Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 10. Leds góticos y té «Sangre de magnolia» #3
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10. Leds góticos y té «Sangre de magnolia» #3

—Muy bien, muy bien, dejemos las emociones para más tarde. ¡Tenemos un evento que dirigir! Espero que podamos hablar luego. —Se inclinó hacia él con una sonrisa traviesa—. Y, querido, si alguna vez necesitas consejo sobre cómo manejar a Luna, ya sabes dónde encontrarme.

Kai rio, y Luna negó con la cabeza, divertida, conmovida y tremendamente avergonzada.

—De acuerdo, volvamos al trabajo. —Señaló la puerta, lista para abrir al público—. Y, Vivi, gracias. Otra vez.

—No, gracias a ti, querida. —Le dio un apretón en el hombro y luego se volvió hacia la puerta con una energía renovada—. ¡Que empiece la magia!

Kai observó cómo Vivi se marchaba y luego miró a Luna con una sonrisa.

—Tienes razón. Es parte de la familia.

Ella asintió y se sintió más segura de que, con gente como Vivi, Dumont siempre sería un hogar para todos ellos.

Luna atendía a un cliente cuando Vivi apareció a su lado con un bloc de notas en la mano.

—¿Cómo vamos? —preguntó, echando un vistazo a la fila y luego a la mesa casi vacía.

—Sobreviviendo. —Luna señaló hacia la mesa de ediciones firmadas—. Necesitamos más ejemplares de Entrevista con el vampiro . Nos quedan menos de diez. Y los exlibris han sido un acierto.

—Sabía que iba a ser un éxito, pero esto…

—Vivi se interrumpió cuando un cliente pasó rozándola con una montaña de libros entre los brazos—.

Esto es un huracán. ¡Me encanta! A las cuatro comenzamos la lectura colectiva; a las cinco y media, trivial gótico; a las siete, fotos en el biombo de encaje. Y té «Sangre de magnolia» todo el rato.

Mientras Vivi recorría Dumont recolocando y saludando, Wizz se deslizó hacia un grupo de niños que habían quedado atrapados entre las piernas de los adultos en la fila.

Con un chasquido de dedos y un guiño cómplice, los guio detrás de una estantería, lejos de las miradas de los mayores.

Allí, con un movimiento rápido, lanzó un poco de polvo mágico al aire.

Los niños comenzaron a levitar con suavidad, riendo y dando vueltas como si estuvieran en un carrusel invisible.

—¡Shhh, silencio! —les susurró Wizz, riendo junto a ellos—. Si nos descubren, me meteré en problemas. Y no queréis ver a un hada enfadada, ¿verdad?

Los niños negaron con efusividad, conteniendo las carcajadas mientras disfrutaban de su momento mágico. Wizz los devolvió con delicadeza al suelo y, con un gesto teatral, los mandó de vuelta a la fila, donde se sentaron obedientes, con un nuevo libro en las manos y brillo en los ojos.

Entre el bullicio, Luna se detuvo un momento a observar.

La calidez del momento era palpable, pero también agotadora.

Suspiró, secándose la frente con el dorso de la mano.

Fue entonces cuando algo llamó su atención.

Entre la multitud de clientes que entraban y salían, vio una figura conocida: Isabel.

Estaba de pie junto a una estantería, hojeando un libro con la misma elegancia contenida que siempre parecía rodearla. Luna sintió un impulso repentino y dejó lo que estaba haciendo para acercarse.

—¡Isabel! —llamó, tratando de hacerse oír entre el ruido.

La joven levantó la vista, sorprendida. Su expresión se suavizó al reconocerla.

—Hola, Luna. —Sonrió a la par que cerraba el libro que tenía en las manos—. Esto está… lleno. No esperaba ver Dumont así.

—Hoy es un día especial. —Luna gesticuló hacia la mesa y hacia el rincón donde ya probaban el té bajo las guirnaldas de luces—. La Noche de los Vampiros. Hemos conseguido ejemplares firmados de la editorial y exlibris auténticos. Es… increíble.

Isabel asintió, pero había algo en su mirada que parecía distante. Luna lo notó de inmediato y decidió ir al grano.

—¿Estás bien? Pareces… distraída —preguntó con genuina preocupación.

Isabel vaciló antes de responder.

—Supongo que lo estoy. Es mi último año en la universidad y…

, bueno, pronto tengo que empezar las prácticas.

