11. Términos y condiciones de la casa #3
Eso suena tentador, mi querida Luna. ¿Qué propones?
Luna continuó escribiendo y la conversación fluyó como un río tranquilo. Hablaron de libros, de su amor por las historias, y ella le confesó detalles de su pasado, incluso mencionó a sus padres. Kai escuchaba con interés, respondiendo con sus propias reflexiones.
Cuando estaba vivo, los bailes de salón eran lo más emocionante. Hombres con sombreros de copa, mujeres con vestidos vaporosos…
Luna, curiosa, le pidió que le contara más, y Kai compartió recuerdos de épocas pasadas, describiendo eventos históricos que resonaban con la magia de Nueva Orleans. Pero, a medida que avanzaba la conversación, su tono cambió.
Luna…, antes de desaparecer, buscaba el valor para confesarte algo que te oculté. Lo recordé justo al ver mi nombre escrito en aquella placa. Es algo de mi pasado. Una certeza entre tanta oscuridad. He de reconocerte que me avergüenza.
Luna sintió un nudo en el pecho. Escribió con rapidez:
Puedes decirme lo que sea. Sabes que no te juzgaré.
La respuesta llegó después de una pausa.
Durante mi infancia y mi primera juventud, fui, según el juicio del mundo, un joven privilegiado.
Crecí entre salones resplandecientes, bailes que se prolongaban hasta el amanecer y mesas tan abundantes que resultaban casi ofensivas.
Nada me faltaba, salvo aquello que verdaderamente deseaba.
La música era mi refugio y mi única certeza, pero en mi casa no se la consideraba vocación digna, sino capricho impropio de nuestro apellido.
Mis padres concertaron mi compromiso con una prima lejana y trazaron para mí un porvenir irreprochable. Yo debía convertirme en alguien respetable. Ordenado. Previsible.
No supe hacerlo.
Así pues, partí.
Viví años con poco más que mi saxofón y la obstinación de no traicionarme. Dormí donde me alcanzaba para la noche y comí donde la caridad tenía a bien ofrecerme un plato caliente. A los ojos de muchos fui un vagabundo. Un hombre sin posición ni nombre.
Y, sin embargo, jamás me sentí más fiel a mí mismo que en aquellos días.
Luna se llevó una mano a la boca, conmovida. Escribió con cuidado:
Kai…, fuiste valiente. Te rebelaste contra un destino que no era tuyo. Eso es algo que solo una persona fuerte haría. No entiendo por qué debería avergonzarte.
Gracias, Luna. No sabía si lo entenderías.
Lo entiendo.
Entonces Luna añadió, con lágrimas en los ojos:
Y estoy segura de que lo que viviste te convirtió en la persona que eres… incluso ahora.
Kai tardó un poco en responder.
Aún no recuerdo cómo terminé mis días en tu mundo, pero creo que puedo conseguir más respuestas. Quizá con el tiempo… y tu ayuda, que me ancla cada día más a la vida.
Luna, que sostenía la copa en la mano con los ojos ligeramente brillantes por el vino, dejó salir un suspiro cargado de emociones.
Kai…
Escribió con más determinación de la que esperaba.
Quiero que estés aquí conmigo, ahora mismo.
La respuesta de Kai fue cautelosa, pero llena de calidez.
Siempre permanezco a tu lado. Pero si hablas de estar como lo hacen los vivos…, ignoro si me será concedida semejante gracia. Otra vez. Ya fui un hombre afortunado por tener aquella cita de ensueño contigo.
Luna dejó la copa a un lado; el corazón le latía con fuerza. Una idea alocada cruzó su mente y, sin pensarlo demasiado, escribió:
¿Se puede besar a un fantasma?
Hubo una pausa más larga de lo habitual antes de que Kai respondiera. Cuando lo hizo, Luna casi sintió su risa suave y nerviosa a través de las palabras.
Luna, creo que el vino está haciendo que seas demasiado osada esta noche .
Ella rio en voz alta y se apoyó contra Gato, que la miró con curiosidad.
