17. Sopa de canela y drama #3
Kai frunció el ceño y se sentó frente a él, en el suelo, para quedar a su altura. Lo analizó con detenimiento.
—¿Cuántos años tienes, Wizz? —preguntó, más curioso que acusador.
El hada soltó una risita suave, aunque no llegó a iluminarle el rostro como solía.
—Esa pregunta no es muy brillante, fantasma —dijo. Intentó sonar sarcástico y, en su lugar, pareció tremendamente agotado—. Puedes buscar en mi libro el año de publicación.
Kai ladeó la cabeza, intrigado.
—Entonces ¿eres un personaje de un libro?
Wizz dejó escapar un suspiro teatral y se dejó caer hacia atrás, apoyado sobre sus pequeñas manos.
—Sí, soy un personaje de Cuentos y leyendas vivas del Barrio Francés.
Un autor soñador con una pluma talentosa me creó hace mucho tiempo; me diseñó para ser ingenioso, un poco pícaro y, por supuesto, encantador.
Estaba destinado a enseñar lecciones a los niños, a inspirar aventuras y contener las historias que nadie se atreve a recordar de Nueva Orleans.
Pero, bueno…, creo que fui una decepción.
Kai arqueó una ceja, interesado.
—¿Qué quieres decir?
Wizz lo miró con un destello en los ojos que parecía reflejar melancolía y orgullo.
—El autor me escribió con tanta dedicación, con tanto detalle, que… desarrollé algo más allá de lo que se suponía. Ideas propias, deseos, motivaciones. Me di cuenta de que no tenía que limitarme a las páginas de su libro. Pude salir. Y lo hice.
Kai dejó que el silencio llenara el espacio entre ellos por un momento antes de hablar.
—Entonces todo esto, lo que haces ahora, lo que eres… ¿es porque decidiste ser más de lo que se esperaba de ti?
Wizz asintió despacio.
—Exactamente. Pero, ya ves, la magia siempre tiene un precio.
Salir de las páginas en las que debía quedarme significaba usar un poder que yo no tengo.
La librería me mantiene con vida a este lado tanto como a ti, fantasma.
Solo que contigo… Luna saldó la deuda y dejaste el contador a cero.
No es mi caso. Yo necesito más cada día y el precio ha sido…
, digamos que asequible. Pero ya no. Y lo estoy pagando.
Vivi lo está pagando. Y me temo que Luna también podría hacerlo.
Kai se inclinó un poco más, su mirada fija en Wizz.
—¿Te arrepientes de haber salido del libro?
Wizz lo contempló por un largo momento con una expresión más seria de lo que Kai le había visto jamás.
—Solo por mis plumas.
—¿Por tus qué?
—Bueno, y por Vivi —añadió.
—No lo entiendo Wizz.
—Eres sensible y, permíteme que te lo diga, guapísimo. Pero no muy listo.
Kai iba a defenderse cuando el hada le cortó.
—Perdí una pluma el día que salí de mi libro por primera vez.
La segunda, cuando me reconocí a mí mismo algo que llevaba tiempo sospechando: no quiero ser ni soy un simple hada de cuento.
—Se levantó con esfuerzo y revoloteó hacia su casita.
Su lugar favorito en el mundo—. Dumont es un caos porque mi presencia lo desequilibra.
Y aunque me gusta creer que soy encantador y necesario, la verdad es que no pertenezco aquí.
Kai dejó escapar un suspiro profundo mientras, desde la ventana vainilla, veía al hada recolocar los cojines de su diminuto sofá.
—A ver si te he entendido: ¿no tienes magia propia?
—Nop.
—Todo eso que haces… —dijo moviendo el dedo índice en todas direcciones—. Ya sabes, hacer volar libros, encender lámparas y proyectarte, entre otros truquitos, ¿es con magia de Dumont?
El hada sonrió, pero el gesto no le llegó a los ojos.
—Sí que eres un poco listo.
—¿Qué precio te ha exigido la magia?
—No tendría saliva para enumerártelos todos —dijo mientras salía por la puerta camino del campanario—. Al principio era asequible. Pero ya no puedo darle lo que me pide sin desaparecer para siempre.
Wizz se escabulló un momento tras la campana y salió con una pequeña pluma iridiscente entre las manos.
—Si pierdo una más, se acabó —dijo antes de entregarle la pluma a Kai con sumo cuidado—. Un hada no es nadie sin sus plumas.
Kai observó que Wizz se adentraba en la casita y corría las cortinas que Vivi le había cosido. Sus movimientos eran ligeros, pero cargados de una melancolía palpable. Algo en él parecía más frágil esa noche, como si su luz estuviera luchando por no apagarse.
No sabía si el hada había instalado algún tipo de sistema de insonorización, como había prometido que haría. Aun así, Kai habló de nuevo:
—Wizz…, todo saldrá bien.
Después, Kai se sentó en la silla tras el mostrador, rodeado del susurro de Dumont, con la sensación de que había escuchado y presenciado algo mucho más grande de lo que podía entender en ese momento.
Se permitió un momento para mirar alrededor, a las sombras de los estantes, al parpadeo de las luces.
Por primera vez, se dio cuenta de que la magia de la librería no era solo un fenómeno.
Era algo vivo, algo que conectaba a todos los que entraban, incluidos él y Wizz.
Y que también se alimentaba.
—Tal vez no somos tan diferentes, después de todo —murmuró para la casa, antes de levantarse y apagar las luces.