11. Términos y condiciones de la casa #2
Luna se colocó junto a la joven tras el mostrador y le entregaba bolsas de cartón mientras esta atendía a los clientes con una profesionalidad sorprendente. Isabel estaba pletórica; movía las manos con agilidad al cobrar, empaquetar libros y responder preguntas de los compradores.
—El total sería treinta y cinco dólares.
Gracias. Si por algún motivo necesita devolverlo, tiene hasta treinta días con el recibo.
—Sonrió al cliente antes de dirigirse a Luna con un tono entusiasta—: Antes de llegar a casa, ya había tomado la decisión.
Me di la vuelta, pero no estabas. Luego, en fin, vi el caos que teníais aquí y supuse que estaría bien si me tomaba algunas libertades, ¿no?
—Soltó una risa nerviosa mientras metía un libro en la bolsa.
Luna, divertida por la energía contagiosa de Isabel, le puso una mano en el hombro para obligarla a detenerse un segundo. En ese momento, Luna entendió que Dumont no solo era un refugio para los libros, sino también para las personas que buscaban su lugar en el mundo.
Tal y como había pasado con ella misma.
—Lo estás haciendo excelente. De verdad. No podrías haber elegido un mejor momento para unirte a Dumont. —Luna sonrió con calidez antes de añadir, en un tono más bajo—: Tenemos mucho de qué hablar…
Isabel inclinó ligeramente la cabeza hacia ella mientras entregaba una bolsa al siguiente cliente.
—Oh, claro que sí. —Isabel se acercó Luna y susurró—: Tengo ganas de ver al hada. Otra vez.
Luna parpadeó al recordar su extraño saludo a Wizz el día que la conoció y, por un momento, perdió el ritmo de pasarle bolsas a Isabel.
Pero al ver la expresión tranquila y confiada de su nueva compañera, sintió una oleada de alivio.
Si Isabel podía aceptar la existencia de Wizz, tal vez también podría manejar la idea de Kai. Aunque eso sería otra conversación…
Mientras Luna reflexionaba, Isabel la sorprendió con otro comentario.
—También conozco el problema que estás teniendo con el ayuntamiento. —Bajó la voz mientras seguía cobrando y atendiendo como si fuera una conversación más—. Mis padres me lo han mencionado. Al parecer, han hablado de abrir una franquicia aquí, en Dumont.
Luna sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Antes de que pudiera responder, Isabel la miró con firmeza.
—Pero quiero que sepas algo. No lo permitiré. La librería no puede convertirse en algo así. —La voz de Isabel estaba cargada de convicción—. Vamos a trabajar juntas para que ni tú ni Nueva Orleans perdáis este lugar. Es demasiado especial.
Luna tuvo que morderse el labio para contener las lágrimas que amenazaban con salir. Le pasó una bolsa más y, con un hilo de voz, dijo:
—Gracias, Isabel… No sabes lo que significa para mí.
Esta le sonrió y su energía tranquila pero apasionada la calmó. Luna, aún emocionada, murmuró:
—Perdón, necesito ausentarme un momento. —Hizo un gesto hacia la trastienda y echó a andar hacia allí. Necesitaba un momento para procesar todo lo que estaba pasando.
Pero antes de llegar a la puerta, Wizz apareció flotando frente a ella y le bloqueó el paso.
—¿Dónde crees que vas, jefa? —preguntó con su tono habitual de sarcasmo, aunque sus ojos reflejaban algo más profundo.
—A la trastienda. Necesito un momento. —Luna intentó rodearlo, pero Wizz no se movió.
—Escucha, Luna. Quiero decirte algo sobre Kai. —Bajó la voz y, por una vez, su tono era serio—. Lamento que esté pasando esto. Pensé que el precio recaería sobre mí, no sobre ti. Pero la magia… no siempre es benevolente.
Luna lo miró fijamente, con los ojos cargados de emoción.
—Wizz… —dijo, su voz temblando—. Estoy agradecida por lo que hiciste. Y me alegra que no hayas tenido que pagar un precio o lo que sea. Yo… lo asumiré, pase lo que pase, siempre y cuando me devuelva a Kai.
Por un momento, Wizz pareció conmovido. Flotó un poco más cerca y Luna levantó un dedo para acariciarlo con suavidad. Para su sorpresa, Wizz no se apartó.
—Eres una buena jefa, Luna. —Hizo una pausa y luego, con un giro teatral, volvió a su tono habitual—.
Pero encerrarte a llorar no es una opción.
—Chasqueó los dedos y un leve destello mágico cerró la puerta de la trastienda—.
Ahora ve a hablar con todos esos clientes maravillosos, disfruta de esto un poco, al menos. Yo me encargo del tema fantasmal.
Luna soltó una risa suave, agradecida por el momento. Asintió, todavía acariciando al hada, y dijo:
—Gracias, Wizz. Confío en ti.
—Bah, no te pongas sentimental. —Wizz flotó hacia el techo con una despreocupación fingida y se escurrió con disimulo a su nueva casita.
Luna se dio cuenta de que solamente quedaban unos pocos ejemplares firmados y, maldiciendo su torpeza, se hizo hueco entre varias personas para conseguir uno para ella misma.
Aún con Kai en sus pensamientos, cogió el libro casi con reverencia, abrió el volumen por la página donde se encontraba la firma y leyó: «Querida lectora, recuerda que las historias de amor más imposibles son las que más perduran. —Anne Rice».
