10. Leds góticos y té «Sangre de magnolia»
Leds góticos y té «Sangre de magnolia»
La luz del amanecer se filtraba suavemente por los grandes ventanales de Dumont, bañando las estanterías y los libros con un brillo cálido.
Luna, ya en pie y más animada de lo habitual, revoloteaba de un lado a otro mientras colocaba libros, ajustaba carteles para el evento del fin de semana y tarareaba una melodía en la que no había dejado de pensar.
El vals.
Gato, como siempre, observaba el espectáculo desde su lugar en el mostrador, entre curioso y desconcertado, como si intentara descifrar si Luna había cenado algo extraño la noche anterior.
—No me mires así. —Luna le lanzó un vistazo rápido mientras enderezaba un cartel.
Gato emitió un maullido corto, más de juicio que de simpatía, y se estiró con pereza antes de volver a enroscarse en su lugar favorito.
—Exacto. Tú descansa, que ya sé que estás agotado de tanto… no hacer nada. —Luna sonrió mientras colocaba otro libro en su sitio.
—¿Es impresión mía o estás especialmente insoportable esta mañana? —Wizz apareció flotando desde la trastienda con una diminuta taza de té en la mano y su habitual sonrisa sarcástica en el rostro.
Luna lo miró de reojo, pero no perdió su buen humor.
—Buenos días para ti también, Wizz.
—Oh, no es una queja. Es encantador verte tan animada, aunque no sé si debería preocuparme.
—El hada aterrizó con elegancia en el borde de una estantería y observó cómo Luna movía los libros de un lado a otro como si estuviera construyendo una torre mágica—.
¿No habrás tomado otra de esas pociones fuertes de Vivi, verdad?
—¡Claro que no! —protestó Luna, rodando los ojos—. Estoy feliz, ¿tan extraño os resulta?
Wizz la miró con una ceja arqueada.
—Son las ocho de la mañana, estás levantada, vestida y casi peinada —apuntó, y señaló el moño rizado que Luna se había hecho esa mañana con ayuda de dos lápices—. Es raro, lo siento. Así que, cuéntame, ¿qué te tiene tan contenta?
Luna se detuvo un momento con un libro en la mano y lo miró.
—Nada en particular… —dijo mientras terminaba la reposición de Los juegos del hambre , de Suzanne Collins.
Se bajó del taburete de madera, que crujió, sin apartar la vista de Wizz.
Ese pequeño y adorable ser seguía esperando que dijera algo más, y Luna se sintió lo bastante cómoda para confesarse con él—. Bueno, vale. Es por Kai.
Wizz dejó la taza en el mostrador y la observó, divertido.
—Ah, claro. El fantasma encantador que ahora ocupa todos tus pensamientos.
—No es que ocupe todos mis pensamientos… —Luna negó con la cabeza, aunque una sonrisa la delataba—. Solo que anoche lo pasamos muy bien y ya está. Fue divertido.
—Oh, créeme, lo sé. —Wizz hizo un giro en el aire y aterrizó junto a Gato, quien lo ignoró por completo—. Tuve la desgracia de presenciar el momento «pizza y conversación profunda». Es sorprendente que no hayas explotado de felicidad ya.
—Cotilla. —Luna dejó otro montón de ejemplares en el mostrador, con lo que se ganó una mirada poco amistosa de Gato—. ¿Dónde están los folletos del evento del fin de semana? Vivi dijo que los dejaría aquí.
—En la trastienda. Pero no cambies de tema. ¿Qué tal va tu conexión espectral con el bueno de Kai? ¿Qué maravillas os ha dejado hacer mi espectacular hechizo?
Luna se ruborizó un poco, pero no dejó que Wizz la desviara.
—Lo que ya sabes: ahora puedo verlo. Charlamos. Bailamos.
—¿Y eso no te asusta un poco? —preguntó Wizz, ladeando la cabeza—. Sabes que es un fantasma, ¿verdad?
—Gracias por recordármelo, Wizz. —Luna le lanzó una mirada rápida antes de volver a centrarse en el mostrador—. Pero no, no me asusta. Me hace feliz tener un amigo con el que tener conversaciones interesantes.
—No sé si has querido decirme algo con ese «conversaciones interesantes», pero, bueno, ya sabes el dicho: no se ofende quien no entiende el verbo.
—Ese dicho no existe, Wizz. —Luna continuó reponiendo ejemplares imprescindibles que se habían agotado: Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; El viejo y el mar, de Ernest Hemingway y Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain.
—Pues ahora sí. El tema es que se me olvidó mencionarte algo sobre el hechizo del colgante. Quizá estaría bien que lo supieras antes de… nada.
Luna levantó la vista, desconfiada.
—¿Qué? —dijo. Dejó todo lo que estaba haciendo para fulminar al hada con la mirada.
—Nada grave, tranquila. —Wizz agitó una mano como si disipara un problema imaginario—. Es solo que… ahora no solo tú puedes ver a Kai.
—¿Qué?
—Relájate. Solo funciona dentro de Dumont. El encantamiento abarca todo el edificio. Así que, técnicamente, cualquiera que esté aquí podría verlo.
Luna parpadeó, atónita.
—¿Quieres decir que Vivi o Gato podrían verlo?
—Juraría que Gato ya lo hacía. —Wizz señaló al felino, que en ese momento se había levantado de su sitio y observaba fijamente la puerta, como si esperara algo—. Vivi lo aceptaría sin más. Yo te lo comento por ciertos clientes que esperan comprar libros y no ver fantasmas.
