13. Crepúsculo #2
La noche terminó con los dos de pie en el umbral de Dumont, observando cómo las luces de la ciudad brillaban contra el pavimento húmedo tras una lluvia ligera.
Kai cogió la mano de Luna con suavidad, un gesto simple pero rebosante de ternura.
Ella lo miró de reojo y una pequeña sonrisa se curvó en sus labios.
—Hoy fue un buen día, ¿verdad? —preguntó ella en voz baja.
Kai asintió. Sus ojos vagaron hacia las farolas que iluminaban las calles desiertas.
—Sí, aunque… —Hizo una pausa, la vista clavada en el cielo nublado—. Hubo algo en el paseo que me hizo recordar por qué este barrio siempre fue especial para mí.
Luna ladeó la cabeza, interesada.
—¿Algo nuevo, dices?
Kai sonrió con suavidad, como si estuviera escarbando en sus recuerdos.
—Bueno, cuando vivía en las calles, solía haber un hombre mayor que tocaba el violín cerca de la catedral de San Luis.
Nunca hablábamos, pero cada vez que terminaba una canción, me miraba y hacía un gesto como si me dedicara esa última nota.
Era como… si me estuviera diciendo que todavía había belleza en el mundo, incluso cuando todo parecía perdido para nosotros, dos músicos callejeros.
Luna apretó su mano ligeramente al sentir el peso de sus palabras.
—Me alegra que esa belleza siga aquí. No todo ha cambiado.
Kai la miró, sus ojos oscuros llenos de algo que Luna no podía identificar del todo. Pero antes de que lograra responder, un leve golpe rompió la quietud. Ambos miraron hacia el interior de la librería, donde un libro acababa de caer al suelo desde una estantería cercana.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Kai, con el ceño fruncido.
—No lo sé —suspiró Luna con un encogimiento de hombros—. Lleva días pasando. Libros que caen, velas que se encienden solas…, cosas raras hasta para Dumont.
Kai soltó una risa baja, aunque sus ojos seguían fijos en la estantería.
—¿Y estás segura de que no es Wizz jugando?
—Es lo que pensé al principio —respondió Luna, que se llevó una mano al cabello—, pero no estoy tan segura ahora. Aunque parece algo que él haría. —Señaló la casita de Wizz, donde se veía una pequeña luz encendida.
Kai siguió la dirección del dedo y negó con la cabeza.
—Habla con él. Siempre parece saber más que nosotros de lo que pasa en la librería.
Luna frunció el ceño y miró de nuevo hacia la estantería de la que había caído el ejemplar.
—Lo haré. Pero no te preocupes, ya me estoy acostumbrando a las cosas raras de Dumont. En el fondo, le dan personalidad.
Kai la observó un momento, la cabeza inclinada con curiosidad.
—¿Y tú? —preguntó con suavidad—. ¿Cómo estás con todo lo que pasó? Con lo de los libros…
La sonrisa de Luna se desvaneció levemente mientras sus dedos jugueteaban con la manga del jersey de lana de color amarillo.
—Es extraño. A veces siento como si me faltara una parte de mí misma.
Los libros siempre fueron… mi refugio, mi lugar seguro.
Cuando era niña, cada vez que enfermaba o sacaba buenas notas, me compraban un libro.
Lo devoraba en días y entonces me traían más.
Era nuestra pequeña tradición —suspiró y cogió aire con pesadez—.
Hasta que tuvieron que cerrar la librería en la que habían invertido todos sus ahorros.
Kai escuchaba en silencio.
—Por muchos años pensé que, con el tiempo, los libros volverían a ser importantes en casa, porque sabían cuánto significaban para mí.
Pero cuando crecí y fui consciente de que en vez de entrar más libros, salían y de las peores maneras, me di cuenta de que nada volvería a ser igual.
—Luna rio sin humor, una sonrisa amarga asomada en sus labios—.
Cuando quise decirles cómo me sentía, esperaba que recapacitaran.
Ya había empezado la carrera de Economía, solo les pedía…
lecturas en voz alta, como cuando era niña, o libros nuevos en las estanterías… ¿Sabes qué dijeron?
Kai negó con la cabeza y esperó.
—Me dijeron que habían cometido muchos errores conmigo, por lo visto. Que tenía que olvidarme de leer fantasía y centrarme en los estudios, que eso sí que me daría de comer.
Kai frunció el ceño y Luna atisbó la comprensión y la compasión en sus ojos.
—Eso no estuvo bien —dijo él al fin, con voz suave pero firme.
Luna se encogió de hombros, intentando restarle importancia.
—Quizá no, pero… tenían razón en algo. Los libros me dieron mundos mejores que el que tenía, lugares a los que podía escapar. Solía evadir la realidad constantemente. No tenía amigos, no hacía por tenerlos. Nunca llegué a entender la vida universitaria. Me aislé, en efecto, en mis fantasías.
Kai le apretó la mano con más fuerza, como si quisiera anclarla a ese momento.
—Eres increíblemente valiente, ¿lo sabes?
Luna levantó la mirada hacia él y sintió el calor de su sinceridad.
—No sé cómo puedes tener delante a una mujer de treinta años que sueña con vivir de historias que, por cierto, no recuerda ni puede ya recomendar y ver a alguien valiente. —Se rio sin ganas, solo porque el humor era lo único que la sostenía en ese momento—. Mírame, Kai, soy un desastre.
