Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 14. Cartas y cruasanes #3
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14. Cartas y cruasanes #3

—Esto es absurdo —bufó Wizz desde su pequeño invernadero mientras regaba con un taponcito—. Mascotas, tazas, fantasmas loteros… Este lugar se está convirtiendo en un circo.

—Dijo el hada salida de un libro mientras riega un grano de arena —respondió Kai, con sonrisa burlona, al pasar junto a Wizz. Le dio un suave golpecito en el hombro.

—Ya me pedirás tomates con sabor a tomate, ya.

Mientras tanto, Vivi y Margot seguían discutiendo sobre los carteles. Margot estaba convencida de que el diseño debía incluir más elementos visuales impactantes, como destellos dorados o pequeñas ilusiones que captaran la atención de los transeúntes.

—No quiero que parezcan anuncios de un espectáculo de magia barata —protestó Vivi, cruzando los brazos—. Deben ser elegantes.

—Pero estamos en Nueva Orleans —respondió Margot, encantadora—. Aquí nada es «elegante» en el sentido tradicional. Todo es extravagante y único. No vas a llamar la atención, si no.

Luna, que observaba la discusión, no pudo evitar sonreír. Por un momento, el aviso del ayuntamiento pareció un problema lejano, enterrado bajo la camaradería y las ocurrencias de quienes la rodeaban.

Por la tarde, cuando el bullicio se calmó un poco, Vivi pidió la atención de todos.

—Necesitamos un plan sólido para esta semana —dijo. Colocó una hoja en blanco sobre la mesa—. Los carteles ya casi están, pero también hay que pensar en cómo atraer más apoyo.

—¿Qué tal una subasta de objetos mágicos? —sugirió Wizz, alzando una ceja—. Por supuesto, yo sería la estrella invitada. Puedo sembrar berenjenas mágicas para el crecimiento de la…

—No, gracias —interrumpió Luna de inmediato.

Vivi, mirando horrorizada el descaro del hada, continuó anotando ideas. Al final, decidieron centrarse en tres acciones: el concurso de cuentos breves, actividades pequeñas durante la semana y la promoción de Dumont como lugar histórico que debía protegerse.

—Lo importante es que no pierdas de vista por qué hacemos esto —dijo Vivi, mirando a Luna con seriedad—. Dumont no es solo una librería. Es un hogar para todos nosotros. —Luego carraspeó y añadió—: Bueno, por eso y por el dinero.

Luna asintió; el dinero nunca antes había cobrado un matiz tan mágico para ella.

Mientras todos trabajaban, Luna se dio cuenta de que Kai y Gato no estaban. Los encontró en la trastienda, donde Kai estaba acostado en el sofá leyendo, con Gato enroscado en el pecho.

—¿Ya te volviste gato también? —bromeó ella desde la puerta.

Kai abrió un ojo y le dedicó una sonrisa.

—No me mires así. Gato es un excelente compañero de lectura.

—Lo sé —respondió Luna, cruzándose de brazos—. Siempre encuentra el lugar más cómodo para dormir.

—Entonces no es tan listo; yo te elegiría a ti antes —dijo él, con un tono que la hizo sonrojar.

Kai se incorporó y Gato, molesto por el movimiento, saltó al suelo con un bufido suave. Luna lo siguió con la mirada y cuando volvió a centrarse en Kai, él estaba más cerca. La observaba entre esas pestañas que conseguían quitarle el aliento y la cordura.

—¿Qué haces aquí escondido? —preguntó Luna. La voz le tembló un poco.

Kai la observó, con ese brillo en los ojos que parecía ver más allá de sus palabras.

—Me tomaba un respiro de Wizz. Ha empezado a leerme Los juegos del hambre y he intentado explicarle que me falta mucho contexto para comprenderlo. Pero ha seguido —respondió—. ¿Y tú, Luna? ¿Qué te ha traído a esta humilde trastienda?

—Tú —contestó con sinceridad, aunque la palabra le sonó más íntima de lo que esperaba.

Kai inclinó la cabeza, divertido, y palmeó el sofá a su lado.

—Entonces ven; ya me encontraste.

Ella respiró hondo. Quería parecer tranquila, pero el corazón le latía con tanta fuerza que temió que Kai pudiera escucharlo.

—¿Estás bien? —preguntó él, que ladeó la cabeza para mirarla de cerca.

—Sí…, creo —respondió ella. Dejó las manos sobre los muslos para evitar que le temblaran.

Kai entrecerró los ojos, como si no terminara de creerla. Luego, en un gesto tan natural como respirar, alzó una mano y retiró con delicadeza un mechón rizado que le caía sobre el rostro.

—No te fue dado custodiar cada grieta de este lugar —susurró—. Descansa, Luna. Dumont seguirá en pie un instante sin tu vigilancia.

Ella rio con suavidad y negó con la cabeza.

—¿Un descanso? ¿En Dumont? Ya sabes que eso no existe.

Kai la miró un momento más antes de hablar, la voz baja y cargada de emoción:

—Concédeme el privilegio de darte un momento de quietud. Lo demás puede esperar.

Cuando Luna lo miró a los ojos, sintió que el aire se volvía insuficiente.

Quería respirarle a él. Así que tomó la decisión, acortó la distancia para dejar atrás cualquier duda que pudiera tener Kai sobre si ella deseaba aquello.

Sus labios encontraron los de su caballero andante en un beso que empezó suave y pronto dio paso a una pasión contenida durante mucho rato.

O al menos más del que a ella le hubiera gustado.

Kai respondió de inmediato y llevó ambas manos a las costillas de Luna para acercarla más. Ella se inclinó para profundizar el beso y comenzó a recorrerle la camisa con los dedos, a deslizarla fuera del pantalón con movimientos decididos.

—Luna… —murmuró él contra sus labios, con la respiración agitada.

—No te detengas —le susurró ella, rozándole la boca antes de volver a besarlo con intensidad.