Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 7. Flores y jazz
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7. Flores y jazz

Flores y jazz

El sol de Nueva Orleans filtraba sus primeros rayos a través de los altos ventanales de Dumont y proyectaba sombras alargadas sobre las estanterías abarrotadas. Luna, aún medio adormilada, bajó las escaleras con un enorme tazón de café en las manos.

El tocadiscos, como si tuviera vida propia, había empezado a emitir un leve zumbido, aunque estaba apagado.

Un hecho que no hizo más que reafirmar lo que haría nada más cerrar Dumont.

Necesitaba respuestas claras. ¿Sería uno de los antiguos dueños intentando decirle algo?

La verdad era que, si lo que tenía para ella era información acerca de cómo podía librarse de perder la librería, sería bien recibida.

Esa mañana se había despertado con la convicción de que iría al estudio de Margot en busca de respuestas.

Dejó el tazón sobre el mostrador y suspiró al mirar la pila de libros que aún debía organizar antes de abrir.

Llevar sola o casi sola (hola, Wizz) una librería a veces era demasiado, pero de alguna manera ese caos la hacía feliz.

Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba exactamente donde debía estar.

Y ese era un motivo lo bastante importante como para enfrentarse a una sesión de espiritismo.

El sonido del batir de unas alas rompió el silencio. Wizz emergió de entre las estanterías, flotando con aire de superioridad mientras cargaba una pequeña flor que había cogido de quién sabía dónde. Cuando Luna se había despertado, él ya no estaba, y tampoco Gato.

—Buenos días, humana desorganizada —saludó con su tono usualmente sarcástico; depositó la flor frente a ella—. He decidido que este lugar necesita un toque de sofisticación, así que considéralo un regalo de mi infinita bondad. Puedes usar esa taza de café horrible como jarrón. De nada.

Luna arqueó una ceja y cogió la flor entre los dedos.

—Gracias, supongo…, aunque sigo sin entender por qué insistes en decorar con flores. No duran frescas ni tres días.

—¿Y? —respondió Wizz, cruzándose de brazos—. La estética es efímera, querida, pero necesaria. No esperes que Dumont atraiga multitudes si no ponemos algo de esfuerzo.

Luna sonrió y tomó un sorbo de café.

—¿Y tú qué sabes de atraer multitudes?

Wizz hizo un gesto dramático con las manos.

—¡Por favor! Si no fuera por mí, esta librería sería tan popular como un concierto de flautas desafinadas.

El timbre de la puerta de Dumont resonó en el aire, anunciando la llegada de Vivi.

Llevaba un abrigo liviano, una bufanda con estampado de constelaciones y, en la mano, un termo decorado con caligrafías doradas.

Wizz flotaba detrás del mostrador mientras hojeaba un libro con evidente aburrimiento y Luna intentaba organizar el caos de las notas sobre los pedidos.

—¡Buenos días, queridos! —exclamó Vivi con su habitual energía. Dejó el termo sobre el mostrador—. Hoy traigo noticias y, claro, un poco de magia embotellada para amenizarlas.

—¿Noticias? —Luna levantó la mirada y apartó a un lado la libreta. Había algo en el tono de Vivi que la puso en alerta.

—Sí, pero primero toma un poco de esto. —Vivi desenroscó la tapa del termo, que reveló un aroma cálido y especiado—. Lo llamo «Té de nubes ligeras». Ideal para aliviar el peso de las malas noticias.

Wizz soltó una risa desde su rincón.

—¿«Té de nubes ligeras»? Vivi, ¿planeas hacerla flotar o solo calmar su evidente estrés?

—Un poco de ambas cosas, querido —respondió ella con una sonrisa misteriosa mientras vertía el líquido en una pequeña taza. Se la ofreció a Luna—. Anda, pruébalo.

Luna la aceptó un poco escéptica, pero el primer sorbo fue como un abrazo reconfortante.

El peso en sus hombros pareció disiparse ligeramente y un leve calor comenzó a extenderse por su pecho.

Se sintió mal por haber dudado de los tés de su amiga después de todo lo que ya había visto y experimentado.

—Está… delicioso —murmuró, avergonzada y agradecida a partes iguales—. Gracias.

—Lo sé —respondió Vivi, con aire triunfal—. Ahora, las noticias. He conseguido que el ayuntamiento nos dé un plazo de tres meses para resolver el tema de la librería.

Luna parpadeó, procesando la información.

—¿Tres meses? Vivi, eso no es mucho tiempo… ¿Qué vamos a hacer?

—Tenemos un plan —intervino Wizz, flotando hacia ellas con una mirada de satisfacción—. Bueno, es más bien mi plan, pero Vivi ayudó un poco.

—¿Cómo que tenéis un plan? Por favor, no quiero acabar en la cárcel. —Se giró en busca de la mirada de su amiga—. Dime que el plan consiste en tomarse un té mágico o algo así.

—Ay, no, querida. —Vivi avanzó unos pasos para cogerle las manos—. No se trata de magia.

—Bueno, bueno, Vivi, no desveles más —interrumpió Wizz—. ¡Ya lo hago yo! —El hada dio una voltereta teatral en el aire para acabar de rodillas sobre una pila de libros, extender los brazos y gritar—: ¡En pocos meses serás PROPIETARIA!

Luna suspiró y se cruzó de brazos.

