14. Cartas y cruasanes
Cartas y cruasanes
El amanecer del lunes llegó silencioso, con un suave resplandor que se colaba entre las cortinas del piso superior de Dumont.
Luna se despertó con una sensación extraña, una mezcla de nervios y emoción que no podía explicar.
Se dirigió a la pequeña cocina, donde el aroma del café comenzó a inundar el espacio.
Preparó dos tazas, una para ella y otra para Kai, que había dormido en la trastienda, en el desvencijado sofá de segunda mano que tenía pinta de muchas cosas, pero no de acogedor precisamente.
Con las dos tazas en la mano, bajó despacio las escaleras, el corazón latiendo más rápido de lo que habría admitido. Frente a la puerta cerrada de la trastienda, respiró hondo antes de llamar con suavidad.
—¿Kai? Te traje café… —dijo, con la voz apenas audible.
Desde el interior, la voz cálida de Kai respondió:
—Entra.
Luna sintió un calor subirle al rostro, pero giró la manija y abrió la puerta.
La luz de la mañana que entraba por el pequeño ventanuco de la trastienda iluminaba a Kai, que estaba sentado en el sofá con el torso desnudo.
Los rayos de sol parecían resaltar cada línea de su piel morena, como si fuera una obra de arte que alguien hubiera esculpido con cuidado.
Luna se quedó paralizada por un instante, los ojos inevitablemente fijos en las partes más interesantes de su anatomía, mientras una avalancha de incoherencias luchaba por abrirse paso en su mente.
«Dios mío, qué guapo» .
Parpadeó.
«¿Qué hace sin camiseta? Se podría vestir… No, no, que no se la ponga».
Sintió el calor subirle por el cuello.
«Y si le tiro solo un poquito de café para luego quitárselo con…».
«¡Luna!», se reprendió en silencio. Apretó los labios para no reírse sola.
Kai notó su mirada y, con una sonrisa sin malicia, dijo:
—Ven, siéntate un rato.
Ella avanzó despacio, con pasos silenciosos sobre el suelo de madera, pero no se sentó.
Le ofreció la taza de café con el brazo extendido, casi como si necesitara mantener una barrera física entre ambos.
Kai la aceptó. Tomó también la de ella y las dejó con cuidado en el suelo.
Luego, con una suavidad que la desarmó por completo, la cogió de la muñeca y la guio hasta que quedó sentada a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su piel. Tan lejos que le dolía.
—Buenos días —susurró. Su voz le rozó el cuello como un soplo cálido.
El corazón de Luna parecía querer escaparse del pecho. Hacía tanto tiempo que no se sentía tan atraída por alguien que no sabía cómo manejarlo. Nerviosa, se levantó de golpe, recogió su taza y balbuceó una disculpa.
—Lo siento…, tengo que… revisar algo arriba —dijo, y escapó de la habitación antes de que Kai pudiera decir algo más.
Ya en la planta superior, dejó el café en la mesa y se cubrió la cara con las manos.
—¿Por qué soy tan tonta? —murmuró—. No ha insinuado nada… Todo está en mi cabeza.
No pasó mucho tiempo antes de que el tintineo de la puerta de Dumont anunciara la llegada de Isabel.
—¡HOOOLAAA! ¿Hay alguien por aquí?
—¡Ya bajo!
—Buenos días, jefa —saludó la chica, que ya dejaba su bolso detrás del mostrador.
Luna, por distraerse, se acercó.
—¿Te preparo un café?
Isabel la miró de reojo mientras se quitaba el abrigo.
—Solo si me cuentas por qué estás tan roja.
La mirada de Luna fue suficiente respuesta. Isabel se inclinó hacia el mostrador y apoyó la barbilla en una mano con una sonrisa traviesa.
—Cuenta.
Luna suspiró.
—Es que… me siento como una niña. Me pone nerviosa estar cerca de él y hago tonterías.
La risa ligera de Isabel llenó la librería.
—Es lo más normal del mundo, Luna. Te gusta y te importa. Solo asegúrate de que siempre te sientas cómoda con lo que haces. Si te gusta estar cerca de él, disfrútalo. Si necesitas espacio, tómalo. Pero no te castigues por sentir algo bonito y reaccionar de forma humana.
Isabel cortó la distancia que las separaba y le agarró ambas manos con cariño.
—Eres adorable.
En ese momento, Kai apareció en la sala principal, ahora con una camiseta gris y el cabello revuelto de recién levantado. Isabel lo miró de arriba abajo con descaro y susurró, casi sin articular:
—Está tremendo.
Luna, roja como un tomate, caminó hacia él para disculparse.
—Kai, lo siento por haber salido corriendo antes. No debí…
Él la interrumpió con un gesto. Se inclinó y, con la misma suavidad de antes, le dio un beso suave en la nariz.
—No tienes que disculparte por nada, Luna. Solo quería que te quedaras un rato. Tal vez incluso abrazarnos unos minutos antes de que Dumont y las obligaciones nos reclamaran.
«¡Estúpida!», pensó. Pero asintió.
—Está bien —respondió en voz baja, y luego se retiró al mostrador mientras Isabel observaba la escena con una sonrisa, satisfecha.
Echó un vistazo a su cuaderno, nerviosa.
En realidad no buscaba nada en concreto cuando se topó con «Operación rescate Dumont».