Él la atrajo un poco más hacia sí; el contacto de su mano la reconfortó.
—Si por un solo instante pudieras contemplarte con mis ojos… —Hizo una pausa y bajó la voz hasta casi un susurro—. Querida Luna, señora mía, jamás volverías a albergar pensamientos tan injustos.
El aire pareció quedarse suspendido entre los dos, espeso, vulnerable. Luna sintió el rubor subirle sin permiso hasta las mejillas, hasta las orejas, hasta algún rincón del que ni siquiera sabía el nombre. Bajó la mirada un segundo, como si aquel elogio tuviera peso.
—Kai… —empezó, pero la voz no le salió firme.
Tragó saliva. Se llevó una mano al pecho, justo donde el colgante descansaba, y por un instante tuvo la absurda tentación de creerle sin reservas. De creer que alguien podía mirarla así.
Antes de que encontrara palabras a la altura de lo que había sentido, una vela en la esquina de la librería se encendió sola. La llama primero titubeó y luego se alzó con decisión, danzando como si celebrara algo que solo ella entendía.
Luna dio un pequeño respingo.
—Creo que Dumont también está tratando de animarte —dijo Kai, que señaló la vela con una sonrisa divertida.
Luna rio y sacudió la cabeza.
—Definitivamente es cosa de Wizz. Mira que le advertí sobre las velas en una librería.
Kai negó, aunque todavía sonreía.
—Deberías hablar con él. Pero creo que esta vez es Dumont quien te habla.
Luna arqueó una ceja, intrigada.
—¿Y qué dice?
Kai se inclinó un poco más cerca, sus ojos oscuros sosteniendo los de ella.
—Que creas a este fantasma, Luna.
Ella sintió que el corazón se le aceleraba y en ese instante supo que, a pesar de todo lo que había perdido, lo que tenía frente a ella valía cada sacrificio.
Entonces suspiró y dejó caer los hombros mientras apagaba las luces principales, hasta dejar solo unas pocas lámparas encendidas para la cálida penumbra que siempre llenaba la librería por las noches. Kai, que estaba a su lado, la contemplaba mientras cerraba con cuidado la caja registradora.
—Deberías descansar —le dijo con voz suave en la tranquilidad de la librería—. Ha sido un día largo.
—Estoy agotada —confirmó ella. Lo miró de reojo con una pequeña sonrisa.
Kai asintió y le devolvió el gesto. Pero cuando Luna se giró hacia las estanterías para comprobar que todo estaba en orden, una sensación extraña le recorrió la espalda, como si alguien estuviera observándola. Se detuvo, con la vista clavada en las sombras entre los libros.
—¿Qué pasa? —preguntó Kai al notar su rigidez.
—No lo sé… —murmuró Luna sin dejar de escudriñar los rincones oscuros de la librería—. Es como si alguien nos estuviera mirando.
Kai frunció el ceño y dio un paso hacia ella antes de barrer la sala con los ojos.
—¿Lo sientes también? —preguntó Luna, en un susurro.
Kai asintió despacio, los labios apretados en una fina línea.
—Sí. Pero no puedo ver nada.
Ambos permanecieron en silencio por un momento; solo se escuchaba el crujido ocasional de las paredes de Dumont y el susurro de las hojas fuera de la ventana. Luna tragó saliva y sacudió la cabeza como si intentara despejarse de aquella sensación incómoda.
—Tal vez solo estamos cansados… —dijo al fin, tratando de sonar ligera.
Kai sonrió levemente, aunque su mirada seguía vagando hacia las sombras.
—Sí, eso debe ser. Dumont tiene esa forma de… jugar con tu mente a veces.
Luna asintió, aunque la inquietud no terminaba de irse. Se giró hacia él por intentar enfocar su atención en algo más.
—Kai… —comenzó, aunque dudó por un momento antes de continuar—: Si quieres, puedes dormir arriba. Gato no se queja de compartir la cama, así que asumo que no ronco.
Él levantó una ceja, divertido, y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro.
—No me preocupan tus ronquidos, Luna. Me preocuparía más no dejarte dormir.
Luna sintió un calor diferente, mucho más abajo que en las mejillas. Pero antes de que pudiera responder, Kai le cogió la mano entre las suyas.
—Buenas noches, Luna. Descansa.
Con un gesto lleno de suavidad, le acercó la mano a los labios y depositó un beso cálido en ella antes de dar media vuelta y dirigirse hacia la trastienda.
Luna lo observó desaparecer tras la puerta, el corazón latiendo con fuerza acompañado de ese cosquilleo que le hizo cerrar las piernas y la sensación persistente de que algo seguía observándola desde las estanterías.
Mientras apagaba las últimas luces y subía las escaleras, no pudo evitar mirar hacia atrás una última vez, pero las sombras de Dumont se mantenían inmutables, como siempre.
Aun así, una parte de ella sabía que algo había cambiado.
Había algo o alguien allí, entre las paredes mágicas de la librería, y todavía no sabía si era bueno o malo.
Cogió el diario, solo por si acaso, y escribió:
Hola.
Esperó varios minutos y, al ver que nada pasaba, cerró el libro y se fue a dormir.