16. Wizz no sabe nada™
Wizz no sabe nada ™
El sábado avanzaba con un aire enrarecido.
Aunque Dumont estaba a rebosar de clientes, Luna no podía deshacerse de la sensación de que algo estaba…
mal. Era un día brillante, pero las luces de la librería parecían proyectar sombras demasiado largas.
Había un murmullo constante entre los estantes, como si los libros susurraran entre ellos.
Isabel, en el mostrador, atendía a un anciano que sostenía un libro infantil con ilustraciones de animales parlantes. Luna, que observaba desde una esquina mientras trataba de organizar una pila de donaciones, escuchó algo peculiar.
—¿Está seguro de que este es el libro que quiere llevarse? —preguntó Isabel, con una sonrisa forzada.
El anciano asintió con entusiasmo, acariciando la cubierta.
—Oh, sí. Siempre me han encantado las historias para niños.
Isabel parpadeó, sorprendida, pero se apresuró a entregarle el ejemplar. Cuando el anciano se dio la vuelta, Luna notó algo extraño: el libro parecía brillar débilmente bajo la luz, como si estuviera… contento.
Al poco rato, una joven entró en la librería. Tenía el cabello recogido en un moño desordenado y un bolso grande a punto de romperse por el peso. Fue directa hacia una estantería de libros académicos y sacó un voluminoso ejemplar titulado Historia de los sistemas de riego del siglo xvii .
Luna se acercó, intrigada por la elección.
—¿Es este el libro que buscabas? —preguntó con una sonrisa.
La joven asintió con una expresión casi soñadora.
—Sí. No sé por qué, pero me parece… fascinante.
Luna arqueó una ceja. El tono de su voz sugería que ni siquiera ella sabía por qué lo había elegido. Era como si algo la hubiera guiado hasta él.
Más tarde, una mujer de mediana edad se detuvo frente a la sección de ciencia ficción. Sacó Proyecto Hail Mary y lo miró con curiosidad.
—¿Es fan del género? —preguntó Kai, que se había acercado con su amabilidad habitual.
La mujer sonrió con timidez y negó con la cabeza.
—Nunca he leído algo así, pero este libro me llamó la atención. Quizá es hora de probar algo diferente.
Él le dedicó una sonrisa cálida, pero, cuando la mujer se marchó, intercambió una mirada significativa con Luna.
—¿No te parece raro? —preguntó en voz baja cuando se acercó a ella.
—Demasiado —respondió Luna, cruzando los brazos—. Es como si Dumont decidiese por sí misma qué libros deberían leer las personas.
En ese momento, Wizz apareció entre las sombras. Sostenía un libro abierto en una mano y tenía una expresión de absoluta inocencia en el rostro.
—¿Algo interesante de qué hablar? —preguntó con su tono característicamente sarcástico.
Luna lo miró con sospecha.
—¿Sabes algo sobre esto, Wizz?
—¿Yo? —respondió él, llevándose una mano al pecho como si estuviera ofendido—. Luna, Luna… Soy un ser mágico, una simple hada de cuento, pero no un bibliotecario omnisciente. Aunque, ahora que lo mencionas, sería un gran título para mí.
Antes de que pudiera presionarlo más, un cliente gritó desde la sección de novelas clásicas. Un ejemplar de Los hermanos Karamázov había caído de la estantería, justo al lado de su pie.
—¡Esto está encantado! —exclamó, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.
Luna corrió hacia él para intentar calmarlo.
—Lo siento muchísimo. A veces las estanterías no están perfectamente niveladas. Le aseguro que no volverá a ocurrir.
El cliente parecía dudoso, pero al fin asintió y se marchó. Luna se giró hacia Wizz, que había presenciado la escena desde un rincón con una sonrisa apenas contenida.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Luna, con la voz baja pero firme.
—Nada de lo que preocuparse —respondió el hada con un encogimiento de hombros—. Dumont siempre ha tenido… su propia personalidad. Quizá solo está jugando un poco.
Luna lo miró fijamente, pero, antes de que pudiera insistir, Isabel la llamó desde el mostrador.
—Luna, ¿puedes ayudarme con esto?
Con un suspiro, Luna dejó a Wizz y se dirigió hacia ella. Mientras tanto, Gato, que lo había estado observando todo desde su lugar favorito junto a la ventana, saltó al suelo y se acercó a Wizz. El hada se inclinó hacia el felino para susurrarle algo que Luna no alcanzó a escuchar.
—¿Qué le estás diciendo a Gato? —preguntó Luna con una ceja arqueada.
—Solo intercambiamos opiniones literarias. Gato es sorprendentemente sabio, por cierto.
Este maulló como si estuviera de acuerdo y Wizz desapareció entre los estantes antes de que Luna tuviera ocasión de interrogarlo más.
A medida que el día avanzaba, los incidentes extraños continuaron.
La puerta se abría sola, pero nadie entraba.
Un libro de poesía comenzó a deslizarse lentamente hacia el borde de una mesa, pero Kai lo atrapó justo a tiempo.
Y en la sección de fantasía, un niño pequeño encontró un ejemplar de El hobbit y declaró solemne a su madre que era su libro favorito, a pesar de que apenas sabía leer.
Para cuando llegó la tarde, Luna estaba agotada, tanto física como emocionalmente. La magia de Dumont no solo estaba descontrolada: parecía desafiarlos.
