17. Sopa de canela y drama #2
Luna abrió el libro con lentitud, esperando encontrar las historias que siempre había asumido que contenía.
Ilustraciones hechas con esmero y una caligrafía de cuento de hadas emergieron ansiosas ante ella.
Intentó leer algún fragmento, pero las páginas se pasaban solas, con impaciencia, hasta que se detuvieron.
Luna abrió los ojos como platos: la página estaba rota y parecía…
¿sangrar tinta? Emergió un ligero murmullo, como un lamento, como si una librería pudiera llorar un libro.
Pasó los dedos por el rasguño y una punzada de reconocimiento le llegó directa al alma.
Se levantó de golpe, con el libro en una mano y el corazón acelerado. Corrió hacia la caja registradora, donde aún guardaba el papel. Kai la siguió sin apartar la vista de ella, que buscaba con dedos temblorosos.
—El trozo que falta… —susurró llevándose una mano a la boca—. Coincide con el de la nota anónima.
En ese momento, Gato, que había permanecido atento, se erizó entero y salió despavorido por una ventana a medio cerrar. Luna miró a Kai entre asustada y nerviosa, y este solo encogió los hombros.
—Habrá visto un ratón.
La chica asintió y siguió rebuscando en los cajones. Cuando al fin encontró la nota, la desplegó y colocó el trozo arrancado junto al borde rasgado de la página. Encajaban a la perfección.
—Él la escribió… —dijo Luna, su voz apenas un susurro.
—¿Wizz? —preguntó Kai, aunque ya sabía la respuesta.
Luna asintió despacio, sus pensamientos giraban en un torbellino. De repente, todo tenía sentido: las apariciones y desapariciones de Wizz, su comportamiento extraño, su insistencia en minimizar lo que ocurría con la magia de Dumont. Él había sido la clave desde el principio.
—¿Qué significa esto? —preguntó Kai, mirándola con preocupación y curiosidad.
Luna no respondió de inmediato. Tenía los ojos fijos en el libro, en las páginas ilustradas que parecían contener más secretos de los que estaba preparada para descubrir. Al rato, dejó escapar un suspiro tembloroso y dijo:
—Significa que Wizz tiene mucho que explicar.
En ese momento, un sonido familiar rompió el silencio: el tintineo de las campanillas de la puerta. Ambos se giraron de inmediato, pero no vieron entrar a nadie. En cambio, un destello de luz plateado iluminó brevemente el interior de la librería y la figura de Wizz apareció junto a la estantería.
—¿Qué es esto, Wizz? —preguntó Luna, su tono más firme de lo que esperaba—. ¿Por qué escribiste esta nota? ¿Y qué has estado haciendo con Dumont?
El hada se encogió de hombros e intentó mantener una actitud despreocupada, pero había un cansancio en sus movimientos que no pasó desapercibido.
—Es complicado, Luna.
Wizz extendió una mano hacia el libro, pero ella lo sostuvo con fuerza contra el pecho.
—Habla —dijo, desafiándolo con la mirada.
El silencio que siguió fue pesado y la sonrisa de Wizz se desvaneció por completo. Sus ojos, normalmente llenos de chispa, parecían apagados.
—Muy bien, jefa —dijo al fin, su voz más baja de lo habitual—. Pero prepárate, porque esta verdad no es ni un poquito amable.
Luna y Kai intercambiaron una mirada antes de asentir.
Mientras Wizz hablaba, un destello rojo y azul atravesó la ventana de Dumont, acompañado por el eco de unas sirenas que rompieron el silencio de la noche. Luna y Kai se giraron al unísono hacia la puerta, donde las luces de una ambulancia iluminaban las sombras de la librería.
—¿Qué…? —murmuró Luna, su voz apenas un susurro. Dejó el libro en el mostrador de golpe, sin preocuparse por cerrarlo, y corrió hacia la entrada.
Kai fue tras ella, seguido por Wizz, que parecía tan sorprendido como ellos.
La inconfundible fachada de Tés Nada Corrientes para Transeúntes Nada Especiales, con su encanto antiguo y sus ventanas adornadas con macetas, ahora se veía envuelta en el parpadeo intermitente de los destellos de emergencias.
Dos paramédicos salían de la tienda, uno cargando un maletín médico y el otro empujando una camilla plegada. En mitad de la calle adoquinada, algunos vecinos observaban desde la distancia y cuchicheaban preocupados. Un tercer sanitario sostenía la puerta abierta.
—¡Vivi! —exclamó Luna con la voz entrecortada por la preocupación, y echó a correr hacia ella.
Kai la siguió, sus pasos rápidos pero medidos, como si intentara mantener la calma que a Luna le faltaba. Wizz se quedó escondido en el umbral de Dumont.
Cuando llegaron, el volumen de la sirena bajó por un momento para no perturbar la calma nocturna, lo que hizo que todo pareciera más irreal. Uno de los paramédicos hablaba con un vecino mientras tomaba notas en una libreta pequeña.
—Se desmayó en la cocina. Un gato negro vino maullando desesperado hacia aquí. Cuando la encontramos… —dijo el vecino, su voz temblorosa mientras señalaba hacia la casa— parecía… tan débil.