Y entonces, como si lo hubiera llamado, la figura translúcida de Kai se materializó cerca de las estanterías.
—Buenos días. —Su voz resonó con suavidad e inundó la librería con una calidez casi tangible.
Luna sonrió automáticamente al sentir el familiar latido en su pecho que siempre acompañaba la llegada de Kai.
—Buenos días.
Wizz cruzó los brazos y lo observó con una sonrisa satisfecha.
—Ah, ahí estás. Nuestro caballero espectral favorito.
Kai inclinó un tanto la cabeza hacia Wizz con su característico aire cortés.
—Buenos días, Wizz. Me alegra que hablemos. Siempre me has parecido muy perspicaz.
—Eso intento. —El hada esbozó una amplia sonrisa, inflado de orgullo—. Creo que me caes bien. Dime, ¿qué tal eso de que puedan verte y escucharte después de tanto tiempo siendo literalmente transparente?
—Es… interesante. —Kai sonrió antes de dirigir una mirada cálida a Luna—. Más que eso.
Ella sintió que no le llegaba suficiente aire a los pulmones y apartó la mirada para disimular el rubor que comenzaba a subirle por las mejillas.
Gato, por su parte, se acercó a Kai y le maulló con afecto.
—¡Lo sabía! —gritó Wizz, dando un pequeño salto en el aire—. Sabía que podía verte.
—Creo que todos los animales pueden. —Kai miró al felino con ternura y se agachó para extender una mano translúcida hacia él. Aunque era evidente que no podía tocarlo del todo, Gato se restregó con entusiasmo contra la palma.
—Si no lo veo, no lo creo. —Luna se cruzó de brazos con la cabeza inclinada mientras observaba la escena con asombro—. Gato te quiere más que a mí.
—Lo dudo —dijo, pero la sonrisa decía que un poquito le complacía—. Debe de ser porque percibe que no puedo robarle su lugar.
Wizz, siempre dispuesto a cambiar de escenario, flotó hacia la trastienda con teatralidad.
—Bueno, os dejo con vuestra pequeña reunión espectral. Tengo cosas importantes que hacer… Como decidir qué conjunto me combina mejor con este delicioso té.
—Pero, dime antes, pequeño ser alado, ¿te gustó tu nueva casa?
Wizz se detuvo. Moviendo aún más rápido las alas para permanecer en el sitio.
—¿Mi nueva qué?
Kai miró a Luna. Ella abrió mucho los ojos.
—¡Por el amor de Dios, Kai! No me acordaba.
—Mmm, bueno, vale, os estáis poniendo muy raritos…¿De qué habláis?
Pero ninguno respondió. Ambos sonrieron, cómplices, y corrieron a la estantería principal de Dumont. La del centro. La favorita de todos y especialmente la preferida de Wizz.
El hada les iba a la zaga. Frenó en seco frente a los estantes.
—¿Qué-esto?
Allí, encajada entre dos clásicos de fantasía —colocados como columnas solemnes a cada lado—, se alzaba la casita de color rojo teja con el campanario y el pequeño invernadero que conseguía capturar la luz que se filtraba por el ventanal. Una construcción a escala-hada perfecta.
Wizz descendió con cautela. A Luna le pareció que temía que, al acercarse demasiado, la ilusión se deshiciera. Rozó el tejado. Pasó un dedo por las contraventanas vainilla. Empujó la puerta azul cielo.
Se hizo un silencio expectante.
Entró.
El suelo era de madera clara. Las paredes, blancas, con pequeñas vigas vistas.
A la derecha, una cama sencilla, también de madera clara, sin ropa de cama.
—«Todavía, pensó Luna»—. A la izquierda, una mesa diminuta junto a una ventana redonda.
Sobre ella, espacio suficiente para tinta, papel…
o alguna extravagancia decorativa perfectamente innecesaria.
Wizz avanzó muy despacio. Abrió el armarito, que estaba vacío.
—Esto es… inaceptable.
Salió solo para asomar la cabeza.
—Necesitaré que Vivi me confeccione un vestuario nuevo. Ahora que dispongo de almacenamiento adecuado, puedo organizar mi guardarropa por tonalidades estacionales. No pienso mezclar verdes primavera con verdes bosque profundo. No soy un salvaje.
Volvió a entrar.
Acarició un sillón mullido de cuadros verdes.
—Aquí irán cojines —murmuró, ya para sí—. Verde musgo. Uno dorado. Tal vez uno azul noche con bordados mínimos. Nada excesivo. Elegancia discreta.
Revoloteó hasta el invernadero lateral. Abrió la puertecita acristalada. Dentro, pequeñas macetas aguardaban vacías.
Las alas le comenzaron a vibrar más rápido.
—Semillas de lavanda. Y menta. Y algo trepador. Siempre hay que permitir que algo trepe.
Kai y Luna intercambiaron una mirada sin atreverse a interrumpir.
Wizz recorrió el perímetro como un arquitecto severo mientras lo tocaba y lo comprobaba todo.
Luego se detuvo entre los dos libros que sostenían la estructura.
Pasó la mano por los lomos con una reverencia casi imperceptible: a la izquierda, un ejemplar algo gastado de Peter Pan , con el lomo verde ya suavizado por muchas manos; a la derecha, Las crónicas de Narnia , grueso y solemne.
Ambos con un cartelito manuscrito que decía: ejemplar no disponible para la venta .
—Al menos habéis entendido que un hogar digno debe reposar sobre literatura respetable.
Se volvió hacia ellos.
Tenía el mentón alto.
Pero los ojos… le brillaban.