La impresión fue tal que el libro se le cayó al suelo. Se frotó los ojos y volvió a cogerlo. Se le aceleró el corazón. Sabía que para Anne probablemente solo era una referencia a su obra, pero para ella esas palabras eran una señal, una promesa. Esperanza.
—Me estoy volviendo loca —susurró para sí misma. O casi, pues una sensación de frío y calor que solía acompañar a su fantasma favorito la envolvió desde atrás. Luna supo que la estaba abrazando. Y que, en efecto, no estaba loca.
Cuando cerró el libro, se fijó en un pequeño sobre al fondo de una de las cajas, ya vacías de ejemplares.
Lo cogió y vio que estaba dirigido a la atención de Dumont.
Lo abrió con cuidado y encontró un cheque en su interior.
Al ver la cantidad, sus ojos se abrieron como platos.
La editorial había dejado una aportación generosa, suficiente para cubrir una parte importante de lo que Dumont necesitaba.
Luna sintió que las lágrimas pugnaban por salir, pero respiró hondo y se obligó a recomponerse. Miró hacia la puerta, por donde los últimos clientes ya se marchaban, y susurró:
—Gracias…
Mientras guardaba el cheque con cuidado y abrazaba el libro con más fuerza, supo que, aunque todavía quedaba mucho por hacer, Dumont tenía un poco más de tiempo para seguir siendo el refugio mágico que siempre había sido.
Luna estaba detrás del mostrador, cerrando la caja registradora, cuando Vivi se acercó con una botella de vino en la mano. La luz tenue de la librería hacía brillar el cristal oscuro y Luna levantó la vista, sorprendida.
—Toma, querida —dijo con una sonrisa cálida—. Es para que celebres esta noche. Ha sido un día maravilloso, ¿no crees?
Luna sonrió al aceptar el regalo, sintiendo el peso simbólico más que el real.
—Gracias, Vivi. Tú también deberías quedarte a celebrarlo conmigo.
—Ah, mi intención era quedarme, pero estas rodillas no están para más fiestas hoy. —Vivi suspiró con aire dramático, aunque su mirada seguía llena de satisfacción—. Estoy agotada pero feliz. ¿Sabes? Hemos hecho un trabajo increíble.
Luna asintió, sosteniendo la botella contra el pecho como si fuera un premio.
—No podría haberlo hecho sin ti. Lo que hemos logrado en tan poco tiempo es… asombroso.
—Eso iba a decirte. —Vivi se apoyó en el mostrador y la miró con ternura—. Llevamos casi la mitad del dinero en solo unos días. Si seguimos así, estoy segura de que lo lograremos. Aún quedan más eventos en el Mes de Dumont, y creo que podríamos conseguirlo.
—¿Tú crees? —Luna la miró con esperanza.
—Estoy segura. —Vivi le dio un apretón en el hombro—. Pero, por ahora, quiero que te relajes. Bébete una copa, escoge un buen libro y recarga energías. Mañana será otro día agitado y necesitas estar al cien por cien.
—Lo haré. Gracias, Vivi. De verdad. —Luna le apretó la mano con la sinceridad brillando en los ojos. Comprar aquellas paredes, ser propietaria de un lugar tan icónico de Nueva Orleans, se sentía irreal y, a la vez, más tangible que nunca.
En ese momento, Isabel apareció desde la trastienda quitándose un delantal imaginario con teatralidad.
—Yo también me voy —dijo con una sonrisa mientras sacaba su bolso—. Gracias por dejarme echar una mano. Ha sido… más emocionante de lo que imaginaba.
—Gracias a ti, Isabel. —Luna le sonrió; se sentía genuinamente agradecida—. Te necesitamos aquí.
—Pues volveré mañana, después de la universidad. —Isabel le guiñó un ojo—. Pero antes necesitaré un contrato de prácticas. ¿Podrías redactarlo?
—Por supuesto. —Luna asintió, aliviada de tener algo más que ofrecerle a cambio de toda su ayuda.
Isabel y Vivi se despidieron con abrazos y palabras de aliento antes de marcharse juntas y dejar a Luna sola en la calma que tanto necesitaba. La librería parecía un lugar completamente diferente: tranquila, con el eco de las risas y las conversaciones aún flotando en el aire.
Wizz revoloteaba cerca y movía las manos con destreza mientras los cojines, libros y muebles se ordenaban a su alrededor gracias a la magia. Era raro verlo tan callado, y Luna lo observó por un momento antes de acercarse.
—Gracias, Wizz —dijo con suavidad. Le ofreció la palma y el hada la aceptó sin quejas.
Se dejó querer por unos segundos antes de adoptar su tono sarcástico habitual.
—No me hagas llorar, Luna.
Ella sonrió al ver cómo Wizz hacía un gesto hacia la puerta de la trastienda.
—He cerrado la trastienda con magia, por cierto. Así que eso de encerrarte a llorar no es una opción —añadió con un guiño—. Ahora ve a beberte ese vino y duerme la mona.
El hada se quedó flotando mientras Luna subía a la cocina. Cogió una copa y el diario y regresó a su habitación con la intención de estar a solas con Kai, pero no fue así. Al entrar vio a Gato esperándola sobre la cama y, lejos de sentirse invadida, sonrió, reconfortada por la presencia del felino.
Se sirvió una copa y, tras acomodarse junto a él, abrió el diario.
Escribió con una sonrisa traviesa.
¿Quieres una cita? Tengo vino…