15. Martes tranquilo, mis narices
Martes tranquilo, mis narices
El martes comenzó con un aire de aparente tranquilidad, pero Dumont tenía otros planes. A media mañana, cuando los primeros clientes empezaron a llenar el espacio, la magia de la librería mostró señales de estar más inquieta que nunca.
—Es un ejemplar único, primera edición. Es frágil —dijo.
Mientras hablaba, una vela en el mostrador de recepción se encendió de repente e inundó el aire con un aroma a canela que no encajaba con la vela de miel.
—Esto se está saliendo de madre —murmuró Luna entre dientes mientras recogía un libro que había caído al suelo sin razón aparente.
Wizz, que aparecía y desaparecía entre los estantes como un torbellino de energía, trataba de contener los desbordamientos con un fervor poco habitual. Luna lo sorprendió mascullando por lo bajini mientras agitaba las manos frente a una pila de libros que amenazaba con derrumbarse.
—¿Estás bien, Wizz?
—¡Perfectamente! —respondió él con su habitual sarcasmo, aunque evitó mirarla a los ojos—. ¿Por qué no iba a estarlo? Solo intento que esta bendita librería no decida, ya sabes, comerse a alguien.
Luna no estaba convencida, pero dejó pasar el comentario, tras lo que se dedicó a reorganizar el mostrador.
Mientras, observó a Kai por el rabillo del ojo.
Estaba ayudando a una anciana a alcanzar un libro en lo alto de una estantería; su sonrisa cálida y su paciencia eran casi desarmantes.
Incluso en medio del caos, parecía irradiar una serenidad que hacía que todo pareciera más llevadero.
Cuando la anciana se fue, Kai se acercó a Luna con una taza de té en mano.
—Para ti. Pareces necesitarlo más que yo —dijo, tendiéndole la taza.
Luna sonrió y aceptó el té con gratitud. Pero antes de que pudiera responder, una pila de libros cayó ruidosamente a sus pies, lo que interrumpió el momento. Wizz apareció como un rayo para recogerlos mientras murmuraba algo inaudible.
—Este va a ser un largo día —murmuró Luna con un suspiro.
Kai se inclinó hacia ella, su voz lo bastante baja como para que solo ella pudiera escucharlo.
—Más tarde podemos tomarnos ese descanso que tenemos pendiente.
El calor en su voz hizo que a Luna un escalofrío le recorriera la espalda, pero no tuvo tiempo de responder. Un cliente la llamó desde el otro lado de la librería y la promesa quedó suspendida en el aire.
Esa noche, ambos cayeron rendidos mucho antes de que el sol terminara de esconderse.
Hacia el miércoles, Luna comenzó a notar algo extraño en Vivi. Aunque seguía apareciendo en Dumont con su energía habitual, había algo en su postura, en la manera en que se apoyaba un poco en las estanterías, que la hacía parecer más frágil. Decidió que era hora de hacerle una visita.
—Vamos a verla esta tarde —dijo Luna a Kai mientras organizaban los libros al final del día.
Él asintió y dejó de lado la pila que tenía en las manos.
—Buena idea. Quizá también podamos llevarle algo para leer —dijo cuando vio en Luna una sombra de tristeza—. Yo me encargo, no te preocupes. Volverás a ser la reina de las recomendaciones, te lo prometo.
Esa noche, llevaron a Vivi una pequeña pila de ejemplares cuidadosamente seleccionados entre los que se encontraban las últimas lecturas que Kai había ido haciendo con la intención de ponerse al día en lo que él llamaba «su nuevo mundo»: El cuento de la criada , Un mundo feliz y La ladrona de libros .
Junto a cada uno, una nota con su letra antigua y cuidada: «lo frágil que es la libertad» , « el precio del progreso» y «lo que sobrevive a la guerra» .
La encontraron en su acogedora casa, envuelta en una manta y con una taza de té entre las manos.
—No teníais que venir —dijo, aunque su sonrisa la traicionaba; se alegraba de verlos—. Madre mía, con todo el trabajo que tenéis… Esa librería parece más zumbada que nunca. Pero bueno, ya que estáis aquí, ¿qué me habéis traído?
Kai eligió uno de los libros y comenzó a leer en voz alta.
Su voz, profunda y cadenciosa, llenaba la habitación con una calidez que parecía disipar cualquier sombra: «Nadie muere por falta de sexo.
Es por falta de amor por lo que morimos» .
Guardó silencio un instante. Luego continuó: «Una rata que está dentro de un laberinto es libre de ir a cualquier sitio, siempre que permanezca dentro del laberinto» .
Vivi cerró los ojos y se dejó llevar por la historia mientras Luna observaba con el corazón rebosante de gratitud.
—Gracias por esto —dijo la mujer después de un rato, interrumpiendo la lectura—. A veces olvido que también puedo permitirme descansar.
—Siempre vamos a cuidarte, Vivi —respondió Luna mientras la tomaba de la mano con cariño.
Kai asintió con una sonrisa.
—Y si necesitas más lecturas, ya sabes dónde encontrarnos.
—Hablando de lecturas. ¿Ya habéis decidido el ganador del concurso de cuentos?
Luna y Kai se miraron con cariño. Hacía apenas unas horas se habían puesto en contacto con él.
Resultó ser un hombre que acababa de ser padre.
