11. Términos y condiciones de la casa
Términos y condiciones de la casa
El reloj marcaba las siete de la tarde, pero en Dumont el tiempo parecía haberse detenido.
El bullicio del evento seguía llenando la librería, pero Luna apenas lo notaba.
Sus ojos estaban fijos en el libro que había caído de la estantería.
Puertas entre mundos . Aquella conexión que ella y Kai habían usado tantas veces para compartir secretos, risas y promesas en la intimidad de un diario ahora descansaba en el mostrador, fuera de lugar y cargado de un significado que Luna no entendía.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza.
Había dejado ese libro en la trastienda, oculto tras una pila de papeles, lejos de cualquier mano curiosa.
No debería estar ahí. Y la frase que se había materializado en la primera página, escrita con esa caligrafía perfecta y antigua, la dejó sin aliento.
«Toda puerta que se abre exige su llave… y su precio».
Una brisa helada recorrió la estancia y Luna sintió como si algo invisible la rodeara. Se dio la vuelta despacio, buscando a Kai. «¿Dónde estás?», pensó, desesperada, mientras su mirada saltaba de una esquina a otra de la librería.
—¿Todo bien, Luna? —La voz de Vivi la arrancó del trance. Estaba a unos pasos de ella, sostenía un fajo de libros y la observaba con el ceño fruncido.
Luna tragó saliva y asintió con torpeza. Cogió el diario. Estaba frío al tacto, casi desagradable, y lo sujetó contra el pecho como si al hacerlo pudiera proteger algo frágil dentro de él.
—Sí, todo bien. Solo un libro que… Da igual. —Su voz sonó tensa incluso para sus propios oídos.
Vivi la miró un momento más antes de suspirar, resignada.
—Bueno, no te distraigas demasiado. Todavía quedan clientes esperando. Luego, si quieres, podemos tomarnos un té y hablar.
—Claro. —Luna apenas logró sonreír mientras Vivi regresaba a la mesa principal.
Cuando la figura de la mujer desapareció entre las estanterías, Luna soltó un suspiro trémulo.
Lo abrió de nuevo, con los dedos temblorosos, esperando encontrar algo más en sus páginas.
Pero lo único que vio fue un vacío inmenso, una oscuridad que parecía no tener fin, como si el libro estuviera esperando algo, reclamando algo.
—Kai… —susurró, incapaz de contenerse.
El silencio le respondió, un vacío ensordecedor que hizo que la angustia le subiera por la garganta.
Desde que Wizz había lanzado el hechizo, Kai siempre había estado presente, una figura translúcida pero constante de alguna manera.
Ahora no había música, no había risas ni palabras tranquilizadoras.
Por primera vez desde que podía verlo, Kai simplemente no estaba.
Luna sintió que le flaqueaban las piernas. Se apoyó en la estantería más cercana; notaba los pensamientos girando en espiral. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué Kai había desaparecido? ¿Qué significaba ese mensaje en el libro?
—¿Estás ahí, Wizz? —llamó en voz baja, su tono cargado de desesperación.
El hada apareció unos segundos después, flotando desde detrás de una lámpara con su habitual sonrisa despreocupada. Pero, al ver el rostro de Luna, su expresión cambió al instante.
—¿Qué ocurre? —preguntó, acercándose con cautela.
Luna le tendió el libro, sin decir una palabra. Wizz lo cogió y sus pequeños ojos se oscurecieron al leer la frase de la primera página. Por primera vez desde que Luna lo conocía, el hada parecía genuinamente nervioso.
—Esto… —empezó, pero se detuvo, como si estuviera buscando las palabras adecuadas—. Esto no es bueno.
—¿Qué significa? —Luna lo miró con los ojos llenos de preguntas, la voz temblando.
Wizz cerró el libro de golpe y lo miró como si fuera un objeto peligroso.
—Significa que la magia que ata a Kai a este lugar está empezando a exigir su precio.
—¿Qué precio? —Luna sintió cómo el pánico comenzaba a arrastrarla—. Wizz, ¿qué significa esto? ¿Qué le ha pasado a Kai?
—No lo sé, Luna. —Por una vez, Wizz no tenía su habitual tono sarcástico.
Hablaba con sinceridad y eso solo empeoraba las cosas—.
La magia es caprichosa y el hechizo que lancé no fue sencillo.
Alteré las leyes que separan este mundo del de los espíritus para que pudieras verlo y tocarlo.
Ahora parece que algo… o alguien… lo está reclamando.
Luna negó con la cabeza; los ojos se le anegaron de lágrimas.
—No. No puede ser. Él no se ha ido. Tiene que estar aquí. ¡Wizz, tienes que traerlo de vuelta!
Wizz la miró con tristeza y bajó la vista al libro que tenía en las manos.
—Haré lo que pueda, pero, Luna…, no te prometo nada.
Sin esperar una respuesta, Wizz desapareció, dejando un rastro de polvo brillante en el aire. Luna se quedó sola, con el libro en las manos y el peso del vacío en su corazón. Subió corriendo las escaleras hacia su habitación, cerró la puerta y se dejó caer en la cama, abrazando el libro con fuerza.
—Kai…, por favor, vuelve. —Su voz era apenas un susurro.
Abrió el diario, cogió una pluma con manos temblorosas y escribió con desesperación en la primera página:
¿Estás ahí?
