Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 12. En blanco #2
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12. En blanco #2

—¿Recuerdas el memorial en la fuente? —preguntó con la voz más suave pero llena de significado—.

Ese lugar no está dedicado a un «nadie», Kai.

Está dedicado a ti. Tu nombre está allí, grabado en piedra.

Pero lo que importa no es la inscripción, sino lo que representa.

—Cogió aire, buscando la manera de expresarlo—.

Eres parte de esta comunidad, de esta historia.

Y ahora eres parte de mí. No eres un recuerdo ni una sombra.

Y ya no eres un fantasma. Eres real. —Alzó la mano, temblorosa, y tocó la mejilla de Kai—. ¿Lo ves? Eres real.

Él cerró los ojos al sentir el roce de Luna. Sus hombros se hundieron un poco, como si todo el peso de su pasado lo estuviera aplastando en ese momento.

—A veces pienso que lo único que hice bien en mi vida fue tocar música. —Su voz era apenas un susurro—. Todo lo demás… lo arruiné. Me rendí cuando debí luchar. Me convertí en una sombra porque no sabía ser otra cosa. Y, ahora, aquí estás tú, devolviéndome más de lo que jamás soñé tener.

Luna lo interrumpió de nuevo, con un tono lleno de pasión.

—¿Y qué crees que es Dumont, Kai? Es un lugar lleno de historias.

Historias de segundas oportunidades, de magia, de gente que encuentra su propósito.

—Le sostuvo la mirada con fuerza—. Eres la mejor historia que ha llegado aquí.

Y si Dumont puede ser un refugio para tantas almas, ¿por qué no para ti?

Kai bajó la vista, pero sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

—Tengo miedo, Luna. Miedo de que esto no dure.

De que la magia cambie de opinión y me quite lo que ahora me ha dado.

De que te arrebate algo más por mi culpa.

—Su voz se quebró y, al fin, su mirada fue al encuentro de la de Luna—.

Y, sobre todo, tengo miedo de que descubras que no soy suficiente. Que no valgo la pena.

Luna negó con vehemencia, sus propias lágrimas amenazando con caer.

—Yo también tengo miedo, Kai —confesó, con la voz cargada de emoción—.

Pero no de ti. Nunca de ti. Tengo miedo de no recordarlo todo.

He perdido las historias que amo y ahora no sé si seré capaz de ser yo misma sin ellas.

Pero si algo me enseñaron esos libros es que la magia siempre encuentra una forma de sorprendernos. Eso no lo he olvidado.

Se acercó un poco más, tan cerca que podía sentir su respiración entrecortada.

—¿Cómo puedes ser tan valiente? —preguntó, con una pequeña risa incrédula.

Luna esbozó una sonrisa trémula.

—Porque tú me haces valiente, Kai. Y porque lo que hemos construido aquí, en Dumont, es algo por lo que vale la pena luchar. Juntos.

Kai no pudo evitarlo. Alzó la mano lentamente y le acarició el rostro a Luna con ternura. La contempló como si fuera la única persona en el mundo, y su voz fue apenas un susurro.

—Gracias, Luna. Por devolverme a mí mismo.

Ella le cogió la mano y la apretó contra su mejilla, cerrando los ojos.

Se inclinó despacio hacia ella, sus dedos aún acariciándole la mejilla, y Luna no esperó más.

Cerró la distancia entre ellos y dejó que sus labios se encontraran de nuevo.

Esta vez no había nada que los contuviera, ni miedo ni incertidumbre.

El beso fue más profundo, más intenso, y Luna sintió que cada parte de su ser se aferraba a la realidad tangible de Kai, como si nunca más volviera a ser capaz de soltarlo.

Kai, sorprendido por la valentía de Luna, correspondió con elegancia y pasión contenida, pero también con un toque de torpeza, igual que si todavía estuviera aprendiendo cómo era esto de estar «vivo» de nuevo. Sus manos encontraron la cintura de Luna y la sostuvieron con cuidado.

Justo en el momento en que Luna sintió que todo lo demás desaparecía, un carraspeo inconfundible rompió la magia.

—No quiero interrumpir, pero alguien está aporreando la puerta. —La voz sarcástica de Wizz llenó la habitación, aunque había un leve temblor en su tono—. Será Vivi, y no creo que queráis que le dé un infarto con esta escenita. Casi me lo da a mí y soy infinitamente más joven y abierto de mente.

Luna se separó con brusquedad de Kai, las mejillas ardiendo, pero con una sonrisa avergonzada en los labios.

—Tú no eres joven, Wizz. Eres más viejo que Vivi. —Replicó, intentando sonar seria, aunque se le escapó la risa entre sus palabras.

