Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 6. Prohibido realizar retratos áuricos
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6. Prohibido realizar retratos áuricos

Prohibido realizar retratos áuricos

La mañana en Dumont había comenzado con su característico caos: el murmullo de los clientes que echaban un vistazo con calma; el ronroneo constante de Gato, acurrucado junto a una pila de novelas; el tintineo leve de las tazas en la esquina del té.

Una pequeña sinfonía doméstica que Luna, casi sin darse cuenta, empezaba a reconocer como su nueva rutina.

Sin embargo, algo distinto latía en el ambiente, una nota más honda que no terminaba de descifrar y que, estaba segura, tenía que ver con el regalo de Wizz: aquella pluma que, colgada en forma de cadena sobre su esternón, la hacía sentirse mucho más sensible. Mucho más.

—Wizz —le llamó mientras alineaba una hilera de fantasía urbana con cuidado reverencial.

El hada, que flotaba por el rincón de poesía recolocando cojines con un gesto innecesariamente dramático, giró la cabeza con curiosidad.

—¿Qué pasa, jefa? ¿Por fin me dejas reunir a Shakespeare con Jane Austen? Te juro que juntos desprenden unas vibras románticas que ni te cuento.

Luna rodó los ojos; vio, de reojo, que un par de clientes buscaban el origen de aquella voz diminuta y Wizz, con la destreza de quien lleva siglos escondiéndose, se desvaneció en apenas un segundo.

—No es eso —dijo, buscando las palabras exactas mientras tanteaba una explicación—. Es… algo que necesito contarte, si te parece bien.

Wizz se acercó con aire serio —o lo más serio que puede ponerse un hada con botas—, cruzó las manos a la espalda y asintió.

—Dispara.

—Desde hace unos días siento una presencia.

No es como lo del último Dumont, nada espectral que se me plante delante y me dé unas llaves o algo así; es más bien como…

—dudó, tratando de buscar la palabra adecuada—, como aire: a veces lo percibo justo detrás; otras, a mi lado, como si me acompañara a todas partes.

El hada ladeó la cabeza, dibujó un pequeño círculo en el aire y cerró los ojos, como si escuchara un rumor apenas audible.

—Yo no percibo a nadie en concreto —admitió al fin, sin adornos—. La casa zumba, como siempre. Si no lo noto, o no quiere hablar conmigo… o se acerca solo a ti. No voy a inventarme respuestas.

—Entonces… —Luna dejó la frase en suspenso.

—Seguimos con el día. Si la sensación persiste, fingimos que no pasa nada y luego lo miramos de verdad. Y si hace falta una segunda opinión… —Le guiñó un ojo—. Ya sabes a quién molestar.

—Estás dando por hecho que es un… —bajó la voz hasta convertirla en apenas un susurro— ¿fantasma?

—Nop. Solo me baso en tus vagas explicaciones para dar con algo que tenga cierta lógica.

—No me dejes colgada, Wizz.

—Uy, ¿por quién me tomas? Descarada.

Con aquel pacto invisible, la jornada recuperó su ritmo.

La tarde, tras el bullicio amable de la mañana, fue asentándose en una calma propicia.

Entraba algún cliente suelto que tocaba los lomos y respiraba hondo mientras, de fondo, se oía el roce de las páginas.

Luna aprovechó para pasar a limpio las notas de ventas y encargos, aunque cada línea que escribía terminaba devolviéndola, inevitablemente, a lo que le había dicho a Wizz.

Y peor aún, a lo que él había insinuado.

«Brujas, bien».

«Hadas, bien también».

«Gatos inmortales, adorable».

«Libros mágicos…, la verdad es que me encantan».

«Fantasmas, no, gracias».

Fue entonces cuando Vivi empujó la puerta y entró con su paso decidido y una bolsa de papel que despedía un aroma goloso.

—Traje galletas, querida; no pienso permitir que sigas a base de café y bocadillos —anunció al dejar la bolsa en el mostrador—. Oh…, qué collar tan bonito. Me resulta familiar.

Wizz apareció, satisfecho de sí mismo.

—Impresiona, ¿verdad? La aleación es una de mis plumas —dijo con tono más que orgulloso.

A Vivi se le abrieron los ojos con esa mezcla de fascinación y ternura que solo ella manejaba.

—No sabía que se te caían las plumas, viejo amigo.

—No se me cae nada, Vivi; ha sido un regalo voluntario —mintió, en parte.

—Eso me cuadra más —le dijo al hada sonriéndole genuinamente—, y a la vez no me pega nada viniendo de ti. —Le acarició el hombro con afecto—. Es un detalle precioso.

Luna sonrió, agradecida, aunque enseguida se le aflojó la sonrisa. Vivi, que tenía vista para las pequeñas fracturas, lo detectó al instante.

—¿Qué ocurre, Luna?

—Es… complicado.

—¿Vas a empezar otra vez con lo mismo? Cuando te sugerí pedir otra opinión, no era para que molestaras a Vivi.

Luna puso los ojos en blanco y continuó:

—Desde hace días siento algo, como si no estuviera del todo sola, aunque no haya nadie. Y con la pluma lo noto más, como si amplificara lo que ya estaba ahí. Ya no puedo ni quiero negarlo.

Vivi apenas dudó. Sacó el móvil del bolsillo, marcó un número y, ante la mirada perpleja de Luna, se limitó a decir:

—Voy a llamar a alguien que puede ayudarte.

—Lo que decía —añadió Wizz con falsa modestia.

—¿Tú también crees que…?

—Yo no creo nada, querida. Pero no estás sola.

