Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 6. Prohibido realizar retratos áuricos #2
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6. Prohibido realizar retratos áuricos #2

—Y aquí, además, hay una presencia concreta. —Señaló con el índice el espacio entre el mostrador y la mesa del té—. Masculina. Huele a tabaco dulce… y tiene tinta en los dedos, parece que ha cerrado un libro hace nada.

Luna, casi sin pensarlo, extendió la mano hacia el lugar que Margot indicaba. Inmediatamente notó un roce leve, tibio, como un aliento.

«Estoy aquí», pensó sin saber por qué, y fue como si la frase, en lugar de provenir de su cabeza, le brotara desde el centro del pecho.

Un par de clientes que se paseaban entre las estanterías se quedaron mirando los círculos lentos que Margot trazaba alrededor de la nada. Luna le lanzó una mirada a Wizz; el hada asintió y susurró bajito:

—Margot. Compórtate.

La médium bajó los brazos.

—No parece tener malas intenciones —dijo esta con suavidad—.

Está muy lejos. Lleva muchos años muerto y, cuanto más tiempo pasa, más tenue se vuelve la huella.

Quizá ni la pluma baste ahora mismo y por eso no puedes verlo.

Los «clientes» de mi estudio acababan de irse y por eso su presencia era más intensa.

—Se enderezó y volvió al mostrador—. Si quieres explorar esto con cuidado, ya sabes dónde encontrarme: una sesión breve, al crepúsculo (es cuando están más animados).

Tal vez tu acompañante quiera decirnos algo.

—Iré —se oyó decir Luna. No había sido consciente de haber tomado la decisión por ella misma.

—¡Maravilloso! —Margot cogió su bolso—. Florecita, te haré precio de amiga.

Se acercó a Vivi y le plantó dos sonoros besos en las mejillas. Luego se giró y, con un guiño y un pequeño torbellino de colores, salió por la puerta.

La librería se quedó en silencio y, de pronto, Luna se dio cuenta de que estaba absurdamente cansada. Tenía la mirada perdida y sentía que llevaba minutos sin respirar bien.

—¿Te ha dado un aire? —preguntó Wizz, que la abanicó con las manos, como si eso sirviera de algo.

—No me ha dado nada. Quita.

—¡Cuidado! Que me vas a despeinar con esos manotazos.

Vivi la miró con culpa.

—Lo siento, Luna.

—Tú lo sabías todo, ¿verdad?

—Sabía algunas cosas, y me pudo el miedo a abrumarte; pensé que si te lo decía de golpe, te irías.

Luna sostuvo su nuevo colgante, que parecía latir con la casa.

—Ahora siento que todo se me amontona: una bruja, un hada, fantasmas, magia, el ayuntamiento, esta pluma… ¡Es demasiado!

—¿Qué pasa con el ayuntamiento?

Luna le contó entonces la visita de los funcionarios, la llamada al banco que no arrojó ni un poquito de claridad al tema, la tarde en el archivo y la sospecha —cada vez menos remota— de haber hablado con un muerto.

—Sabía que el último Dumont había fallecido —admitió Vivi—, pero imaginé que algún pariente llevaba el alquiler; jamás pensé que… —se detuvo—, bueno, ya sabes.

—Si me lo hubieras dicho al principio, me habría ido —reconoció Luna—. Sí, otro fracaso, pero sin problemas legales.

Vivi le tomó las manos y se las apretó con una firmeza dulce.

—Perdón, creí que renunciarías antes de darte la oportunidad de conectar.

Y esta librería te necesita tanto como tú la necesitas a ella.

—Hizo una pausa mientras rebuscaba algo en su bolso.

Sacó un móvil, bastante más moderno que el de Luna—.

Voy a llamar a Thérèse Landry, que trabaja en el ayuntamiento y es de confianza. Me dirá cómo está el expediente.

—Basta de melancolía —irrumpió Wizz, con esa alegría insolente con la que a veces llegaba para rescatarla—. Hoy cerramos antes.

—¿Cómo que antes? ¡Aún es pronto!

—Menuda lumbreras. Ponte algo cómodo. Salimos a explorar.

—No estamos en una jungla.

—Esto es Nueva Orleans. No tiene nada que envidiar a una jungla. Confía en mí.

Esta vez no llevaba capucha.

Luna se había puesto un vestido largo de invierno y un abrigo de paño.

Wizz la miró con desaprobación y se hundió en el cuello del abrigo.

—Qué decepción.

—Se llama «lavar la ropa». Un mal hábito de los humanos, lo siento.

La humedad les besó la piel como una bruma amable nada más pisar el exterior. El aire arrastraba el olor dulzón de los beignets recién hechos y el aliento del río, un poco metálico, un poco antiguo. Luna se preguntó qué seres mágicos habitarían sus aguas, aparte de las náyades.

Avanzaron entre faroles cálidos y patios donde la risa parecía rebotar en las paredes; se asomaron a un escaparate de instrumentos, a otro de máscaras venecianas, a una tienda de curiosidades con etiquetas manuscritas y relojes de otra época.

—Para ti esto es el paraíso —murmuró Luna.

—Para mí, un vertedero caro —replicó Wizz, con cariño—. Aun así, a veces entre la chatarra brilla una joya.

En una tienda de segunda mano, Wizz señaló un anillo verde traslúcido.