Wizz se cruzó de brazos, flotando con una expresión ofendida.

—Esa acusación me parece infundada, pero no voy a discutir —dijo mientras señalaba hacia la puerta—. Ahora, si no queréis escandalizar a nuestra querida Vivi, será mejor que la atendáis.

Luna suspiró y miró a Kai, cuya sonrisa contenía un ternura infinita.

—Vamos —le dijo Luna mientras entrelazaba los dedos con los de Kai de manera natural. Sentir el calor de su piel la reconfortó, incluso cuando aún estaba procesando todo lo que había sucedido.

Kai asintió y caminaron juntos hacia la entrada. Luna la abrió, revelando a Vivi, que sostenía una bandeja con un par de cruasanes y una expresión de curiosidad que se transformó de inmediato en pura felicidad al ver a Kai junto a ella.

—¡Oh, por Dios! —exclamó, dejando la bandeja en el primer lugar que encontró para abrazar a Luna y luego, para sorpresa de todos, a Kai, como si fuera la cosa más natural del mundo—. ¡Lo habéis conseguido! ¡Sabía que si alguien podía, seríais vosotros!

Kai, algo incómodo, pero visiblemente conmovido, sonrió con timidez.

—Es un placer verte, Vivi. Parece que siempre llegas en los momentos clave.

—Por supuesto, querido. Eso es lo que hago. —Vivi se apartó y los miró con los ojos brillantes—. Ahora, contádmelo todo. ¿Qué ha pasado?

Luna cogió aire y le explicó lo ocurrido: el libro, la desaparición de Kai, el precio que había pedido la magia y cómo ahora, de alguna manera, él estaba aquí, más real que nunca. Vivi la escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando.

—Cariño, lo que has perdido es una parte importante de ti, lo sé. —Cogió las manos de Luna entre las suyas—. Pero piensa en esto: ¿recuerdas cómo te sentiste cuando leíste esos libros por primera vez?

Luna frunció el ceño, algo desconcertada.

—No lo sé… Sí, supongo.

Vivi asintió, como si esperara esa respuesta.

—Cierra los ojos —le pidió con suavidad.

Luna dudó por un momento, pero luego lo hizo, dejando que la calidez de las manos de Vivi la estabilizara. La anciana esperó unos segundos antes de continuar:

—Ahora, imagina ese momento. La primera vez que abriste un libro, cuando las palabras te envolvieron y el mundo a tu alrededor desapareció.

—Su tono era hipnótico, lleno de confianza—.

Recuerda esa sensación, no las historias en sí, sino cómo te hicieron sentir.

Intenta recuperar la sensación de cerrar un libro y dudar si alguno lo superará, la sensación de saber que has leído tu libro favorito otra vez. ¿Lo tienes?

Luna asintió, aunque sus ojos permanecían cerrados. Sentía una ligera punzada de algo, como un recuerdo distante que no terminaba de definirse, pero que aún estaba ahí.

Y fue entonces cuando las palabras del fantasma de Jacques Dumont aparecieron:

«Lo que los libros dan a quien los lee no vive aquí, sino más abajo. Eso es, justo en el corazón. Porque incluso cuando seas tan vieja como yo y no puedas leer ni recordar los libros, esas historias siempre te pertenecerán y acompañarán».

—Ahora, ábrelos —dijo Vivi con firmeza.

Luna abrió los ojos lentamente.

—¿Lo sientes? —preguntó esta, con una sonrisa esperanzada—. Puedes volver a sentirlo. Puedes volver a leerlos todos. ¡Y por primera vez! ¿Acaso no eres casi dueña de la librería más fantástica de toda Nueva Orleans?

Luna parpadeó y, por primera vez desde que descubrió su pérdida, una chispa de esperanza se encendió en su interior. Miró a Kai, que la observaba con una calidez que parecía abrazarla.

—Tiene razón, Luna —dijo este con suavidad, tomándole la mano de nuevo—. No suena tan mal volver a leer de cero los libros que sabes que serán los mejores de tu vida, piénsalo.

Ella tragó saliva; sintió que una sonrisa se formaba en sus labios.

—Sí —murmuró, más para sí misma que para los demás—. Sí, puedo hacerlo.

Miró a su alrededor y lo entendió todo de golpe: nada había sido casualidad.

Los libros que ya no recordaba la habían llevado hasta allí de todas formas, porque los libros no se quedan en la memoria.

Se quedan en los huesos. En la forma en que una mira el mundo, en lo que una es capaz de creer, en la certeza irracional y absoluta de que el amor —incluso en la fantasía, incluso el imposible— es siempre real.

Luna no recordaba las historias. Pero las historias la habían hecho a ella.