Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 16. Wizz no sabe nada™ #2
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16. Wizz no sabe nada™ #2

Cuando los demás se agacharon para recoger el desastre y Luna se inclinó para ayudar, un ejemplar ajado de La princesa prometida le devolvió la mirada. La portada desgastada y las páginas amarillentas le despertaron una nostalgia inmediata, mezclada con una punzada de tristeza en el pecho.

—Era… —murmuró, alzándolo con cuidado—. Era uno de mis favoritos. Lo sé, pero… no recuerdo nada. Además, no sé qué hace aquí. Este libro es mío. No debería estar aquí.

Lo abrió con cuidado: su nombre estaba grabado en tinta verde.

Kai, que estaba justo detrás de ella, se inclinó para mirar más de cerca.

—Entonces vuelve a leerlo —dijo él, con una sonrisa suave—. Será como redescubrir a un viejo amigo. Tal vez incluso mejor. Vamos, es hora de cerrar por hoy.

Mientras apagaban las luces y ordenaban los últimos detalles, Luna no podía sacarse de la cabeza la sensación de que estaban al borde de descubrir algo importante. Gato saltó a su regazo mientras escribía una nota rápida en el mostrador y su ronroneo pareció calmarla momentáneamente.

—Mañana —se dijo en voz baja, acariciando a Gato—. Lo averiguaré mañana.

La cocina estaba bañada por la luz suave de una vela que Luna había encendido mientras se servían pasta fría.

Ambos estaban sentados en el suelo, sobre una alfombra deshilachada, y compartían risas mientras recordaban el caos del día.

Gato, enroscado a sus pies, ronroneaba a un ritmo que parecía acompasar la conversación.

—No puedo creer que Dumont convenciera al panadero de que el libro sobre botánica medieval era justo lo que necesitaba —dijo Luna, moviendo el tenedor en su plato con una sonrisa incrédula—. La última vez que fui tenía un cactus muerto en el mostrador.

Kai rio tras tomar un sorbo de agua.

—La librería tiene un humor exquisito, sin duda.

Luna suspiró y apoyó la barbilla en la mano.

—No sé, Kai, creo que deberíamos estar más asustados. ¿No te parece? Hoy casi tuve la impresión de que quería protegernos… o advertirnos. Pero… ¿y si me equivoco? Ya me quitó mucho una vez…

Kai dejó el vaso en el suelo, la expresión suavizada.

—Es tu hogar, Luna. Tal vez solo intenta recordarte que está aquí para ti, como tú lo estás para ella. En cuanto a lo otro… Fue el precio de… —dijo señalándose entero—, no creo que se tratase de algo personal.

La profundidad de sus palabras la hizo sonreír. Se inclinó un poco hacia él.

—¿Siempre eres tan poético o solo cuando intentas calmarme?

Kai fingió pensarlo.

—Un poco de ambas. Aunque… creo que me inspiras.

Luna rio entre dientes y sintió que le subía el calor a las mejillas. Había algo tan natural en la forma en que hablaban, como si el mundo no pudiera alcanzarlos allí.

—Kai —dijo tras un silencio cómodo—, ¿cuál es tu comida favorita?

—¿Mi comida favorita? —Arqueó una ceja, divertido—. Eso es… inesperado.

—Quiero saber cosas simples de ti. Cosas tontas, cotidianas. Algo que no tenga que ver con magia, Dumont o hadas.

Kai se recostó, cruzado de brazos, con una sonrisa pensativa.

—Está bien. En mi época, había un puesto en el Barrio Francés que hacía el mejor gumbo. Picante, bien cargado de mariscos y especias. Podría haberlo comido cada día. ¿Y el tuyo?

Luna se mordió el labio.

—Creo que los cruasanes con mermelada de albaricoque. Me recuerdan a las mañanas tranquilas en casa de mis padres.

—Suena… delicioso.

—Creo que mañana hablaré con ellos. He esquivado cada una de sus llamadas con mensajes cortos, pero… los echo de menos. Quiero que sepan que estoy bien.

Kai no dijo nada. Solo le acarició la mano y le limpió un poco de tomate de la comisura.

—Bien, mi turno —dijo Kai, inclinándose con una sonrisa traviesa—. ¿Tienes cosquillas?

—¿Cosquillas? ¿Eso es una pregunta?

—Claro que lo es. Responde.

—Mmm…, no lo sé —repuso, poco convincente.

Kai sonrió con picardía y se acercó más.

—Bueno, creo que es hora de averiguarlo.

—¡Kai, no! —protestó Luna, levantando las manos, pero él ya estaba a su lado, los dedos buscando sin cuidado en su cintura.

El primer roce la hizo estallar en risas. Intentó escapar mientras él reía también.

—¡Sabía que tenías cosquillas! —exclamó, triunfante.

—¡Para, Kai! —Luna se retorcía, riendo sin control.

Huyó de la cocina, en dirección a la habitación. Acabaron cayendo sobre la cama y las risas se fueron apagando poco a poco. Kai la miró mientras ella recuperaba el aliento.

—Te quiero, Luna —dijo en voz baja y segura.

