Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 17. Sopa de canela y drama
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17. Sopa de canela y drama

Sopa de canela y drama

Era domingo y Luna se había propuesto dormir hasta tarde, claro que no fue posible. Gato, que solía ser el menos madrugador de la librería, ese día decidió romper algo en lo que Luna ni quiso pensar cuando escuchó el sonido desde la cama.

Abrió los ojos y lo primero que vio fue el rostro tranquilo y sereno de Kai. Aquel hombre, mitad caballero de época, mitad fantasma, totalmente inolvidable, dormía en un sueño tranquilo.

Se levantó procurando no despertarlo. Puso al fuego la cafetera italiana y se fue a dar una ducha.

Mientras el agua calentita le dibujaba formas imposibles en la piel, cerró los ojos.

Recordaba todo lo que habían sido ella y Kai hacia apenas unas horas: piel, besos, roces, manos torpes, placer, palabras… «Te quiero».

—¡JODER! ¡MIERDA! —gritó al tiempo que se tapaba todo lo que podía con las manos, que no era mucho.

—Perdona, Luna, no quería asustarte —dijo Kai, que no parecía para nada arrepentido—. Aunque he de reconocer, señora mía —prosiguió mientras se terminaba de quitar lo poco que le quedaba de ropa—, que esa boca tan tan sucia bien me invita a asustarte mínimo una vez al día.

—Eres idiota —respondió ella, ya con los brazos relajados y la expresión divertida.

—Sigue —la retó mientras volvía a correr las cortinas.

El espacio era el justo para una persona.

—Y tremendamente irrespetuoso.

—Ajá.

—Y… —Intentó pensar qué más decir, pero Kai buscó y encontró con las manos todas las partes interesantes de su anatomía y le nubló el juicio.

—¿Sí, Luna?

—Qué descarado.

—¿Y qué más?

No dijeron nada más o, al menos, nada que se pueda reproducir de manera alguna.

Se tomaron el café entre risas y algún que otro beso robado.

—¿Te apetece acompañarme a visitar a Vivi?

Aquella casa era como un abrazo cálido envuelto en madera y aroma a especias.

Las paredes estaban decoradas con cuadros y estantes repletos de tarros de cerámica y cristal, cada uno etiquetado con nombres de hierbas y especias que parecían hechizos en sí mismos: canela de Ceilán, cúrcuma dorada, pétalos de rosa seca.

En el centro de la sala principal, había una mesa redonda de madera oscura cubierta con un mantel de encaje blanco y, sobre ella, descansaba una tetera de hierro forjado junto a tres tazas dispuestas con esmero.

Cuando Luna y Kai entraron, el aire estaba impregnado de un olor familiar y reconfortante: sopa recién hecha con notas de ajo, zanahoria, apio y…

¿canela? que se mezclaban con un fondo de tomillo.

Luna inspiró hondo y, por un instante, se sintió transportada a su infancia, a los días en los que sus padres cocinaban juntos con la música más alta de la cuenta y la cocina se llenaba de olores cálidos y familiares.

Cerró los ojos un segundo para permitir que la nostalgia la envolviera antes de volver a la realidad.

Había hablado con sus padres esa misma mañana y ahora su corazón estaba más tranquilo, más presente.

Desde luego que la idea de que su hija llevase una antigua librería en la otra punta del país no les encantaba, pero Luna tuvo la sensación de que aquel «Buena suerte, cariño», como despedida, fue genuino.

—Qué bien huele, Vivi —dijo Kai. Su tono era suave, como el de un nieto agradecido.

—Gracias, querido. Aunque últimamente siento que no cuido tanto los detalles —respondió Vivi con una sonrisa tenue. Su voz, siempre elegante, tenía un toque de cansancio que Luna no había notado antes.

Miró los libros que habían traído, escogidos con cuidado para alegrarle el día a la mujer.

Había un volumen ilustrado de El jardín secreto , una reedición de Mujercitas con una portada en relieve dorado y una recopilación de poesía francesa que Vivi adoraba.

También habían añadido un libro de recetas antiguas que Luna pensó que podría inspirarla.

—Espero que te gusten. Pensamos que podrían… hacerte compañía —dijo y, con una sonrisa, colocó los libros sobre una mesita auxiliar de patas talladas que había frente a Vivi.

La anciana los miró con detenimiento. Pasó los dedos por las portadas como si pudiera sentir la historia detrás de cada uno, aunque su reacción fue más comedida de lo que Luna esperaba.

—Son preciosos, querida. Gracias por pensar en mí —dijo al fin. Desvió los ojos hacia la ventana, donde los escasos rayos del sol que se colaban por el patio interior pintaban sombras en el suelo de madera.

—¿Estás bien, Vivi? —preguntó Kai con suavidad, tras tomar asiento en el sillón junto a ella.

Ella pareció dudar por un momento y Luna notó que las manos le temblaban ligeramente mientras sostenía la taza de té. Al fin, dejó escapar un suspiro largo y profundo.

—No estoy del todo bien, no. Últimamente me siento… agotada. Como si algo estuviera drenando mi energía.

