Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 9. Manual exprés para citas improbables #3
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9. Manual exprés para citas improbables #3

—Perdona…, sí. A ver… —dudó—. La luz.

—¿La luz?

—Sí, la luz. ¿No es extraordinario que pulséis un botón y todo se ilumine?

Luna sonrió. Era adorable.

—Sí. La verdad es que es bastante increíble.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Luna tenía muchas preguntas que hacerle, pero no quería romper aquel momento. Aun así…

—Kai.

—Dime, Luna.

—Me confesaste que los fantasmas conserváis vuestras obsesiones en vida… —empezó con cuidado—. Recuerdo que mencionaste la música. ¿Por qué? ¿Por qué la música es tan importante para ti como para convertirse en el ancla de tu existencia?

Kai sonrió, pero Luna vio que aquella sonrisa era triste.

—¿Recuerdas la placa conmemorativa en la fuente del French Market?

Luna asintió.

—Es mi nombre el que figura en ella. Lo reconocí en cuanto lo vi escrito: «En memoria de Kaiden Delacroix».

—Guau… —suspiró Luna—. Eso es… importante.

Kai parecía perdido en un recuerdo. Tenía la mirada ausente y se retorcía las manos con una inquietud casi humana.

—Supongo.

Luna lo observó con atención. Había algo en su expresión que le decía que no se lo estaba contando todo. Pero antes de que pudiera insistir, Kai bajó del maletero de un salto. Dio un paso atrás, inclinó el cuerpo en una reverencia impecable y extendió la mano hacia ella.

—Si esto es una cita… —dijo, aún con una mano extendida y la otra a la espalda, la mirada baja—, creo que debo invitarla a cenar, señora.

—¡Por Dios, Kai! Solo Luna.

—Está bien…, Luna.

Levantó los ojos hacia ella. Y Luna supo que los recuerdos sobre su vida antes de la muerte habían quedado en un segundo plano. Ahora su mirada estaba cargada de otro tipo de anhelo. Uno que le erizó la nuca.

Se preguntó cómo sería si esa mano, suspendida entre ambos, le rozara ciertas partes más sensibles que la mano o incluso la cintura.

La tomó, todo lo que su inmaterialidad permitió, y se deslizó hacia el suelo. El vestido volvió a caerle hasta los pies.

—¿Dónde piensas invitarme a cenar, caballero?

La expresión de Kai se tornó ligeramente triste.

—La verdad es que no lo sé, Luna. Paseemos.

Ella sonrió. Él le devolvió el gesto y, sin soltarse de la mano, bajaron por la calle de adoquines en dirección al río. La noche era fría y Luna solo llevaba un vestido fino y medias hasta el muslo.

Kai la miró, preocupado. Había comenzado a temblar.

—¡Kai! ¡Kai! —gritó de pronto Luna—. ¡¿Dónde estás?!

Giró sobre sí misma varias veces, primero en el sentido de las agujas del reloj y luego al contrario, sus gritos cortando el viento.

—¡Luna! ¿Qué sucede? ¡Estoy aquí mismo!

Pero ella no podía verlo.

—Kai…, no… ¿Dónde…?

Él la sostuvo con suavidad por los hombros y dio un paso para colocarse a pocos centímetros de ella.

—Aquí, Luna. Justo aquí.

—Dios mío…, puedo…, puedo… —titubeó—. Te oigo y… te siento, pero no te veo, Kai.

Se llevó la mano al collar, nerviosa. ¿Se había terminado el efecto de la magia de Wizz? Se lamentó de su mala suerte, de la magia y…

«Dios mío. ¿Me estoy enamorando de un fantasma?».

Tenía el corazón a punto de salírsele del pecho.

—Luna, tranquila. Estoy aquí. Volvamos a Dumont. Estás tiritando.

Ella asintió. No solo temblaba por el frío.

Aceleró el paso. Sentía la presencia de la mano de Kai cubriendo la suya. Dumont apareció al girar St. Ann Street.

—Te…, te veo —tartamudeó.

Vio en la expresión de Kai la misma calma muda que seguramente tenía la suya.

—Entremos.

—¿Crees que…?

Él asintió.

—Creo que no puedo alejarme de Dumont. Al menos si quiero ser visible.

Luna asintió, despacio. Se le pasaron muchas cosas por la cabeza, algunas para las que ni siquiera quería encontrar respuesta.

El estómago le rugió.

—Dame un momento —dijo ella, mientras rebuscaba el móvil en el bolso. Se alejó unos metros e hizo una llamada. Luego volvió a donde estaba Kai, inmóvil.

—¿Todo bien?

—Más que bien. —Sonrió—. La cena viene en camino.

Entraron. Kai parecía más serio de lo normal. Luna echó un vistazo rápido para localizar al hada. No lo vio por ningún sitio, pero sabía que no se habría ido lejos. Gato tampoco estaba por allí.

Acomodó el rincón de lectura. Movió una mesita pequeña y dos pufs para que pudieran cenar con comodidad. Era su sitio preferido de la librería, y mucho más acogedor que la mesa de la cocina. Colocó un pequeño jarrón con flores secas en el centro y encendió velas alrededor.

Kai no dijo nada mientras ella reorganizaba el espacio. Luna podía adivinar las preguntas y las dudas en las que Kai estaría rumiando. Seguramente no distaban mucho de las suyas propias.

El timbre los sobresaltó.

—¡La cena!

Cuando se sentaron, Luna fue la primera en hablar, pues sospechaba el motivo de su silencio.

—Kai —dijo con suavidad—. Mírame.

Él obedeció.

