7. Flores y jazz #2
Luna asintió, emocionada por encontrar a alguien con quien hablar de libros y que fuera tan maja. Se dirigió a una estantería cercana y sacó un ejemplar de La canción de Aquiles , de Madeline Miller.
—Este podría gustarte. Mezcla la tragedia, el romance y la mitología griega. Tiene un tono muy emotivo.
Isabel cogió el libro con cuidado y acarició la portada como si fuera un objeto precioso.
—He oído hablar de él… ¿Es tan bueno como dicen?
—Es mejor. Te hará llorar y enamorarte al mismo tiempo. —Luna sonrió y sacó otro libro—. Y este, La casa de los espíritus , de Isabel Allende, tiene ese toque melancólico que mencionaste. Es una saga familiar, pero también hay algo mágico en la forma en que está escrito.
Isabel observó ambos volúmenes con detenimiento y luego levantó la mirada hacia Luna.
—Tienes un don para recomendar. Siento como si supieras exactamente lo que necesito leer.
Luna se rio con suavidad y se encogió de hombros.
—Tal vez es porque yo también amo los libros. Siempre he sentido que hay una conexión especial con las historias. Parecen encontrar a la persona adecuada en el momento justo. Soy de la opinión de que, si no te gusta leer, es solo porque no has encontrado aún tu libro.
Siguieron charlando y se desviaron a temas como los autores favoritos, los nuevos lanzamientos y el amor por las librerías. Isabel era de pocas palabras, pero cada cosa que decía estaba impregnada de una dulzura y una inteligencia que hacían que Luna quisiera seguir conversando.
—¿Sabes? —dijo Isabel tras un momento—. Creo que has hecho un trabajo extraordinario con este sitio. Siempre me lo imaginé como un lugar oscuro y cubierto de polvo y, aunque esa idea me emocionaba, esto ha superado mis expectativas. El color…, las flores…
—Gracias —respondió Luna, tocada por el comentario—. Significa mucho para mí. Dumont tiene una energía especial, pero creo que también se nutre de las personas que vienen a descubrirlo.
Por el rabillo del ojo, Luna vio cómo Wizz agitaba levemente la flor que le había llevado por la mañana.
Isabel asintió y luego, con un tono más bajo, añadió:
—Mis padres creen que leer ficción es una pérdida de tiempo. Siempre tengo que esconder los libros y arrancarles las tapas para que parezcan apuntes de la universidad.
Luna sintió una oleada de tristeza por Isabel y por ella misma.
—Eso es… complicado. Pero aquí no tienes que esconder nada. Puedes venir y leer lo que quieras. Incluso podríamos tomar un café y leer juntas, si te apetece.
Isabel sonrió, un gesto pequeño pero lleno de gratitud.
—Me encantaría. Gracias, Luna.
Después de pagar, Isabel se despidió y, al volverse hacia la puerta, Wizz, que estaba sentado sobre el timbre —totalmente invisible para quien no supiera de él—, salió volando en dirección al mostrador y se expuso como nunca lo había hecho ante un cliente.
—¡Adiós! —dijo Isabel con una sonrisa, como si la presencia de un hada flotando fuera la cosa más normal del mundo.
Luna se quedó boquiabierta y vio cómo la puerta se cerraba tras ella.
—¿Viste eso? —le dijo a Wizz, incrédula—. ¿Acaba de despedirse de ti como si fueras un vecino más?
Wizz se encogió de hombros.
—Sip. Pasa todos los días por aquí. Seguro que ya me ha visto un montón de veces.
Luna no dijo nada, pero algo en Isabel la había fascinado. Mientras reflexionaba sobre cómo la amistad estaba estrechamente ligada a la admiración, Wizz la interrumpió con una sonrisa de autosuficiencia.
—Te has dado cuenta del comentario, ¿verdad?
Luna le lanzó una mirada exasperada.
—Sí, Wizz —respondió en tono aburrido, aunque en el fondo estaba agradecida al hada.
Y aunque por la mente rondaban preguntas sobre Isabel, decidió dejarlas para otro día. De verdad esperaba volver a verla.
El estudio de arte de Margot parecía sacado de un sueño onírico, con velas encendidas por todas partes, cristales que colgaban del techo reflejando la luz en destellos iridiscentes y paredes cubiertas de lienzos medio terminados con trazos caóticos y hermosos a la vez.
Luna empujó la puerta con cierto recelo y el característico tintineo de un carillón de viento anunció su entrada.
Margot, vestida con un turbante colorido y una túnica vaporosa, levantó la vista desde una mesita donde ordenaba cartas de tarot.
—Ah, Luna. Lo sabía —dijo Margot con una sonrisa satisfecha, como si la hubiera esperado todo el día—. Pasa, pasa. Las energías de esta noche son especialmente intensas.
—Qué bien —respondió Luna, algo incómoda pero decidida.
Cerró la puerta tras ella cuando se aseguró de que no hubiera nadie más allí.
Después de haber atendido a algunos clientes más y tras haber comido de nuevo un bocadillo, había cogido una chaqueta y una bufanda y había salido a toda prisa de Dumont.
No había hablado con nadie sobre sus intenciones, ya que, aunque había conseguido confiar en las personas que la rodeaban (bueno, personas, hadas, libros mágicos, pensó con un poco de frustración), esa batalla en concreto solo le pertenecía a ella. O así lo sentía.