Disfrutaba de la baja de paternidad cuando decidió hacer lo que más amaba en el mundo, ahora que tenía tiempo libre en las largas siestas del bebé.
Escribió un cuento sobre el nacimiento, la familia, el tiempo y los sueños.
Fue conmovedor, la forma en que estaba escrito era una delicia y se había convertido por unanimidad en el favorito de ambos.
Esa noche fue la primera que Kai consintió en dormir con Luna. Se besaron durante horas y pasaron algunas otras abrazados disfrutando del sonido del saxofón que Kai continuaba haciendo tocar solo para ellos.
—Me alegro mucho de que no hayas perdido esa habilidad fantasmal tuya. Me encanta tu música.
Kai sonreía, la besaba y le hacía masajes que lograban que Luna perdiera el sentido del tiempo y el espacio. Y, aun así, cada noche deseaba más de él. Mucho más.
La noche del viernes avanzaba lenta y silenciosa y envolvía Dumont en una calma mágica.
Luna había terminado de cerrar la caja y apagado las luces principales; solo había dejado la cálida penumbra que siempre parecía abrazar la librería por las noches.
Kai estaba en la trastienda, hojeando uno de los que Isabel le había recomendado para ayudarlo a entender el término «feminismo».
Sin embargo, ella notó que su expresión era diferente; no estaba concentrado en las páginas, sino perdido en sus pensamientos.
Decidida a romper esa nube gris que parecía rodearlo, cogió dos tazas de un té que habían comprado en Tés Nada Corrientes para Transeúntes Nada Especiales.
Se llamaba «Un amanecer bucólico» y no tenían ni idea del milagro que obraba, ya que lo habían escogido solo por el olor a naranja.
Se encontró a Kai sentado en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas y el libro Circe , de Madeline Miller, olvidado a su lado.
—¿Todo bien? —preguntó con suavidad al tiempo que le ofrecía una de las tazas.
Kai levantó la mirada y aceptó la bebida, agradecido. Su sonrisa era pequeña, pero cálida.
—Sí, solo pensaba… cosas. ¿Qué estamos tomando?
Luna arqueó una ceja mientras se sentaba a su lado, dejando suficiente espacio para que sus piernas apenas se rozaran.
—Quién sabe con Vivi, pero por cómo miras el té, pareces muy agradecido de poder degustarlo de nuevo. ¿Quieres que pidamos pizza esta noche?
Kai asintió, pero seguía teniendo la mirada triste.
—Ahora en serio, dime en qué piensas.
Kai tomó un sorbo y se dio un tiempo para encontrar las palabras. Algo que a Luna le fascinaba de él.
—En lo que quiero hacer con esta segunda oportunidad —dijo al fin con la mirada fija en la estantería frente a ellos—.
Je ne suis pas revenu de la même mort pour n’être qu’un spectateur, Luna .
—Se paró un momento a pensar detenidamente en lo que acababa de suceder—.
Perdona. Quería decir que no he regresado de la misma muerte para ser un espectador —aclaró mirando la taza que sostenía con curiosidad—. ¿Ahora hablo francés?
Luna, que había estado a punto de dar un sorbo, se quedó con la taza a medio camino y lo miró fijamente.
—¿Acabas de…? —Parpadeó—. Sí, sí que has hablado en francés.
Dejó la taza sobre la mesa y la empujó ligeramente hasta que no le llegara ni el olor. Solo por si acaso.
—Ya estás haciendo algo. Eres parte de Dumont, ayudas a los vecinos, eres un excelente librero. Eso cuenta, Kai.
Él negó con suavidad y dejó la taza sobre la mesa. Junto a la de ella.
—No me parece suficiente. Cuando estaba vivo…
, cuando vivía en las calles, veía a tanta gente perdida, olvidada.
Y ahora pienso: ¿qué pasaría si pudiera ayudarlos?
Si pudiera usar mi música y mi segunda oportunidad para darles descanso o de l’espoir.
—Sacudió la cabeza—. Esperanza, quería decir, esperanza. Perdona.
Luna lo miró, agradecida a la magia de tener delante a un hombre tan sincero y que no temía mostrarse vulnerable. No sabía qué decir, así que simplemente alzó una mano para tocarle el rostro y dejó que sus dedos le rozaran la mandíbula.
—Eso es… hermoso, Kai. Y estoy aquí para apoyarte en lo que decidas.
Él cerró los ojos bajo su toque, como si encontrara refugio en ella.
—No sé si merezco une deuxième chance. —Se aclaró la garganta—. Una segunda oportunidad —corrigió con una media sonrisa avergonzada—. Pero si puedo hacer algo bueno con ella, tal vez lo valga. Creo que volveré a tocar.
—Ya la mereces, Kai —dijo Luna con firmeza—. No por lo que hagas, sino por quién eres. Y que vuelvas a tocar para el mundo sería genial —añadió mientras se acomodaba en su regazo—. Aunque no prometo no ponerme celosa.
La intensidad en los ojos de él era casi abrumadora.
Kai se inclinó hacia ella y dejó que las frentes se tocaran. El ambiente cambió de inmediato.
—¿Eres consciente de lo que provocas en mí? —murmuró, tan cerca que cada palabra le rozó la boca antes de extinguirse.
—No —respondió Luna, la voz apenas un susurro—. Dímelo.