9. Manual exprés para citas improbables
Manual exprés para citas improbables
Luna estaba sentada en el sofá de la trastienda. Al principio le había parecido otra compra innecesaria por parte de Wizz, pero era cierto que resultaba práctico para refugiarse un rato a descansar rodeada de libros nuevos; el olor en aquel espacio, ya libre de telarañas, era embriagador.
Era viernes y el evento de hacía dos días todavía le atravesaba el cuerpo. Cada vez era más adicta al té «Dame paz y dame guerra» de Vivi, que cumplía bien con su propósito de llenarle de ganas de hacer cosas, pero, cuando se iba el efecto, era devastador.
Había llevado consigo el diario, ya que Kai, con su no presencia, conseguía acapararlo todo.
Se despertaba con su música y se dormía con ella.
Hablaban durante horas entre notas y silencios, y Luna parecía no tener suficiente: quería hablar más y más, durante días si fuera posible.
Abrió el diario, lo apoyó sobre sus rodillas y, como un llamado silencioso, un escalofrío, ya de sobra conocido, le recorrió el cuerpo.
«Estás aquí», pensó mientras dejaba el cuaderno abierto.
La pluma que le había regalado Wizz y que ahora era su favorita, se deslizaba sobre el papel, con movimientos rápidos y seguros, mientras respondía al último comentario de Kai.
Te juro que si dices una vez más que la novela victoriana está «un poco sobrevalorada», voy a arrancar esta hoja y a quemarla.
Las palabras aparecieron en la página sin necesidad de pluma. Se preguntó por primera vez si Kai llevaría consigo su propia pluma fantasmagórica. Sonrió al imaginárselo.
No lo decía en ese sentido, Luna. Solo creo que algunos autores abusaban del dramatismo innecesario. ¿De verdad era menester que la heroína siempre estuviera a punto de morir por fiebre o desmayo? Suena un poco excesivo.
Luna soltó una risa que resonó en la habitación.
¿Qué es tan divertido, my lady?
Imaginarte llevando a todas partes una pluma invisible y ¡por supuesto que era necesario! ¿Qué sería de un buen drama sin una heroína a punto de morir? Además, no me puedes negar que los finales felices eran siempre satisfactorios.
Eso depende de a qué llamemos final feliz, ¿no te parece?
¿Puede serlo si se alcanza a costa de perderlo todo?
Y sí, poseo una pluma tan invisible como yo mismo.
¿De dónde procede? No sabría decirlo, señora; solo sé que es perlada y que, en su discreción, guarda una hermosura que no necesita ser proclamada… Muy semejante a la tuya.
Luna se detuvo. Apretó los labios y reprimió el vértigo.
Eso suena a una trampa, Kai. Pero bien, te lo concedo. Algunas historias nos dejan una especie de… felicidad agridulce. Como la vida misma. Y… gracias.
Y dime, Luna, ¿cuál es tu final feliz ideal?
Ella se acomodó en el respaldo del sofá, pensando.
Supongo que uno en el que no tenga que sacrificar algo esencial de mí misma para conseguirlo. Uno en el que haya paz y en el que las personas que amo estuvieran bien.
Hizo una pausa, mirando el diario .
¿Y el tuyo?
Hubo una pausa un poco más larga de lo normal.
El mío sería caminar por Dumont en tu compañía. Tal vez pedir que toquen un vals en el patio trasero, bajo las estrellas. Y sacarte a bailar. Nada grandioso. Creo.
Luna sintió que una sonrisa se formaba en sus labios.
Es un final precioso. Digno de esa novela victoriana de la que reniegas. Lo único que no me termina de convencer es lo del baile. ¿Qué pasa si te piso?
Si eres capaz de pisar algo tan etéreo como mis pies, entonces ese será un logro digno de celebrarse.
Luna soltó una carcajada, llevándose una mano al rostro.
Eres incorregible, ¿lo sabías?
Puedo asumirlo. Si con estas hazañas logro hacerte reír, me declararé músico incorregible de por vida… o por muerte, para ser más precisos.
Ella suspiró, todavía sonriendo, y cogió la pluma para responder.
No voy a negar que me haces reír.
—Jefa, sé que Dumont puede ser un lugar… especial, pero no sabía que también proporcionaba novios invisibles.
Luna alzó la vista, sobresaltada, para encontrarse con Wizz flotando cerca del sofá con los brazos cruzados y una expresión curiosa en el rostro.
—¡Wizz! —exclamó, cerrando apresuradamente el diario—. ¿Ya estás diciendo tonterías?
—Ah, mi inocente y dulce humana, ¿cuándo has conocido a un hada que respete la privacidad? —respondió él, con una sonrisa traviesa—. Pero, dime, ¿quién es este fantasma que te tiene escribiendo y riendo como si acabaran de confesarte el mayor secreto del universo?
Luna se sonrojó, incapaz de encontrar las palabras.
«¿Desde cuándo Wizz sabe tanto?».
—Se llama Kai y es un amigo —dijo, tomando la decisión en el momento de que era absurdo seguir fingiendo. Llevaba días pasando horas hablando con Kai, y Wizz, en efecto, no tenía un pelo de tonto.
—Un amigo, claro. —Wizz giró en el aire mientras jugueteaba con una pluma que había recogido del escritorio—. ¿Y este amigo es el que toca esas melodías que me han estado sacando las lágrimas últimamente?
Luna lo miró, sorprendida.
—¿Lo escuchas?
