Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 8. Operación guirnalda #3
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8. Operación guirnalda #3

A pocos pasos, el puesto de Margot ofrecía un contraste distinto, pero igual de magnético.

Sentada tras un caballete ligero, dibujaba retratos exprés sobre un papel grueso, salpicado aquí y allá de carboncillo y acuarela.

Sus manos se movían con rapidez, pero no con prisa, y quienes posaban frente a ella tenían la sensación de que Margot no solo miraba sus rasgos, sino algo más hondo.

A su alrededor colgaban pequeñas muestras de trabajos anteriores: rostros atravesados por destellos de color, sombras que no pertenecían del todo a la persona retratada, detalles que nadie recordaba haber mencionado y, sin embargo, estaban ahí.

Luna se dio cuenta de que la gente no miraba su propio retrato al recibirlo, sino a Margot, como si necesitara confirmar que aquello que sostenían entre las manos era seguro.

Ella sonreía poco mientras trabajaba, concentrada, y al entregar cada dibujo, lo hacía con una frase suave, casi ceremoniosa, como si devolviera algo que siempre había estado en el otro. Nadie se marchaba indiferente.

La banda local tocaba suave. El rumor del agua se mezclaba con risas y conversaciones.

Los niños correteaban alrededor de la fuente; otros hojeaban libros en mesas cercanas.

Todo parecía fluir… hasta que, de pronto, una ráfaga de aire húmedo precedió a una llovizna breve que chisporroteó sobre las guirnaldas.

Un chas seco y media hilera de luces se apagó junto con el altavoz de la banda.

Un murmullo inquieto recorrió el mercado.

—Tranquilos, seguimos —dijo Luna, alzando la voz con una sonrisa que disimulaba la punzada del estómago—. ¡Versión acústica!

Los músicos asintieron y siguieron tocando.

Vivi apareció con toallas y bolsas para cubrir los instrumentos; Margot sujetó plásticos sobre su mesa.

Wizz, flotando muy alto, chasqueó los dedos y, como si nada, redirigió el cableado hacia una toma a salvo.

Las luces regresaron, una tras otra. La llovizna se retiró con el mismo capricho con que había llegado y el público aplaudió, aliviado, como si la pequeña tormenta hubiera sido parte del espectáculo.

—Bueno, bueno —dijo Wizz, aterrizando junto a Luna—, a ver si terminan de aplaudirme y me traen un té. Esto de hacer que todo luzca cool cansa. Y no hablemos del taller de escritura. Se habrán ido tan contentos con los relatos que YO he ido reescribiendo. Qué poco gusto.

Luna y Vivi estallaron en risas y el nudo de inquietud se deshizo gracias a la magia de Wizz, la que él no sabía que tenía.

Cuando la noche cayó, las luces doradas brillaron más. Los puestos comenzaron a desmontarse casi solos —«Como por arte de magia», pensó Luna— y se acomodaron en sus cajas.

—Gracias, Wizz —susurró a su amigo; aunque apenas se estaba dejando ver, ella había aprendido a reconocer su estela.

Se sentó en un banco junto a la fuente. Miró el reflejo tembloroso de las guirnaldas en el agua. Estaba agotada.

Y feliz.

Entonces lo sintió: un calor repentino sobre su mano. Tan imposible como real.

—Kai… —susurró, abriendo mucho los ojos.

No había nadie a la vista. Pero la presencia estaba ahí, diciendo sin palabras que no estaba sola.

Sonrió, conmovida.

Al final, cuando los últimos asistentes se despedían, Luna se reunió con Vivi. Juntas abrieron la cajita de madera de la recaudación: había billetes apilados y las monedas brillaban bajo la luz.

—Bueno, no está nada mal —dijo Vivi, satisfecha—, pero me temo que no bastará para convencer al ayuntamiento.

—Lo sé —asintió Luna con un suspiro—. Aun así, mucha gente se ha ofrecido a ayudar. Es más de lo que esperaba.

Vivi le apretó el hombro con un brillo decidido en la mirada.

—Esto no es solo dinero, querida. Es una declaración. Dumont es parte del barrio, de su historia. Nadie quiere imaginar qué barbaridad moderna pondrían en su lugar.

Luna estaba a punto de responder cuando, al fondo de la caja, algo distinto le llamó la atención. Un sobre de color crema, sin destinatario o remitente. Al cogerlo, notó el peso no solo del papel, sino de lo que contenía. O, al menos, lo que sospechaba que habría en su interior.

Lo abrió.

Dentro había billetes grandes, ordenados con cuidado; un fajo que superaba con holgura cualquier otra aportación de la tarde. Entre ellos, una tarjeta de papelería fina escrita en tinta verde.

No dejes que perdamos Dumont.

—¿Quién…? —susurró Luna.

Vivi la miró, sorprendida, y sonrió despacio.

—Me parece que no estamos solas, querida.

Mientras Vivi se alejaba para hablar con Margot, que terminaba de recoger sus retratos, Luna volvió a la fuente sin saber por qué. Aquel último acto de bondad hizo que la esperanza brotara de su pecho. No sabía qué vendría después, pero encontrarían una salida.

La pequeña hada se posó en su hombro. Ninguno dijo nada y, aun así, se lo dijeron todo: Dumont era más que una librería.

Era un hogar, un refugio para las historias, el lugar donde la magia —la real y la metafórica— podía florecer.

Mientras ese espíritu siguiera vivo, daría igual cuánto faltara por recaudar. Hallarían la manera.

Con cariño, cogió a Wizz, que no protestó para sorpresa de Luna, y lo tapó con la manga de su abrigo. Volvieron juntos a la librería, dejando que la noche del Barrio Francés envolviera sus pensamientos.

En su habitación, antes de dormir, cogió el diario. Habían aparecido cuatro palabras nuevas:

Ha sido precioso. Memorable.