Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 14. Cartas y cruasanes #2
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14. Cartas y cruasanes #2

—Esto es ridículo —dijo, con el ceño fruncido—. Necesitamos organizarnos. No podemos rendirnos ahora.

—¿Cómo voy a rendirme? —replicó Luna, que se llevó las manos a la cabeza—. No es solo perder Dumont. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Dios mío, es perder a Kai, a Wizz, a Gato…, a ti, a Vivi, incluso a Margot. Tendría que volver a casa, empezar de nuevo.

—Entonces no te vas a rendir —intervino Kai desde la puerta de la trastienda.

Se acercó con calma y colocó una mano en el hombro de Luna—.

No voy a dejar que te vayas a ningún lado.

Si Dumont termina siendo una administración de lotería, me haré lotero.

Si ponen una tienda de souvenirs, empezaré a vender camisetas. Lo que sea.

Luna no pudo evitar sonreír, aunque las lágrimas empezaban a nublarle la vista.

—Eres demasiado optimista, Kai.

—No lo soy, Luna —respondió con media sonrisa—. Solo soy un hombre que se niega a perderte.

Mientras tanto, Isabel tomó la iniciativa. Encendió el portátil y empezó a organizar los datos en una presentación: cuánto habían recaudado, los gastos, las metas aún por alcanzar.

—Todavía falta mucho —murmuró mientras revisaba los números—. Pero no es imposible.

Luna la escuchaba solo a medias, extraviada en las palabras de Kai: «Solo soy un hombre que se niega a perderte».

El sonido de las campanillas anunció la llegada de Vivi y Margot, y Luna perdió el hilo de sus pensamientos. Vivi traía un pequeño termo y una sonrisa traviesa.

—Tengo algo para probar —anunció, acercándose hasta ellos—. Es una nueva mezcla, pero necesito que alguien con un paladar sensible me diga si funciona.

Luna, deseosa de distraerse, aceptó la tacita que Vivi le ofrecía. Bebió un sorbo y, al principio, todo pareció normal… hasta que sintió un cosquilleo extraño en la nariz.

—¿Estás… bien? —preguntó Vivi, ladeando la cabeza.

Luna abrió la boca para responder, pero en lugar de palabras, salió un agudo maullido. Todos se quedaron en silencio un segundo hasta que Gato apareció entre las estanterías. La miró con curiosidad, como si la entendiera a la perfección.

—¡Por todos los libros de este lugar, Luna! —exclamó Wizz, que había aparecido de repente, y la señaló con una risa burlona—. ¿Te has vuelto un gato?

—¡¿Qué?! —quiso gritar Luna, pero se llevó las manos a la boca al darse cuenta de que había maullado de nuevo.

Margot estalló en carcajadas y golpeó con suavidad a Vivi en el brazo.

—Es la primera vez, en mis años como médium, que veo a un humano maullar tan bien. Y os aseguro que he visto a fantasmas intentándolo.

Vivi miró el termo con el ceño fruncido.

—Bueno, no era el efecto que esperaba, pero es… interesante.

Gato parecía nervioso.

Wizz rodó los ojos y se cruzó de brazos.

—Este animal lleva días con contracturas en la espalda. ¿Lo veis? Es justo aquí —dijo señalando la espalda del gato.

Todos lo miraron, atónitos.

—¡Una contractura por dormir doce horas en esos cojines del demonio! Sí, lo sé, son preciosos, los elegí yo, pero ya es hora de renovarlos. Quizá algo en tartán verde…

—Ni de broma —gritó Luna de repente; había recuperado la voz, aunque con un leve ronroneo en el tono—. ¡Ya tienes una cama propia!

—¡No hay presupuesto para eso! —añadió Isabel a la vez.

La librería estalló en risas mientras Wizz murmuraba maldiciones en voz baja, que no tardaron en quedar opacadas por el sonido de Gato brincando a su lado, como si lo provocara adrede.

Luna le chistó suave y el animal se le restregó entre las piernas.

—No te duele nada, ¿verdad? Yo creo que está nervioso…, solo eso.

No quería mencionar en ese momento la sensación extraña que tuvo la otra noche.

Margot, por su parte, no dejaba de observar a Kai. Luna tardó en darse cuenta, pero cuando lo hizo, no pudo evitar fruncir el ceño.

—¿Margot? —preguntó, acercándose con cautela—. ¿Por qué miras a Kai como si fueras a diseccionarlo?

Ella desvió la mirada hacia Luna, aunque parecía resistirse a apartarla de Kai.

—Perdona, cielo, es que… —Hizo un gesto amplio con las manos, como intentando atrapar una idea etérea—. Nunca he visto nada igual. Un fantasma que…, bueno, que se vuelve tangible. Es como si el universo hubiera decidido doblar las reglas para él.

Luna cruzó los brazos, dudosa. Recibió una mirada de disculpa de Vivi. Intuyó que la habría puesto al día de las últimas noticias referentes al «fantasma».

—¿Qué insinúas, Margot?

—Que tengo preguntas, evidentemente —respondió, como si fuera obvio—. Pero no quiero molestarle, claro. No soy ninguna bruja entrometida. Solo quiero entender cómo funciona esto, por pura curiosidad mística.

—¿Preguntas? —repitió Luna, con una ceja arqueada.

Margot asintió solemne, con una mano en el corazón.

—Prometo que serán importantes, de esas que iluminan el alma. Como… ¿qué se siente al tener un pie en cada mundo? ¿Es como flotar en un río, ya sabes, medio cuerpo dentro medio fuera o más bien como quedarse atascado en la arena mojada de la playa?