Ella dejó de reír y lo buscó con una intensidad casi temerosa.

—Dilo otra vez.

—Te quiero.

Luna se inclinó y sus labios encontraron los de él en un beso lento. Le enmarcó el rostro con las manos, sosteniéndolo como si fuera algo frágil y precioso.

—Hazme el amor, Kai —susurró contra su boca, con determinación y vulnerabilidad. En el olvido quedó la promesa que se había hecho a sí misma sobre ser paciente con él y sus arcaicas creencias.

Kai la miró, sorprendido, pero no se apartó. Movió las manos despacio, explorando su rostro y sus hombros, como si quisiera memorizarla.

Luna dejó que sus dedos se deslizaran hacia el cuello de Kai y juguetearan con los botones de su camisa. Se le entrecortó la respiración, pero no apartó la mirada. El momento parecía haber quedado suspendido, cargado de algo más profundo que el deseo.

Kai levantó una mano para detenerla.

—Luna… —susurró, tembloroso—. No quiero que te sientas incómoda.

—Kai, cállate. Esto… Bueno, me da la sensación de que llevo esperándolo toda la maldita vida.

Él tragó saliva.

—Tienes la boca muy sucia, Luna —dijo mientras sus propios dedos buscaban los botones de su camisa y los desabrochaban con lentitud. La prenda cayó al suelo, y la tenue luz de la vela dibujó el relieve de su torso.

—Pues te prometo que llevo semanas conteniendo todas las cosas sucias que quiero decirte.

Kai sonrió y negó con la cabeza.

—No negaré que deseo oírtelas decir.

Luna inspiró hondo al explorarlo sin vergüenza.

—Eres hermoso —murmuró, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.

Kai soltó una risa baja y rozó su frente con la de ella. Un gesto que Luna adoraba.

—Hermoso… —repitió mientras dibujaba una sonrisa—. Me agrada mucho más que esas expresiones modernas que os oigo a ti y a Isabel: «Menudo pibón», «Estás to bueno», «Qué fantasía de hombre»… Confieso que ninguna de ellas me resultaría entendible fuera del contexto adecuado.

Luna no pudo evitar soltar una carcajada que seguramente escuchó incluso Wizz desde su book nook .

—¡Puedo oíros desde aquí! —Les llegó la voz amortiguada del hada.

Hundió la cara en el cuello de Kai.

—¡No espíes conversaciones ajenas! —consiguió gritar.

Con cuidado, ella le cogió la mano y la guio hacia el borde de su jersey. Él vaciló un segundo, pero en sus ojos encontró el mismo anhelo. Levantó la prenda despacio; los dedos rozaron la piel de su cintura antes de que la prenda sufriera el mismo destino que la camisa de él.

El beso siguiente fue distinto a todos los demás: más profundo, más urgente. Las manos de Kai, ahora seguras, contornearon su espalda y bajaron por los costados.

Luna dejó escapar un suspiro cuando los dedos encontraron el botón de sus pantalones. Se apartó lo justo para desabrochárselos y deslizarlos por las caderas con deliberada lentitud. Hizo lo mismo con los de él: la ropa quedó olvidada en una pequeña pila.

Estaban frente a frente, piel con piel, las respiraciones mezcladas. El cuerpo de Kai tembló bajo las caricias.

—No puedo creer que esto sea real —murmuró mientras acariciaba la curva de su cintura.

—Lo es —respondió ella, tomándolo del rostro—. Y no quiero que termine.

Kai la tumbó con suavidad. Con los labios trazó un camino desde el cuello hasta la clavícula, y con cada beso dejó impregnada toda la adoración y devoción que sentía por ella. Luna arqueó la espalda y enredó los dedos en su cabello oscuro.

La conexión entre ellos era más que física. Cada caricia, cada susurro y cada mirada tendían un puente entre dos almas que se habían esperado demasiado tiempo para estar juntas.

Kai levantó la vista para estudiar su rostro.

—¿Estás bien? —preguntó, ronco y tierno.

—Mejor que bien.

Las palabras disiparon cualquier duda. Sus cuerpos se buscaron y encontraron mientras descubrían un lenguaje nuevo y familiar.

Cuando al fin cruzaron la última barrera, lo hicieron de una forma delicada pero a la vez pasional que los dejó a ambos sin aliento.

Se movieron al unísono, como si hubieran sido creados para unirse.

Luna sintió que encajaban a la perfección.

Cuando la intensidad llegó al máximo, Luna dejó escapar un suspiro tembloroso y se aferró a los hombros de Kai como si él fuera su ancla. Él enterró el rostro en el hueco de su cuello, estremeciéndose mientras el momento los envolvía por completo.

El silencio que siguió fue calma, una paz arrolladora. Luna se acurrucó contra él y dejó que su respiración se acompasara con la de Kai, el calor de sus pieles alimentándose.

—Te amo —murmuró él de nuevo, como si necesitara decirlo para creerlo.

—Y yo a ti.

El mundo exterior dejó de existir. No había magia descontrolada, plazos inminentes ni pasados que los acecharan. Solo ellos dos, envueltos en una burbuja de amor y calidez que parecía eterna.