—Ese. Pequeño y elegante; hace juego con tu aura.

—¿Juego con mi qué? —Luna arqueó una ceja—. ¿Desde cuándo te interesas por mi estilo?

—Soy un ser con buen gusto.

Luna se lo compró tras convencerse a sí misma de que no estaba tirando el dinero.

En una tiendita encantadora de dulces, Wizz la convenció para llevarse unos caramelos con forma de ojos que brillaban en la oscuridad.

—¿Para qué quieres esto?

—Para ver más allá del bien y del mal. —Y soltó una risa—. Es broma: están riquísimos.

Terminaron en un restaurante flotante, anclado al muelle. Las luces temblaban sobre el agua, una guitarra punteaba cerca, las voces se mezclaban sin prisa. Se sentaron junto a la barandilla y Wizz salió de su escondite. Apoyó los codos en la carta como si fuera un gentleman en miniatura.

—¿Por qué no proyectas tu forma humana? —preguntó Luna, con curiosidad genuina.

—Porque me agota —dijo él sin rodeos—. No soy un manantial infinito de magia; los días con muchos clientes ya me dejan hecho polvo. Si tuviera que proyectarme cada vez que salimos, necesitaría semanas de no verte.

—Creía que tu magia era…, no sé, que no se agotaba.

—Toda magia exige un precio. Grábatelo a fuego.

—Hizo una pausa dramática para sentarse en el extremo de un candelabro—.

Si no te pasas, con dormir es suficiente.

Si coges más de la que te corresponde… Terminas dando algo más de ti que una siesta obligada.

No soy inmortal ni omnipotente, por muy bien que me sienten los chalecos.

Llegaron las bebidas. Wizz se escondió tras el candelabro. Luna, que había decidido no dejar más preguntas para mañana, se atrevió:

—¿Podrías usar magia en mí?

Wizz casi escupe la gota de vino que acababa de beber.

—¿En ti? Eres humana; vuestro cuerpo no procesa la magia sin consecuencias. Podrías perder un recuerdo precioso… o volverte alérgica al chocolate. No compensa.

—Pero quizá conmigo sea diferente. —Se detuvo a pensar en el motivo por el que pensaba aquello—. Porque yo… siento y hago cosas que otros no, ¿verdad?

El hada se sentó en el borde de la copa, pensativo.

—Tienes una conexión rara con los libros, pero no eres hada ni médium, ni mucho menos bruja.

Algo en ti resuena con este mundo, como una empatía natural.

Aunque seas humana y vulnerable, a fin de cuentas.

—El agua golpeó el casco con un ritmo antiguo y, por primera vez en todo el día, su voz perdió la ironía—.

No quiero que te pase nada —dijo, bajito.

Luna sostuvo su mirada diminuta y, sin hablar, pensó: «Gracias».

De regreso, un saxofonista rompió el aire con una melodía preciosa.

—¿Oyes eso? —preguntó Luna.

—¿El saxofón? Lo toca regular.

—En Dumont suena todas las noches; siempre tres notas iguales: mi, sol, mi. ¿De verdad no lo has oído?

—Yo no escucho nada, Luna.

Ella frunció el ceño y se preguntó si habría un patrón, una hora, un motivo que se le escapaba.

Llegó a casa con ese hilo en la cabeza, agotada, pero con una paz nueva cosida a las costillas; pensó en escribir en el diario, quizá en hablarle a quien fuera que estuviera al otro lado, pero encontró a Wizz esperándola con Gato y el parchís desplegado.

—No tengo ganas —dijo, dejándose caer sobre la cama.

—Estás triste y lo sé porque hoy no discutes lo suficiente. Y no pienso convivir con una Luna mustia mañana. Ven, te voy a pegar una paliza.

Al final jugó. Las risas fueron creciendo, sobre todo por el mal perder de Wizz, hasta que el hada empezó a bostezar y ella le hizo un hueco en la almohada.

Pareció dudar del ofrecimiento. Luna vio en sus ojos la indecisión.

—Gracias —murmuró él. Luego se acurrucó sin disimulo, pero le dio la espalda.

Luna apagó la luz, sintió a Gato acomodarse a sus pies y sonrió, porque por primera vez en mucho tiempo la palabra «familia» le pareció no solo posible, sino cierta.

Recordó que quería hacerle un espacio propio a Wizz, pero no se le había ocurrido hacérselo en otro sitio que no fuera abajo; ahora, en cambio…

Sacudió la cabeza. Era absurdo pensar que Wizz no preferiría un lugar con más protagonismo.

No abrió el diario. Se dejó acompañar por una melodía triste que venía de ninguna parte y de todas y se rindió al sueño con la sensación inequívoca de estar, por fin, en el lugar correcto.

«Es demasiado bueno para ser verdad» , pensó durante un segundo, y la casa —o lo que fuera— pareció susurrarle que todo iría bien.

A la mañana siguiente, Thérèse Landry confirmó a Vivi que investigaría y tendría noticias «mañana por la tarde».

Cuando el sol empezó a declinar y la cadena sobre su pecho le devolvió un destello dorado, Luna miró el reloj de la pared, respiró hondo y se permitió la certeza de que el rumbo ya estaba tomado. Al día siguiente sabría la verdad sobre su situación legal y, además, iría a visitar a Margot.

—Mañana, al crepúsculo, sabré si estoy lista para escuchar de verdad.