Pocos minutos después, el timbre anunció la llegada de Margot. Traía consigo un aroma a sándalo y flores, un vestido púrpura cosido con oscuridades brillantes y un chal de lentejuelas que susurraba al moverse. En la mano llevaba una bolsa de tela con estrellas estampadas que parecía vacía.

—¡Criaturas luminosas! —canturreó, como si viniera de otro plano—. Qué energías tan densas se respiran hoy aquí.

—Gracias por venir —dijo Vivi, abrazándola.

—A una llamada urgente no sé decir que no —respondió Margot, que depositó la bolsa sobre la mesa con un gesto teatral—. Además, desde esta mañana me rondaba la certeza de que el día traía algo… especial.

Iba a seguir cuando se detuvo en seco. Clavó los ojos en un punto sobre el hombro de Luna.

—¿Y esto?

—Hola, no soy decoración. Soy Wizz. Un hada fabulosa.

—Margot Lenoir —se presentó esta, llevándose una mano al pecho—. Humana, médium, investigadora de fenómenos liminales y… —La sonrisa le llegó a los ojos—. Absoluta admiradora de tu especie. ¿Puedo…?

Extendió la mano como quien ofrece un saludo a un colibrí. Wizz retrocedió un palmo.

—Nada de frascos, alfileres metafóricos ni vitrinas invisibles.

—¡Por favor! —rio Margot—. Solo me muero por tomar unas notas, medir tu firma energética, quizá hacerte un retrato áurico…

—Negativo. No firmo consentimientos para retratos áuricos, a menos que incluyan mucha purpurina.

—Trato hecho —aceptó ella, divertida—. La purpurina siempre es opcional, pero altamente recomendable.

—Ajá. Pues entonces tampoco —replicó Wizz, que cruzó sus brazos diminutos—. No pienso convertirme en un cuadro alado.

El timbre de la puerta cortó el momento. Entró un hombre de gabardina gastada y ojos cansados que se acercó al mostrador con una honda timidez.

—Disculpe…, busco algo que me devuelva las ganas de leer; llevo años sin acabar un libro.

—Venga, acompáñeme —dijo Luna, con esa calidez que había ido aprendiendo—. ¿Quiere algo breve y luminoso o una historia que lo haga sentir acompañado?

—Acompañado —susurró, con la vista baja.

—Entonces esta. —Le puso en las manos una novela amable sin ser cursi—.

Habla de segundas oportunidades y de cafés que curan las noches largas.

Y, por si no le atrapa hoy mismo, llévese también esta otra: una fantasía acogedora en la taberna de un pueblito con bruma y criaturas entrañables.

Una lo encontrará cuando necesite; la otra, mientras tanto, lo esperará.

El hombre la miró como quien recibe una manta en una tarde de frío, asintió agradecido y se perdió entre los estantes.

Cuando Luna regresó al mostrador, Margot ya no sonreía igual. Seguía interesada, sí, pero con una cautela nueva.

Wizz flotaba un poco más alto de lo habitual con expresión satisfecha.

—Así que quedamos en eso —dijo él.

Margot asintió despacio.

—De acuerdo. Sin atajos.

—Ni experimentos creativos —añadió Wizz.

—Ni experimentos creativos —repitió ella, sin protestar.

—Perfecto —concluyó el hada—. Entonces no hemos hablado de nada.

Margot respiró hondo y, por fin, aterrizó en el motivo inicial de su visita.

—Luna, tenemos que hablar de lo que pasó el día que nos conocimos en mi estudio.

Luna tragó saliva, y una mezcla de vergüenza y expectación le repicó en el pecho.

—¿Qué hice? Iba a contarte…

—Lo sé, florecita; empecemos por el principio. Los «clientes» que viste entonces… eran fantasmas.

—¿Fantasmas?

A Luna le entraron unas ganas repentinas de mirar en busca de la cámara oculta.

—Los viste, y eso ya es mucho. Lo curioso es que no percibo en ti el don de una médium, de modo que algo tuvo que abrirte esa puerta.

—Confirmo —intervino rápidamente Wizz—: Luna no es médium.

—Así que no es casualidad —siguió Margot—. Al principio lo achaqué a Dumont, pero estábamos fuera; tenía que haber otra razón.

Luna asintió, incómoda. Una vez que hubo dejado de lado el pensamiento de que todo aquello era una broma, pudo pensar con claridad.

—Ese día encontré una pluma de Wizz y… la llevaba en el bolsillo.

—Oh —susurró Margot, y dejó que el silencio se hiciera un hueco—.

Un objeto mágico real, no como todas esas pantomimas que venden las tiendas de esoterismo —dijo mientras movía los brazos con gestos exagerados y hacía titilar más lentejuelas del chal—.

Un pequeño puente entre tú y el otro lado. ¡Magnífico!

—Es tan impresionante como lo pintas —tarareó Wizz, encantado de sí mismo.

El timbre volvió a sonar. Una chica con chaqueta vaquera se acercó de puntillas.

—Perdón…, ¿tenéis algo con brujas y amistad? Sin romance.

—Sí, claro, sígueme —respondió Luna, sin dudar—. Este es alegre. Contiene un recetario mágico. Además, aquí las lealtades importan más que los hechizos. Si te gusta, vuelve el viernes; hacemos lecturas en voz alta y hemos elegido un libro de fantasía para empezar.

La chica sonrió con alivio, pagó y se esfumó casi corriendo.

—Como decía —retomó Margot—: Wizz no es cualquier hada; su magia es antigua, puedo sentirlo. Llevar esa pluma bastaría para explicar por qué pudiste ver aquello.

Sus ojos, entonces, se fueron a un punto en el aire. Algo en su gesto cambió.