Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 9. Manual exprés para citas improbables #2
36%

9. Manual exprés para citas improbables #2

Luna bajó la vista a sus zapatos, definitivamente sacados de otra época, y luego fue subiéndola despacio, consciente de que Kai debía de notar aquel escrutinio minucioso.

Le dio igual. Quería demorarse en su imagen, saborearla con calma, contemplar lo que no se había atrevido a imaginar ni a preguntar durante semanas y que ahora, de pronto, era real.

Llevaba un pantalón crema, ancho, de caída suave, y una camisa blanca con las mangas remangadas y el cuello abierto. Luna se detuvo un segundo de más en el fragmento de piel translúcida que asomaba entre los botones.

Al fin, decidió dejar de parecer una acosadora silenciosa y carraspeó con una sonrisa.

—Perdona…, estaba comprobando si los fantasmas también tienen derecho a ir peligrosamente bien vestidos.

Kai esbozó una sonrisa discreta.

—Si he de ser juzgado —respondió—, agradezco que sea con semejante atención al detalle.

Luna soltó una risa baja y negó con la cabeza.

—De acuerdo. Pero no prometo mirarte con más discreción la próxima vez.

Kai la observó unos segundos con atención serena, como si midiera el peso exacto de sus palabras.

—En ese caso —dijo al fin—, tal vez te resulte más sencillo hacerlo en un momento adecuado. —Hizo una pausa breve—. Me preguntaba si aceptarías acompañarme. Un paseo corto por Dumont, cuando el día haya terminado. Algo sencillo.

Luna arqueó una ceja, divertida.

—¿Me estás pidiendo una cita, caballero?

Kai inclinó ligeramente la cabeza con una sonrisa tranquila.

—Si así deseas llamarlo, no tendré objeción alguna.

Luna levantó una ceja, divertida.

—¿Qué tienes en mente? Porque si literalmente vamos a pasear por Dumont, retiro lo de cita.

—Un baile. —Kai se inclinó un tanto, como un caballero de otra época.

—¿Tú y yo? —Luna se rio y se llevó una mano al rostro—. Te advierto que bailo fatal.

—Entonces será mi responsabilidad guiarte. —Kai extendió una mano translúcida hacia ella, con una sonrisa que parecía sacada de un sueño antiguo—. Recuerda que no puedes pisarme.

Luna dudó un momento antes de colocar su mano sobre la de él. Aunque su tacto era casi inexistente, sintió algo cálido, algo real. Podía apoyarla apenas.

Kai se apartó primero.

—Esta noche, en el callejón.

Ella asintió, con el corazón latiendo con fuerza, mientras él desaparecía poco a poco. Luna se quedó mirando el espacio vacío; todavía sentía el eco de su presencia.

La tarde en Dumont estaba siendo un caos absoluto. Luna corría de un lado a otro detrás del mostrador, apilando libros y atendiendo a clientes mientras revisaba el reloj cada pocos minutos. Parecía que el tiempo se movía más lento de lo normal, o al menos eso sentía ella.

—¡Un segundo! —exclamó desde la trastienda, donde buscaba un libro reservado cuando alguien tocó la nueva campanilla del mostrador, idea de Wizz, claro.

Al regresar, con el libro en la mano, casi choca con Vivi, que acababa de entrar con un fajo de folletos bajo el brazo. Su perfume floral llenó el aire mientras se apartaba con elegancia.

—Luna, cariño, ¿qué está pasando aquí? Pareces un huracán —comentó Vivi, dejando unos folletos sobre la mesa—.

Estos son para el evento del sábado y el del domingo.

Todo listo. ¡Firma de autores locales! ¿No es genial?

Por supuesto, he añadido que la entrada es gratis, pero tienen que comprar o haber comprado el libro aquí.

Somos mágicas, pero también empresarias.

Así que toma, un sello; tendrás que ponérselo a todos los libros que vendas.

—Eso es… genial, Vivi. Pero ahora no puedo entretenerme con esto —respondió Luna con rapidez, sin detenerse.

—¿No puedes? —Vivi arqueó una ceja, claramente ofendida—. ¿Cómo que no puedes?

—Es que… —Luna gesticuló, agitada—. Tengo una cita.

Vivi entrecerró los ojos, divertida.

—¿Una cita? —repitió, alargando las palabras como si no pudiera creerlo—. Querida, ¿con quién? ¿Con el hada?

—¡No! —Luna se sonrojó, mirando alrededor para asegurarse de que nadie más la escuchara—. Es con… un hombre.

—Oh, entiendo. —Vivi sonrió, deleitada con el rubor en el rostro de Luna—. Pero eso no significa que debas descuidar Dumont. Vamos, dime, ¿qué opinas de los folletos?

—¡Están perfectos! —dijo Luna, apresurada, tras ojearlos por encima y sin verlos de verdad.

Vivi suspiró y dejó que la frustración teatral se le escapara de entre los labios.

—Está bien, pero espero un informe completo de esa cita, ¿entendido?

Luna apenas asintió mientras sacaba la llave de la caja registradora y apuraba al último cliente para que pagara.

—Gracias por venir. ¡Que disfrute el libro! —dijo con una sonrisa rápida antes de girarse hacia Vivi—. ¡Lo siento, Vivi! Me tengo que ir.

Subió las escaleras a la carrera, y dejó a su amiga sacudiendo la cabeza con una sonrisa.

—Ay, juventud… —murmuró antes de salir por la puerta.

En su habitación, Luna abrió de golpe el armario, sacó varios vestidos y los lanzó sobre la cama.

