Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 7. Flores y jazz #3
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7. Flores y jazz #3

—Vale, a ver si puedes con este —dijo Luna—: «Entra duro y seco y sale mojado y blando. ¿Qué es?».

Wizz casi se atraganta con la pizza.

—¡Por favor, Luna! Esto es un lugar decente. —Pero cuando vio su sonrisa, respondió—: Un chicle. Claro, ¿qué más podría ser?

Para ella, Wizz tenía mucho más que magia en el cuerpo: rezumaba magia en su personalidad. La exasperaba como nadie y también era la única ¿persona? ¿hada? que podía hacer que se olvidara de todos sus problemas.

Las horas pasaron entre risas y acertijos. En un momento dado, las luces se apagaron de golpe y las velas se encendieron solas.

—Mucho mejor así, gracias, Wizz —dijo Luna, acomodándose entre los cojines.

—Yo no he sido —respondió el hada, mirando alrededor.

Luna se puso blanca y clavó la vista en las escaleras. ¿Una silueta? ¿Una mancha?

—¿Ves eso, Wizz? —señaló, nerviosa.

Él siguió la línea de su dedo.

—Nop.

—No puede ser… Se supone que se ha ido.

—¿Quién se ha ido? ¿Qué te pasa ahora? Te has puesto superrara.

—Vengo del estudio de Margot. Me he comunicado con la presencia que me atosigaba y… Bueno, se suponía que ya se había ido.

—Voy a pasar por alto que no me llevaras contigo a ver a la loca del incienso. Dejo ese detalle para echártelo en cara otro día. Ahora… —Dio una palmada teatral con sus manos diminutas—. ¿Has hablado con un espíritu? ¡Cuenta!

—En realidad no hay mucho que contar. Hablé con Jacques Dumont y solo me deseó suerte. Dijo que la librería me necesita, que solo yo podía hacerlo y bla, bla, bla. El punto es que dejó claro que se marchaba; y ahí —volvió a señalar las escaleras— hay alguien. Y las velas…

Se armó de valor, se levantó del cojín y subió. Wizz hizo amago de seguirla.

—No —dijo, cortante—. Quédate aquí; esto es cosa mía.

—Genial. Grita si necesitas ayuda y llamo a los cazafantasmas.

—Muy gracioso, Wizz.

La sombra parecía adelantarse a su paso. Se detuvo a la altura de la cama, justo al lado del diario.

Se quedó inmóvil.

Luna supo lo que iba a intentar en el instante en que sus ojos se clavaron en aquel libro que la traía de cabeza desde hacía semanas. Tomó aire por la nariz, abrió el cuaderno por una hoja en blanco y escribió sin florituras:

¿Quién eres?

El libro permaneció en silencio un momento que pareció eterno. Luego, las palabras comenzaron a brotar, lentas y titubeantes, como si quien las trazara aún estuviera decidiendo qué decir:

Me llamo Kai.

Luna tragó saliva; ver las letras formarse ante ella le dio un vértigo dulce, una punzada de emoción. Apretó el bolígrafo:

¿Por qué estás aquí?

No lo sé. He pasado largo tiempo… extraviado. Antes de ti, no hallé modo alguno de comunicarme.

Notó el pulso en la garganta.

¿Y por qué conmigo sí?

No sabría precisarlo. Este lugar ejerció sobre mí una atracción difícil de explicar.

Luna dejó caer la mejilla sobre los nudillos y decidió seguir allá donde el corazón la empujaba:

¿Eres un hombre?

Sí.

¿Qué edad tienes?

Creo que no distamos mucho en edad, si bien los tiempos han variado tanto que no sabría precisarlo.

No estar hablando con un niño ni con un hombre que podría ser su padre la animó.

¿Puedes verme?

Puedo verte, oírte, olerte…

El rubor le subió de golpe, mezclado con el miedo y la incertidumbre. Buscó terreno firme con la yema de los dedos sobre el lomo del libro y entonces las letras se dibujaron de nuevo:

No te es necesario escribir, Luna. Puedes hablar; yo te escucharé y te responderé por aquí.

Las preguntas se arremolinaron. Infinitas.

Creo que me gusta esta forma de hablar contigo.

Me complace leerlo. A mí también.

¿Cómo es que moriste tan joven? ¿Qué te pasó?

El tiempo que el fantasma tardó en responder hizo que Luna se planteara de mil maneras diferentes la opción de castigarse por ser tan bocazas.

No lo recuerdo. Por lo que he alcanzado a observar, al cruzar a este lado vagamos y, en el mejor de los casos, conservamos alguna obsesión de la vida. No sabría qué más decirte.

