5. Manual de apertura #4
Entró en la librería y relajó la mano para liberar a Wizz. Subió las escaleras de hierro casi de dos en dos. Abrió el armario del baño y, en la balda del fondo, encontró la pluma iridiscente. Estalló en dorados y plateados bajo la luz que se colaba por la ventana.
Bajó con ella en la mano.
—Wizz… —Se la mostró—. La encontré el primer día. La guardé en el baño. Casi la olvido.
El hada la miró y sus ojos brillaron como Luna nunca antes los había visto.
—Es mía y… —susurró. De pronto parecía más viejo.
—Lo he sabido en cuanto… me he fijado bien. —dijo Luna, bajando la voz.
Algo había cambiado en el hada.
—… la segunda que pierdo en mi vida.
—¿La segunda?
—La primera… es una larga historia. —Rozó la pluma sin tocarla.
—Me encantaría escucharla.
Wizz se sentó sobre el lomo de un libro de la sección de novedades. Las piernas le colgaban y tenía la sonrisa más triste que Luna había visto jamás.
—Soy un hada —empezó—. Las hadas somos, por lo general, personajes ficticios.
Tenemos misiones claras dentro de nuestra historia —suspiró, cansado—.
Nunca me valió, ¿sabes? Quise ser más y Dumont me concedió el deseo.
Tuve suerte, supongo; acabar en una librería mágica no es algo que les suceda a muchos como yo.
—Mientras hablaba, hacía girar la pequeña pluma entre sus manos.
A Luna le pareció una criatura más, como si tuviera vida propia en manos de su dueño—.
Elegí esto —dijo levantando la pluma a la altura de sus ojos—.
Sabía que perdería parte de mi identidad si decía ser más de lo que estaba destinado a ser.
—Bajó la pluma y le sonrió con cariño—. La primera vez que pisé Dumont, o volé o como quiera que fuera, la perdí. Y con ella, una parte de mí.
Wizz dejó la pluma en el lomo del libro y revoloteó distraído por la librería.
Luna no sabía qué decir. La frase «perderte para encontrarte» cobró más sentido que nunca en su cabeza. Conocía al hada, al menos lo suficiente para saber que Dumont era su hogar.
Cogió la pluma con más cuidado aún.
—¿Y esta?
La risa de Wizz llegó desde algún rincón entre las estanterías.
—Esa se me cayó mientras estaba en Dumont. El día que dije en voz alta que no quería volver a mi libro pensé que la había perdido para siempre.
Wizz apareció. Tenía los ojos húmedos. Luna sostenía la pluma con ambas manos.
—Y qué pasaría si…, bueno, las perdieras todas.
—Dejaría de ser un hada, claro. Moriría seguramente, no se sabe. Nunca un hada antes se atrevió a tanto.
—Entonces ten —dijo, tendiéndosela—. Te pertenece.
Wizz la tomó con respeto… y se detuvo en el aire.
—¿Me das permiso? —preguntó, mirando alrededor, como si hablara con las paredes.
—¿Permiso para…?
—No hablo contigo.
Luna lo miraba absorta. Las luces titilaron un segundo a modo de respuesta. Wizz sonrió de lado.
—Gracias, vieja amiga —murmuró.
Wizz hizo flotar la pluma entre las manos y la miró un instante más de lo necesario.
El tiempo pareció detenerse en Dumont.
Luego empezó a hacerla girar, muy despacio.
Una hebra de luz plateada fue naciendo entre sus dedos y se deslizó alrededor de la pluma con una precisión silenciosa.
Luna, que no había visto antes la magia, pensó en que aquella imagen, significara lo que significara, viviría siempre en sus retinas.
Cuando la luz se apagó, ya no había pluma. Solo una cadena de plata pequeña, sencilla y sólida.
Wizz flotó hasta ella y le colocó la cadena alrededor del cuello, ajustándola con un cuidado que fingió no tener.
—No esperes fuegos artificiales —dijo—. Esto no abre portales ni derriba paredes. Tampoco es una varita mágica. Será algo bastante más incómodo: sentirás, verás, experimentarás la magia. Algo así.
Luna llevó los dedos al colgante. El metal estaba templado, vivo bajo la piel, y durante un segundo creyó notar un pulso leve. No era solo suyo.
Parecía que Dumont respiraba con ella. Como si, en ese pequeño peso que le colgaba sobre el pecho, latiera también algo de Wizz.
—Gracias —fue lo único que consiguió decir.
—De nada, librera. —Wizz recuperó su tono habitual—. Tenemos treinta días para hacer algo. Que mi pluma estuviera aquí… Creo que no necesitas que te explique quién te dio las llaves. Al final resulta que no estaba la varita, pero sí una de sus astillas. ¿Lo pillas?
A Luna se le erizó todo el vello del cuerpo.
—Lo pillo, listillo.
Fuera, un saxofón ensayó un riff tímido. La luz anaranjada del escaparate se reflejó en la cadena, que sabía que no era de plata ni de acero. Luna respiró hondo.
—No voy a perder esta casa.
—¿Casa? Hoy te noto optimista. No te acostumbres a los regalitos; no es que yo sea especialmente generoso y no pienso empezar ahora.
Esa noche bajó sin motivo alguno a la librería, que estaba totalmente a oscuras. Vio a Wizz acurrucado de nuevo en el cojín y se preguntó por primera vez por qué no regresaba al libro, a su casa, aunque fuera para dormir.
Pasó la mano, muy despacio, por el lomo de un libro cualquiera y se detuvo.
«Te veo» , pensó casi sin darse cuenta.
El timbre repicó tan leve como un soplido. Desde muy lejos, un saxo repitió la misma nota tres veces. Todo lo que había sentido como un susurro en la nuca ahora lo experimentaba mucho más intensificado. Dumont escuchaba. Y, por primera vez desde que había llegado, ella también.