frunció el ceño y dio un paso hacia atrás justo cuando un destello plateado iluminó la habitación.
Wizz apareció junto a una estantería, con las alas apenas brillando y una expresión de agotamiento de la que parecía no poder deshacerse.
—Esto no pinta bien, fantasma —dijo. Intentaba mantener el tono sarcástico, pero su voz era débil.
Cuando Kai lo miró con atención, notó nuevos signos de desgaste en el hada. Las finas líneas en el rostro eran más pronunciadas y sus movimientos, siempre tan llenos de energía, parecían torpes y lentos.
—¿Estás bien? —preguntó, dando un paso hacia él.
Wizz agitó una mano en el aire, intentando restarle importancia.
—Vamos a lo trascendente. No te pierdas en los detalles.
Antes de que Kai pudiera responder, un sonido metálico lo interrumpió. Miró hacia arriba, justo a tiempo de ver cómo la lámpara del techo se desprendía y caía al suelo generando un estruendo ensordecedor. Ambos retrocedieron y Gato salió corriendo hacia un rincón, bufando con el pelaje erizado.
—¡Por el amor de…! —exclamó Kai, con la vista clavada en los cristales rotos que ahora cubrían el suelo.
Wizz agitó las manos y, con un esfuerzo visible, comenzó a limpiar el desastre con magia. Las esquirlas se elevaron despacio, pero su brillo habitual parecía opaco, como si incluso la magia de Wizz, que ahora sabía que no le pertenecía del todo, estuviera fallando.
—Esto es demasiado —dijo Kai, cruzando los brazos mientras observaba a Wizz luchar por mantener el control.
Wizz soltó un suspiro pesado y se dejó caer sobre un estante cercano. Sus alas emitían un brillo intermitente y tenía la respiración irregular.
—Dumont está drenando toda la magia, Kai. A mí y a Vivi… también. —Se detuvo, como si no quisiera decir más.
Kai desvió la mirada hacia el teléfono en el mostrador. No podía quedarse de brazos cruzados, pero todavía se sentía atrapado por su inseguridad. Se sentó en el suelo, apoyado contra una estantería. El amanecer comenzaba a filtrarse a través de las ventanas cuando la campanilla de la puerta sonó.
Levantó la mirada y vio a Isabel, con su cabello dorado recogido en un moño impoluto y una expresión de preocupación al ver el estado de la librería.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —preguntó observando el caos a su alrededor.
Kai se levantó con rapidez.
—Ha sido… una noche larga. Dumont está más descontrolada que nunca.
Isabel frunció el ceño mientras recorría el lugar con la mirada y tomaba nota de los libros caídos, las estanterías ligeramente inclinadas y los restos de cristales que Wizz no había logrado limpiar.
—¿Y Luna? —preguntó, volviéndose hacia Kai.
Kai se pellizcó el puente de la nariz y suspiró profundamente antes de contarle lo que había sucedido con Vivi y por qué Luna no estaba allí con ellos. Luego bajó la mirada al sentir una punzada de vergüenza.
—No sé más. No me he atrevido a llamar… Lo siento.
Isabel lo observó con atención, sus labios apretados. Sin decir una palabra más, sacó el móvil del bolso y marcó el número del hospital. Kai la contempló en silencio, sintiéndose pequeño e inútil mientras ella hablaba con eficiencia y calma.
—Gracias —dijo Isabel al colgar, volviéndose hacia él—. Vivi sigue en estado delicado. Planean traerla de vuelta a casa, ahora por la mañana, porque… necesitan que su acompañante descanse. Y porque no pueden hacer más por ella.
Kai asintió.
—Gracias, Isabel. Yo… no sabía qué hacer.
Ella suspiró y le puso una mano en el hombro.
—Kai, todos estamos aprendiendo a manejar esto. Pero ahora necesitamos poner en orden Dumont antes de que Luna regrese. No puede encontrarse con este caos.
Ambos se pusieron manos a la obra, pero la librería parecía resistirse a sus esfuerzos.
Cada vez que colocaban un libro en su sitio, otro caía de una estantería diferente.
Las luces parpadeaban sin motivo y una corriente de aire frío atravesaba el lugar, apagando las velas y haciendo que los estantes crujieran ominosamente.
Kai y Wizz intercambiaron miradas preocupadas mientras la situación empeoraba. Al final, Isabel se quedó plantada con las manos en las caderas y una expresión de frustración.