Margot no hizo preguntas. Parecía intuir por completo la naturaleza de la visita. Con movimientos fluidos y casi ceremoniosos, comenzó a preparar el ambiente mientras murmuraba frases en un idioma que Luna no entendía.
Por un momento Luna pensó que quizá todo eso no era más que una ilusión, una obra de teatro sin mayor elenco que la bruja médium.
Luego pensó en Vivi y, de nuevo, en todos sus descubrimientos recientes y decidió relajarse.
Margot prendió más velas, colocó una bola de cristal en el centro de una mesa redonda y esparció unas hierbas que, al quemarse, desprendían un aroma que recordaba a la tierra después de la lluvia.
—Hoy estableceremos contacto —dijo. Se sentó frente a la mesa y le indicó a Luna que ocupara el asiento opuesto—. Pero debes estar segura. Estas cosas no se hacen a medias, criatura. Si llamas, la puerta se abre y puede que no sea fácil cerrarla.
—Estoy lista. Necesito respuestas —afirmó ella, tratando de sonar más segura de lo que se sentía. Tocó el colgante en su cuello.
Margot asintió y le indicó que colocara las manos sobre la mesa. La atmósfera se hizo más densa, las sombras de las velas parecían bailar más rápido y el aire adquirió un frío inesperado.
—Di tres veces el nombre del espíritu al que deseas invocar —indicó Margot con tono solemne.
¿El nombre? Eso la pilló desprevenida. No habían hablado sobre un nombre la última vez que la había visto. Tragó saliva y confió en la médium. Cerró los ojos, apretó el colgante y, al fin, dijo con voz firme:
—Jacques Dumont, Jacques Dumont, Jacques Dumont.
La temperatura bajó de inmediato. Luna sintió un escalofrío recorrerle la columna y el colgante se calentó como si intentara equilibrar el frío. Margot abrió los ojos de golpe.
—Está aquí —anunció con un tono reverente e inclinó ligeramente la cabeza—. Puedes sentirlo, ¿verdad?
Luna estaba temblando. El collar estaba a punto de quemarle la piel.
—No —respondió con frialdad—. Puedo verlo.
—Oh, vaya, querida, eso cambia un poco…, emm…, el enfoque. O no, no lo sé. Bueno… Haz tus preguntas.
Allí, frente a ella, detrás de Margot, estaba el hombre que le había dado las llaves de Dumont.
Luna tragó saliva, intentando que su voz no temblara.
—¿Por qué me engañaste? ¿Por qué alquilarme la librería si sabías que ya no era tuya?
Unos segundos de silencio llenaron la habitación antes de que el fantasma hablara.
—No tenía otra opción. Era lo único que podía hacer, lo único que aquel lugar me permitió hacer. No esperaba que funcionara tan bien, pero cuando vi que podías verme frente a la librería…, lo supe. Ella misma me lo dijo: vendrías.
—¿Dumont misma? —preguntó Luna, confundida.
—Es más que una librería. Es un puente, una conexión entre los vivos y los muertos, entre las historias, la magia y los corazones que necesitan de ambas.
—Hizo una pausa, aparentemente para coger un aire que no necesitaba—.
Solo tenía una misión que cumplir. Tardé mucho en encontrarte, no sabía ni por dónde empezar.
El anuncio mágico fue la clave, yo lo redacté, pero la magia te lo hizo llegar.
Luna apretó los puños.
—Pero me mentiste. O los dos lo hicisteis. Me hicisteis creer que todo estaba en regla. Ahora el ayuntamiento amenaza con desalojarme. ¿Por qué? Por qué a mí…
—Porque sabíamos que podías hacerlo —respondió Jacques con un tono que combinaba arrepentimiento y esperanza—.
Dumont no podía morir. Es demasiado importante para esta ciudad, es el pilar de la magia —suspiró, resignado—.
Yo nunca fui adecuado para esta tarea. No amaba los libros, no comprendía su magia.
Pero tú…, tú puedes hacerlo. Si no, no hubieras encontrado el anuncio mágico en internet.
Luna sintió un nudo en la garganta.
—No tengo el dinero. Apenas puedo mantenerla abierta. No sé si puedo hacerlo.
—Confía en ella. Confía en ti misma y en los que te rodean. Los libros, las historias, las personas… Todos necesitan a Dumont. Y Dumont te necesita a ti.
Luna cerró los ojos; sentía las lágrimas arderle tras los párpados.
—¿Y tú? ¿Qué pasará contigo?
—Ahora que hemos hablado, puedo irme al lugar donde siempre quise estar. Gracias, Luna. Te dejo en buenas manos.
Con esas palabras, el frío desapareció y dejó un silencio casi ensordecedor. Margot abrió los ojos, luciendo algo agotada pero satisfecha.
—Se ha ido —murmuró, y se levantó para apagar algunas velas—. Ahora Dumont es completamente tuya, Luna. Cuídala bien.
Dejó un billete sobre el mostrador al salir, sin decir una palabra. El aire de la noche era fresco y reconfortante mientras regresaba a casa. Allí, encontró a Wizz y Gato rodeados de cajas de pizza.
—¡Por fin! Pensé que te habías perdido buscando el refresco —dijo Wizz, con una porción en la mano.
Luna sonrió débilmente y se sentó junto a ellos en el rincón de lectura. No mencionó nada sobre lo que había sucedido con Jacques Dumont. En su lugar, comenzó un juego de acertijos con Wizz, quien, a pesar de su sarcasmo, parecía disfrutarlo.