Luna apenas escuchaba. Tenía la atención fija en el lugar donde Gato parecía estar sentado sin más, como cualquier otro animal, pero ella sabía que no, no era un gato normal, y ahora mismo le debían la vida de Vivi.
—Gracias —masculló en su dirección cuando otro paramédico salió empujando la camilla con cuidado.
Sobre ella estaba Vivi con los ojos cerrados, la piel más pálida de lo que Luna había visto jamás.
Su cabello, normalmente peinado con elegancia, estaba desordenado, y sus manos descansaban inertes sobre la manta que le cubría cuerpo.
—¡Espere!
—Soy su… —dudó un instante— familia —añadió con rapidez mirando al paramédico con ojos suplicantes—. Por favor, dígame qué le pasa.
El paramédico le dedicó una expresión profesional pero empática mientras ajustaba la máscara de oxígeno en el rostro de Vivi.
—Su pulso está muy débil y parece estar extremadamente fatigada. Podría ser una crisis de salud relacionada con su edad, pero no lo sabremos hasta que le hagamos más pruebas. Necesitamos trasladarla al hospital cuanto antes. ¿Sabe si tiene alergias o condiciones médicas previas?
Luna negó con la cabeza mientras sentía cómo un nudo se le formaba en la garganta.
—No…, no tiene nada grave. Al menos que yo sepa. Pero… —Miró a Vivi, cuyo rostro parecía más tranquilo, aunque aún sin rastro de vida—. ¿Está consciente? ¿Puede oírme?
El paramédico asintió con ligereza.
—Está semiconsciente. Podría responder a estímulos. Puede hablarle si lo desea, pero necesitamos movernos.
Cuando Luna cogió la mano de Vivi, sintió lo fría que estaba. Se inclinó hacia ella y con la voz quebrada mientras susurró:
—Vivi, soy yo, Luna. Estoy aquí. Todo va a salir bien. Vamos a cuidarte, ¿de acuerdo?
Los párpados de la mujer temblaron ligeramente y se abrieron lo suficiente como para que sus ojos oscuros se encontraran con los de Luna por un instante. Su voz era apenas un murmullo, pero las palabras que logró pronunciar se le quedaron grabadas en el corazón:
—La magia… me está matando… No podrán hacer nada… por mí.
Luna sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. Antes de que pudiera responder, los paramédicos comenzaron a empujar la camilla hacia la ambulancia y Vivi cerró los ojos nuevamente, como si aquella simple frase hubiera requerido toda su energía.
Kai alcanzó a Luna y le colocó una mano firme en el hombro. Su presencia era un recordatorio de que no estaba sola, aunque la preocupación en su rostro igualaba la de ella.
—Luna, sube con ella. Yo me quedaré aquí al cuidado de Dumont.
Luna asintió con rapidez, sus pensamientos girando en mil direcciones mientras subía a la ambulancia y tomaba el asiento junto a Vivi.
Mientras los paramédicos aseguraban la camilla y cerraban las puertas, Luna miró a Kai una última vez antes de que se alejara.
Muy cerca de él vio un pequeño destello: Wizz.
El hada había aparecido silenciosamente detrás de él. Ambos observaron cómo la ambulancia desaparecía entre las sombras de la noche, dejando tras de sí solo el eco lejano de la sirena. Kai se volvió hacia Wizz.
—Tiene algo que ver contigo, ¿verdad?
Wizz desvió la mirada, evitando el contacto visual por un momento. Finalmente, suspiró con una seriedad inusual en él.
—La magia tiene un precio, Kai. Y Vivi… siempre ha bebido de este lugar… Todos lo hemos hecho y ahora vamos a pagar las consecuencias.
Kai apretó los puños, pero no respondió. Solo se quedó allí, con la vista clavada en el lugar por donde había desaparecido la ambulancia mientras un sentimiento de impotencia se apoderaba de él.
La librería se había quedado en silencio tras lo sucedido, pero no era el silencio acogedor y cálido que Dumont solía ofrecer al caer la noche. Había un peso en el aire, una especie de vacío palpable que parecía extenderse desde el rincón donde Kai se encontraba sin dejar de observar a Wizz.
El hada revoloteaba entre los estantes con su energía característica, pero algo en su postura era distinto.
Kai se dio cuenta de detalles que antes no había notado: el brillo tenue alrededor de sus alas parecía más opaco, como si hubiera perdido algo de su chispa habitual.
Y por primera vez, se fijó en los rasgos de Wizz más allá de su actitud sarcástica.
Las finas líneas alrededor de sus ojos y las sombras bajo ellos hablaban de una edad que Kai nunca habría asociado con un ser tan diminuto y en apariencia inmortal.
Suspiró y se acercó al hada, que se detuvo en pleno vuelo y se sentó sobre el lomo de un grueso ejemplar de cuentos ilustrados con las piernas cruzadas.
—¿Qué haces? —preguntó Kai en voz baja, inclinándose sobre la mesa.
—Reordenando. La magia está… desordenada. Es como si Dumont quisiera jugar al escondite; los libros no se quedan quietos. —La voz de Wizz era menos vivaz que de costumbre, pero mantenía un toque de humor.