—Wizz, no te rías de mí. Es imposible conseguir tanto dinero vendiendo libros y, además, ya gasté buena parte de mis ahorros. ¿Sabes cuánto me he gastado en flores y cojines desde que llegué?

Wizz hizo un gesto dramático con la mano.

—Detalles insignificantes. Pero, hablando de gastos, ¿qué te parece pedir pizza para cenar? ¡Y deberíamos comprar una tele! Estoy pensando en una noche de Las chicas Gilmore . ¿Te imaginas? Sería perfecto.

Luna se echó a reír y meneó la cabeza.

—Ni pizza ni tele. Pero, dime, ¿qué estáis tramando?

Wizz flotó hacia la estantería con una sonrisa traviesa.

—No puedo decir nada. Vivi es una santa y quiere que dejes de preocuparte. Así que confía en nosotros. Te va a gustar. O no. Quién sabe contigo.

Luna se giró hacia la anciana, que ya recogía sus cosas para marcharse.

—Todo va a salir bien, ya lo verás —dijo esta cuando vio la cara compungida de Luna—. Te lo puedo prometer si quieres. Y no suelo hacer promesas a la ligera.

—Ya has hecho mucho, Vivi. Esto es algo que no te corresponde hacer; no quiero darte más trabajo y menos uno así.

—Eres la mejor vecina que he tenido nunca; para nada eres un trabajo.

Somos amigas, ¿verdad? ¿Y qué hacen las amigas?

—Luna tenía la intención de hablar, pero Vivi la interrumpió—.

Lo que hacen las amigas es ayudarse, ¿de acuerdo?

—La anciana se acercó más aún y, con un cariño propio de una abuelita a su nieta, le cogió ambas mejillas—. TODO VA A SALIR BIEN.

En ese momento, el timbre de la puerta de Dumont resonó con suavidad. Luna dio un respingo, los ojos empañados en lágrimas y las palabras quemándole en la garganta. Ni en mil vidas se merecería a Vivi.

—Eres la mejor —consiguió decir. Una lágrima acompañó las palabras.

Vivi no respondió, al menos no con palabras, aunque sí con una sonrisa genuina.

—Tienes clientes. Hasta mañana, ya sabes dónde estoy si me necesitas. Ahí mismo.

Wizz, que revoloteaba, como ya era costumbre, le lanzó un beso a Vivi desde detrás de unos libros que habían llegado esa misma mañana.

—Gracias, Vivi.

Esta salió, y Luna se acercó a la chica que acababa de entrar.

No le había prestado atención hasta que la tuvo a solo unos pocos metros.

Era una joven de cabello rizado y ojos verdes y redondos.

Estaba muy quieta sobre la alfombra de cuadros, observando el lugar con una expresión que mezclaba fascinación y timidez.

Llevaba unas gafas finas que enmarcaban un rostro delicado, y su ropa, un conjunto elegante pero sencillo, hablaba de alguien con un gusto impecable.

Gato, desde su posición en la pila de cojines, alzó la cabeza y se lanzó hacia la chica, que lo saludó con cariño. Estaba claro que se conocían. Luna, muerta de curiosidad, se acercó.

—¡Hola! —saludó con una sonrisa cálida—. Bienvenida a Dumont. ¿Buscas algo en especial? ¿Conoces a mi gato?

La joven le devolvió una sonrisa pequeña pero sincera. Su voz, cuando habló, sonó suave, casi como un susurro.

—Hola… No estoy buscando nada en concreto.

Quería ver qué tenías. La librería se ve tan bonita ahora…

Siempre me había preguntado cómo sería por dentro.

—Se agachó apenas para acariciar al animal, que se le restregaba entre las piernas—.

Y sí. Somos viejos conocidos. Le solía traer comida cuando pensaba que esto estaba abandonado.

Luna se sintió halagada por el cumplido y muy enternecida por ese acto de amor hacia un animal que, aunque tenía poco de callejero y abandonado, sí se lo había parecido a ella.

—Gracias. Ha sido un trabajo duro, pero vale la pena. Si necesitas ayuda para encontrar algo, estoy aquí. Y, de paso, si quieres quedarte con el gato… —Sonrió, acariciándole la cabeza con ganas—. Es broma; limpiar sus pelos cada día de mi ropa ya es mi pequeño ritual.

Gato ronroneó y volvió a tumbarse en el mostrador.

La chica sonrió con calidez y se adentró un poco más entre las estanterías mientras rozaba los lomos de los libros con los dedos con una delicadeza casi reverencial. Después de un momento, se giró hacia Luna.

—Me encantan los libros. Siempre he sentido que tienen algo mágico…, aunque ahora tengo poco tiempo para leer. Estoy estudiando Administración de empresas. Mis padres dicen que es una carrera más… práctica. Pero yo siempre quise estudiar Literatura.

Luna sintió un pinchazo de empatía. Entendía a la perfección lo que era cargar con expectativas que no coincidían con tus sueños.

—Debe de ser difícil estudiar algo que no amas… —dijo, acercándose un poco más—. ¿Por cierto, cómo te llamas? Yo soy Luna, encantada —dijo al tiempo que le tendía una mano.

—Isabel. Fantasía y romance, principalmente.

Pero también me gustan los clásicos. —Su voz se animó un poco mientras continuaba—: Hace poco leí Orgullo y prejuicio .

No sé cómo no lo había leído antes, pero me encantó.

Y también me gustan los libros con un toque melancólico, como El gran Gatsby . ¿Tienes algo parecido?