14. Cartas y cruasanes #4
Kai la sostuvo con más firmeza, la atrajo hasta que chocaron contra el sofá y ambos cayeron.
Luna quedó sentada a horcajadas sobre sus piernas.
Sintió la dureza de su erección presionando contra ella y el calor que le recorrió el cuerpo la dejó sin aliento.
Sus manos encontraron el camino bajo su camisa y exploraron la piel cálida de su espalda.
Pero justo cuando el mundo parecía haberse reducido a ellos dos…
—¡Luna! —gritó Isabel desde la sala principal—. ¿Estás ahí? ¡Necesito tu ayuda con estos números!
Luna se separó rápido, todavía con la respiración agitada. Se miraron un instante y Kai dejó escapar una risa baja, cargada de frustración.
—Siempre hay algo, ¿verdad? —dijo, pasándose la mano por el cabello desordenado.
Luna se mordió el labio e intentó recuperar la compostura mientras se alisaba la camisa blanca y se levantaba.
—¡Voy ahora, Isabel! —gritó de vuelta. Miró a Kai una vez más—. Esto no ha terminado.
Él sonrió con una chispa de complicidad en los ojos.
—No mientras yo pueda evitarlo.
Luna salió de la trastienda con el corazón aún acelerado, incapaz de borrar la sensación de los labios de Kai sobre los suyos. El calor de sus manos todavía parecía impregnado en su piel y, por primera vez en mucho tiempo, sentía algo más que responsabilidad o preocupación: deseo y una certeza.
Sin embargo, al llegar al mostrador donde Isabel la esperaba, la realidad volvió a golpearla.
La carta del ayuntamiento seguía sobre la mesa, un recordatorio implacable de que Dumont estaba en peligro, y con ello todo lo que empezaba a…
amar. La joven le ofreció una sonrisa de aliento, pero Luna apenas pudo devolvérsela.
—Esos números no se van a arreglar solos, amiga mía —dijo, tratando de mantener el ánimo.
Luna suspiró y se sentó junto a ella. Justo entonces, Vivi y Margot se acercaron con expresión de urgencia. Vivi extendió un papel que parecía arrancado de un cuaderno.
—Acaba de llegar esto. Es un mensaje de uno de los vecinos del barrio, o eso creemos; creo que debemos hablar de esto ahora mismo.
Luna cogió la nota manuscrita. El papel era inusual, de bordes algo irregulares y amarillentos y un tacto distinto, como si no perteneciera a un cuaderno común.
Las letras, aunque apresuradas, tenían un trazo peculiar, como si el autor no estuviera acostumbrado a escribir a mano con frecuencia.
Al pie no había firma, pero el tono reflejaba una mezcla de urgencia y cierta teatralidad que Luna no terminaba de ubicar.
—¿Qué pasa? —preguntó Kai, que se acercaba desde la trastienda con Gato siguiéndolo de cerca.
Luna levantó la mirada; el peso del papel parecía duplicarse en su mano.
—Alguien más sabe… cosas —dijo, con un ligero temblor en la voz—. Y parece inminente.
Kai frunció el ceño y avanzó hacia ella.
—¿Qué cosas exactamente?
Luna dejó el papel sobre la mesa, para que todos pudieran leerlo. El mensaje, escrito con prisa, decía:
Dumont no es una librería cualquiera. Si la tiran abajo, no solo va a ser un desastre para el barrio, sino para cosas que ni siquiera imaginan. No puedo explicarlo todo ahora, pero si esto sigue adelante, el Barrio Francés no será el mismo, y eso es decir poco.
Hagan algo antes de que sea tarde.
Un silencio cayó sobre el grupo. Vivi, Margot, Isabel y Kai intercambiaron miradas tensas. Finalmente, Wizz, que los había estado observando desde su nuevo lugar favorito, el invernadero, rompió el silencio con su tono irónico característico:
—Bueno, ya era hora de que apareciera algo de drama, ¿no? Esta novela ya olía demasiado found family y cero manos de editor.
Todos lo miraron con exasperación. Vivi alzó una ceja, claramente poco impresionada.
—¿Esto te parece «algo de drama»? —preguntó, señalando la nota.
—¿Qué puedo decir? —replicó Wizz, encogiéndose de hombros—.
Me encantan las intrigas. Aunque, entre nosotros, quien haya escrito esto tiene un estilo terrible.
Podría haber puesto más emoción, ¿no os parece?
Algo como: «¡Salven Dumont o el apocalipsis caerá sobre el Barrio Francés! ». Eso sí captaría la atención.
Isabel bufó y volvió a mirar el papel.
—Esto no es un chiste, Wizz.
—Y tampoco una carta digna de Shakespeare —replicó él antes de darles la espalda con aire despreocupado—. Pero bueno, seguid con vuestras teorías. A mí llamadme cuando haya algo interesante de verdad. Tengo berenjenas que plantar —terminó diciendo y guiñó un ojo a Vivi.
Luna lo observó mientras se alejaba de vuelta al minihuerto.
Hubo algo en su tono que le pareció fuera de lugar.
Había una nota de nerviosismo oculta tras su sarcasmo habitual.
Se llevó una mano a la frente mientras trataba de procesar lo que aquello significaba.
Sentía que el suelo se volvía de gelatina bajo sus pies.
Kai colocó una mano sobre su hombro para atraer su atención.
—Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos. No estás sola en esto, Luna.
Ella asintió y tragó el nudo que se le formaba en la garganta.
—No sé qué significa, pero el mensaje me da miedo.
El eco de sus palabras pareció llenar Dumont, como una promesa que nadie estaba dispuesto a romper.
Y mientras el sol comenzaba a ocultarse tras los tejados del Barrio Francés, la luz que caía sobre Dumont pareció brillar más fuerte que nunca.