—Esto no es seguro. Necesitamos salir de aquí antes de que pase algo peor.
Kai asintió y echó un vistazo a su alrededor.
Dumont parecía un campo de batalla y el sentimiento de impotencia lo golpeó con fuerza.
Mientras salían, no pudo evitar pensar en que ese lugar era todo lo que tenía, y ahora parecía desmoronarse ante sus ojos.
Wizz parecía más agotado que nunca y, cuando Kai le ofreció el bolsillo de su chaqueta como resguardo, no puso objeción.
El chirrido de los frenos de la ambulancia resonó en la tranquila calle del Barrio Francés.
Luna bajó con cuidado, sujetando la silla de ruedas en la que Vivi iba sentada.
El rostro de la mujer estaba pálido y, aunque tenía los ojos abiertos, su expresión parecía perdida entre el agotamiento y la confusión.
—Despacio, Vivi, no te preocupes. Ya estás en casa —dijo Luna con voz suave, tratando de ocultar la inquietud que la carcomía por dentro.
Mientras las ruedas de la silla crujían contra los adoquines, a Luna se le encogió el corazón al ver a Kai e Isabel fuera de Dumont. Ambos estaban de pie junto a una de las ventanas, mirando en su dirección con expresión de alarma. Kai fue el primero en reaccionar.
—¿Vivi? ¿Luna? —preguntó, caminando hacia ellas con pasos apresurados. Isabel, que cargaba un bolso grande colgado al hombro, lo siguió.
—Estamos bien… Más o menos —respondió Luna, deteniéndose junto a ellos. Luego notó las ventanas cubiertas de polvo y las sombras inquietas que se movían en el interior de Dumont—. ¿Qué está pasando ahí dentro?
Kai intercambió una mirada tensa con Isabel antes de responder:
—La librería está… fuera de control. No pudimos hacer nada. Los libros caen en montones, las estanterías crujen, las lámparas se tambalean, las que no se han caído ya quiero decir. Es peligroso, Luna. Tuvimos que salir por nuestra seguridad.
Cerró los ojos un momento al sentir cómo una oleada de frustración y tristeza se apoderaba de ella. Dumont era su refugio, su hogar, y ahora parecía un lugar hostil.
—Vivi necesita descansar —murmuró, observando la figura frágil de la mujer en la silla de ruedas.
—Vayamos a su casa, será más seguro —sugirió Isabel con un ademán hacia la pequeña y acogedora tienda de tés de Vivi. Sacó unas llaves del bolsillo de su abrigo y se las mostró a Luna—. Tengo las llaves. Vamos.
Luna asintió agradecida. Kai empujaba la silla de ruedas mientras Isabel se adelantaba para abrir la puerta y encender las luces.
El familiar aroma de especias y hierbas llenó el aire, pero había algo diferente esta vez: el lugar parecía más frío, menos acogedor.
Tal vez era el cansancio acumulado o la tensión que pendía sobre ellos como una nube oscura.
—Aquí estará mejor —dijo Isabel, que colocó una manta sobre Vivi mientras la acomodaban en un sillón cerca de la ventana que daba al patio interior.
La mujer suspiró débilmente, pero no dijo nada.
Luna se quedó de pie junto a la mesa central sin dejar de observar el rostro pálido de su amiga.
Había tanto que quería decir, tanto que necesitaba entender, pero no sabía por dónde empezar.
Fue Wizz quien rompió el silencio sin avisar desde el bolsillo de la chaqueta de Kai, aunque no brillaba apenas, solo un leve parpadeo.
—Vivi estará bien, jefa. Solo necesita tiempo para recuperarse —dijo. Intentaba sonar optimista, pero había un peso en su voz que no pasó desapercibido.
Luna lo miró con el ceño fruncido, su paciencia al límite.
—No. Ya no más evasivas, Wizz. Necesito la verdad. Ahora.
El hada flotó hacia ella, su expresión más seria de lo que Luna creía posible en el hada. Isabel y Kai se miraron, pero permanecieron en silencio, sabiendo que este era un momento que no podían interrumpir.
—La magia de Dumont está descontrolada —comenzó Wizz—. Y yo… soy el culpable.
El silencio en la sala era sepulcral, roto solo por el leve suspiro de Vivi. Wizz respiró hondo y continuó.