Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 8. Operación guirnalda
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8. Operación guirnalda

Operación guirnalda

La luz dorada del atardecer atravesaba las ventanas de Dumont; aún flotaba en el aire un rico olor a galletas y café. Luna, subida a una escalera, colocaba con cuidado una pila de libros recién desempolvados, una tarea que parecía no tener fin desde que le habían metido mano al pequeño almacén.

El repiquetear del timbre sobre la puerta interrumpió los pensamientos sobre cierto fantasma decimonónico. Luna no tuvo que girarse para saber quién era: Vivi entraba siempre como si la librería fuera un escenario y ella, la protagonista.

—¡Luna, cariño! ¡Prepárate para el anuncio del siglo! —exclamó. Marcó el compás con los tacones sobre el suelo de madera mientras cruzaba la sala con paso decidido.

Luna bajó despacio de la escalera y dejó los libros en el último estante vacío. Vivi, impecable, lucía un vestido perfectamente planchado y un pañuelo de seda anudado al cuello. Bajo el brazo llevaba un rollo de papeles atados con una cinta dorada.

—¿Qué es eso? —preguntó Luna, limpiándose el polvo del delantal y señalando el paquete que Vivi depositaba con exagerado cuidado sobre el mostrador.

—Esto, mi querida Luna, es nada menos que la clave para salvar Dumont —respondió al desenrollar los papeles con la emoción de quien revela un tesoro.

Luna se inclinó para mirar. En el centro, un cartel colorido proclamaba:

El Mes de Dumont

Celebremos la magia del Barrio Francés

—¿El Mes de Dumont? —repitió Luna en voz alta.

—Exacto. —Sonrió Vivi, satisfecha—. Un ciclo de eventos que nos pondrá en el mapa.

Lecturas públicas, talleres de escritura, música en vivo, arte, puestos de libros…

Todo lo que hace especial a Dumont, concentrado en un mes.

Y, por supuesto, cobraremos entrada para recaudar más fondos, aparte de la venta de los libros.

Luna parpadeó mientras trataba de ordenar la avalancha de ideas. Vivi siguió hablando. Se movía entre las mesas y gesticulaba con entusiasmo.

—Imagina, querida: la gente de todo el barrio vendrá a disfrutar de nuestra magia, y le recordaremos al ayuntamiento que Dumont no es solo una librería; es el corazón del Barrio Francés.

Luna se cruzó de brazos y miró el cartel. El entusiasmo de su amiga la contagiaba, pero la logística le zumbaba en la nuca.

—¿Y cómo vamos a organizar todo eso? —señaló el rollo—. Aquí no cabe tanta actividad.

Vivi se detuvo frente a un estante, como si buscara inspiración en los lomos.

—Bueno, aquí podemos hacer lecturas y talleres…, ¿no?

—Es demasiado pequeño, Vivi. Necesitamos un lugar donde quepa más gente y al que todos puedan llegar —dijo Luna, pensativa. Luego, como una chispa—: ¿Qué tal el French Market?

Vivi se giró despacio, arqueando una ceja.

—¿El French Market?

—Sí. Es amplio, todo el mundo lo conoce y tiene la fuente. Podríamos decorarla con luces. Los puestos de libros irían alrededor. Sería perfecto para inaugurar el evento. El resto de los días podemos apañarnos aquí. ¿Qué te parece?

Por un momento, Vivi la observó como si acabara de oír una idea revolucionaria. Al final, aplaudió suave con una sonrisa que le iluminó el rostro.

—¡Es brillante, Luna! Absolutamente brillante. Esa fuente tiene historia; será el centro de atención. Déjame hacer unas gestiones.

Se lanzó al bolso, sacó el móvil y empezó a escribir a toda velocidad.

Luna exhaló: de alivio primero y, después, por ese nervio pequeño que precede a la ilusión y a la esperanza.

Mientras Vivi escribía, Wizz apareció flotando desde la trastienda haciendo girar una pluma estilográfica sobre el dedo.

—Espero que tus «gestiones» incluyan a alguien que cuelgue las luces. Ya sabes que no soy una agencia de decoración mágica, para ser exactos —comentó sin molestarse en esconder el sarcasmo—. Por cierto, ¿cómo te apañas tan divinamente con esa tecnología moderna?

—Gracias por ofrecerte, Wizz —replicó Vivi, sin apartar la vista del móvil—. Se llama iPhone.

Luna no pudo evitar reír. Por un momento, en Dumont todo estaba en un caos perfecto, como siempre, y algo en su interior le decía que ese evento iba a ser especial.

Una semana después…

La semana previa al arranque del Mes de Dumont, el trabajo se convirtió en otra manera de respirar: constante, necesario y asfixiante.

Luna no podía pararse ni un segundo a pensar en lo que aún quedaba por cerrar.

Una vez lo hizo, se sentó un segundo a reflexionar y fue incapaz de remontar en toda la tarde: carteles, propaganda, novedades literarias, llamadas, permisos, hablar con los comercios vecinos…

Pensaba mucho en Kai, sobre todo cuando esa corriente de aire tibio y frío a la vez se colaba entre las estanterías.