—Hizo una pausa, mirando el suelo—. Mis padres quieren que las haga en la empresa familiar.

Es una joyería bastante conocida y ellos esperan que me incorpore después de graduarme.

Pero no estoy segura de que sea lo que quiero.

Luna la observó con atención mientras procesaba sus palabras. Una idea comenzó a formarse en su mente casi sin darse cuenta.

—¿Has pensado en hacerlas aquí? —preguntó de repente.

Isabel levantó la vista, claramente sorprendida.

—¿Aquí? ¿En Dumont?

—Sí. —Luna se apresuró a explicar—: Podrías ayudarnos con la parte administrativa, a organizar eventos, incluso a usar la tecnología si es necesario. —Sonrió, intentando aligerar el tono—. Dumont necesita ayuda, y creo que podrías aportar algo increíble.

Isabel pareció considerar la propuesta, estaba tan dudosa como entusiasmada con la idea.

—No sé… Mis padres no lo entenderían. Ellos esperan que siga el camino que tienen planeado para mí.

—Podría hablar con ellos, si eso ayuda. —Luna lo dijo con total sinceridad; quería mostrarle a Isabel que la apoyaría en lo que decidiera. Además, entendía demasiado bien la situación.

La joven soltó una pequeña risa, sacudiendo la cabeza.

—Gracias, pero creo que esto es algo que tengo que hacer por mí misma. —Hizo una pausa y miró a Luna fijamente—. Pero… prometo pensarlo. Lo digo en serio.

Luna sonrió, aliviada y esperanzada.

—Eso es todo lo que te pido. Y, bueno…, si decides intentarlo, te prometo que no te arrepentirás.

Isabel asintió despacio, su expresión más relajada que al principio.

—Gracias, Luna. De verdad.

Se quedó un momento mirando la puerta por la que Isabel acababa de salir.

El orgullo le henchía el pecho; había dado un pequeño paso para que Dumont no solo fuera un lugar mágico para los libros, sino también para las personas.

Deseó de todo corazón que aceptara su propuesta.

Pero cuando volvió su atención a la librería, una sensación extraña la invadió.

La fila para conseguir la edición firmada había disminuido considerablemente y, aunque el bullicio seguía inundando el aire, algo en el ambiente parecía diferente.

Más pesado, quizá. Wizz pasó flotando cerca de ella, tarareando algo distraído mientras arreglaba los pétalos mágicos que flotaban en las lámparas.

—¿Todo bien? —preguntó Luna, sin estar segura de por qué lo hacía.

Wizz se detuvo en seco, como si hubiera notado algo. Giró despacio hacia la estantería más cercana, sus ojos brillando con una alerta inusual.

—Sí…, sí, claro. Todo perfecto. —Sonrió de una forma que no alcanzó sus ojos y, antes de que Luna pudiera interrogarlo más, desapareció tras una columna de libros, murmurando algo sobre «ajustes mágicos».

Luna entrecerró los ojos; sospechaba que Wizz ocultaba algo. Justo entonces sintió una brisa fría que le erizó la piel. Se volvió con rapidez hacia la sección de literatura gótica, pero no había nadie allí. Solo los libros, inertes como siempre.

—Kai… —susurró, esperando que él respondiera.

No hubo música. No hubo palabras. Y por primera vez desde que podía verlo, la ausencia de su presencia la hizo sentir sola. Sintió que algo en Dumont había cambiado de manera sutil pero irreversible.

Luna tragó saliva e intentó recuperar el control de sus emociones. Quizá solo era el cansancio del día. Sí, eso debía ser. Con un último vistazo a la librería, se dirigió hacia el mostrador repitiéndose que todo estaba bien.

Pero, mientras caminaba, un libro cayó de una estantería cercana y aterrizó con un ruido seco en el suelo. Se detuvo y leyó el título con el corazón latiéndole en los oídos.

Puertas entre mundos.

El libro que estaba en blanco. Su diario. Aquel que claramente no debía estar allí, expuesto al público.

Solo que ahora, al abrirlo, volvía a estar en blanco y una frase se había materializado en la primera página:

Toda puerta cerrada que se abre exige su llave… y su precio.

El susurro de una melodía llegó a sus oídos desde algún lugar lejano, pero esta vez no llevaba consuelo…, sino advertencia.