—Demasiado formal. Demasiado casual. Esto parece un disfraz de Halloween… —refunfuñaba mientras descartaba cada opción.

De pronto, Wizz apareció flotando sobre el perchero. Observó el espectáculo con una expresión de pura diversión.

—¿Estás organizando un desfile de moda o por fin vas a tirar todos esos trapos? —preguntó con sarcasmo.

Luna le lanzó una mirada fulminante, pero no tardó en regresar a su tarea.

—¡No sé qué ponerme! Es nuestra primera cita, Wizz. Quiero estar…, no sé, bonita, pero no demasiado.

No hizo falta dar más explicaciones. Luna sabía que a Wizz no se le pasaba por alto nada de lo que sucedía en Dumont. Y apostaría su colección de libros a que el hada había escuchado toda la conversación cuando fingió haberse ido.

—Ah, el drama de los mortales —suspiró flotando hasta el vestido que Luna sostenía con escepticismo. Lo miró de arriba abajo y chasqueó los dedos.

El vestido cambió de color y adoptó un tono azul profundo que brillaba ligeramente bajo la luz, como si las estrellas estuvieran bordadas en la tela. Los tirantes se disolvieron y en su lugar surgieron dos mangas largas y abullonadas.

—Ahí tienes. De nada.

Luna sonrió, sosteniendo el vestido frente a ella en el espejo.

—Es perfecto. Gracias, Wizz.

—Siempre a tu servicio, jefa. —El hada hizo una pequeña reverencia antes de desaparecer flotando por la puerta.

Luna se vistió con rapidez, se recogió el cabello en un moño tenso y se aplicó un poco de maquillaje en las mejillas. Tomó aire, intentando calmar los nervios que sentía en el pecho.

—Todo estará bien —se dijo a sí misma.

Con un último vistazo en el espejo, bajó corriendo las escaleras y cerró la puerta de Dumont tras ella.

De repente, se sintió muy absurda allí plantada en el callejón abandonado y lleno de grafitis sin gusto.

—Luna.

Pegó un bote. Se giró y… allí estaba.

Cuando sus ojos se encontraron, Kai sonrió y le dedicó una leve inclinación de cabeza, como un caballero saludando a su dama.

Luna sintió que el corazón le daba un salto. A medida que se acercaba, Kai recorrió su vestido con la mirada y, por un instante, pareció quedarse sin palabras.

—Estás… deslumbrante, Luna. —Su voz sonó profunda, con una mezcla de admiración y ternura.

Ella se sonrojó y bajó la vista.

—Gracias. Aunque creo que la magia de Wizz tuvo algo que ver. —Sonrió para quitarle importancia.

Kai extendió su mano hacia ella.

—Entonces debo agradecérselo, aunque dudo que él sea el motivo principal de lo hermosa que luces esta noche. —Se inclinó un poco en una leve reverencia—. ¿Me concederías este baile?

Luna soltó una pequeña risa, algo nerviosa pero encantada por el gesto.

—Eso ha sido un poco anticuado, ¿no crees?

—Puede que lo sea, pero nunca falla. —Kai sonrió de lado, con ese encanto natural que lo envolvía.

Luna aceptó su mano y Kai la guio hacia el centro del callejón.

El único trocito iluminado gracias a la luz de la trastienda que se encendió por arte de magia.

Una melodía suave y romántica comenzó a sonar.

Él la envolvió con suavidad, colocó una mano en su cintura y con la otra sujetó la suya.

Luna apenas notaba el tacto sobre su cuerpo, pero el calor y el escalofrío que siempre le producía lo sentía con más intensidad en las partes donde Kai la tocaba.

Al principio, Luna apenas podía concentrarse. El hecho de estar tan cerca de Kai, sentir su presencia y la mirada fija en la suya, era abrumador. Pero poco a poco se dejó llevar y sus pasos fluyeron al ritmo de la música.

Mientras giraban bajo el cielo estrellado de Nueva Orleans, Luna cerró los ojos por un momento.

La calidez de Kai era sutil, como un eco que apenas tocaba su piel, pero, a medida que bailaban, comenzó a sentir algo más.

Un ligero peso en la mano, un roce apenas perceptible en la cintura. Abrió los ojos, sorprendida.

—Kai… —murmuró.

—¿Sí? —preguntó, con una sonrisa curiosa.

—Te siento. —Luna lo miró, con los ojos brillantes—. Puedo sentirte… aquí —añadió señalando con la mirada el punto donde la sujetaba por la cintura.

Kai siguió la dirección de sus ojos.

—Entonces debo concluir que esta cita es más verdadera de lo que imaginé —explicó con ligereza, aunque la emoción en su semblante traicionaba cualquier intento de modestia.

Luna se estremeció cuando notó que la mano de Kai se apoyaba con más firmeza en su cintura.

Cuando la canción terminó, no pudo evitar reírse. Se sentía ligera, feliz. Se soltó de Kai con suavidad y caminó hacia la furgoneta. Se remangó el vestido y, de un saltito, se sentó sobre el maletero; necesitaba un momento para procesarlo todo.

Kai se sentó a su lado con un movimiento fluido.

—Me gustan los coches —dijo, distraído, pasando la mano por la vieja carrocería.

—Ah, ¿sí? —respondió ella, curiosa—. ¿Y qué más te gusta de este mundo tan moderno?

Kai la miró fijamente durante un rato tan largo que incluso la melodía que apenas había comenzado cuando se sentaron terminó por extinguirse.

—¿Kai? —preguntó Luna, apenas con un hilo de voz.

Él pareció volver al presente. O quizá era justo allí donde se había quedado detenido y ahora hacía el esfuerzo de regresar.