Kai se acercó a ella mientras reorganizaba una pila de libros caídos.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad, posando una mano reconfortante en su hombro.
Luna suspiró y se dejó caer en una silla cercana.
—No lo sé. Esto no es normal, Kai. Dumont nunca había sido así antes.
El fantasma se sentó a su lado y permitió que el silencio hablara por él. Después de un momento, dijo:
—Lo resolveremos.
Luna lo miró, agradecida por su apoyo. Pero, mientras observaba los estantes llenos de ejemplares, no pudo evitar sentir que Dumont tenía sus propios planes y que ellos solo se estaban dedicando a apagar fuegos mágicos que no terminaban de entender.
La tarde cayó sobre Dumont con un manto de tonos cálidos, pero la librería no ofrecía su habitual sensación de calma acogedora.
Había algo en el aire, una tensión vibrante que parecía emanar de cada estantería, de cada rincón oscuro.
Las luces comenzaron a parpadear de manera errática y los libros parecieron acomodarse solos, incómodos.
Luna, Kai, Isabel y Wizz se habían reunido en la sección central para poner orden después de un día caótico. Gato, siempre atento, se movía entre ellos con una silenciosa elegancia, la cola erguida como una pequeña antena de alarma.
—Decidme que alguien más ha visto eso —gritó Isabel, señalando una estantería donde El principito acababa de deslizarse por sí solo hacia la sección de novedades.
—Oh, lo he visto —respondió Kai con una sonrisa irónica—. Pero si empezamos a gritar cada vez que un libro se mueve, no terminamos hoy.
Luna dejó escapar un suspiro frustrado.
—Esto ya no es gracioso, Kai. Es como si la librería estuviera… viva. En el peor de los sentidos.
Wizz, que había estado haciendo malabares con sus nuevos tomates, dejó caer uno al suelo con un golpe mínimo. Era del tamaño de una hormiga.
—Dumont siempre ha estado viva. Solo que ahora parece que ha tomado café por primera vez y está un poco… emocionada.
Luna lo miró con el ceño fruncido.
—Wizz, si sabes algo más, es el momento de decírmelo.
El hada suspiró con aire dramático y dejó caer los otros tomates sobre la mesa.
—Mira, te lo diré de esta manera: la magia de Dumont va como un tren sin frenos y, aunque he intentado mantenerla a raya, digamos que… está reaccionando un poco por su cuenta. ¿Recuerdas? Es una puerta. Y ahora está muy abierta.
—¿«Un poco»? —repitió Isabel, incrédula—. Wizz, los libros están eligiendo a las personas, literalmente.
—Y no siempre está mal —dijo Wizz, encogiéndose de hombros—. ¿No viste al anciano con el libro infantil? Ese hombre necesita una chispa de alegría. ¿Y la joven del tratado sobre riego? Probablemente descubra algo brillante. La magia, queridos humanos, sabe lo que hace.
—¿Y si no? —preguntó Luna, cruzada de brazos—. ¿Qué pasa si esta magia descontrolada hace daño a alguien?
El rostro del hada, normalmente con una expresión de sarcasmo, adoptó una seriedad inusual.
—No dejaré que eso pase —dijo, más bajo de lo habitual.
Kai intervino, tranquilo pero firme.
—Está bien, Wizz, pero no puedes cargar con todo. Si Dumont está en peligro, todos necesitamos saberlo.
Antes de que el hada respondiera, un estruendo resonó desde las estanterías más lejanas. Gato saltó en el aire con un bufido y todos se giraron hacia el sonido.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Isabel, agarrando un libro como si fuera un arma.
Luna fue la primera en moverse, seguida de Kai y Gato. Wizz e Isabel se quedaron atrás, observando con cautela. Cuando llegaron, encontraron una pila de libros en el suelo, como si los hubieran lanzado.
Kai se inclinó para recoger uno. Frunció el ceño al leer el título.
— Cuentos y leyendas vivas del Barrio Francés . Esto no estaba aquí antes.
Luna cogió el ejemplar de sus manos con el corazón acelerado.
—¿Crees que Dumont está… tratando de decirnos algo? —susurró para que solo él la escuchara.
En ese momento, apareció Wizz como un rayo.
—¡Oh, no, no, no! —exclamó, lanzándose hacia el volumen con una velocidad inusual.
Luna frunció el ceño al verlo desaparecer tras el tomo que era tres o cuatro veces más grande que él, pero que, aun así, sujetaba con fuerza.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Wizz forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Nada. Nada en absoluto. Solo… odio que esté fuera de su sitio. Es demasiado especial para andar por ahí tirado. Ya sabes, ha sido mi casa durante siglos.
Se giró con rapidez y desapareció entre las sombras.
Kai e Isabel intercambiaron miradas, pero no dijeron nada. Luna, sin embargo, no había apartado los ojos del hada. Había algo en su nerviosismo, en la forma en que evitaba mirarla, que no podía ignorar.
—Dumont intenta decirnos algo —murmuró para sí.
—¿Perdón? —preguntó Isabel.
—Nada —dijo Luna, sacudiendo la cabeza. Pero se prometió a sí misma que encontraría la manera de revisar ese libro, aunque Wizz estuviera cerca. La librería no hacía nada al azar y había algo relacionado con ese volumen que debía descubrir.