—Por supuesto. No estoy sordo, querida. Además, esa música tiene más propósito del que crees. Y me hace pensar cositas, aunque no quieras admitirlo. ¿Desde cuándo sois novios?
—No es mi novio, Wizz. Por Dios, madura.
Luna desvió la mirada con una sonrisa tímida.
—Pero es importante, no me lo niegues.
—Bueno, sí, podría decirse que es importante. Como tú, que eres mi amigo y también eres importante. —Wizz sonrió tan pícaro que Luna puso los ojos en blanco en un intento de no parecer nerviosa—. Como tú, repito.
Wizz dejó de reírse y se quedó en silencio por un momento; su expresión se tornó más suave.
—¿Y si pudieras verlo?
Luna lo miró, perpleja.
—¿Qué quieres decir?
—Dame tu colgante.
Luna se quitó la cadenita hecha a partir de la pluma de Wizz y la sostuvo entre sus dedos, dubitativa. La idea de poder ver a Kai… hizo que le temblaran las manos y que escuchara el sonido de su propio corazón en los oídos.
—Wizz, no sé si esto es una buena idea…
—Oh, por favor, Luna. No te pongas melodramática ahora. Dame eso. —El hada extendió la mano, tamborileando sus pequeños dedos con impaciencia.
—¿Qué vas a hacer exactamente?
—Un poquito de magia menor. Lo justo para darle un empujón a tu querido Kai y que se manifieste. Nada peligroso, te lo prometo. —Wizz guiñó un ojo antes de añadir—: Al menos no para mí.
A Luna le subió el calor hasta las mejillas. Las sentía arder.
—Eso no es tranquilizador.
A pesar de sus reservas, Luna depositó el colgante en la mano de Wizz.
El hada lo sostuvo con reverencia exagerada, luego flotó hacia el centro de la habitación y comenzó a murmurar palabras en un idioma que Luna no entendía. El aire en la trastienda pareció cambiar, como si una brisa invisible lo agitara todo.
Un suave brillo plateado emanó del colgante antes de llenar la habitación con destellos que danzaban como pequeñas estrellas. Wizz giró sobre sí mismo, sus movimientos cada vez más rápidos, hasta que una última palabra resonó en el aire y la luz se hizo insoportable.
Luna se cubrió los ojos y, cuando los abrió de nuevo, el colgante estaba de vuelta en su mano, caliente al tacto.
—Ahí lo tienes. —Wizz sonrió, con un brillo de satisfacción en los ojos—. Ahora llama a tu amigo.
Luna tragó saliva, las manos le sudaban. Cerró los ojos y sostuvo el colgante con fuerza.
—¿Kai…?
El aire a su alrededor cambió. Una melodía comenzó a llenar la habitación, suave y melancólica, como si el alma de un músico tocase directamente para ella. Luna abrió los ojos y… allí estaba.
Kai.
Se encontraba de pie frente a ella, algo translúcido, pero innegablemente real. Su figura parecía hecha de niebla y luz, aunque su sonrisa era cálida y sus ojos brillaban con una emoción que Luna no podía nombrar.
—Luna… —Su voz era un susurro ronco, como si llevara mucho tiempo sin usarla. Carraspeó—. ¿Puedes verme?
Luna se llevó una mano a la boca, incapaz de contener las lágrimas que brotaron de repente.
—Kai…, eres tú. Puedo… verte.
—Siempre he estado aquí, señora mía. —Él sonrió con una ternura que la dejó sin aliento—. Pero esto…, esto es nuevo, nunca antes tus ojos se habían fijado en los míos.
Luna dio un paso hacia él y, aunque aún parecía intangible, sentía su presencia como una caricia en el aire.
—Eres real —murmuró, con una risa entrecortada—. ¡Eres real!
—Bueno, mi trabajo aquí está hecho —interrumpió Wizz, girando en el aire y dirigiéndose hacia la puerta—. Les dejo a solas, tortolitos. Y, por favor, no se olviden de mí cuando empiecen a bailar bajo las estrellas. Un poquito de polvo en un frasco de cristal opaco previamente templado. Gracias.
Luna ni siquiera se volvió para responder; tenía la atención puesta por completo en Kai.
El silencio entre ellos era casi tangible, pero no incómodo. Él la observaba con una intensidad tranquila, como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro.
—Esto difiere mucho de cuanto he sentido hasta ahora —dijo al fin, quebrando el silencio con una voz baja y medida.
Luna frunció el ceño, aunque no pudo evitar sonreír.
—¿En serio? —dijo, tras una breve pausa—. ¿Qué es lo que sientes distinto?
—Creí que bastaría con hablarte a través del diario —dijo—, que sería suficiente observar tu expresión al reconocer mi música. Pero esto… —Hizo una breve pausa—. Tu mirada en la mía…
Esbozó una sonrisa leve que hizo que a Luna se le encendieran las mejillas.
—Creo que lo entiendo.
Kai rio, divertido, y aquella risa la atravesó más que el propio hecho de verlo.
Luna se dio cuenta, con un punto de desconcierto, de que no sabía muy bien en qué fijarse primero, si en el tono cálido de su piel oscura, en los ojos marrones que la miraban, escuchándola de verdad, o en ese pelo rizado que parecía tener vida propia.
Tenía una boca grande y pensó, no sin cierta ironía, que quizá el problema no era que fuera un fantasma, sino que iba a ser peligrosamente difícil olvidarlo.