Un escalofrío le pellizcó la nuca.

«Bueno, no ha sido tan grave».

¿Conservas tu obsesión, Kai?

Sí, lo hago. Era músico y… ya sabes, el saxofón.

Le vinieron a la mente todos aquellos momentos en los que la música había aparecido de la nada, literalmente. Recordó con cariño el primer día en Dumont. En cómo las luces titilaron al ritmo del instrumento que sonaba demasiado cerca y demasiado suyo como para provenir de la calle.

Recordó cada noche, cada nana…

Tuvo que tragarse un nudo en la garganta antes de seguir escribiendo.

¿Hay más como tú? Fantasmas, quiero decir.

Sí, están por todos lados. No debes temerlos; la mayoría no pretende intervenir en el mundo físico, solo están ahí.

¿Y la minoría?

Si actúan, es siempre por un motivo definido y por alguien en particular. En Dumont, en este tiempo, no hay otro más que yo. Nada habrás de temer.

¿En este tiempo? ¿Qué quieres decir?

Antes andaba por aquí el último dueño; deseaba hablar contigo.

Luna tragó saliva.

Lo hizo… Se materializó como si estuviera vivo. ¿Tú podrías hacerlo? Aparecer aquí, en persona.

Creo que no. Lo he intentado, pero apenas logro reconocer mi propio contorno. Cada vez soy…

Luna aguardó en silencio.

… menos.

Algo le decía que siguiera esperando. Que desde el otro lado aún quedaba una última confesión.

Siento que cada vez que intento relacionarme contigo, señora, soy menos.

Esperó un poco más.

«¿Señora?». «¿Ella?».

Tengo miedo de desaparecer.

Se le formó un nudo en la garganta.

¿También sientes eso cuando escribes por aquí?

No lo sé, en este libro todo parece más fácil. Desconozco el motivo.

A Luna se le vino a la mente de golpe el título del libro donde estaban escribiendo y la risa le brotó, limpia. Dijo en voz alta:

—¡El título no deja nada a la imaginación, eso desde luego!

La tinta volvió con un latido casi alegre:

He reído, aun cuando no te fuera posible oírme.

Luna sonrió y se atrevió a continuar indagando; sentía una curiosidad genuina por este hombre-fantasma. Además, le había gustado imaginar su sonrisa. ¿Tenía eso algún sentido?

«Tanto como que mi compañero de trabajo sea un hada» , pensó.

Cogió de nuevo el lápiz.

Por cómo te expresas, me recuerdas a una novela de Dickens.

Sin quererlo se lo imaginó sonriendo.

Dickens es antiguo incluso para mí. Tu manera de expresarte también me desconcierta a ratos, aunque en estas semanas he procurado adaptarme y aprender ciertas palabras que repites con asiduidad («cringe», «espóiler», « random»)…, sin plena certeza de estar empleándolas como corresponde.

Luna soltó otra carcajada, tapándose la boca por puro reflejo.

Yo, en cambio, sí puedo ver y oír tu risa. Es hermosa.

El corazón le dio un pequeño salto. La puerta se abrió sin avisar.

—¿Estás bien? ¿Sigues viva? ¿Cuál es el chiste? —Wizz flotaba en el umbral.

Luna cerró Puertas entre mundos de golpe; el sobresalto le encendió las mejillas

—¡Estoy bien! Estoy leyendo —dijo levantando el libro, nerviosa.

Wizz arqueó una ceja.

—Vine a comprobar que no te habían matado.

—Pues, como ves, estoy perfectamente; te puedes ir a dormir. —Señaló la puerta—. Abajo.

El hada hizo un mohín, ofendido.

—¡Oh! Claro que me iré. Pero no vuelvas a pedirme que duerma contigo.

—¡Nunca te he pedido tal cosa! —le gritó al pasillo y el rubor volvió con terquedad al recordar que no estaba sola y en lo que Kai podría pensar de que hubiera dormido varias noches con un hada.

Escuchó que Wizz le decía a Gato que hoy dormirían abajo, «abandonados». Se metió bajo la colcha y volvió a abrir el diario.

¿Qué recuerdas de Nueva Orleans?

Adoquines, caballos, música…

Siguieron hablando durante horas, que a Luna se le pasaron como minutos mientras hacía todo tipo de preguntas al fantasma; solo escribía y sonreía, pero lo sentía como una conversación entre susurros, como si hablasen pegados a la almohada.

No supo cuándo se le cerraron los ojos. No vio la colcha subir para cubrirle los hombros ni al diario volver a su sitio en la mesilla.

Tampoco leyó las últimas palabras que aparecieron con una paciencia antigua:

Buenas noches, Luna.