Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 13. Crepúsculo
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13. Crepúsculo

Crepúsculo

El domingo amaneció con un aire que parecía cargado de promesas.

Dumont ya estaba despierto, vibrante, lista para recibir a quienes se habían inscrito con entusiasmo a la charla del profesor Antoine Beauchamp.

La librería parecía más animada que nunca.

Vivi e Isabel se movían como un dúo coordinado a la perfección mientras se aseguraban de que todo estuviera en su sitio.

El profesor Beauchamp era una figura imponente, con un porte elegante y una voz grave que parecía destinada a llenar auditorios mucho más grandes que la planta baja de Dumont.

Habló sobre cómo la literatura se había transformado con el tiempo, para adaptarse a los ritmos cambiantes de la sociedad, y cómo las historias, sin importar la época, siempre encontraban formas de conectar con los corazones de quienes las leían.

Cuando Beauchamp dijo: «La literatura lleva siglos cambiando de piel para no cambiar nunca de alma», todo el mundo, incluidos un hada, una bruja y un fantasma, aplaudió tras un prolongado silencio, necesario para que aquella frase calara en todos los presentes.

La charla estaba llena de aspirantes a escritores, estudiantes y amantes de los libros.

Luna, sin embargo, apenas podía concentrarse.

Desde el fondo de la sala, observaba a Kai como si no pudiera creer lo que veía.

Él estaba allí, tangible, real, caminando entre los asistentes como si formara parte de este mundo.

Saludaba a las personas con su sonrisa cálida, respondía a preguntas ocasionales y hasta ayudó a Isabel a acomodar unos libros que se habían caído de una mesa.

Era casi imposible para Luna apartar los ojos de él; estaba tan absorta que ni siquiera notaba cuando alguien le dirigía la palabra.

Había algo mágico en verlo así, vivo a todos los efectos, pero sabiendo que solo Dumont hacía posible esa realidad.

«Mi caballero de cuento», pensó y se ruborizó de pies a cabeza.

Kai se había instalado en la trastienda. Luna le había dicho que podían dormir juntos en su habitación, pero Kai era un hombre clásico, decía él —casi de la prehistoria, decía ella—, y no tenía intención ninguna; tampoco aceptó compartir armario.

—Lo vas a borrar de tanto mirarlo —le susurró Wizz al oído; había aparecido de la nada como solía hacer.

Sostenía un ejemplar de Crepúsculo , el famoso drama romántico que parecía haber captado toda su atención ese día—.

Hablando de milagros, ¿cómo puedes vivir contigo misma sabiendo que nunca leíste esta obra maestra del sufrimiento adolescente?

Es imperdonable. Pero no te preocupes, voy a poner fin a esa atrocidad ahora mismo.

Y con una teatralidad que solo él podía manejar, arrastró a Luna detrás de unas estanterías y comenzó a leer en voz alta, modulando cada frase con una mezcla de sarcasmo y exageración que hizo que Luna pasara uno de los días más divertidos en Dumont.

—«Y de ese modo el león se enamoró de la oveja…

» —recitó Wizz con voz grave y dramática, sosteniendo el libro como si fuera un objeto sagrado.

Luego, sin previo aviso, cambió a un falsete ridículo y exagerado—: «¡Qué oveja tan estúpida!

—Y de vuelta a la voz grave, con una solemnidad absurda—: ¡Qué león tan morboso y masoquista! ».

Luna no podía parar de reír cuando Wizz continuó, recuperando el tono solemne:

—«Soy el mejor depredador del mundo, ¿no es cierto? Todo cuanto me rodea te invita a venir a mí: la voz, el rostro, incluso mi olor. ¡Como si los necesitases! ¡Como si pudieras huir de mí!».

Cerró el libro de golpe y se inclinó en una reverencia exagerada. Luna tardó unos segundos en recuperar el aliento.

—Tengo que leerlo, sin duda —dijo al fin—. Solo explícame por qué lo tenemos en la sección de romance. ¿No encajaría mejor en la de thriller psicológico?

Wizz se llevó las manos a la cabeza.

—¡Descarada! ¡Cómo puedes!

A media tarde, Luna y Kai salieron a dar un paseo, dejando atrás el bullicio de la librería.

Mientras caminaban por el Barrio Francés, Kai cogió la mano de Luna con una naturalidad que la sorprendió.

No dijo nada al principio; solo la guio hacia un rincón menos concurrido donde las luces cálidas de un farolillo iluminaban el adoquinado del suelo.

Se detuvo frente a un pequeño callejón con macetas colgantes y murales coloridos.

—Siempre sostuve que este rincón figuraba entre los más bellos de todo el barrio —dijo Kai, con una sonrisa tranquila—. Alberga algo profundamente íntimo. Imagino a pintores y fervientes amantes del arte consumiéndose aquí, dejándose la piel y los huesos en cada relato insinuado a golpe de pincel.

Luna lo escuchaba con atención; le fascinaba la manera en que hablaba aquel caballero trágico. Aun así, deslizó los ojos hacia sus manos, todavía unidas.

—Es precioso —respondió, con la voz más baja de lo habitual.

