Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 8. Operación guirnalda #2
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8. Operación guirnalda #2

Y luego está Gato, claro. Sigue siendo mi compañero de aventuras por las mañanas.

Le encanta acompañarme a hacer la compra, en especial a la pescadería, donde el dueño le da trocitos de atún fresco.

El otro día decidió que no quería volver por el camino habitual y me llevó al French Market.

Había oído hablar del lugar, pero nunca había ido; me encantaron el ambiente, los puestos… Olía a beignets y a río…

Gato, por supuesto, se quedó fascinado con la fuente llena de flores.

Maulló hasta que me senté a su lado y disfrutamos de unas ostras juntos.

¿Te lo puedes creer? A veces me siento yo la mascota.

A lo que iba, de ese paseo saqué la idea para el evento literario.

¿Casualidad? Yo ya no creo en eso. Me fijé en algo grabado en la piedra de la fuente: «En memoria de las notas que nunca dejaron de resonar».

Me acordé de ti e intenté… ¿llamarte? Pensé en ti, pero no noté eso que suelo sentir cuando estás cerca.

Luego llegamos a Dumont y tocaste para mí esa música tan triste que me hizo pensar que no habías tenido un buen día. Lo siento.

En fin, eso quería contarte hoy. Lo sé, mi vida es un caos adorable últimamente, pero quiero que sepas que, aunque no siempre escriba, aquí estoy. Y tú estás conmigo, incluso cuando no te escucho tocar.

Espero que mañana podamos hablar, aunque sea un poquito. Me encantará saber qué opinas de todo esto. Y así te pongo al día del evento. ¿Estarás allí?

Con cariño,

Luna

Cerró rápido el diario. Sabía que Kai lo leería pronto, pero no esperaba que, en cuanto apagó la luz, el colchón se hundiera junto a ella.

¿Se había sentado a su lado? Estaba casi segura de que sí.

Y, por sorprendente que le pareciese a la mañana siguiente, se durmió enseguida: reconfortada, acompañada.

La mañana previa al evento en el French Market, el caos en Dumont alcanzó su punto máximo. Las flores estaban desparramadas en cajas sobre el mostrador y los rollos de guirnaldas ocupaban cada rincón mientras Vivi, más enérgica que nunca, dirigía como una directora de orquesta.

—No, Gato, ¡esas cintas no son para ti! —Luna trató de evitar que el felino sembrase más caos.

—Querida, creo que necesitamos aire fresco —dictaminó Vivi, mirando la escena con exasperación y cariño—. Vamos, acompáñame. Necesitamos más flores y, quizá, algo brillante para los puestos.

—¿Algo brillante? —Luna se quitó el delantal, incrédula.

—Siempre hay espacio para un poco de glamour —dijo imitando al hada—. Vamos.

Salieron a la calle. La brisa del Barrio Francés las recibió con el rumor del mercado. Mientras avanzaban entre los puestos, Vivi no paró de desgranar detalles: músicos, luces, mesas para talleres. Luna intentaba seguirle el ritmo cuando, de pronto, se detuvo.

A pocos metros paseaba Isabel con sus padres.

Impecable y preciosa. Sus padres hablaban entre sí; Isabel, distraída, parecía estar en otro lugar.

Levantó la mirada y, por un instante, sus ojos se encontraron con los de Luna.

Sonrió, cálida pero contenida, y bajó la vista enseguida para seguir al matrimonio.

La sonrisa de Luna quedó flotando entre ellas.

Vivi, que lo había visto todo, arqueó una ceja.

—¿La conoces?

—Sí…, vino a la librería hace unas semanas. Hablamos y creo que… —Luna buscó las palabras—. Quizá la espanté.

Vivi soltó una risa suave y se cruzó de brazos.

—No me digas que te preocupa.

—Parecía alguien especial. Como si necesitara ayuda. No quise presionarla, pero ahora creo que la cagué —resopló—. Le dije que volviera y que leeríamos juntas.

Vivi le apoyó la mano en el hombro.

—Esa muchacha tiene más cosas en el plato de las que imaginas. Sus padres son muy conocidos, dueños de varias joyerías. Ya sabes…, mucho dinero, aún más apariencia. Estoy segura de que no fuiste tú.

Por alguna extraña razón, nada de aquello le sorprendió. Encajaba con la imagen que se había hecho de Isabel.

—¿Crees que volverá?

—Cuando esté lista —respondió Vivi con cariño—. Fue amable ofrecerle tu compañía y tu tiempo. Nunca sabes cuándo alguien lo necesitará. A veces basta con dejar la puerta abierta, querida.

Luna asintió, algo más tranquila.

—Y ahora —añadió la mujer con un brillo malicioso—, volvamos a lo importante: las flores. Sin flores suficientes, mi visión jamás será digna de sí misma.

Luna rio, agradecida por el buen humor de Vivi, y siguieron caminando.

La tarde del evento, el sol empezó a esconderse y bañó el French Market en tonos dorados y rosados. La fuente, decorada con guirnaldas de luz, se alzaba como el centro de la celebración. Alrededor, la magia del Mes de Dumont cobraba vida.

Luna caminaba entre los puestos. En el de libros, una madre hojeaba una edición gastada de Jane Eyre .

—¿Sabes? —dijo la mujer, pasando los dedos por la cubierta—. Fue el primer libro que compré en Dumont cuando era joven. Lo perdí hace muchos años, nunca pensé que volvería a verlo aquí. Es el mismo, recuerdo esta mancha.

—Entonces creo que debería llevárselo a casa otra vez. —Sonrió Luna—. Dumont se lo ha guardado durante todos estos años.

La mujer se lo llevó con una emoción apenas contenida en los ojos.

—¿Este le irá bien a ella? —preguntó una madre mirando a su hija y alzando un ejemplar de La historia interminable .

Luna se inclinó.

—Es perfecto. Le va a encantar.

La niña abrazó el libro como si ya fuera suyo. Mientras la madre pagaba, un anciano se acercó y señaló una vieja edición de Frankenstein .

—Lo leía de joven. Qué recuerdos —murmuró.

—Es de mis favoritos también —aprovechó Luna—. Lo rescatamos del sótano de Dumont. Tiene tanta historia como el barrio.

El hombre asintió, emocionado, y se lo llevó.

Vivi, resuelta como siempre, supervisaba su puesto de tés mágicos.

La mesa estaba cubierta por un mantel de lino claro sobre el que se alineaban tarros de cristal de distintos tamaños, etiquetados a mano con una caligrafía firme y elegante: «Conversaciones con la luna», «Encantamientos de medianoche», «Bruma del Mississippi», «Calma para corazones inquietos».

Al abrir alguno, el aire se impregnaba de aromas suaves y envolventes: flores secas, cítricos apagados, especias dulces.

Cada mezcla iba acompañada de una pequeña tarjeta de cartulina, atada con hilo de yute, donde se explicaban sus efectos y la forma correcta de prepararla: «Infusionar siete minutos, beber caliente antes de dormir, no combinar con recuerdos tristes».

Vivi recomendaba con cuidado, preguntando primero a quien se acercaba qué buscaba: descanso, consuelo, claridad o simplemente algo caliente entre las manos.

Luna observó cómo una mujer de gesto cansado aceptaba un vasito de «Calma para corazones inquietos»; apenas dio el primer sorbo, sus hombros descendieron un par de centímetros, como si el cuerpo hubiera decidido rendirse por fin al descanso.