Siempre la hacía sonreír y le encendía las mejillas, ahora que sabía exactamente quién era él y que podía verla.

Wizz la observaba con más curiosidad de la habitual, pero Luna había decidido que, de momento, Kai sería solo para ella.

Llevaba días sin escribir en el diario porque, cada vez que iba a hacerlo, una maraña de dudas la enredaba: ¿qué decirle?

, ¿de qué hablar?, ¿querría él conversar con ella?

Hasta que una noche, rendida, tomó una decisión.

No le parecía bien escribir un simple «Hola».

Abriría una página nueva, y por primera vez, sabiendo quién iba a leerla.

Querido Kai:

Sé que llevo días sin escribirte por aquí, aunque creo que nos entendemos muy bien con las canciones que tocas para mí.

Al principio no distinguía cuándo querías hablarme sobre tu estado de ánimo o cuándo intentabas alegrarme la mañana, pero empiezo a comprenderte.

Sobre todo, me gusta cuando tocas solo para mí; en esos momentos entiendo mejor tu mensaje.

Aunque he de decirte que los clientes empiezan a pensar que me falta un tornillo. Para ellos, bailo sin música.

A veces me siento demasiado… desnuda. Al fin y al cabo, esto es un diario y jamás había permitido que nadie lo leyera. Pero tú eres alguien, Kai. Al menos para mí.

En fin. Perdí la cuenta entre los clientes, los libros que parecen multiplicarse solos y Wizz, que ha decidido que el cierre de la librería es oficialmente «nuestro momento». No me quejo, pero esa hada es un torbellino; convierte cualquier tarea sencilla en un espectáculo mágico.

La verdad, los días aquí son muy largos…

A veces parece que el sol se detiene un rato más sobre el Barrio Francés, como si quisiera saborear este lugar.

Y lo que te digo: me cuesta encontrar momentos de privacidad.

Qué irónico, ¿no? Se supone que vivo sola.

Dumont es un poco mío, sí, pero también de Gato, de Wizz, de Vivi y, por supuesto, tuyo. Sin mencionar a los del ayuntamiento…

Hoy, por fin, tengo algo concreto que contarte sobre Dumont: Vivi ha traído un plan para rescatar la librería.

Lo ha llamado el Mes de Dumont y consiste en un ciclo de lecturas públicas, talleres de escritura, música en vivo, arte y puestos de libros para recaudar fondos.

Lo inauguraremos en el French Market —¿recuerdas la fuente?

— y después seguiremos aquí, en casa. Dice que así recordaremos al barrio (y al ayuntamiento) que Dumont no es solo una tienda, sino un corazón que late para mucha gente.

Me asusta la logística, pero me ilusiona imaginar a la ciudad deteniéndose a escuchar una historia. O a comprar un libro.

Me reconforta ver a Vivi entrar y salir con «prisas y planes», como ella dice. Tanto si conseguimos quedarnos con la librería como si no, he encontrado grandes amigos aquí.

Hablando de la tienda… Uff, sigue siendo un enigma.

Ayer, por ejemplo, un libro titulado La extraña vida de las …

, no recuerdo cómo seguía, perdón. El tema es que apareció en una estantería donde jamás lo había visto.

Lo abrí, pero las páginas estaban en blanco.

Supuse que era cosa de Dumont, pero cuando lo dejé en el mostrador, una clienta lo compró como si siempre hubiera estado ahí.

Lo curioso es que, días después, volvió para darme las gracias con lágrimas en los ojos: «Ha sido justo lo que necesitaba leer, gracias».

Pero ¡si estaba tan en blanco como este diario! En fin.

Luego está Wizz. ¿Te lo he mencionado ya?

Supongo que sí, porque es mi gran obsesión (en el peor y en el mejor de los sentidos).

Por las noches, después de cerrar, se sienta conmigo en el sofá de la trastienda, que por fin hemos ordenado y limpiado, y habla.

De todo y de nada. Dice que quiere enseñarme a reconocer «lo importante» de los objetos mágicos, pero creo que se divierte viendo cómo intento descifrar sus juegos.

Hace tres noches me dio una pluma que escribió sola en mi cuaderno de pedidos: «La paciencia es un truco de la magia».

No sé si era un mensaje para mí o una broma, pero no he dejado de pensarlo.

Por lo visto, la pluma escribe el pensamiento más profundo e inmediato de quien la sostiene.

Aún y todo, y confiando en tu silencio, quiero confesarte algo: le he cogido mucho cariño. O al menos lo estoy haciendo. Lo anterior me había sonado muy definitivo.

Hace un par de tardes, me escapé para comprarle algo cómodo donde pudiera dormir o esconderse.

Aún no he tenido tiempo de montarlo, espero que le guste.

Creo que lo empezaré esta misma noche. Te lo dejo aquí mismo para que lo veas.

¿No es precioso? Y perfecto para su tamaño.

Qué ironía pensar que hasta hace unas semanas este pequeño book nook en mi cabeza solo servía como decoración.

¿No es obvio que es una casita perfecta para un hada?

También compré unos cojines diminutos y algunos muebles extras en una juguetería de segunda mano.