Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 12. En blanco
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12. En blanco

En blanco

Luna despertó con una opresión en el pecho y un dolor sordo en la cabeza que no tenían nada que ver con el vino de la noche anterior. Se frotó los ojos mientras recordaba fragmentos de la conversación con Kai, su risa suave y esa frase final que ahora resonaba con claridad.

«Si no fuera por mi sentido del decoro, te besaría en este instante. Y no sé si pararía de hacerlo».

Un calor extraño le subió por las mejillas mientras se incorporaba en la cama. Miró a Gato, que aún dormía a su lado, hecho un ovillo.

Los recuerdos felices del día anterior luchaban por imponerse al vacío que Kai había dejado: el éxito del evento, la energía de Isabel detrás del mostrador, la fuerza inagotable de Vivi.

Pero, en el fondo, una tristeza persistente seguía arañándole el alma, la ausencia de Kai, su risa. Y ahora esa frase…

Suspiró para intentar sacudirse los pensamientos antes de mirar el reloj. Aún tenía una hora libre antes de abrir Dumont. Decidió que un café la ayudaría a aclarar la cabeza. Se levantó, acarició a Gato, que solo respondió con un ronroneo somnoliento, y salió en dirección a la cocina.

Bajó dispuesta a tomarse el café en compañía de Wizz, pero no lo vio revolotear por allí y supuso que estaría en su nuevo book nook .

Se sentó en la silla tras el mostrador y su mirada se detuvo en el ejemplar firmado de Entrevista con el vampiro .

Allí estaba, sobre el mostrador, con la cubierta negra y dorada reluciendo bajo la luz de la mañana.

Una necesidad repentina de volver a leerlo la invadió.

Quizá encontraría consuelo entre sus páginas, como tantas otras veces.

Cogió el libro con una sonrisa pequeña y lo abrió, esperando encontrar la familiar narrativa de Anne. Pero algo estaba mal. Pasó una página. Otra. Y otra más. Nada. No recordaba nada.

Frunció el ceño e intentó forzar la memoria. Quizá el vino de anoche había sido más fuerte de lo que pensaba. Seguía pasando páginas a la espera de que algo le resultara familiar. Nada. Se le aceleró la respiración cuando cerró el libro con un golpe seco.

Dejó el ejemplar sobre la mesa y corrió hacia una de las estanterías.

Sacó uno de sus tesoros: La casa en el mar más azul , de TJ Klune.

Era imposible que no recordara esa historia; la había leído más veces de las que podía contar.

Lo abrió y comenzó a hojearlo. Nada. La recibieron personajes y párrafos desconocidos.

El pánico empezó a apoderarse de ella. Sacó otro: Orgullo y prejuicio , de Jane Austen.

Lo abrió desesperada, buscando cualquier rastro de familiaridad.

Nada. El corazón le latía con una fuerza desbocada mientras seguía sacando libros: El principito, La Sociedad Secreta de Brujas Rebeldes, La historia interminable…

Uno tras otro, sus títulos favoritos. Pero no recordaba las historias, ni los personajes ni los momentos que tanto la habían marcado.

Solo los títulos y la certeza de haberlos leído más de una vez.

—¡No, no, no! —gritó, arrojando el último ejemplar al suelo con un estruendo.

—¿Qué demonios es ese escándalo? —La voz de Wizz, adormilado y malhumorado, le llegó desde la casita en miniatura. Flotó hacia ella, con el cabello alborotado y la expresión confusa—. ¿Qué pasa? ¿Por qué gritas?

Luna se giró hacia él, con los ojos llenos de lágrimas, y señaló los libros desparramados por el suelo.

—¡No recuerdo nada! ¡Nada! —exclamó con la voz quebrada.

Wizz ladeó la cabeza, todavía procesando sus palabras.

—¿Nada en plan… «no recuerdo cuál es su lugar ancestral» o nada en plan «trama amorosa» o «lío mágico»?

—Solo… —Su voz era apenas un susurro ahora, temblorosa y cargada de desesperación—. Nada. —Las lágrimas la ahogaban—. No recuerdo las historias, Wizz. Han desaparecido de mi cabeza.

El hada parpadeó, sorprendido, y luego se acercó flotando lentamente. La miró con atención, pero no dijo nada de inmediato. Luna, incapaz de quedarse quieta, volvió a abrir otro libro, Harry Potter y la piedra filosofal esta vez, y pasó las páginas con frenesí.

—Esto no es real. No puede ser real. —Seguía murmurando, con las manos temblando mientras sostenía el libro—. ¡¿Quién cojones es Dumbledore?!

El silencio que siguió fue espeso, casi opresivo. Luna levantó la vista y vio a Wizz inmóvil, con el rostro más pálido de lo habitual.

—¿Qué pasa? —preguntó, su voz teñida de pánico—. Dime algo, Wizz.

Este tragó saliva y, por primera vez desde que lo conocía, parecía asustado.

—Eso es justo… lo que haría la magia para llenar sus arcas. —Las palabras cayeron como un martillo.

El mundo de Luna se tambaleó. Soltó el libro, que chocó contra el suelo con un golpe seco. Todo encajó en un instante horrible: la magia se había llevado consigo las historias. Todas las historias. Había pagado el precio.