Luna suspiró.

—Eso suena… muy raro, Margot.

—¡Es que lo es, cielo! —replicó, agitando las manos—. ¿Tú crees que uno ve cosas así todos los días? ¡Un fantasma tangible! Es como ver un unicornio bailando jazz.

Luna miró a Kai, que había estado escuchando con una sonrisa divertida. Y apuntó mentalmente «unicornios» a su nueva lista de criaturas mágicas.

—Kai, ¿quieres hablar con Margot? Porque esto no depende de mí.

Él se encogió de hombros.

—Claro, no veo problema, señoras. Mientras no quiera diseccionarme de verdad.

—¡Por favor! —dijo Margot, ofendida—. ¡Yo no hago esas cosas! Soy médium, no carnicera.

Se sentó frente a Kai con la seriedad de quien va a realizar una sesión de espiritismo. Cruzó las piernas, cerró los ojos un momento y respiró hondo.

—Muy bien, Kai. Ahora que estamos en conexión energética, dime…, ¿qué se siente al ser más real que espíritu? ¿Es como si te hubieran rellenado con algodón mágico? ¿O como si fueras un holograma con piel y huesos?

Kai soltó una carcajada.

—Es… extraño, la verdad. Puedo sentir más cosas, como el frío del suelo o el calor del sol. Pero a veces es como si no terminara de ser del todo sólido, como si algo me recordase siempre que no estoy aquí en realidad.

Margot asintió con la expresión grave de a quien le hubieran revelado un secreto del universo.

—Fascinante, absolutamente fascinante. El equilibrio entre lo tangible y lo intangible, lo físico y lo etéreo… Es como si fueras una pieza de arte viviente.

Kai la miró, divertido y confuso a partes iguales.

—¿Eso es algo bueno?

—¡Por supuesto! —exclamó con una mano alzada al cielo—. Eres un milagro andante, Kai. Un puente entre mundos. ¡Qué honor compartir espacio vital contigo!

Luna observaba la escena con incredulidad.

—Margot, ¿ya terminaste de iluminar el alma de Kai?

—Casi, casi… —Hizo un gesto para que esperaran—. Solo una última pregunta, querido Kai: si pudieras elegir, ¿te quedarías así para siempre? ¿O preferirías vagar por las brumas del otro lado?

Kai tardó un momento en responder; su expresión se suavizó mientras miraba a Luna de reojo.

—Siempre querré estar donde ella esté.

Margot sonrió, satisfecha, y se levantó con dramatismo. Luna no sabía dónde meterse. De repente, Dumont parecía haber encogido sobre sí misma.

—Muy bien, esto ha sido más enriquecedor de lo que esperaba. Gracias, Kai. Eres un alma brillante, casi tanto como mis queridas amatistas cargadas bajo la luna llena.

Él rio en voz baja mientras Margot se retiraba, dejando tras de sí una nube de misticismo. Luna negó con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír.

—Definitivamente, es de las cosas más raras que he presenciado en Dumont —dijo.

—¿En serio? —respondió él, aun riendo—. Eso, viniendo de alguien que tiene un hada, un gato gigante y un fantasma conviviendo bajo el techo de una librería mágica, es mucho decir.

—¡Eh! —empezó a replicar Wizz—. Pues sí, tienes razón —terminó diciendo—. Somos una familia de lo más variopinta.

«Familia».

Luna no pudo evitar reír también.

Después de aquella conversación surrealista, llevó a Vivi aparte para mostrarle la carta del ayuntamiento. La mujer, siempre tan segura, mostró una expresión de preocupación, aunque intentó disimularla.

—Esto es serio —murmuró—, pero no vamos a rendirnos. El miércoles, toda Nueva Orleans verá nuestros carteles mágicos gracias a Wizz.

—¿Carteles mágicos? —preguntó Luna con una ceja arqueada.

—Resistentes al agua, imposibles de ignorar y con un mensaje que llega justo al público adecuado —respondió Vivi con orgullo.

—¿Qué dicen? —insistió Luna.

—Oh, algo sencillo —dijo con tono despreocupado—: «Concurso de cuentos.

Requisitos para participar: trae a Dumont una copia impresa de tu cuento inédito y compra un libro (puedes elegir el género y el estado del mismo).

El fallo será el miércoles de la próxima semana.

Premio: imprimiremos mil copias y las venderemos en la librería.

Y, entre todos, salvaremos Dumont, una librería histórica que quieren demoler».

—¿En serio pusiste «compra un libro»? —preguntó Luna, medio divertida, medio preocupada.

—¿Qué tiene de malo? —Encogió los hombros—. ¿Quién no quiere salvar un pedacito de historia comprando un libro?

Wizz reapareció y se apoyó en una estantería con gesto teatral.

—Oh, claro, salvar Dumont a través del comercio. Si seguimos así, ¡lo próximo será vender tazas con mi cara!

—¡Buena idea! —exclamó Isabel desde el fondo, mientras Kai y Gato se echaban a reír.

—¿Gato se acaba de reír? —preguntó sorprendida Luna.

El ambiente en Dumont pareció más ligero tras las carcajadas. Gato había decidido que su nueva misión era seguir a Kai a todas partes, así que saltaba con elegancia de una estantería a otra mientras él, con paciencia infinita, le hablaba como si mantuvieran una conversación real.

—¿Y qué crees, amigo? —decía Kai, mientras Gato inclinaba la cabeza, aparentemente interesado—. ¿Deberíamos vender tazas con la cara de Wizz? Serían un éxito.

Gato maulló y estiró una pata hacia él, como para darle la razón.