Estoy hablando en serio. Si estuvieras aquí, si pudiera sentirte… Quiero decir, ¿alguna vez has sentido… algo cuando me has tocado?
Kai respondió finalmente:
Siempre te he sentido. Pero creo que no te refieres al sentido del tacto, ¿verdad?
Luna frunció el ceño y mordió el extremo de la pluma antes de escribir de nuevo:
Ya sabes que no.
Luna, creo que deberíamos hablar de esto en otro momento. Cuando no estés bajo los efectos de ese vino que, al parecer, hace que hables como si estuvieras en una novela romántica victoriana. De esas que te fascinan tanto, ya sabes, por la trama.
Ella rio sin vergüenza; sentía el calor subirle por las mejillas.
No me evadas, Kai. Estoy siendo sincera. Quiero que sepas lo que siento. Me lo has enseñado tú.
Lo sé, y eso lo hace más complicado.
Kai añadió después de un momento:
Conviene que duermas. El día de mañana será largo y no deseo que el ímpetu del vino te incite a tomar decisiones que merecen considerarse con la mente clara.
Luna suspiró.
Solo dime si me besarías.
Pasaron unos larguísimos segundos en los que nada parecía ni siquiera fluctuar un poco en las páginas en blanco.
Si no fuera por mi sentido del decoro, te besaría en este instante. Y no sé si pararía de hacerlo. Ese color bermellón en tus mejillas… me invita a la imprudencia. Ve a dormir antes de que ceda y desafíe las reglas de la muerte y la vida. Creo que mi anhelo podría arrasar con ellas.
Luna tuvo que dejar la copa, ya vacía sobre la mesilla. Cerró las piernas lo más disimuladamente que pudo, deseando solo un poquito que Kai notara el movimiento.
Soñaré que cedes y arrasas con todo y conmigo después. Buenas noches, Kai.
Buenas noches, mi querida Luna.
Luna cerró el diario despacio, con una sonrisa traviesa en los labios. Acarició a Gato, que seguía acurrucado a su lado, y apagó la luz. Aunque no podía verlo, sentía a Kai cerca, como si su esencia envolviera la habitación.
Pero el sueño no llegaba. La frase que había aparecido en el diario regresaba a ella una y otra vez, obstinada como una campanada.
«Toda puerta que se abre exige su llave… y su precio».
Se sentó en la cama, encendió una vela y acercó el libro al resplandor.
Buscó la dichosa página que había aprendido a odiar.
Había intentado convencerse de que lo que se planteaba hacer era absurdo.
Y, sin embargo, otra voz —más serena, más lógica— le recordaba lo evidente: en su vida ya convivían hadas, fantasmas, brujas, gatos inmortales y una librería que a ratos parecía respirar.
Además de que ya le habían respondido antes desde ese mismo libro.
¿Por qué no intentar comunicarse con quien hubiese escrito esa línea?
Intuía que no era una mano cualquiera. Intuía que era la casa misma, la magia que la sostenía.
La puerta de la que Wizz le había hablado hacía lo que le parecía una eternidad.
Se hizo un moño torpe, tomó aire, acercó aún más la vela y escribió bajo la frase, con su bolígrafo de siempre:
Puedes cobrarte tu precio siempre y cuando dejes que Kai se quede conmigo.
Los segundos hasta que la tinta respondió se le hicieron años. Notó el latido de su corazón en la garganta, el tejido de la camiseta tensándose hasta asfixiarla. Luego, despacio, apareció la caligrafía desconocida:
Que así sea.
La pluma siguió, lenta e inexorable, derramando palabras de tinta negra que no manchaba.
Lo que no es sangre ni tiempo. Un pedazo de aquello que te hace ser quien eres. Con ello, habrá sitio para él.
La llama tembló hasta que se apagó. Luna tragó saliva, apenas comprendía lo que acababa de pasar, y asintió en silencio al notar una mano etérea posarse en sus mejillas, ya saladas.
—Estaremos bien, Kai.