Kai giró para mirarla de frente, sin soltarla. La luz del farolillo hacía brillar sus ojos oscuros y la cercanía entre ellos hizo que el corazón de Luna latiera más rápido.

—Gracias por permitirme estar aquí —continuó Kai—. Por darme algo que no pensé que volvería a tener.

—¿A qué te refieres? —preguntó Luna, coqueta, aunque ya intuía la respuesta.

Kai se acercó un paso más, hasta que no quedó espacio entre sus cuerpos.

—A que ahora siento… cosas físicas, Luna.

Pensó en lo que había hecho la noche anterior bajo los efectos del vino y no apareció ni una pizca de arrepentimiento o vergüenza.

Deslizó las manos hasta el rostro de Kai, rozando su piel cálida y oscura.

No supo quién dio el primer paso, pero de pronto sus labios se encontraron en un beso que fue a la vez suave y urgente, como si ambos temieran que el momento pudiera desvanecerse.

Kai la rodeó con los brazos, atrayéndola aún más hacia él, y Luna se dejó llevar, perdida en el calor de su abrazo y en la dureza de su cuerpo. Pero justo cuando el mundo parecía haberse reducido a ellos dos, algo cambió.

Luna abrió los ojos al notar que el agarre de Kai se volvía más ligero. Su piel, hasta entonces cálida y firme bajo sus dedos, comenzaba a volverse translúcida.

—Kai… —murmuró, alarmada, y dio un paso atrás.

Kai se miró las manos, que ahora parecían casi etéreas. Una sombra de resignación le cruzó el rostro mientras se apartaba con cuidado.

—Tranquila, es por estar lejos de Dumont —dijo con una sonrisa triste, para tratar de aliviar su preocupación—. Supongo que me estoy pasando del límite.

Luna negó con la cabeza y se acercó de nuevo para tomar sus manos, aunque ahora apenas las sentía.

—No quiero que te desvanezcas —dijo en voz baja, sus ojos buscando los de él.

Kai la miró con ternura, aunque su cuerpo ya comenzaba a perder definición.

—No me voy a ir. Solo… necesitamos volver a casa.

Luna asintió y se tragó el nudo en la garganta. Sin soltarse las manos, lo guio de regreso a Dumont sintiendo cómo, paso a paso, Kai se volvía más tangible.

Él no parecía preocupado; de hecho, hasta sonrió cuando un niño pequeño señaló en su dirección.

—¡Mira, mamá, ese señor parece un fantasma! —dijo, aunque su madre, ocupada con su teléfono, no pareció que le prestara atención.

Los otros niños, lejos de asustarse, simplemente siguieron jugando. Luna pensó que quizá, en una ciudad como Nueva Orleans, las cosas extrañas eran casi cotidianas.

Cuando al fin cruzaron las puertas de la librería, Luna suspiró con alivio al verlo sólido por completo de nuevo. Kai la miró con una sonrisa apenada.

—Lo siento. No quise asustarte.

Luna negó con la cabeza. Las manos todavía le temblaban un poco.

—No te disculpes. Solo… dime que estarás bien.

Kai se inclinó para besarle la frente, un gesto cálido que la tranquilizó.

—Siempre que esté bueno y en Dumont.

Luna sonrió y sintió que, a pesar del susto, la conexión entre ellos se había hecho más fuerte.

El evento continuó siendo un éxito. Los asistentes se mostraron entusiasmados no solo por la charla, sino también por la oportunidad de dejar ejemplares de sus propios libros autopublicados en Dumont a la espera de encontrar al lector que cada libro tiene.

Isabel atendía a los clientes con profesionalismo, respondía preguntas y, cuando no había nadie en el mostrador, se dedicaba a revisar las cuentas con precisión, lo que dejaba a Luna más tranquila de lo que había estado en semanas.

Luna, por su parte, pasó parte del día en un rincón apartado, con el teléfono en la mano, mientras redactaba el contrato formal de Isabel con la ayuda de la tutora de la universidad.

Fue un proceso que la hizo sentir extrañamente adulta, como si estuviera jugando a ser alguien más importante de lo que en verdad era.

Sin embargo, entre los momentos de éxito y las risas provocadas por las lecturas dramáticas de Wizz, que continuaron todo el día, Luna tuvo instantes de tristeza que no pudo evitar.

Haber olvidado los libros que había leído había sido como perder partes de sí misma, fragmentos enteros de su infancia y adolescencia que ahora estaban envueltos en una niebla impenetrable.

Sabía que había valido la pena, que lo haría de nuevo por Kai sin dudarlo, pero no podía evitar el vacío que sentía cada vez que intentaba recordar una historia y solo encontraba silencio.

Al final del día, Kai pareció notar su melancolía. Se acercó a ella mientras recogían los últimos vestigios del evento y, con una sonrisa tímida, le entregó un pequeño libro que había encontrado entre las donaciones del día.

—No estoy seguro de si lo leíste antes o no —dijo en voz baja—, pero he pensado que podría gustarte.

Luna cogió entre sus manos El mago de Oz y se permitió sonreír; dejó que el gesto pequeño pero cargado de significado llenara un poco ese vacío. Sí, lo había leído, pero ahora lo leería de nuevo, desde cero, y sería un recuerdo con Kai.