Por un momento, no pasó nada. Y luego, como un milagro, la respuesta apareció, trazada con esa caligrafía que ella reconocería en cualquier lugar.
Estoy a tu lado, Luna. Siempre lo estoy.
El alivio que sintió fue abrumador, pero antes de que pudiera continuar, Luna se adelantó:
No puedo verte, Kai. Algo ha cambiado.
Dejó escapar un sollozo y comenzó a escribir frenéticamente para contarle todo lo que había pasado: el libro, la frase, la desaparición de Wizz en busca de respuestas. Kai intentó calmarla con palabras suaves.
Siempre hemos hablado por aquí. Es suficiente, Luna. Siempre hemos encontrado la manera.
Pero para Luna no lo era. Le temblaban las manos mientras escribía; las lágrimas caían sobre las páginas.
No puedo perderte.
Tachó la frase y la reescribió:
No puedo perderte.
No quiero perderte.
Hubo una pausa antes de que la respuesta llegara.
No me perderás. Estoy contigo en cada página, en cada acorde, en cada momento que hemos compartido. Y estoy aquí ahora.
Luna se quedó mirando las palabras. El corazón le latía con fuerza. Abrazó el diario contra el pecho y susurró al aire:
—Haré lo que sea para traerte de vuelta. Lo que sea.
Afuera, Dumont seguía vibrando con vida, pero para Luna el mundo se había reducido a las páginas de un libro y las palabras de un fantasma que no estaba dispuesta a dejar marchar.
Bajó las escaleras con el cuaderno todavía apretado entre los brazos; sentía cómo la tensión y el miedo la envolvían. Pero cuando llegó al último escalón, se detuvo de golpe.
Tras el mostrador, Isabel estaba de pie, recta como no había visto a nadie.
Irradiaba elegancia profesional. Sus dedos volaban sobre el teclado de un ordenador portátil que no era de Luna al tiempo que cobraba libros a los clientes con una eficiencia sorprendente.
Una cola considerable se extendía desde el mostrador y ella atendía a cada persona con una sonrisa segura y cálida.
Luna parpadeó, intentando procesar lo que veía. Se dirigió hacia Vivi, que estaba organizando un lote de libros junto a la mesa de la firma, y la miró con una mezcla de incredulidad y curiosidad.
—Vivi…, ¿qué está pasando? ¿Por qué Isabel está…?
La mujer levantó la vista y sonrió con un toque de orgullo.
—Llegó como un terremoto. Preguntó por ti en cuanto entró, pero cuando le dije que te habías ausentado por un momento, miró la cola y, sin dudarlo, se puso manos a la obra.
Hizo un gesto hacia Isabel, que en ese momento entregaba el cambio exacto a un cliente.
—Se ha encargado de cobrar, recoger encargos y, por lo que parece, también de reorganizar parte del sistema de pedidos. Creo que está usando su propio software. O algo así ha dicho.
Luna dejó escapar una risa incrédula mientras contemplaba cómo Isabel lo manejaba todo con una calma sorprendente. Pero su alegría se desvaneció con rapidez al recordar el motivo por el que había bajado en primer lugar. Apartó la mirada de la joven y se centró en su amiga.
—Vivi…, necesito hablar contigo. —Bajó la voz un poco, cargada de emoción contenida.
Vivi, que estaba a punto de responder a un cliente, se volvió hacia ella y dejó el libro que tenía en las manos.
—Claro, cariño. ¿Qué ocurre? —La preocupación asomó en su rostro al notar la expresión de Luna.
Luna respiró hondo, tratando de encontrar las palabras.
—Kai se ha ido.
El rostro de Vivi se suavizó, pero no de la manera que Luna esperaba. En lugar de consolarla de inmediato, adoptó una expresión serena y realista.
—Luna, es un fantasma.
Ella sacudió la cabeza con vehemencia; la voz le tembló al hablar.
—No, Vivi, no lo entiendes. Kai no es como los demás. Él pertenece a este lugar, con nosotros. Conmigo. Dumont es… diferente. Es mágica. Y si aquí todo es posible, entonces él también lo es.
Vivi estudió a Luna, comprensiva. Buscando las palabras adecuadas.
—Cariño, si alguien puede encontrar una manera de hacerlo posible, eres tú. Pero también tienes que prepararte para lo que significa querer algo tan… único.
Luna sintió que las lágrimas amenazaban con caer, pero Vivi, siempre tan perceptiva, le cogió las manos con firmeza.
—Dime, ¿qué necesitas que haga? Estoy aquí contigo.
Luna le apretó las manos con la mirada cargada de gratitud.
—Solo… no me dejes caer.
Vivi asintió y sus ojos brillaron con determinación.
—Siempre, Luna. Siempre estaré aquí para ti.
Antes de que pudieran decir algo más, una risa suave y el sonido de un cliente agradecido llamó la atención de ambas.
Isabel estaba terminando de atender a una mujer mayor; la ayudaba a guardar un libro en su bolso.
Luna no pudo evitar sentir una chispa de esperanza al verla desenvolverse con tanta naturalidad.
Vivi le dio un apretón en la mano antes de soltarla.
—Ve. Agradece a nuestra nueva heroína inesperada. Creo que Dumont ha ganado a alguien especial hoy.
Luna asintió y esbozó una pequeña sonrisa antes de acercarse a Isabel. Pero, incluso con esa chispa de esperanza, su corazón seguía susurrándole el nombre de Kai.