Revisó línea por línea todo lo que había escrito aquel primer día y sonrió satisfecha.
Cogió un lápiz y comenzó a tachar las cosas hechas y a marcar con un subrayador lo que seguía pendiente.
Lo cierto era que, gracias a Vivi y aquel elixir mágico, había acabado con más de media lista en un santiamén.
OPERACIÓN RESCATE DUMONT:
Limpieza general (nivel extremo):
• Quitar toneladas de polvo (necesitaré una máscara o pulmones nuevos).
• Revisar cada rincón en busca de telarañas (por favor, que no haya arañas gigantes).
• Lavar los ventanales hasta que entre algo de luz.
Reparaciones básicas:
• Asegurar las estanterías inclinadas (nota: si se caen, me aplastarán como en un mal libro de terror).
• Revisar el sistema eléctrico (las luces no deberían tener vida propia… ¿o sí?).
• Revisar las tuberías del baño (cruzando los dedos para que no sea una catástrofe).
Organización del caos:
• Clasificar los libros por género, autor o algo que tenga sentido .
• Tirar lo que esté en mal estado (nota: ¿hay una regla sobre no tirar libros? Consultar antes de sentirme culpable).
Creación de un espacio acogedor:
• Comprar alfombras y cojines de colores vibrantes para las zonas de lectura (algo que grite: «Quédate y lee, no compres té en esa tetería tan mona de enfrente»).
• Añadir puntos de luz para que no parezca un set de película de miedo.
• Montar un rincón especial para clientes jóvenes (¿un puf gigante? Sí, por favor).
Detalles mágicos y decorativos:
• Colocar plantas resistentes que no necesiten demasiado cuidado (nota: Recordar que siempre mato las plantas).
• Hacer algo con las paredes (¿pintura nueva, papel pintado o murales con citas literarias?).
• Crear un rincón para Gato (por si decide ser amable con los clientes).
Preparativos para la apertura:
• Diseñar un cartel atractivo para la apertura oficial.
• Hacer inventario de los libros que están en buen estado.
• Diseñar un sistema de precios (nota: ¿debería usar etiquetas vintage o algo más práctico?).
• Revisar si puedo ofrecer café o té (intentar hacerme amiga del dueño de la tetería mona).
Extras importantes:
• Hacer una lista de proveedores para libros nuevos y usados.
• Investigar si hay interés en la comunidad por eventos literarios o lecturas en vivo.
• Hablar con los vecinos para que conozcan la librería (¿qué tan raro es ir puerta por puerta para presentarme?).
• Buscar ideas para un nombre nuevo (sí, Dumont sigue sonando demasiado viejo).
Reflexión final: «Hacer que este lugar sea acogedor, mágico y mío».
Sonrió encantada y acarició con cariño los círculos que marcaban las cosas «pendientes».
La electricidad no tenía ningún fallo. Era Kai.
O en su defecto, el señor Jacques Dumont.
Y eso de hacerle un espacio propio a Gato…
El animal era el auténtico dueño de la librería; además, había decidido él solito desde el primer día compartir cama con ella. Decidió tachar ambas cosas.
• Revisar el sistema eléctrico (las luces no deberían tener vida propia… ¿o sí?).
• Crear un rincón para Gato (por si decide ser amable con los clientes).
Con las paredes sí que quería hacer algo. Lo dejaría apuntado en una nueva lista bastante más exigente:
Cambios que haré en Dumont si conseguimos no perderla:
• Pasar la tarde con Wizz eligiendo el papel pintado.
• Convertir la trastienda en una habitación para Kai.
Wizz, haciendo gala de su siempre inoportuna aparición, dijo:
—Apunta comprar otra casita de tamaño hada fabulosa. Así quizá pueda recibir visitas.
Luna sonrió. Era consciente de que Wizz siempre expresaba sus necesidades en tono de «broma» o «ironía» y que, seguramente, esas cosas tuvieran una importancia mucho mayor de lo que quería admitir.
• Conseguir otro book nook.
La mañana continuó tranquila en Dumont, sin eventos especiales planeados, pero el eco de los días anteriores aún resonaba en las paredes de la librería.
Los vecinos del Barrio Francés y alrededores habían empezado a enterarse de lo que sucedía con la librería y, aunque no todos podían participar en las actividades, algunos llegaban con pequeñas donaciones o palabras de ánimo.
Luna organizaba una pila de libros detrás del mostrador con la ayuda de Wizz cuando la puerta se abrió. Un cartero con aspecto serio entró con una carta en la mano.
—¿Señorita Luna Holloway? —preguntó.
Luna asintió y lo saludó, aunque el tono formal la puso en alerta.
Firmó el recibo y cogió el sobre, que llevaba el sello del ayuntamiento de Nueva Orleans.
Su nombre estaba mecanografiado y el peso de la carta parecía abrumador.
Sin esperar más, la abrió y leyó con rapidez mientras Isabel la miraba desde el otro lado del mostrador.
—¿Qué pasa? —preguntó al notar que el color se le esfumaba del rostro.
—Es… un aviso de desalojo —respondió Luna, casi en un susurro. Se aclaró la garganta y leyó en voz alta—: Tengo un mes para abandonar el local con todas mis pertenencias o recurrirán a la ley. Se acabó la prórroga.
Isabel se acercó y le quitó la carta sin cuidado.