Luna y Kai intercambiaron una mirada rápida, pero no dijeron nada. Luna se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.

—¿Tiene que ver con Dumont? —preguntó con cuidado, sin querer presionarla demasiado pero con una intuición repentina.

Vivi negó despacio con la cabeza, pero su expresión era difícil de leer.

—No lo sé. Tal vez. Pero no por lo que piensas, hija. Mi magia… —Hizo una pausa, como si le costara admitirlo—. Mi magia no funciona como antes. Mi trabajo en Dumont no me tendría por qué afectar de este modo. Quizá en las rodillas, sí. O en la espalda.

Luna frunció el ceño con una punzada de preocupación. Vivi era la persona más en sintonía con la magia que conocía, y escuchar algo así de ella era alarmante.

—¿Cómo que no funciona? —preguntó Kai.

Vivi miró su taza de té.

—Hoy intenté preparar mi mezcla de siempre para la calma. Valeriana, lavanda, un toque de manzanilla… Pero el resultado no fue el mismo. El aroma estaba… apagado, y no me ayudó en absoluto.

Luna quiso decir algo, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Recordó el té que Vivi le había dado en Dumont hacía unos días, el que no había surtido efecto como solía y que había terminado con ella maullando. Había asumido que era algo puntual, pero ahora no estaba tan segura.

—¿Te pasa solo con los tés? —preguntó al final.

Vivi negó con la cabeza.

—Es más que eso, querida. Es como si mi conexión con todo lo que soy estuviera debilitándose. Incluso mis pensamientos son… más lentos. Me cuesta encontrar las palabras, algo que nunca me había pasado antes.

Kai colocó una mano en el brazo de Vivi.

—Te recuperarás, Viviana Tate.

Ella le sonrió con ternura, pero sus ojos reflejaban una preocupación más profunda.

—Gracias, Kai. Eres todo un caballero. No sabes cuánto me consuela saber que Luna no tiene que lidiar sola con Dumont, bueno, y con Wizz, sobre todo con Wizz.

Ambos sonrieron con cariño. Luna observó que Vivi desviaba la mirada hacia los libros que habían traído, y supo que había más que no había dicho, pero también intuyó que no debía presionarla.

Antes de marcharse, Luna se acercó a ella y cogió sus manos entre las suyas.

—Si necesitas algo, cualquier cosa, no dudes en decírmelo. ¿De acuerdo?

Vivi le devolvió el apretón con suavidad. Su sonrisa volvió a relajarse.

—Lo haré, querida. Lo prometo.

Mientras salían de la casa, Luna no podía sacarse de la cabeza la idea de que Vivi ocultaba algo. El aroma de la sopa aún flotaba en el aire, mezclado con el perfume de las especias que venían de la tienda, y Luna se prometió a sí misma que no dejaría que Vivi se enfrentara a esto sola.

—¿Quizá solo sea algo de la edad? —comentó Kai mientras pasaba un brazo por los hombros de Luna. Ella suspiró, pero no dijo nada más.

La tarde había caído por completo cuando regresaron a Dumont.

La librería estaba cerrada al público. Aun así, Luna se sentía intranquila al pensar en el día siguiente, cuando volvieran los clientes.

Las luces parpadeaban levemente, como respondiendo en voz alta a sus pensamientos.

Parecía como si la magia se contuviese por un breve instante antes de desbordarse de nuevo.

Gato estaba en su rincón habitual, observando por la ventana con sus ojos amarillos fijos en algún punto del horizonte. Isabel tenía el día libre y suponían que Wizz estaría en su casita, porque no había rastro de él.

Luna se asomó al book nook . No parecía haber nadie dentro.

—¿Dónde se habrá metido ahora? —murmuró mientras dejaba el bolso y comenzaba a inspeccionar entre los estantes. El lugar estaba demasiado ordenado. Sospechaba que el hada tenía la culpa.

Kai observaba en silencio. Fue Gato quien rompió la monotonía. Saltó de la ventana y corrió hacia la sección de fantasía, donde un leve resplandor azul parecía emerger de las sombras.

—Eso no es normal, ¿verdad? —preguntó Kai, señalando el brillo.

Luna negó con la cabeza y siguió al gato con Kai justo detrás. Allí, en una estantería baja, encontraron Cuentos y leyendas vivas del Barrio Francés colocado, con un cuidado inusual, en un lugar donde Wizz jamás lo dejaría.

Luna recordó con tristeza la confesión de Wizz.

Fue al día siguiente de regalarle su nueva casita.

Luna le preguntó por qué no entraba a su libro para dormir o simplemente para ser un hada de cuento por un rato.

Él le confesó el miedo que le producía la mera idea de no poder salir de allí.

Le contó cómo, aquella última noche hacía ya varios años, entró en su libro una tarde como otra cualquiera y ya nunca más logró abandonarlo.

El brillo azul que provenía de las páginas del tomo la llevó al presente.

—¿Y tú qué haces aquí? —murmuró. Se arrodilló para sacarlo. El corazón le latía rápido.

Kai se inclinó a su lado con los ojos fijos en el libro.

—¿Es Wizz quien lo va moviendo por la librería?

Ella sabía que no.