Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 15. Martes tranquilo, mis narices #2
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15. Martes tranquilo, mis narices #2

—Me haces sentir vivo. Me haces querer más. Más de esto —añadió pasando los dedos por las tiras de su sujetador—. Más de ti. Tu es incroyablement belle .

—¿Eso ha sido un cumplido?

— Oui —asintió él con una sonrisa y se acercó más a su cuello.

El peso de sus palabras, lo sensual que le parecía aquel idioma en sus labios y el roce en aquella zona sensible dejaron a Luna sin aliento.

Sin pensarlo, eliminó la distancia entre ellos y presionó los labios contra los de Kai en un beso que comenzó con una ternura infinita y pronto se volvió más exigente.

Kai respondió con la misma pasión y sus manos encontraron la cadera de Luna para atraerla más cerca y mostrarle cómo de vivo le hacía sentirse.

Luna dejó caer los brazos alrededor de su cuello para enredar los dedos en su cabello rizado y áspero mientras el calor entre ambos aumentaba.

Kai la levantó ligeramente y la guio hasta que quedó tumbada debajo de él.

Sus labios nunca se separaron, y sus manos comenzaron a explorar con cuidado, trazando caminos por el vientre de ella.

—Luna… —murmuró Kai contra su boca, la voz ronca y cargada de deseo.

—Kai —respondió ella al tiempo que deslizaba los dedos por debajo de la tela de su camiseta.

Kai se estremeció bajo su toque y se inclinó para besarla de nuevo con una intensidad que parecía consumirlos a ambos.

Sus manos encontraron el borde del jersey de lana marrón de Luna.

Lo deslizó despacio hacia arriba mientras movía los labios por su mandíbula, su cuello, dejando un rastro de calor a su paso.

Luna arqueó la espalda. Sus propias manos viajaron por el torso de Kai hasta quitarle la camiseta por completo. Tenía la piel cálida y cada músculo se le tensaba bajo la caricia de sus dedos.

Kai se detuvo por un momento y apoyó la frente contra la de ella mientras ambos jadeaban, los cuerpos tan cerca que apenas había espacio entre ellos.

—No quiero apresurar esto —murmuró, aunque la voz traicionaba la lucha interna que estaba librando—. No es lo correcto.

Luna lo miró; sus ojos reflejaban la misma mezcla de deseo y ternura.

—No estamos apresurando nada, Kai. Estamos justo donde debemos estar.

— Nous ne sommes pas mariés .

—¿Qué?

—Joder —maldijo él—. Perdona. Que no estamos casados, Luna.

—A veces se me olvida que tienes cien décadas más que yo —respondió Luna mientras colaba las manos por lugares mucho más interesantes y que hicieron que Kai abriera mucho los ojos—. Eso ya no se lleva.

Kai sonrió y se inclinó para besarla una vez más, pero esta vez con una suavidad que decía más que cualquier palabra. Las manos continuaron explorando y subieron lentamente por sus costados hasta alcanzar la curva de sus pechos.

Pero justo cuando Luna comenzaba a bajar la cremallera del pantalón de pinzas beige que Kai llevaba ese día, algo en él cambió.

Detuvo el movimiento y la miró con cierta tristeza en los ojos.

—Luna, no sé si puedo darte todo lo que mereces —dijo, con la voz quebrándose ligeramente—. Una casa, una familia… No hablo solo de la boda.

Ella lo observó con el corazón en la garganta, las manos quietas en la cremallera.

—Kai, no necesito nada de eso. Te quiero a ti. Y a tus… nuestras circunstancias.

Cerró los ojos, luchando consigo mismo. Al fin, dejó escapar un suspiro tembloroso y se recostó a su lado; la abrazó con fuerza mientras le rozaba la frente con los labios.

—No sé si algún día podré creerlo, ma chérie —murmuró.

Luna apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el ritmo constante de su respiración mientras trazaba líneas suaves en su piel desnuda con los dedos y hacía un esfuerzo por enviar señales a su cuerpo de que hoy tampoco sería el día.

—Estamos juntos, Kai. Eso es lo único que importa ahora.

El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no era incómodo. Era un silencio lleno de entendimiento, de promesas no dichas, de dudas, de un amor que no necesitaba ser explicado.

Ambos permanecieron así durante un largo rato, arropados por la calidez de su conexión. Luna levantó la mirada y encontró los ojos de Kai cargados de algo más que deseo, algo que la hizo sentir vista por completo.

—¿Qué ves cuando me miras así? —preguntó en voz baja, con un atisbo de timidez.

Kai deslizó una mano por su mejilla; con el pulgar le acarició suavemente la piel bajo los ojos.

—Veo a alguien que no tiene idea de lo increíble que es. Veo fuerza, compasión…, y una belleza que me deja sin aliento cada vez que la miro: tus rizos, tu nariz redonda, tus lunares, tes lèvres … —terminó diciendo mientras le pasaba el pulgar por los labios.

Luna sintió que se le aceleraba el corazón, pero Kai no terminó ahí. Su voz se volvió más profunda, más íntima.

—Veo a alguien que ilumina hasta las partes más oscuras de mi alma. Alguien que me da esperanza, que me hace creer que incluso un fantasma como yo puede soñar con un futuro entre los vivos.

Ella no pudo evitar sonreír, aunque las lágrimas comenzaban a nublarle la visión.

—Kai…

Él inclinó la cabeza y sus labios volvieron a encontrarse, esta vez con una ternura que hablaba de una devoción silenciosa. Pero cuando sus manos comenzaron a recorrer de nuevo el cuerpo del otro, Kai se apartó un tanto, respirando con dificultad.

—Si seguimos así, no voy a poder contenerme —advirtió con una pequeña sonrisa.

Luna dejó escapar una risa ligera y le acarició el rostro.

—Deja de luchar, Kai. Por favor. No me hagas rogarte o decirte cosas obscenas que tus oídos de caballero no querrían escuchar.

Él suspiró y cerró los ojos por un momento antes de besarla de nuevo, casi como un susurro.

Luna supo que no cruzarían aún esa línea. Que, para él, aquello significaba cosas mucho más profundas que las que ella podría entender. Se prometió ser más paciente y respetar sus tiempos. Tal y como ella desearía que hiciera él.

Lo abrazó con fuerza.

—Está bien, Kai, cuando te sientas preparado.

Al fin, el sueño comenzó a ganarles, pero no antes de que Kai murmurara, casi para sí mismo:

—Quiero hacer algo que deje este mundo mejor de lo que lo encontré… Por ti, por nosotros.

Luna lo miró con una leve sonrisa y le besó el pecho antes de responder:

—Sé que lo harás.

Y así, en aquella vieja trastienda en el corazón silencioso de Dumont, comprendieron sin necesidad de palabras que no volverían a enfrentarse al mundo por separado.