—Está siendo una cita preciosa.

La mirada oscura y con las pestañas más largas que Luna jamás había visto la atravesaron de inmediato. Había dado en el blanco.

—Yo debería haberte invitado a cenar. En un restaurante a orillas del río. No te mereces menos. Lo siento.

La caja de pizza seguía cerrada y desprendía un aroma que casi hizo que Luna perdiera la paciencia.

—Vamos a ver, Kai. Siento ser yo quien te lo diga, pero no, no y no.

»No número uno: no deberías haberme invitado a cenar más ni menos de lo que debería invitarte yo; eso ya no se lleva.

»Número dos: me estaba congelando. ¿De verdad creías que cenar a orillas de cualquier masa de agua era buena idea?

»Y tercer no… —Sonrió, pícara—. Este no te lo voy a discutir. Merezco mucho. Y justo esto —añadió mientras señalaba la mesita improvisada— es lo que más merezco: pizza, velas, flores… y tú, Kai. Sobre todo tú.

Él sonrió tanto y tan de verdad que Luna pensó que podría caerse de la silla y bendijo a Wizz y al puf que se había empeñado en comprar.

—¿Y qué se supone que es… «pizza»?

La carcajada de Luna rebotó entre los tomos.

—Es una de las comidas más mágicas del mundo moderno —dijo, abriendo la caja—. Eso sí, sin piña. Siempre. —Cortó un pedazo con las manos—. Prueba.

—Lo siento, pero tendrás que contármelo. No puedo comer.

—¿No puedes comer absolutamente nada? —preguntó Luna, curiosa.

Kai negó con la cabeza.

—No. Tampoco duermo ni siento frío o calor… Pero, por lo visto, puedo bailar.

—Bueno, eso es algo —bromeó Luna—. Y al menos puedes disfrutar de los aromas, ¿no?

Kai rio con suavidad.

—Definitivamente. Esta pizza huele como algo que podría recordar —dijo mientras posaba con suavidad su mano, etérea, sobre la de ella—. Aunque no huele mejor que tú, Luna.

Ella sintió que se le ruborizaban hasta las pestañas.

Pasaron gran parte de la noche hablando y construyendo juntos el rincón para Wizz.

Kai requería de mucha concentración para levantar una simple tablita de madera o apretar el pegamento, pero era extraordinariamente bueno descifrando las instrucciones y dando órdenes silenciosas a Luna mientras hablaban de otras cosas.

Ella le contó sobre su vida antes de Dumont, sobre cómo siempre había buscado un propósito en los libros, incluso cuando no sabía que lo estaba haciendo. Kai compartió fragmentos de recuerdos, sensaciones profundas que no lograba encajar del todo.

—Creo que tenía una vida sencilla.

—¿Nunca tuviste familia?

Kai negó con la cabeza.

—Si la tuviera, creo que los recordaría. A ti jamás te olvidaría, por ejemplo.

Luna bajó la mirada hacia la pequeña estructura que construía.

—Eres increíblemente directo, ¿lo sabías?

—Solo digo lo que siento. ¿Cómo, si no, ibas a saberlo?

Luna guardó silencio un segundo. Ahora lo normal era no decir nada, claro. Frases como «No sé lo que somos» o «No busco nada serio» se habían convertido en un refugio cómodo para no arriesgarse. Sentir en voz alta parecía casi una imprudencia.

Kai, en cambio, hablaba con solemnidad, hacía reverencias innecesarias y miraba como si cada palabra importara. A veces le recordaba a un príncipe de cuento. Tenía la sensación de que él no sabía querer a medias.

Tardaron casi tres horas en acabar lo que sería el nuevo espacio personal de Wizz. Luna quería que el hada se sintiera como en casa. Le pondría un candado a la puertecita azul bebé si así lo deseaba.

Se levantaron a la vez. Luna se sacudió las virutas de madera del vestido.

—¿Cuál sería el mejor sitio?

—Mmm…, ¿allí? —Kai señaló las estanterías más alejadas de la puerta.

—Uy, no. Creo que le molestaría muchísimo perderse «la salsa» del día, como dice él.

—¿La salsa?

Luna rio.

—El salseo. Wizz, a veces, es como tú. No usa bien los términos modernos.

—Tampoco sé qué quieres decir con «salseo».

—Ya te lo explicaré cuando puedas experimentarlo. Será más fácil de entender. Ven, sígueme. Creo que tengo el sitio perfecto.

Recolocó algunos libros de la sección favorita de Wizz —fantasía y todos sus subgéneros posibles— y situó allí la pequeña estructura.

Era una casita-escuela de color rojo teja, con un tejado a dos aguas y una torre diminuta con campanario.

A la izquierda, un invernadero precioso con macetas vacías, del tamaño de una uña, que Luna supuso que Wizz llenaría de semillas que haría crecer.

Las contraventanas amarillo vainilla y la puerta azul cielo parecían sacadas de un cuento.

El interior no lo vería nadie. Pertenecería solo a Wizz.

Cuando Luna comenzó a bostezar, Kai se inclinó hacia ella.

—Es hora de que te vayas a dormir.

—Debería… Vivi tiene mil planes para mañana. Pero… ¿y tú?

—Estaré aquí —susurró, acariciándole la mejilla—. Cuando despiertes, seguiré aquí.

Luna asintió. Deseaba decirle tantas cosas… y no dijo ninguna.

—Buenas noches, Kai.

Subió las escaleras y, ya en la cama, la oscuridad la envolvió. No tardó en escuchar la suave melodía que Kai siempre tocaba para ella.