—No…, no. —Susurró antes de derrumbarse en el suelo.

Se abrazó las rodillas mientras las lágrimas brotaban sin control—.

Sin las historias, no soy nadie. Fueron ellas las que me trajeron aquí, las que me enseñaron a creer en la magia, en las hadas, en los fantasmas…

Las que me dieron a Kai. —Se le quebró la voz al pronunciar su nombre.

Wizz flotó junto a ella para intentar consolarla.

—Luna, tienes que respirar. Por favor, respira —decía mientras arrancaba una hoja del cuaderno de pedidos y la sacudía frente a su cara—. La presencia de Kai exigía mucha magia. La cantidad que seguramente habías reunido tú tras leer todos esos libros.

Pero Luna no lo escuchaba. Su pecho subía y bajaba con rapidez; tenía la visión nublada por el pánico. Y entonces algo cambió. Una sensación cálida y tangible la rodeó. Una mano en su hombro.

—Luna, estoy aquí. Tranquila. —La voz de Kai era desesperada, como un murmullo que luchaba por atravesar el velo que los separaba.

Ella abrió los ojos despacio y levantó la vista. Allí estaba Kai de rodillas frente a ella, mirándola con una intensidad desgarradora. Sus ojos se encontraron y Luna sintió que el mundo entero se detenía.

—Kai… —susurró, sin atreverse a moverse.

—Puedes verme. —No era una pregunta. La voz de Kai era apenas un susurro, cargada de asombro—. Me estás mirando

Antes de que pudiera responder, Wizz rompió el momento.

—Menos mal, estás respirando. Pensé que me iba a tocar enterrar tu cadáver. —Su tono era sarcástico, pero sus ojos brillaban con alivio.

Luna no respondió. No podía. Solamente podía fijarse en Kai.

—Bésame. —La voz era suave, pero cargada de determinación.

Kai parpadeó, sorprendido. Se levantó y retrocedió un paso con nerviosismo.

—Luna, no me pidas algo así —dijo apenas con un hilo de voz—. Confieso que no estoy del todo seguro de poder… sostenerlo.

—Necesito saber si eres real. —Ella se levantó lentamente, aún temblando, y dio un paso hacia él—. Por favor, Kai.

Wizz, al ver la tensión del momento, alzó las manos.

—Yo me largo. Esto es demasiado intenso incluso para mí. —Y desapareció en un destello de polvo brillante.

Kai miró a Luna tal y como un loco lo haría. Finalmente, cuando ella comenzó a darse la vuelta, resignada, su mano se movió por instinto. La cogió de la muñeca y la giró hacia él.

—Luna… —murmuró, antes de inclinarse y besarla.

Fue torpe al principio, inseguro, pero pronto se transformó en algo más.

Los labios de Kai eran cálidos, sorprendentemente reales, y Luna sintió que su esencia la envolvía, como si toda la magia de Dumont fluyera a través de ellos.

Fue un beso cargado de emoción contenida, de anhelos y promesas no dichas.

Algo elegante y nostálgico, como un vals en la penumbra.

Cuando se separaron, ambos se miraron, con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Luna levantó ambas manos para envolverle el rostro, todavía sintiendo el calor de sus labios.

—Eres real —susurró, una sonrisa trémula en el rostro.

—Soy real —confirmó Kai, con una intensidad que parecía iluminar el momento.

Y en ese instante, a pesar de todo lo que había perdido, Luna supo que lo que había ganado era aún más valioso.

Seguía mirando a Kai con miedo, amor y anhelo.

—No puedo creer que estés aquí, que pueda tocarte, verte así… —Le temblaban la voz y los dedos, aún agarrados a su cuello, como si temiera que Kai fuera a desaparecer si lo soltaba.

Él la observó con la misma intensidad, pero había algo oscuro en su mirada, algo que delataba una tormenta interna. Dio un paso atrás y se llevó una mano al pecho como si tratara de contener algo.

—Luna…, sé lo que has hecho. No lo merezco. —Su voz era baja, atravesada por un cansancio antiguo—. Yo no soy nadie. Nunca lo fui. Solo un vagabundo. Una nota de música extraviada en las calles de este barrio. Un hombre roto que aprendió a vivir entre sombras.

Hizo una pausa, como si cada palabra pesara más de lo que debería.

—Y ahora… —Buscó aire—. Ahora soy tangible. Pero ¿a qué precio? Has sacrificado una parte de ti. La parte que más amas. Y yo… —La miró con una mezcla de culpa y asombro—. Yo no soy digno de algo así.

Luna dio un paso al frente; sus ojos ardían con una determinación inesperada.

—¡No digas eso! —exclamó; la voz se le quebró por la emoción—.

No vuelvas a decir que no eres nadie, Kai.

Eres alguien. Lo fuiste antes, lo eres ahora y lo serás siempre.

—Se acercó más, casi pegándose a él, con la mirada clavada en la suya—.

¿Sabes por qué? Porque formas parte de este lugar.

Eres parte de Dumont, de su magia. Eres parte de mi vida.

Kai apartó la vista, luchando con sus propios demonios. Pero Luna no estaba dispuesta a dejarlo retroceder.